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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 05 -  Febrero 2019  (en Castellano)

 
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Giordano Bruno

 

Annie Besant

Segunda Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica (1907 a 1933).

Extractos de su libro Giordano Bruno- Apóstol de la Teosofía.

 

Venga conmigo a Roma, al Campo de las Flores, donde ahora se levanta una estatua de Bruno, y luego retroceda conmigo a través de los siglos.

 

Es el 17 de febrero del año 1600 D. C. Una gran multitud se desborda en un espacio abierto de una antigua ciudad. Se eleva un confuso murmullo de voces  y pueden capturarse algunas palabras: “Maldito hereje”. ”Se lo merece.” “La hoguera es demasiado buena para él.” “Obstinado como una mula.” Los monjes se deslizan entre la gente, provocándoles la furia. Cuando pasan de grupo en grupo, amenazan sacudiendo los puños en el aire, los dedos empuñados se extienden como para agarrar y desgarrar. En medio de la multitud hombres armados  mantienen un espacio abierto, y en el centro de él surge un alto poste negro. Desde el poste cuelgan cadenas, un anillo para enganchar el cuello, uno más grande para la cintura, otros para los tobillos; a su alrededor están apilados un haz de ramas y despojos secos de leña, y desde un brasero cercano se elevan las llamas, pálidas a la luz del sol. Los cuellos estirados en espera, los rostros vueltos hacia la esquina del espacio donde se abre un camino hacia él, un camino desde el cual se mantiene un sendero que conduce directo al centro a través de la multitud, la expectación sube. Estamos en el Campo dei Fiori, el “Campo de las Flores”, en Roma.

 

¡Escuchen! Hay un rugido, el rugido de la multitud enojada, uno de los sonidos más terribles, se ha desatado la brutalidad humana. Los rugidos se intensifican más y más, alaridos discordantes y maldiciones se entremezclan con ellos. Una procesión ha entrado por el camino, una procesión de monjes, y avanza a través de la multitud a lo largo del sendero custodiado. Hay un quiebre en la procesión, y en el medio hay guardias; dentro de su círculo, en una espacio dejado vacío de modo que todos podamos ver, una figura camina sola. Alto y enjuto por el largo sufrimiento que ha tenido, con una leve cojera, porque ha conocido la tortura de los estirones; el rostro tranquilo, pero muy pálido por los años de prisión; la cabeza en alto con un toque de desafiante desdén; ojos moteados verdes dorados, resuelto pero cansado, mirando hacia afuera como con una lejana visión, invisible para todos quienes lo custodiaban; la boca cerrada y firme, curvada en una sombría sonrisa, se aparta cuando un monje empuja contra él un crucifijo de hierro; cubierto con una horrible vestimenta, con las llamas espeluznantes y demoníaca sonrisa, mal afeitado, grotesco y abominable, pero carente de poder para destruir la dignidad de la forma que recubre. Es Giordano Bruno. Es el Nolan yendo a su muerte.

 

Los guardias lo encadenan al palo, él permanece allí con la espalda contra el poste y la cabeza levantada, mirando la infinita extensión del espacio. Las llamas resplandecen, una nube de humo se eleva y oculta el rostro firmemente tranquilo. Dentro de esa nube de humo el mártir muere, pero la vida ha dejado la forma antes aún que las llamas lo hayan abrasado, y ha regresado al hogar, al hogar del Maestro que adora, hogar para un breve descanso, antes que tome nuevamente un cuerpo y regrese al trabajo que ama. El mensaje que proclamó en el siglo dieciséis está sonando por el mundo en el siglo veinte. Porque él enseñó la Sabiduría Antigua, trajo al mundo occidental el mensaje de la Teosofía, Mensajero de la Logia Blanca.

 

Filippo Bruno, más tarde llamado Giordano, nació en la antigua ciudad de Nola, cerca de Nápoles, un lugar que había mantenido viva las memorias de Pitágoras y era la cuna del pensamiento neoplatónico-alejandrino. Desde su infancia había absorbido esas enseñanzas antiguas y creció en su atmósfera. A la edad de quince años se convirtió en monje, y, al tomar sus votos se le dio el nombre de Giordano, el de un famoso dominicano, porque los monjes  estaban cautivados por su brillante inteligencia, y lo consideraban como un futuro pilar de su orden. ¡Pobres monjes! Pronosticaron mal.

