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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 139 - Número 03 -  Diciembre 2017 (en Castellano)

 
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La profanación de los elementos

 

 

Radha Burnier

 

La Sra. Radha Burnier (1923-2013) fue la séptima Presidente internacional de la Sociedad Teosófica durante 33 años. Reimpreso de TheTheosophist, septiembre de 1987

 

Hasta la era industrial, los seres humanos permanecieron cerca de los cinco elementos - tierra, agua, fuego, aire y éter (âkâsa) - que la tradición decía que eran los componentes básicos del universo material. El universo era fuente perpetua de maravilla y misterio para los pueblos de la tierra antes de que la facultad de razonamiento reclamara el monopolio del conocimiento. La razón ha sido prolífica con explicaciones que arrojan una luz fuerte y deslumbrante sobre los fenómenos naturales. Es por eso que el misterio de la Naturaleza ha dejado de transportar al hombre al reino donde su mente se mezcla en armonía con la Naturaleza. Enamorado con sus propias ideas y programas, la mente humana se ha desterrado a sí misma de la grandiosidad, poesía y profundidad de la Naturaleza. Los elementos, que parecían ser divinos en épocas anteriores, se han convertido en simples sustancias químicas.

 

Los antiguos videntes de los Veda, quienes compusieron un vasto número de himnos en alabanza a los cinco grandes elementos, los consideraban más que substancias materiales, pues entendían su cualidad primordial de vida sustentadora. La tradición Oculta dice que los elementos físicos tienen sus contrapartes en los mundos más sutiles, hasta llegar al mundo espiritual. Los dioses como Varuna, Señor de las Aguas, y Agni, Señor del Fuego, eran personificaciones de la esencia espiritual de los elementos y del poder que ellos ejercían sobre la vida. Al reconocer esto, en ocasiones importantes, el hombre les hizo ofrendas simbólicas como expresiones de gratitud y adoración.

 

El agua en cualquier forma -lluvia o nieve, río u océano- ha jugado un tremendo papel en la vida del hombre. Su cuerpo, así como los cuerpos de otras criaturas, están compuestos principalmente de agua. El agua purifica y limpia, se necesita para cocinar, transporta e implementa mil funciones diferentes sobre la tierra. Un distinguido erudito musulmán, comentando sobre el clásico primer sura o himno del Corán, señala que la sola existencia de agua sobre la tierra es suficiente para demostrar que un poder inexplicable opera en todas partes. Porque ¿qué haríamos nosotros y todas las demás criaturas sin agua? Dice un famoso mantra védico:

 

Oh Agua, tu eres fuente de Bienaventuranza…

Qué esencia más dichosa hay en ti,

Que nos haces compartirla, como madres amorosas.

 

Similarmente, acerca del Fuego dijeron:

 

            Oh fuego, guíanos a la abundancia por buenos caminos,

            Oh Dios, que conoces todos los caminos….

            A ti el Uno Verdadero hacemos esta oblación.

 

Para los Zoroastrianos, el fuego era el más puro de todos los elementos, el inspirador de las buenas obras, buenos pensamientos y buen habla.

 

También se pueden encontrar actitudes similares hacia los elementos en otras partes. En China, la lluvia, los truenos, los relámpagos, etc. fueron nombrados como dioses. Numerosas leyendas acerca de ellos, enseñaron a la gente común un sentido de respeto. La lluvia por ejemplo, no era un evento común, simplemente para ser explicado en términos científicos, era la expresión y acción de un gran espíritu fecundo o dragón.  En ambas, India y China, se creía que las montañas eran la morada de los dioses. La tierra misma es una diosa, cuyo cuerpo físico no debe ser profanado y cuyos productos no deben ser desperdiciados. Los ríos eran sagrados y su belleza fue descrita con elocuencia.

 

El paralelo a todo esto puede ser encontrado en diversas mitologías griegas y nórdicas. Thor, el rey de los dioses, con sus rayos, es la expresión nórdica del rey indo del cielo, Indra, que despliega el arco iris y ataca con truenos.  Estos grandes dioses eran asistidos por numerosos semidioses y seguidores invisibles, que representaban quizás las diferentes funciones desempeñadas por los elementos.

 

El respeto por todo lo concerniente a la Naturaleza llegó espontáneamente a la gente que observaba esto con admiración. El indio americano amaba la tierra en donde vivía y nunca pensó en poseerla ni explotarla, por lo tanto, tomó en modesta medida, de acuerdo con sus necesidades. Se han conocido ejemplos de aborígenes australianos quienes, sintiéndose parte de la tierra y sus elementos,  instintivamente sabían dónde se podía encontrar agua debajo de las arenas del desierto.

 

La actitud moderna hacia los elementos naturales es, por el contrario, vulgar. La idea de conquista y utilidad ha reemplazado el sentido profundo de milagro y adoración que existía en relación con la tierra, las montañas y fenómenos naturales de todo tipo. El resultado es que el hombre se está haciendo infinito daño a sí mismo. En lugar de venerar los ríos y usar sus aguas para purificarse a sí mismo, él la contamina con químicos, aguas residuales, basura nuclear, etc. Palabras como Chernobyl, Bhopal y Rin han adquirido una nueva connotación, que indican desastres de diferentes tipos. Esfuerzos por desviar ríos minan la tierra, y el uso codicioso de los diferentes elementos ha traído nuevos problemas y ha causado graves daños. La destrucción indiscriminada de los bosques es la causa de hambrunas desastrosas.

 

Para el hombre moderno, el enfoque de los antiguos y de la  gente simple de la tierra puede parecer supersticioso. Los textos antiguos aconsejaban al hombre a no cortar nunca un árbol a menos que fuera absolutamente necesario, e incluso entonces pedir perdón al deva, quien custodiaba el árbol. El hombre moderno no cree en tales guardianes de los hijos de la Naturaleza. Pero es hora de pensar de nuevo sobre estos temas. Puede haber una sabiduría mucho mayor al mirar a la Naturaleza con asombro y respeto y venerar sus elementos, que el mirarla con ojos profanos y sólo ver objetos para explotarlos en todas partes. ¿Puede revertirse esta tendencia por medio de una nueva educación de los sentidos y un tipo de sensibilidad diferente?

 

 

A medida que tratamos de movernos asiduamente desde el centro del "yo" hacia centro del "Yo", una mayor serenidad, paz y bienaventuranza comenzarán gradualmente a envolvernos, una mayor ternura y preocupación por el bienestar de todo lo que vive, surgirá dentro de nosotros, así como una mayor comprensión compasiva de las palabras y acciones de los demás, por muy poco amables que sean; porque el Yo es uno y por lo tanto sin egoísmo ni contienda. Se ha observado acertadamente que cuando un Maestro sonríe a la debilidad de una persona, con su sonrisa va una bendición para hacerla más fuerte.

 

Para poder moverse con firmeza desde el "yo de la materia" al "Yo del Espíritu" o desde el egocentrismo al "Yo centrado", se ha dicho que uno tiene que estar en la "atalaya" todo el tiempo; o, como el Señor Buda advirtió una vez a su discípulo,"Manténgase despierto, Ananda, bien despierto".

Surendra Narayan

                                                          La vida es para vivir, "Mantente despierto".

 

 

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