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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 139 - Número 08 -  Mayo 2018  (en Castellano)

 
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El Yo Superior:

Mejor Maestro, Mejor Guía, Único Salvador

 

CORONEL H. S. OLCOTT

El Coronel H.S. Olcott fue el Fundador-Presidente de la Sociedad Teosófica de 1875 a 1907. Un extracto del capítulo 24 de su libro “Hojas de un Viejo Diario”, Cuarta Serie.

En mi Discurso Anual [en la Convención Internacional, Adyar, Diciembre de 1891], después de una perspectiva sobre el estado de todo el movimiento, dejé constancia de mis puntos de vista sobre la base no sectaria de nuestra Sociedad y el mal de la intolerancia; y como, en los últimos doce meses (1900), incluso, he tenido que defender esa base contra una idea errónea prevaleciente en varios países, que impedía que personas excelentes se unieran a nosotros, por eso, considero un deber citar mis observaciones de la ocasión en cuestión. Dije:

Mi creencia es que si los Fundadores de la Sociedad y sus colegas hubieran mostrado hasta ahora algo menos de intolerancia hacia el cristianismo, hubieramos sufrido y hecho sufrir menos, y hoy en día hubieramos tenido miles de cristianos simpatizantes allí donde sólo tenemos uno. Podemos decir que en verdad hemos tenido una cruel provocación, pero eso no nos excusa para no tener el valor de devolver bien por mal, demostrando así la falsedad de nuestro ideal de fraternidad. Tan imperfectos hemos sido todos en nuestra consistencia de comportamiento, que, años atrás, los Maestros nos dijeron que ser un miembro de la Sociedad Teosófica no equivalía en absoluto a ser un verdadero teósofo, es decir, un conocedor y hacedor de cosas divinas. Volviendo: no es, por supuesto, más importante para la humanidad en su conjunto que la Teosofía sea reconocida y practicada dentro de la Iglesia cristiana que dentro de la hindú, budista o de cualquier otra Iglesia: por otro lado, es igualmente importante; y nuestra Sociedad no demostrará plenamente su capacidad de ser útil hasta que no haya ayudado bondadosa y pacientemente a seguidores sinceros y deseosos de todas y cada una de las religiones a hallar la clave, la única clave, una clave maestra por medio de la cual se puedan entender y apreciar sus propias escrituras. Deploro nuestra intolerancia, considerándome a mí mismo como el principal ofensor; y sobre todo protesto y denuncio una tendencia que está creciendo entre nosotros a sentar las bases de una nueva idolatría. Como Co-Fundador de la Sociedad, como uno que ha tenido oportunidades constantes para conocer los principios escogidos y los propósitos de nuestros Maestros, como uno que, bajo sus órdenes y con su consentimiento, ha llevado nuestra bandera a lo largo de dieciséis años de lucha, protesto contra la primera tentación de elevarlos a ellos mismos, a sus agentes, o a cualquier otro personaje vivo o muerto, a un estatus divino, o sus enseñanzas a la de doctrina infalible. Ni una sola palabra me fue dicha, transmitida o escrita por los Maestros que justificara semejante proceder, ni una palabra que no inculcara lo opuesto. Me han enseñado a apoyarme sólo en mí mismo, a mirar a mi Yo Superior como mi mejor maestro, mi mejor guía, mi mejor ejemplo y mi único salvador. Se me enseñó que nadie podría ni jamás alcanzaría el conocimiento perfecto sino sobre esas directrices; y mientras me mantenga en mi cargo, proclamaré esto como la base, la única base y el paladio de la Sociedad. Me veo obligado a hacer las observaciones anteriores por lo que he visto últimamente.

Con respecto a la muerte súbita de HPB, y el traer sus cenizas a Adyar, dije:

La pena más negra del año, o más bien de todos nuestros años, fue la muerte súbita de Madame H. P. Blavatsky, en Londres, el pasado 8 de mayo. Lo terrible de la conmoción se incrementó por lo repentino. Era una inválida desde hacía años, es cierto, pero la habíamos visto más de una vez arrebatada del borde mismo de la tumba, y en el momento de su desaparición había trazado planes para continuar trabajando en un futuro próximo. Un edificio estaba siendo construido por orden suya en la sede de Londres; tenía compromisos pendientes sin resolver, entre ellos uno de los más importantes conmigo mismo. Su sobrina la vio el día anterior y concertó una cita con ella. En resumen, no creo que ella quisiera morir, o que sabía que en ese momento moriría. En general, por supuesto, ella sabía que era probable que se marchara después de haber terminado cierto trabajo, pero las circunstancias me hacen pensar que estaba sorprendida por una crisis física, y que murió antes de lo que esperaba. Si hubiera vivido, sin duda habría hbría hecho ver su protesta en contra de que sus amigos hicieran de ella una santa, o una biblia de sus magníficos escritos, aunque no infalibles. Ayudé a compilar su Isis Sin Velo, mientras que el Sr. Keightley y varios otros hicieron lo mismo con La Doctrina Secreta. Seguramente sabemos cuán lejos de ser infalibles están nuestras partes de los libros, para no decir nada acerca de los suyos. Ella no descubrió ni inventó la Teosofía, ni fue la primera ni la más hábil agente, escriba o mensajera de los Maestros Ocultos de las Montañas Nevadas. Las diversas Escrituras de las naciones antiguas contienen todas las ideas que ahora se presentan, y en algunos casos poseen bellezas y méritos mucho mayores que cualquiera de los libros de ella o de los nuestros. No necesitamos caer en la idolatría para expresar nuestra reverencia y amor duraderos por ella, la maestra contemporánea, ni ofender al mundo literario pretendiendo que ella escribió con la pluma de la inspiración. Nadie en vida fue un amigo más fiel y leal de ella que yo, nadie apreciará su recuerdo más amorosamente. Fui fiel a ella hasta el final de su vida, y ahora seguiré siendo fiel a su recuerdo. Pero nunca la adoré, nunca cegué mis ojos ante sus faltas, nunca soñé que ella era un canal tan perfecto para la transmisión de la enseñanza oculta como lo habían sido algunos otros en la historia, o como los Maestros se hubieran alegrado de haber encontrado. Como su amigo probado, entonces; como uno que trabajó más íntimamente con ella, y está muy ansioso de que la posteridad la tome por su verdadero valor; como su compañero de trabajo; como un agente ya hace mucho tiempo aceptado, aunque humilde, de los Maestros; y finalmente, como presidente de la Sociedad y guardián de los derechos personales de sus Miembros - pongo en el Acta mi protesta en contra de todos los intentos de crear una escuela, secta o culto a HPB o de tomar sus afirmaciones del mismo modo que sus críticas, con el mínimo de importancia. La trascendencia del tema debe ser mi excusa para pensar detenidamente en ello. No identifico individuos, no pretendo herir los sentimientos de nadie. No estoy seguro de estar vivo muchos años más, y lo que el deber me exige debo decirlo mientras pueda.

Y ahora, hermanos y amigos, llego a un asunto del más profundo y triste interés. El cuerpo de H. P. Blavatsky fue cremado por orden suya, a menudo lo pedía de forma periódica y reiterada. Antes de dejar la India para Europa por última vez, ella ejecutó lo que resultó ser su última Voluntad y Testamento, y el documento original está archivado aquí como lo establece la ley. Su fecha es el 31 de enero de 1885. Los testigos fueron P. Sreenivasa Row, E. H. Morgan, T. Subba Row y C. Ramiah. Contiene una cláusula en el sentido de que desea que sus cenizas sean enterradas en el recinto de la Sede en Adyar; y otra pidiendo que anualmente, en el aniversario de su muerte, algunos de sus amigos se reúnan aquí y lean un capítulo de La Luz de Asia y uno del Bhagavadgitâ. En cumplimiento de su sagrado deseo, por lo tanto, he traído sus cenizas desde Londres; a través del Atlántico, del continente americano, del Pacífico, desde Japón hasta Ceilán, y de allí hasta aquí, para que encuentren el último lugar de descanso que ella anhelaba, la tumba más sagrada que un siervo de los sabios indios podría tener. Juntos vinimos, ella y yo, de Nueva York a la India, por mares y tierras, a principios de 1879, para volver a encender la antorcha en la puerta del templo de gnyânam: juntos hemos venido ahora - yo vivo, ella un recuerdo y un puñado de polvo - de nuevo en 1891. Estamos separados en cuerpo, pero unidos en corazón y alma por nuestra causa común, y sabiendo que un día, en un nacimiento futuro, seremos nuevamente compañeros, co-discípulos y colegas. Mi deber privado hacia ella se ha cumplido: Ahora entrego a la Sociedad la custodia honorable de sus cenizas, y como Presidente me encargaré de que sus últimos deseos se cumplan en la medida de lo posible.

Luego quité una cubierta de seda y expuse un jarrón de Benarés cerrado, bellamente grabado, en el que estaban las cenizas de Madame Blavatsky. Todos los presentes se pusieron de pie y permanecieron en solemne silencio hasta que la urna mortuoria fue cubierta de nuevo.  

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Silencia tus pensamientos y fija toda tu atención en tu Maestro a quien aún no ves, pero que sientes.

                             La Voz del Silencio, H. P. Blavatsky

 

 

 

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