 

Durante algunos años el muchacho estudió dentro de la biblioteca del monasterio, y esto, decían los admirativos monjes, estaba muy bien. Pero el muchacho también observaba, y esto, si lo hubieran sabido, habrían dicho que no estaba muy bien. Pronto comenzó a hacer preguntas, preguntas innecesarias, preguntas incómodas, muy pronto preguntas peligrosas, y esto, decían los monjes, estaba muy mal. Y entonces, maldad, comenzó a escribir, y su cáustica agudeza, de la cual ellos habían reído tan a menudo bajo los árboles en las tranquilas tardes, se volvió hacia ellos, y hubo burlas, y escarnios y apodos encarnecidos, y al final, horror de horrores, completas blasfemias. Rápido, enviaron unas palabras a la Inquisición para que enviara a algunos de sus Familiares a cortar las alas de esta joven águila, golpeándose contra los barrotes de la jaula monástica donde solo se deseaba la útil ave doméstica.

 

Giordano Bruno escuchó de la venida de los Inquisidores y no teniendo en mente someterse a su tierna compasión, se deslizó por el muro del monasterio, flexible y ágil y tomó el camino hacia el norte. Con él iba otro joven monje, a quien amaba como un hermano, y quien a su vez, estaba tiernamente apegado a él. Muchas bromas alegres regocijaban a los fugitivos cuando tomaron el camino a Roma, porque ambos eran jóvenes y alegres y sus corazones palpitaban de esperanza cuando enfrentaron el futuro desconocido. Desde ese día hasta que lo capturaron en Venecia, los Inquisidores lo persiguieron por Europa, pero nunca tuvieron éxito en echarle mano. Aunque a través de todos los muchos años de viaje por Europa, su camino les condujo derecho al Campo de las Flores en Roma.

 

Primero los jóvenes viajeros fueron a Roma, una tonta visita, y pronto tuvieron que huir de la Ciudad Sagrada. Luego a Noli, un pequeño pueblo del norte, no confundir con el lugar de nacimiento de Giordano, y trataron de ganarse la vida enseñando.  Aquí Giordano trabó amistad con un muchacho, uno de sus pupilos, quien concibió por él el más vehemente apego, y el chico, cuando su maestro se movió hacia el norte, se apegó a él declarando vehementemente que lo seguiría adondequiera que fuera, aún si fuera hasta la muerte. Y realmente fue a la muerte el valiente muchacho. Porque los tres viajaron a Génova, donde el severo Calvin había establecido un despotismo religioso, cruel como el de Roma, de modo que poco después, amenazado por las autoridades de la ciudad, dirigido por el igualmente despiadado Beza, pensó bien que una vez más deberían deslizarse por el muro y huir lejos. Ellos fueron a Lyons y luego a Toulouse, y en Toulouse, el muchacho Noli encontró su destino. Porque la Inquisición lo capturó, cuando sucedió que estaba lejos de sus amigos, y sus terribles torturas atormentaron al chico para forzarlo a traicionar a su maestro y entregarlo en sus manos.

 

Giordano hizo esfuerzos desesperados por averiguar que le había sucedido, pero detrás de las pesadas planchas de hierro de las puertas de la Inquisición pusieron de rodillas a su víctima. Y el muchacho murió, sonriendo en la agonía de su muerte y leal hasta el final, y así ganó el derecho a trabajar en una vida futura con él, por quien murió.

