Volver al Índice de Revistas
El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 139 - Número 03 -  Diciembre 2017 (en Castellano)

 
Anterior
Página 5
Siguiente

 

Las estaciones de la mente

 

 

Tim Boyd

 

 

En La Doctrina Secreta de H.P. Blavatsky, antes de presentar el trabajo propiamente dicho, la autora dedica unas líneas a llamar nuestra atención en una determinada dirección. Afirma que todo el contenido de La Doctrina Secreta está basado en las Stanzas de Dzyan y para dar al lector una idea de las mismas expone unas ideas básicas a las que denomina las Tres Proposiciones Fundamentales.

La primera Proposición Fundamental presenta “un PRINCIPIO Omnipresente, Eterno, Ilimitado e Inmutable sobre el que es imposible toda especulación”, y lo describe como “impensable e inefable”. La segunda Proposición habla sobre la periodicidad, y ésta es la que quiero examinar aquí. La tercera Proposición hace referencia al “peregrinaje obligatorio” de cada alma. Ésta queda mucho más cerca de nuestra experiencia y de nuestro nivel actual de comprensión.

En la Segunda Proposición Fundamental, HPB afirma que hay una determinada observación que se ha verificado en todos los departamentos de la Naturaleza, un hecho innegable y universal, la Ley de la Periodicidad. Señala algunos de los muchos ejemplos disponibles tales como la alternancia entre el día y la noche, la vida y la muerte, el sueño y la vigilia, etc. Estos acontecimientos periódicos son tan universales que se refiere a la periodicidad como “una Ley Absoluta del Universo”.

Nosotros también experimentamos los períodos como resultado de combinaciones mayores del día y la noche y así tenemos el ciclo del año, el ciclo anual en el que la Tierra da una vuelta completa alrededor del Sol. Partiendo de un punto, regresa a ese mismo punto respecto al Sol, y eso constituye un año solar, durante el cual ocurren muchas alternancias menores, como son los 365 períodos del día y la noche. Ese mismo concepto de períodos es aplicable a todos los niveles desde lo pequeño hasta lo grande.  Así tenemos el día y la noche cósmica, el día de Brahma y la noche de Brahma. Se habla de la vida de un planeta como uno de esos “días” y de su obscuración como una de esas “noches”. Se trata de vastos espacios de tiempo, de los que nuestra comprensión es necesariamente limitada.

Esta idea se expresa de diversas formas en todas las tradiciones espirituales del mundo. En las escrituras Cristianas, en el Libro del Eclesiastés, encontramos una expresión de esta segunda Proposición Fundamental, repetida frecuentemente. La reproducimos parcialmente: “para cada cosa hay una estación, y un tiempo para cada propósito bajo el cielo”. El autor añade una larga lista de algunas de estas “estaciones”: “un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para recoger lo plantado; un tiempo para matar y un tiempo para curar; un tiempo para derruir y un tiempo para construir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para dolerse y un tiempo para bailar....”. Cada cosa tiene su estación. Mientras haya manifestación, habrá alternancia. Muchos de los que reconocemos como ciclos en la Naturaleza se reflejan también en nuestros ciclos psicológicos. Estos ciclos interiores son objeto de exploraciones más profundas sobre la naturaleza de la experiencia humana, expresadas en las escrituras y en los planteamientos espirituales del mundo.

Hay un ciclo particular sobre el que se centraron la vida y las enseñanzas de Buddha, una rueda que se repite continuamente y en la que está atrapada la humanidad, a través de la cual pasamos sin remisión -el ciclo llamado Saṃsāra- la rueda que conduce desde el nacimiento, a través de la vida, hasta la muerte y el renacimiento. Ligado íntimamente al Saṃsāra, encontramos otro ciclo claramente psicológico, conocido como los doce Nidānas, o concatenaciones interdependientes de causas y efectos, que nos llevan al Saṃsāra y nos tienen muy apresados. Tienen como origen la ignorancia, y como final la muerte y el renacimiento, conduciendo a la repetición del ciclo en la ignorancia. En ausencia de otros factores, estos ciclos condenarían a la humanidad a la repetición sin fin de una situación del ser insatisfactoria.

