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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 140 - Número 03-  Diciembre 2018  (en Castellano)

 
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Desmaterializando la espiritualidad

 

Tim Boyd

 

Se ha dicho en muchas tradiciones que, si somos capaces de oír y tenemos los ojos abiertos, podríamos obtener sabiduría de una flor, e incluso de una piedra. Todo es cuestión de lo que consideremos valioso en nuestra propia consciencia. En las primeras etapas de nuestro crecimiento interno, buscamos información, descripciones de la vida interna y los nombres de las distintas cosas que encontramos en nuestros estudios. Quizás, más adelante, comencemos a buscar algo más. A menudo, aquello que más buscamos es lo que llamaríamos “conocimiento”. Se nos ha educado para pensar que, de algún modo, el conocimiento es poder. Todo cuanto vemos parece indicarnos que hay algo de verdad en ello, al menos a un cierto nivel. Pero cuando empezamos a hablar de Teosofía, tenemos que trasladar nuestro punto de vista a un nivel diferente.

Aunque la palabra “conocimiento” se usa de muy diferentes maneras, cuando hablamos de Teosofía estamos hablando de la sabiduría. Pero nos cuesta distinguir entre el conocimiento, por un lado, y la sabiduría por otro. La sabiduría puede describirse como la percepción de lo que es real. El conocimiento es de un orden muy inferior, de naturaleza mental. Por tanto, cuando buscamos la sabiduría, tiene que haber, necesariamente, un cambio en nuestra forma de posicionar la conciencia.

Estar abierto a la sabiduría es importante a cualquier edad pero tal vez ahora sea un momento muy especial. H.P. Blavatsky (HPB) insistió muchas veces en que las enseñanzas que nos transmitió, que conocemos como “Teosofía”, estaban destinadas a una época posterior a la de su vida. Decía que no podrían ser comprendidas hasta que hubiera transcurrido otro siglo. Era consciente de que su trabajo consistía en preparar la mente del mundo.

HPB también dejó claro que esas enseñanzas no eran suyas propias, sino que le habían sido transmitidas. En La Doctrina Secreta dice que ella presenta un ramillete de flores pero que lo único suyo es la cinta que las sujeta, y que las enseñanzas fueron transmitidas a través de ella por sus Maestros. También señala que, cuando leamos estas enseñanzas, como ocurre con cualquier otro libro, si prestamos suficiente atención, podremos descubrir la cons-ciencia del autor. En el caso de La Doctrina Secreta y de sus otras obras, decía que ella ni siquiera era la autora, sino la secretaria o amanuense de una consciencia superior.

Vivimos tiempos revueltos. Por todas partes, las cosas que se habían considerado como la cultura normal están cambiando. Hasta hace poco, todo el material sobre el que teníamos que reflexionar nos venía dado por el lugar y la cultura en los que vivíamos. Nuestra religión venía determinada por el nacimiento. La forma de vestir, el modo de relacionarse los hombres, las mujeres y las familias, la economía de la zona, todo pasaba de generación en generación y cambiaba lentamente. Hoy en día, dondequiera que miremos, estas costumbres se están desintegrando. Hay una cierta cultura global que se introduce sigilosamente y que produce un efecto en todo el mundo.

Una de las cosas que estamos viendo cambiar rápidamente es algo a lo que muchos no hemos prestado atención. Tendemos a creer que los Maestros y los Grandes Seres podían anticipar ciertos cambios, aunque no se habla de ello en nuestra literatura inicial. Una causa que produce uno de los mayores efectos en el mundo actual es que, por primera vez en la historia de la humanidad, la mayor parte de la población del planeta vive apartada del mundo natural y concentrada en centros urbanos. Más de la mitad de la población del planeta vive en entornos urbanizados.

Los efectos de estar desconectados de los ciclos normales del mundo natural tienen sus consecuencias. A veces nos preguntamos, ¿Cuál es el mayor invento de la historia? Algunos dicen que el ordenador, pero otros señalan que la invención de la luz eléctrica es lo que ha tenido un efecto más profundo sobre la sociedad humana. Y eso se debe a que ha permitido una inversión total de los ciclos naturales existentes antes de la civilización humana. Actualmente, los horarios de trabajo determinan nuestros ciclos de vida cotidianos. Lo que se requiere en esta época, más que en ningún otro momento de la historia humana conocida, no es un retorno a la sabiduría, sino una verdadera nueva apertura a la sabiduría.

En la tercera Proposición Fundamental de La Doctrina secreta se habla de uno de los grandes ciclos mencionados en la Sabiduría Perenne, el necesario peregrinaje del alma. La fase descendente de ese ciclo, el viaje del alma para encarnar en la materia, se ilustra con la parábola del Hijo Pródigo, en el Himno de la Perla, y en otros relatos de sabiduría—encarnación, olvido total y, luego, el momento cumbre del despertar, del recordar. Lo que ahora tenemos que plantearnos es, “¿qué viene a continuación”?