 

Bruno fue desde el norte a París, profundamente triste, pero pronto perdió su pena hundiéndose en un enérgico trabajo, capturando los corazones de los estudiantes de París, deleitados con el contraste entre su cáustica inteligencia y vehemente fervor y las aburridísimas elucubraciones de sus maestros comunes y corrientes. Enrique III, el Rey de esa época, también perdió su inestable corazón con el elocuente italiano, y siguieron algunos brillantes días de favor de la Corte. Pero lamentablemente, cuando se le ofreció una cátedra, esta iba aparejada con la obligación de ir a misa, una obligación que Giordano no cumpliría. El sombrío Rey Enrique, católico fanático, desaprobó a su rebelde favorito y la amenaza de tormenta alertó al hereje a trasladarse fuera de su alcance. Él fue a Inglaterra, gobernada por la Reina Protestante Bess, y creó una cálida y duradera amistad con el noble Sir Philip Sidney, modelo del honor caballeresco. Pero fue solo, porque el amigo con quien había escapado de su monasterio italiano permaneció en París, tentado por los sobornos del favor real y protección segura, y el cálido corazón de Bruno recibió una puñalada…

 

En seguida, incluso Inglaterra llegó a ser demasiado intensa para el hereje, y en 1586…una vez más Bruno fue un peregrino… (Después de muchos años allí) él se trasladó a Frankfurt para publicar sus últimos trabajos. Y allí le llegó la carta que lo indujo a la muerte… ofreciéndole protección y un hogar. El deseo de regresar a Italia ardía en  medio del exilio… volvió sus pasos hacia el sur y… llegó a Venecia…

 

Capturado por los oscuros Familiares de la Inquisición, arrojado en la celda de la tenebrosa prisión bajo el nivel de las olas, conducido a la cámara de las torturas y amarrado al potro de las torturas… El lento girar de las ruedas estirando los músculos casi hasta despedazarlos, la agonía intolerable del desgarro de cada articulación. Pero ninguna palabra de retractación mancilla los labios retorcidos, y al final, el cuerpo torturado, quebrado y despedazado, es arrojado, como un montón inconsciente, sobre el húmedo suelo de su mazmorra.

 

Siguieron ocho años de prisión, los últimos dos alivianados por un renovado debate, porque Roma buscaba deshonrar aún más que destruir. Cuán grande su triunfo, si Giordano se retractara y regresara al seno de la Madre Iglesia. Se convirtió en una sombra con el largo aprisionamiento; su cabello estaba blanco, como el cabello de un hombre viejo. Sus miembros estaban deformados y torcidos. Seguramente su valor debía estar debilitado, ¿su gran corazón roto? No, su Maestro ha estado con él en la mazmorra, ha permanecido junto a él en la cámara de las torturas: “Un poco más, hijo mío, y vendrás a casa conmigo nuevamente”. Los ojos están radiantes de valor cuando se para ante sus jueces; al fin, el día de su libertad se aproxima, y la larga lucha cerca de su fin. Impávido su semblante, osada su resonante obstinación. La mañana de su triunfo al fin ha alboreado y en un carro de fuego regresa a su hogar.

 

Cuando buscamos ponernos dentro de la consciencia de tales mártires, siempre los encontraremos inspirados por una extensa visión del futuro, que los transporta fuera de las trivialidades del presente, y hace que todo eso que el mundo llama precioso no sea sino como el polvo en las ruedas de una carroza en movimiento, arrobados en esa visión no ven los objetos de la tierra; sus premios carecen de valor, sus alabanzas y su culpa no son sino aire vacío. Pueden tener sus horas de depresión, sus agonías de soledad, sus noches casi de desesperación. Pero tienen solo que abrir sus ojos para contemplar la Visión Gloriosa, y siempre en las profundidades de su Espíritu hay tranquila paz y dicha inmutable. Porque ellos residen en lo Eterno, y sus pies se hallan firmes sobre esa Roca.

 

En estos días modernos, el ciudadano joven difícilmente necesita prepararse para el martirio físico, porque los tiempos han cambiado, los tormentos se están derrumbando, los fuegos apagando. No obstante, si fuera un líder debería cultivar dentro de si las cualidades heroicas que hacen al mártir. El martirio está ahora en un plano superior, el plano de las emociones y la mente. Un mártir debe vivir, no morir. Todavía hay ideales que son dignos del martirio, hay todavía un servicio que demanda el sacrificio de todo lo que el mundo valora muchísimo. Fortuna, fama, honor a los ojos del mundo, afecto de la familia y amigos, respeto de aquellos a quienes amamos, buena reputación, todo lo que hace la vida mundana bella y placentera: estos, estos son los dones que pueden verter como libaciones en el servicio de los Maestros para el progreso del hombre.

 

 

 

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