Sin embargo, hay otro factor que entra en juego, el factor de la conciencia, y particularmente de aquella conciencia que ha alcanzado un nivel de auto-conciencia. La posibilidad de interrumpir el círculo y “bajarse de la rueda” se presenta en aquel punto del desarrollo propio en el que la aseveración “Cada hombre es su propio legislador absoluto” comienza a tener sentido. En lugar de un ciclo que se repite continuamente sin interrupción, la intervención de una conciencia desarrollada lo eleva y lo hace salir del plano de la repetición constante de una existencia dominada por la ignorancia. Visto desde arriba es un círculo; visto desde otro ángulo con el desarrollo de la conciencia, lo que vemos es más bien una espiral. La forma sigue siendo circular, pero ahora se produce a distintos niveles. Se ha añadido algo más profundo con el desarrollo de la conciencia.

Las estaciones de la actividad interior han sido incorporadas en las prácticas sociales, religiosas y espirituales de todo el mundo. En la India existe el célebre patrón de las etapas de la vida, conocido como los cuatro ashramas -las cuatro estaciones de cada encarnación. Comienza con la juventud, el ashrama brahmacharya, en el que aprender, atender y escuchar son las actividades propias de esa estación de la vida. Es progresiva en el sentido de que el periodo de aprendizaje permite su aplicación en la siguiente estación. No difiere de lo que observamos en las estaciones de la Naturaleza. Cada una prepara la actividad de la siguiente.

Después de la fase de aprendizaje viene la aplicación de lo aprendido en la estación del padre de familia, grhastha, en la que predominan la familia, la carrera y las responsabilidades dentro de la comunidad. Terminada la fase del padre de familia, llega un periodo de retirada, al igual que la primavera conduce al verano y éste al otoño. Es un periodo en el que la energía que se tuvo durante la vida empieza a retirarse y a descender hacia sus raíces en una etapa de quietud, de contemplación, de retirada del mundo de la actividad. En la India clásica era la estación del ermitaño o residente en el bosque (vanaprastha).

La época del retiro permite experimentar el viaje hacia un centro fundamental cuya expresión más plena está sofocada durante el transcurso normal de la vida. Este periodo de residente del bosque conduce a la posibilidad, pocas veces asumida, tanto ahora como en el pasado, del renunciante, el sannyasi, aquél que renuncia a todas las conexiones con la vida mundana, para concentrarse únicamente en su unificación con lo Divino. Éstas son las manifestaciones de las encarnaciones, un ciclo dentro de otro ciclo.

La importante pregunta formulada por Ramana Maharshi  -“¿Quién soy yo?”- es nuestro interrogante permanente. Nuestra forma de contestarla va a determinar nuestra manera de conducirnos en el mundo. Hay muchas maneras de expresarlo. “¿Quién soy yo?” significa, desde un punto de vista ocultista, que cada ser humano es la expresión del espíritu más elevado y de la materia más baja, unidos por la mente. No se trata solamente del ser individual humano, sino de la etapa humana; todos compartimos esta naturaleza triple, sus leyes y directrices. El vínculo de unión entre el espíritu más elevado y la materia más ínfima es siempre la mente. Llegar a entender el funcionamiento de la mente en relación con estas otras dos corrientes es algo fundamental, y parece ser la búsqueda en la que nos hallamos cada vez que respondemos de forma despierta.

En nuestro proceso del desenvolvimiento de la conciencia, siempre es la mente el componente primario involucrado. Para llevar a cabo eficazmente este proceso, es necesaria la comprensión y habilidad para trabajar con las capacidades de la mente. La mente tiene sus estaciones. ¿Qué aspecto tendrán estas estaciones?

¿Cómo podríamos describirlas y, sobre todo, cómo podemos experimentar estas estaciones e interactuar con la naturaleza estacional de la mente? En muchos aspectos, las distintas escrituras de todo el mundo nos ayudan a abordar este problema fundamental. Una de las joyas espirituales de la humanidad es una pequeña sección del gran poema épico, el Mahabharatha. En él encontramos el Bhagavad Gita. Este texto es una fuente inagotable de precisas, poderosas y convenientes descripciones de algunas de las estaciones de la mente humana y de su potencial de expansión.

El potencial de la mente humana se describe en la Doctrina Secreta como capaz de “abarcar el universo”. En el Gita encontramos el diálogo entre el príncipe guerrero, Arjuna, y su auriga Krishna, su Divinidad interna, que intenta comunicarnos algo de ese mayor potencial. Su significado se diluye si lo vemos como una conversación histórica, aunque pudiera tener también su valor. Sin embargo, como todas las verdades profundas, pertenece, más bien, a la naturaleza del mito. Un hecho es una cosa muy pequeña. El mundo está lleno de hechos carentes de sentido. Sin embargo, el mito es un gran relato basado en expresiones simbólicas, símbolos que se conectan con los aspectos más profundos de nuestra conciencia, permitiéndonos entonces una experiencia a un nivel mucho más profundo.