Una gran parte de lo que debatimos en las enseñanzas teosóficas gira en torno al proceso que estamos experimentando. A veces utilizamos la frase “regeneración humana”, y otras veces “transformación”, frecuentemente a la ligera. Normalmente, nuestra forma de considerar este aspecto es que se trata de un proceso gradual y predecible. Cuando lo planteamos desde el punto de vista del estudio, de la meditación y el servicio, lo vemos como un proceso gradual ascendente. Y parece que esta idea no es correcta. Tendemos a asociarlo con los ciclos de la naturaleza, que imaginamos graduales, pero eso tampoco parece correcto.

En la física cuántica existe un fenómeno bien conocido sobre el comportamiento de los electrones, que giran alrededor del núcleo del átomo. La terminología normalmente empleada para designar el cambio de órbita de un electrón de un nivel a otro es el “salto cuántico”. Incluso con una mera aproximación a la física cuántica, vemos que hay muchas cosas que no se ajustan a la idea que tenemos de cómo funciona el mundo. Nos parece que no tienen sentido y que entran en conflicto con nuestra percepción de cómo funciona realmente el mundo. Este salto cuántico es una de esas cosas que nos parecen muy extrañas.

El modo que tiene de comportarse el electrón es el siguiente: al recibir la radiación de una cierta cantidad de energía, cambia de una órbita a otra, pero no atravesando gradualmente el espacio que hay entre ambas órbitas, sino de un nivel a otro, de manera completa e inmediata, sin cruzar el espacio intermedio. En un instante está en un lugar y al siguiente en otro completamente distinto: resulta algo extraño desde nuestro punto de vista.

Incluso un gran sabio como Albert Einstein, un genio incuestionable, no comprendía del todo ni aceptaba la naturaleza de la física cuántica. Ante las observaciones claras y repetibles de este salto cuántico, rehusaba aceptar los postulados de la física cuántica. En un debate con Nils Bohr, uno de los fundadores de la Mecánica Cuántica, es famosa la cita de Einstein diciendo: “Dios no juega a los dados con el Universo”. La idea es la de que el Universo no es una especie de suceso aleatorio. La respuesta, algo menos conocida,

que Nils Bohr le dio a Einstein fue: ¿Quién es el Dr. Einstein para decirle a Dios lo que tiene que hacer?

La Transformación participa más de la naturaleza del salto cuántico. Otro ejemplo con el que estamos mucho más familiarizados es la conversión de la oruga en mariposa. A menudo nos referimos a ella como un ejemplo primario de transformación profunda, pero ¿cómo se produce? Desde niños, se nos ha dicho que la oruga se envuelve en el capullo y allí cambia, emergiendo como una hermosa mariposa. ¿Ha abierto alguno de nosotros un capullo, alguna vez? De joven traté de averiguar cuál era el misterio. Y lo que descubrí fue algo notable y que estaba en total contradicción con mis expectativas. Esperaba poder ver la oruga dentro del capullo y que, gradualmente, le saldrían las alas, cambiaría las patas, y luego aparecerían las antenas y el color brillante. Esperaba ver un proceso de despliegue gradual. Era lo que me esperaba pero no fue en absoluto lo que descubrí.

Cuando abrí el capullo, no vi ni el gusano ni la mariposa, sino lo que parecía como un pudin, una jalea indefinida, algo que no tenía cuerpo, ni forma, ni alas, era sólo una masa de líquido espeso. Ese proceso de transformación implica la disolución total de la forma original, para convertirse en una forma superior. No es la forma acostumbrada de tratar este tema, pero al hablar de la sabiduría, es una línea más apropiada a seguir.

Desde el punto de vista teosófico, todos conocemos buddhi y manas, siendo esta última la mente que funciona tanto a nivel concreto como superior, y el primero, el plano de la intuición, donde comprendemos la Unidad, la Unicidad. Por ejemplo, en nuestro funcionamiento normal, buddhi brilla constantemente, igual que el sol. Y cuando le damos la oportunidad, puede brillar en la pantalla de nuestra mente. El problema es, evidentemente, que nuestra mente está siempre alterada y en constante movimiento. Por esto, a nuestro nivel, esa luz que brilla permanentemente es percibida muy raramente.

En todas las tradiciones espirituales, hay profundos relatos que tratan de explicar algo sobre esta naturaleza más profunda. Todos los grandes instructores que han aparecido sobre la tierra han tratado de comunicar sus mensajes de transformación mediante relatos. A nuestro nivel, terminamos por referirnos a esos relatos como escrituras, ya sean el Gitä, el Corán, la Biblia, el Mahabharata, el Ramayana; a todos esos libros de relatos, los llamamos escrituras. Esos grandes instructores lo eran porque eran muy conscientes de las personas a quienes trataban de comunicarlos—a nosotros.

