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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 139 - Número 06 -  Marzo 2018  (en Castellano)

 
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La semilla divina

 

Tim Boyd

Me gustaría considerar algunas cuestiones sobre la vida espiritual y sobre la vida en general. Una de las cosas que caracterizan la vida y la dirección de cualquier persona que adopte una práctica espiritual genuina es que necesariamente se entra en contacto con grandes temas. Las pequeñas cosas nunca desaparecen pero, de algún modo, parece que las mayores incluyen los detalles menores de la vida. La clase de grandes temas a los que volvemos una y otra vez son cosas como, por ejemplo, la admonición del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.

En nuestro planteamiento teosófico pensamos en términos de auto-conocimiento, auto-transformación, o auto-conciencia, pero, en cierto sentido, todo gira en torno a la cuestión primordial de “¿Quién soy yo?”. En parte, la reintroducción de la Teosofía fue para proporcionar vías de exploración más profundas en esta clase de cuestiones.

En La Carta del Mahachohan hallamos claramente descritos los dos estados debilitadores de la mente que han llegado a caracterizar la conciencia humana. En un caso se trata del “brutal materialismo”; la fuerza que lideraba su enraizamiento en la mente de la humanidad era la ciencia, o más bien, el cientificismo. La otra condición del pensamiento humano que la Teosofía intentaba tratar era lo que podría describirse como “superstición degradante”, o la rienda de una religiosidad basada en la letra muerta, que se había impuesto en la mente de la humanidad. Éstas son las dos tendencias a las que la Teosofía tuvo que hacer frente.

Generalmente todos tenemos un claro sentido de quiénes somos; a cada momento, necesitamos aplicarlo. Cuando nos preguntan “¿Quién es usted?”, nuestra respuesta comienza generalmente por señalar al componente más familiar del yo—el cuerpo. Incluso, a este nivel más básico, sabemos, al menos intelectualmente, que no existe tal cosa como un yo individual, una unidad de conciencia que pudiéramos llamar “yo”. El cuerpo humano, en virtud de su composición física, es un esfuerzo grupal, un proyecto colectivo que se produce a muchos niveles diferentes.

Incluso al nivel de la pura biología sabemos que estamos compuestos por billones de células y cada una tiene su conciencia individual. Éstas se constituyen en órganos mayores dentro del cuerpo, con una conciencia más expandida, y así sucesivamente. En un cierto punto, estos diferentes conjuntos de conciencia quedan impregnados por el alma, o dimensión espiritual, y entonces tenemos un “paquete completo”, un “Yo”, que es un proceso colectivo.

H.P.Blavatsky (HPB) en la Doctrina Secreta hace más explícita la naturaleza de la base cooperativa que somos. Describe al ser humano como una realidad triple. Dice que estamos compuestos por tres corrientes evolutivas: espiritual, intelectual y física. Según su descripción, cada una de estas corrientes está compuesta, dirigida y guiada, por los Dhyanis más elevados, o inteligencias espirituales, y cada corriente tiene sus leyes e instrucciones diferentes. Pero, de algún modo, allí donde confluyen estas tres corrientes, el sistema cooperativo resultante de las tres evoluciones es lo que da lugar a la humanidad y al ser humano. A un nivel profundo, no somos una unidad, sino que más bien tenemos la naturaleza de un proyecto.

¿Qué es lo que sabemos sobre la dimensión espiritual de nuestro ser? Cuando pensamos en términos de nuestra constitución, somos espíritu, alma y mente (ātmā, buddhi, manas) y así sucesivamente. Pero ¿qué sabemos sobre ese componente espiritual? HPB describe ātmā no como un principio, en modo alguno, de la constitución humana. Es una presencia universal que impregna el ser humano, pero no es un participante.

A menudo, cuando hablamos de temas espirituales, empleamos la analogía de la Luz. Aunque probablemente no coincida con lo que normalmente pensamos; la luz, por su propia naturaleza, es invisible. Por ejemplo, en el espacio, aunque parezca negro, la luz brilla continuamente en todas partes. El espacio interplanetario está lleno de luz, pero no la percibimos hasta que haya algún objeto sobre el que pueda incidir, algo que pueda reflejarla. Mientras eso no ocurra, no podemos percibirla, aunque nos esté rodeando por todas partes.

