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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 139 - Número 09 -  Junio  2018  (en Castellano)

 
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Giordano Bruno,

un apóstol de la Teosofía

 

Clemice Petter

 

Directora del Departamento Editorial en Adyar. Conferencia dictada  en el Salón de la Sede Internacional

en Adyar durante las celebraciones del Día de Adyar el 17 de Febrero 2018.

 

 

En 1548, en Nola, Italia, la esposa de un soldado, Giovanni Bruno, dio a luz a un niño a quien llamaron Filippo Bruno. A la edad de once años el niño fue enviado a Nápoles para ser educado. A la edad de diecisiete años Filippo cambió su nombre cuando se unió a la Orden de Frailes Dominicanos. Era costumbre en esos días cambiarse el nombre cuando se entraba a una orden religiosa. Para honrar a su tutor metafísico Giordano Crispo con quien estudió desde los quince años, Filippo se convirtió en Giordano Bruno y fue ordenado fraile a la edad de veinticuatro años. Aunque fue distinguido por sus asombrosas habilidades de memoria, el gusto de Bruno por los libros prohibidos y el libre pensamiento pronto lo llevarían a problemas; sin embargo, permaneció con la Orden Dominicana durante once años.

 

En esos días, el Vaticano creó un índice de libros prohibidos y aquellos que osaron leerlos fueron calificados de herejes. Durante su juicio, muchos años después, Bruno dijo que se tomaron procedimientos en su contra dos veces durante esos años como fraile dominicano, una vez cuando él quitó todas las imágenes de los santos quedándose solamente con el crucifijo, y cuando recomendó un texto controversial a un novicio. Y cuando supo que había sido descubierto un folleto prohibido, con sus notas manuscritas, y se preparaba una acusación, él huyó dejando atrás su hábito religioso.

 

De allí en adelante Bruno viajó por toda Europa como filósofo itinerante. Brindaba servicios de corrección para ganar lo suficiente para sus gastos diarios, y también daba conferencias en universidades y campus donde solían reunirse los académicos. Sus habilidades de memoria impresionaban a reyes, reinas y muchas figuras destacadas quienes pronto llegaban a ser sus amigos. Fue a causa de esas amistades que fue posible para Bruno publicar sus teorías. En sus propias palabras:

 

Adquirí tal renombre que el Rey Enrique III me llamó un día para descubrir si la memoria que poseía era natural o adquirida por medio de artes mágicas. Lo convencí que no provenía de ninguna brujería sino de un conocimiento organizado; y a continuación, hice imprimir un libro sobre la memoria, titulado Las Sombras de las Ideas, que dediqué a Su Majestad. Inmediatamente me dio una Cátedra Extraordinaria con un salario.

       (William Boulting, Giordano Bruno: Su Vida, Pensamiento y Martirio, 1916)

 

Un amigo dijo acerca de Bruno: “él… hombre fuerte, triste, que piensa por sí mismo, y se para solo frente al mundo”. (Ibid)

 

Bruno negaba la idea de un centro del Universo. Afirmaba que el Universo es infinito y sin un centro, que Dios está en todas las cosas y en todas partes, que hay innumerables mundos en el Universo, que en esos mundos hay criaturas vivas, seres humanos que son solo uno entre las infinitas formas de criaturas en universos infinitos, y que Dios no tiene preferencia por ninguna de sus expresiones, y que todas las criaturas vivas tienen el mismo derecho a vivir, siendo todas la expresión de Dios. Bruno también negaba el núcleo de las doctrinas católicas tales como la condena eterna, la Trinidad, la virginidad de María y la divinidad de Cristo, y habló abiertamente acerca de la reencarnación, que él llamaba la transmutación del Alma.

 

Para él, Dios era la vida misma. A diferencia de la creencia establecida en esos días en el mundo occidental, que veía a Dios como una figura autoritaria, juzgando a diestra y siniestra, Bruno describió a Dios como la energía omnipenetrante que brilla dentro de cada criatura. También dijo que la Tierra está viva, que tiene un alma, y que en la misma forma que nuestros cuerpos están hechos de pedacitos de la Tierra, nuestra alma individual proviene del Espíritu de la Tierra, y que el Espíritu Santo es en realidad el Espíritu del planeta.