Según la leyenda, cuando el Buda experimentó la iluminación, se dio cuenta enseguida de que no podía comunicarla a gente como nosotros. Así que decidió ni tan siquiera intentarlo. Afortunadamente, cambió de idea y durante el resto de su vida se dedicó básicamente a enseñar, con símbolos y relatos que pudieran prender nuestra imaginación, sabiendo que sólo a través de la imaginación llegan las cosas a ser.

Muchas tradiciones espirituales hablan de la Mente Divina, que crea el universo; se imagina un mundo y ese mundo alcanza su ser. El problema que tenemos es que intentamos convertir los relatos en cosas materiales, en historias reales que puedan comprobarse y, de ese modo, nos alejamos del poder del mundo imaginado.

Blavatsky y el linaje que representa intenta por todos los medios disuadirnos de esa tendencia materializadora que tiene nuestra mente cuando tratamos temas espirituales. Ella y sus maestros usan símbolos materiales para intentar darnos imágenes que nos conduzcan hasta el siguiente nivel. La primera de Las Stanzas de Dzyan, sobre las que se basa La Doctrina Secreta, suena como los cuentos que nuestros padres nos contaban a la hora de dormir: “El padre eterno, envuelto en sus siempre invisibles ropajes, se había dormido, una vez más, por siete eternidades”.

¿Qué es “padre eterno”? ¿Qué es “ropaje invisible”? ¿Cuánto duran siete eternidades? Es algo que sobrepasa la capacidad de nuestra mente. Desde el primer momento, se nos pide ir más allá y utilizar esos símbolos para pasar a otro nivel. Se espera que todo eso nos permita aquietar la mente, ante algo que no es capaz de comprender.

HPB también utilizó palabras para hablar de lo Absoluto, aquello sobre lo que nada puede decirse. Quería distinguir que no estábamos hablando ni siquiera de la cualidad del ser, sino que lo describía, más bien, como de la naturaleza de la “Seidad”. En cierto modo, podría parecer que fuera una distinción, sin diferencia real, pero expresa la idea de que estas cosas no son materializables. Estos conceptos no tienen capacidad para contener la sabiduría, así que se trata siempre de no darnos nada a lo que podamos agarrarnos.

Blavatsky también habla sobre la Raíz, que igual que la raíz de una planta, no está a la vista. Las tradiciones espirituales del mundo surgen desde esta Raíz única: una en Irán, una en la India, una en Egipto, una en Grecia, etc., aparentemente como plantas separadas, pero todas se originan de la misma Raíz. No sólo las religiones, sino todo lo que surge, que tiene una apariencia, procede de esta Raíz única. HPB trata de comunicar que lo que vemos son las múltiples apariencias, pero no somos conscientes de la Raíz que comparten. Va incluso más allá, porque una raíz es algo sobre lo que podemos pensar y materializar muy fácilmente. Por eso, cuando habla del origen de todo, habla de la “Raíz sin raíz”. En cierto modo, no se lo pone fácil a la mente. Aunque lo reconoció, los teósofos han tratado, desde el principio, de materializar esas enseñanzas y, al hacerlo, las han minimizado, y han perdido la perspectiva del tema.

Uno de los grandes relatos ocultos, que habla de esta transformación, desde el momento del despertar hasta el momento de la iluminación, es el de la caverna de Platón, que resulta notable por su significado oculto. El relato comienza en la oscuridad de un mundo de sombras, de la percepción material normalmente errónea; continúa con las fases de la iluminación y de su efecto sobre la consciencia; y termina con la necesidad del auto sacrificio mediante el servicio. Es un relato que describe un proceso de elevación, del encuentro con lo que podría llamarse nuestra consciencia buddhica. Es la historia de nuestro desarrollo y el de los numerosos portadores de luz que han pasado por el mundo: Giordano Bruno, Jesús, Ramana Maharshi, Apolonio de Tyana e innumerables otros.

Una de las bellezas asociadas a la Teosofía es que no sólo expone unas ideas, sino también la forma en que pueden aplicarse verdaderamente en la vida diaria. Para gente como nosotros, hace falta la práctica, y para los que estén iluminados también. Jesús continuó con sus prácticas de oración y meditación; Tsong-Kha-Pa, tras su iluminación, continuó mostrando la necesidad de la práctica. La importancia de este momento concreto es que esa consciencia tiene que manifestarse en nosotros a nivel individual y luego, en los círculos en que nos movemos.

Hay un relato, una tarea, que está esperando encontrar su manifestación única por medio de cada uno de nosotros. Lo único que impide su aparición en el mundo son los obstáculos que nosotros ponemos en su camino. La finalidad de la práctica no es encontrar o añadir algo nuevo a nosotros mismos, sino eliminar los obstáculos que impiden resplandecer a la luz de buddhi, que está presente siempre en cada instante.

 

 

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