Las enseñanzas teosóficas hablan del vehículo (upādhi) del ātmā. El vehículo del espíritu es de tal naturaleza que permite percibir la luz del espíritu brillando sobre él. En nuestro léxico hablamos de buddhi. Sólo podemos ser conscientes del espíritu siempre-invisible y siempre-presente cuando interactúa con aquellos principios capaces de reflejar su presencia. En realidad no conocemos nada del espíritu. Lo que sí conocemos son sus reflejos.

En el ámbito de lo físico es donde nos sentimos más firmes porque, a lo largo de los últimos 400 años, hemos tenido una ciencia muy desarrollada, que se ha centrado exclusivamente en el ámbito de la realidad física. Debido a ello, cabría esperar que tuviéramos nuestro conocimiento más firme en la naturaleza de la corriente evolutiva física. Pero no debe sorprendernos que nuestro conocimiento de este aspecto de la realidad, que más intensamente se ha estudiado, sea enormemente limitado.

Les pido que exploren por sí mismos lo que la ciencia contemporánea nos dice hoy sobre un concepto que se ha vuelto fundamental para la comprensión científica. Se ha llegado a él porque al observar la forma de comportamiento del universo, parece, desde una perspectiva científica, que el universo se encuentra en un estado de continua expansión. Esto no puede explicarse por la energía y la materia que conocemos. Así que los científicos han supuesto algo que llaman “energía oscura/materia oscura”—oscura porque no pueden confirmarla del todo pero, según sus cálculos, tiene que estar ahí, porque de lo contrario, el universo no se comportaría de la manera en que lo hace. Aún tienen que descubrir su naturaleza e identificar sus cualidades, pero se comporta como materia, también como energía, y de algún modo es invisible.

En los cálculos de los científicos, para que nuestro universo se comporte como lo hace, esta “energía oscura/materia oscura” debería constituir el noventa y cinco por ciento del universo. Así que lo que consideramos como ámbito físico, lo que exploramos tan profundamente y creemos conocer completamente es, como mucho, ¡¡ el cinco por ciento del ámbito físico!! Éstas no son imaginaciones de un teósofo, son las afirmaciones de las personas más avanzadas de la ciencia contemporánea. Así que poco sabemos sobre nuestras dimensiones física y espiritual. De hecho, estamos básicamente centrados en esta zona de unión entre materia y espíritu, la corriente evolutiva intelectual o manásica.

¿Qué hacemos con todo esto? Una de las cosas que genera esta condición de múltiples corrientes es que la conjunción y el constante entrelazamiento de estas diversas evoluciones y sus inteligencias es lo que hace que el ser humano sea tan complejo como es. Y lo vemos expresado de diversas formas. San Pablo lo expresó muy bien, reflejando en una simple afirmación la complejidad de la constitución humana: “Las cosas que debería hacer, no las hago; las cosas que no debería hacer, ésas son las que hago”. Esta complejidad de voces, de inteligencias, y el terreno movedizo en el que centramos nuestra conciencia, afecta nuestra conducta permanentemente.

Hay cosas, lo sabemos muy bien, que harían avanzar el despliegue de una dimensión más profunda de nuestro ser, pero en nuestra vida diaria nos comportamos de la manera opuesta. Las cosas que sabemos que no deberíamos hacer, los alimentos que no deberíamos tomar, los hábitos de la mente que no deberíamos cultivar, las conductas poco amables que nos arrastran, ésas son las cosas que hacemos. Y no es únicamente la experiencia de San Pablo. Esta complejidad es con la que tenemos que enfrentarnos constantemente. Para hacerle frente, se nos aconseja lo siguiente: “Conócete a ti mismo” y nos dicen que deberíamos ir profundizando cada vez más en el conocimiento de cuáles son estos componentes, de manera que podamos participar de forma inteligente en su expresión o su no-expresión.