 

Con estas enseñanzas, no es difícil comprender el trágico destino de Bruno. Fue encontrado culpable de herejía por la Iglesia Católica Romana, y debido a que no negó su teoría, fue quemado en la hoguera el 17 de febrero de 1600. Era un año de jubileo. Roma estaba lleno de peregrinos de toda Europa; aquellos pocos que podían leer, pudieron haber visto un pequeño letrero informando que un obstinado hereje de Nola estaba sentenciado a morir, que era el autor de horrendas opiniones, a las cuales estaba apegado aún después de ser adoctrinado por los teólogos durante siete años en la prisión del Santo Oficio.

 

Intolerancia, dogmatismo, superstición y fundamentalismo fueron, son y serán siempre los obstáculos para el progreso interno del hombre. La Iglesia estaba segura acerca del Universo y sabía todo acerca de Dios. No había nada más que descubrir. Todo estaba establecido, todos los rituales y oraciones conocidos. Para ser salvado, uno debería seguir el modelo y nunca dudar, porque dudar también era considerado herejía! Pero Bruno no podía mantener su descubrimiento para sí mismo, era demasiado importante para ser mantenido en silencio, y era con ingenuidad infantil que gritaba su visión de un Universo sin un centro y la unidad de la vida.

 

Fue a causa de su espíritu osado que la vida cambió enormemente, progresó la ciencia, y en el presente, la arrogancia de aquellos que “lo saben todo” ya no tiene un lugar en ella. En vez de comenzar con afirmaciones, la ciencia hoy comienza con cuestionamientos, con dudas. De la misma forma, la religión tiene que cambiar, necesitamos cuestionar, dudar en los asuntos religiosos también, porque la nueva generación no acepta los viejos dogmas y rituales. Es un fenómeno global que la juventud se esté rebelando y no acepte las antiguas formas bien definidas de la religión.

 

De la misma manera que cambió la ciencia y vio la verdad acerca de los universos externos, la religión necesita explorar en la verdad acerca de los universos internos. El hombre aceptó dudar en el campo científico, pero aún no puede liberarse de las formas de pensamiento dogmáticas, aseverativas, cuando se trata de la religión. La psiquis humana está cambiando constantemente, y ahora tiene que llegar a un punto donde exige un cambio completo en la forma en que comprendemos y vivimos la religión. Es nuestro trabajo, como miembros de la Sociedad Teosófica introducir la mente científica a la religión, una mente que sea libre para explorar, que sepa cómo dudar, que piense por sí misma, y un corazón que conozca el amor y la compasión.

 

La Luz que Bruno trajo consigo iba a brillar en la ciencia y la religión, no estaba destinada a separarlas; en realidad, si se comprendiera las uniría. Cuando la ciencia asumió el desafío, cambió; la religión se apartó y parece incapaz de dar el siguiente paso, que es cuestionar sus dogmas y creencias. Como un resultado de esta obstinada consideración religiosa hemos creado un mundo que se está volviendo más y más brutal, y el fanatismo y fundamentalismo religiosos están creciendo. Es un peligro para la supervivencia de la raza humana.

 

Bruno no era científico, ni astrónomo, y en sus días no existía ni una sola herramienta disponible para observar el cielo, las estrellas o planetas. Todo lo que tenía eran dos ojos, una mente clara con valor para dudar de las creencias establecidas, y percepciones que presentarían ante sus ojos internos el Universo entero. La vida pasaba desnuda ante él, ni la Madre Naturaleza mantenía secretos para él, ni lo hizo el Padre, el Espíritu Santo. Bruno fue el Hijo amado, alimentado en mundos donde no puede llegar el pensamiento.

 

Giordano Bruno, el Apóstol de la Teosofía, el portador de la luz de la Verdad, vivió y murió por ella. Aun cuando fue encarcelado por la Inquisición, donde se conocían y justificaban las torturas como forma de ayudar al pecador a purgar sus pecados contra el Santo Oficio, Bruno nunca cambió su teoría. Al final, cuando el inquisidor iba a pronunciar su sentencia de muerte, se dice que Giordano Bruno se dirigió al juez diciendo: “Quizás vuestro temor de emitir el juicio, es mayor que el mío al recibirlo.”