Hay muchas maneras diferentes de describir la mente según las distintas tradiciones. La “mente prístina” es un término maravilloso, procedente del Budismo Dzogchen (Tibetano). En las Stanzas de Dzyan se afirma que a medida que se iba construyendo el proyecto humano, varios componentes hablaron diciendo: ”Yo le daré sentimientos” y “Yo le daré el alma”. Y cuando le llegó el turno a la mente, ésta se describió como: “una mente que abarque el Universo”. Este componente es la semilla plantada en la conciencia de cada ser humano. Y en virtud de haber sido plantada en el conjunto más grande en el que participamos, que es la humanidad, todos sus componentes participan de ella.

“La mente que abarque el Universo” es la Semilla Divina que nosotros hemos de desarrollar. Como cualquier semilla, es algo muy específico. En el caso de la vegetación, es una forma embrionaria de la planta, cubierta por una cáscara como envoltura protectora. Cuando las condiciones sean las adecuadas, la semilla crecerá. Todos los patrones de su crecimiento futuro, el patrón completo del estado final que alcanzará, las fases por las que ha de pasar, están plenamente presentes en la propia semilla. Lo que determina que esos estados se alcancen depende completamente de las condiciones a las que sea sometida. Un ser humano comienza con la unión de dos células reproductoras para constituir una nueva célula, que se va dividiendo y entra en el mundo como una unidad funcional, un niño con un cierto peso, que pasa por la vida, crece, atraviesa varias fases, madura, y se pone de pie, pero todo comienza con la semilla. Como cualquier otra semilla, depende de las condiciones en que se encuentre.

En las zonas desérticas del mundo hay áreas en las que puede no llover en varios años; son así de secas. El desierto parece carente de vida, árido, sin esperanza de manifestar jamás la fuerza de la vida. Cuando después de varios años llega, por fin, la lluvia y empapa la tierra, vemos que en cuestión de días, el desierto, aparentemente carente de vida, se llena completamente de flores. Las semillas que yacían dormidas surgen a la vida cuando se dan las condiciones para que esta vida aparezca. En nuestra vida como practicantes espirituales, a veces nos gustaría sentir que con nuestro estudio y la meditación sería posible, de algún modo, conocer la Vida misma, conocer directamente el Espíritu, pero quizás esto no está todavía al alcance de nuestro desarrollo actual. ¿Cuál es, pues, nuestro papel en ese caso? Se parece mucho al de cualquier jardinero.

Un jardinero inteligente nunca pretenderá que puede explicar la fuerza vital contenida en una semilla. Lo que sí puede explicar, porque ha llegado a conocerlo profundamente tras muchos años de estudio y práctica, son las condiciones del suelo requeridas para que la semilla pueda manifestarse: el grado necesario de humedad, cómo adecuar la composición del suelo, y qué se necesita para proteger el nuevo brote emergente. Todo ello para que la semilla pueda tener las máximas posibilidades de expresar los potenciales ocultos en su interior —los cuales no  puede explicar el jardinero.

De manera similar, nuestro papel es el de proporcionar las condiciones que necesariamente producirán un resultado. Si la semilla está presente y se dan las condiciones, aparece la vida. Mediante un conocimiento menor se produce la aparición de una vida superior. Quizás parte de nuestra tarea sea eliminar parte de nuestra propia arrogancia —la idea de que tenemos que saber, que tenemos que controlar algo que se encuentra más allá de nuestra capacidad de comprensión, pero no más allá de nuestro potencial de participación.

La práctica espiritual genuina habla de esta participación. Hablamos del estudio, de la meditación y del servicio como catalizador. Estamos familiarizados con estas ideas. Lo que estoy tratando de hacer con mis reflexiones ahora es dirigir vuestra atención hacia esa semilla, olvidada con demasiada frecuencia, y permitirnos revisar nuestra manera de tratarla. Hace falta cierta ternura, cierta amabilidad, al intentar hacer entrar una nueva vida. No se trata de usar la voluntad, la expresión del espíritu, para controlar o mandar, sino de permitir ---de crear las condiciones para que florezca por sí misma. Éste es un proceso que requiere habilidad y sabiduría, y una conciencia cada vez más profunda de ¿Quién soy yo?.

 

 

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