 

Hoy, 17 de febrero de 2018, hace más de cuatrocientos años de ese horrendo día, nos hemos reunido para celebrar el Día de Adyar. Parece importante recordar que Adyar entró en existencia para impedir que esa clase de atrocidad sucediera nuevamente. Adyar es un oasis de Luz en  medio de la oscuridad de un mundo materialista, un lugar donde los portadores de la Verdad deberían ser bienvenidos y alentados a ayudarnos a cuestionar y dudar.

 

Mantener la Luz brillando a través de los años venideros es una tremenda responsabilidad y de ninguna manera una tarea fácil. Requiere arduo trabajo de nuestra parte; exige todo de nosotros, y requiere de nuestra propia vida llegar al núcleo de paz y silencio que descansa en el corazón de Adyar.

 

Hoy recordamos ese trágico momento en la historia de la humanidad, casi 800 años de terror en el nombre de lo que fue llamado Dios. La Inquisición comenzó en el siglo 12 y terminó en el siglo 19, en alguna parte entre 1813 y 1825. La Inquisición comenzó para luchar contra el mal, y se convirtió en el mal contra el que intentaba luchar. Esta es una ley de la Naturaleza, que fue enseñada por J. Krishnamurti y Budha.

 

Krishnaji dijo: “Seguramente, usted se convierte en eso contra lo que quiere luchar. Si soy malo y usted pelea conmigo con medios malos, entonces usted se convierte en el mal, aun cuando pueda sentir que está en lo correcto.” El Budha dijo: “El odio no cesa a través del odio de ninguna manera. El odio cesa con el amor. Esta es una ley inalterable.” Sabiendo todo esto, uno se pregunta: ¿qué hubiera pasado si la Iglesia hubiera escuchado a Bruno? ¿Si los seres humanos pudieran aprender los unos de los otros? ¿Si la humildad tuviera lugar en el corazón del Hombre? ¿Si pudiéramos dejar que el Amor floreciera en vez de alimentar el temor? ¡En que diferente mundo estaríamos viviendo hoy!

 

Entonces no podemos evitar preguntarnos: ¿estamos preparados para apoyar a los Apóstoles de la Teosofía? ¿a aquellos que van contra la corriente, que traen un mensaje que no puede ser entendido por la mayoría de las personas de sus días? Esto es porque la Verdad no transige, no tiene amigos o enemigos, no ofrece nada, y toma todo de nosotros. Nos quita el piso debajo de nuestros pies.

 

¿Estamos en posición de pensar por nosotros mismos y pararnos solos? El Día de Adyar es el día en que celebramos la vida de aquellos que tuvieron la dignidad de postular la Verdad; de vivir y morir por ella. Adyar nació para ser un hogar para quienes llevan la luz de la Verdad a un mundo sombrío de ilusiones e ignorancia, porque los amigos de esta luz son aquellos que, aun cuando se paran solos, caminan juntos porque comprenden.

 

Si podemos aprender de los errores de ayer, y de no repetirlos una y otra vez, entonces puede ser posible para nosotros, seres humanos, vivir en un mundo diferente. En algunos años más, la gente puede mirar atrás, y pararse aquí, en este mismo lugar, la sede de una sociedad que permanece sola, que permanece por la Verdad, solo por la Verdad, recuerden el día en que aprendimos de nuestros errores y no se detengan, el día en que aprendimos a escuchar, a amar y a librarnos de inseguridades y formas dogmáticas de pensamiento. Será en ese día, cuando el lema de esta Sociedad “No hay Religión más elevada que la Verdad,” será honrado y Adyar florecerá esparciendo su perfume de sabiduría por toda nuestra amada Tierra.

 

Depende de nosotros que esto suceda, mantener la llama de esta Luz, la luz de Adyar, vivir y perpetuar un hogar para la Verdad.

 

 

 

 

Todas las cosas están en el Universo, y el Universo está en todas las cosas: nosotros en él, y él en nosotros; de este modo todo armoniza en una unidad perfecta.

Giordano Bruno

 

 

 

 

 

 

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