Siempre que encontramos al príncipe en un relato, éste, necesariamente, no es rey todavía. 

Aunque de naturaleza real, la evolución requerida para tener su auténtica estatura real y ser regidor de un reino aún no se ha producido. Cuando aparece un príncipe, nos surge inmediatamente la idea de que quedan más cosas por venir. El Baghavad Gita comienza con el príncipe Arjuna al comienzo de una gran batalla. El primer capítulo habla sobre una estación de la mente con un potencial muy rico. También tiene una fuerte capacidad de influirnos para tratar de evitar su experiencia. No es el lugar al que nos guste ir en nuestra vida cotidiana o en nuestros esfuerzos de crecimiento y comprensión.

Es así porque el primer capítulo del Gita trata del profundo y transformador abatimiento que siente Arjuna, de su desesperación y depresión. Sólo partiendo de esta estación inicial de su mente, podía producirse este diálogo. Sin la demoledora experiencia del abatimiento, no hubiera habido diálogo entre el yo exterior y el divino Ser interior. Es algo que necesitamos valorar. Nadie que tenga una mente sana busca la desesperación o el abatimiento. De hecho, tampoco buscamos la primavera, el verano o el invierno. Cada una tiene su tiempo y nos llegan sin que las busquemos.

La razón nos pide prepararnos para aquello que sabemos que nos vamos a encontrar.

También durante la vida hacemos preparativos para el momento en que ya no estemos aquí: transmitimos nuestras pertenencias, nos deshacemos de nuestra casa y firmamos nuestro testamento. Son los preparativos y conducta habituales. A un nivel más profundo, también nos preparamos a lo largo de la vida para ese momento, experimentando lo que significará para la conciencia funcionar desprovista del cuerpo. Dedicamos tiempo a la meditación, para lograr una perspectiva correcta de la relación de la conciencia con su vehículo y en ese proceso tenemos unas experiencias que, debidamente entendidas, tienden a facilitar el proceso de la transición. Cualquiera que haya tenido la experiencia de la vida que hay más allá del cuerpo, difícilmente en el momento de la muerte anhelará la limitación, el dolor y el sufrimiento, que son consecuencia de la vida dentro de un cuerpo. Forma parte de la práctica.

En el caso de Arjuna, estaba listo para lo que había sido preparado a lo largo de toda su vida. Como miembro de la casta de los guerreros, su carácter, su preparación y experiencia eran que su vida y su dharma consistían en guerrear. Y particularmente, cuando una batalla tan legítima y noble se presentaba ante él, la elección, dado su dharma, era obvia. Pero esa elección, debido a la estación particular de su mente, estaba en contradicción con su formación y con su dharma, y por eso surgió la conversación. Obviamente, la naturaleza de la conversación iba más allá de la batalla que tenía ante sí. Después de hablar inicialmente con Arjuna, como ocurre entre un padre y un hijo, el hijo pasa por un momento de miedo e incertidumbre, consecuencia de una visión incorrecta del mundo. Y ¿qué sucede? Cogemos al niño en brazos y le hablamos. Krishna, como el padre divino que es, le dice al atormentado hijo: “Todo está bien, no te preocupes, hay más que lo que tú ves. Llegará el día en que comprenderás que ninguno de aquéllos con los que vas a entrar en batalla va a morir ni tampoco va a nacer. Nada nace, nada muere, todo ello es una expresión de la naturaleza de lo Divino”. A medida que la mente de Arjuna se calma, aparece una posibilidad más profunda y, de este modo, las enseñanzas del Gitä comienzan a desarrollarse. Pero es este aspecto estacional de las fluctuaciones de nuestra conciencia lo que deberíamos explorar. Cuando tomamos conciencia de algo es cuando podemos hacer algo al respecto.

Tuve un profesor con el que nos reuníamos un grupo de jóvenes para escucharlo. Hablaba de muchas cosas profundas, en gran parte relacionadas con su vida, pues era bastante mayor que nosotros. A veces dejaba de hablar y nos preguntaba: “¿Entendéis lo que estoy diciendo?”. A veces, se dirigía directamente a mí, y como yo siempre lo escuchaba muy atento, mi respuesta era: “Sí, claro que lo entiendo”. Tras una breve pausa, mirándome, decía: “¡No, no lo entiendes!”, y yo argumentaba, “Sí, sí lo entiendo” y repetía exactamente las palabras que acababa de decir. Me seguía mirando amablemente, y sacudiendo la cabeza, decía: “No, me has escuchado pero aún no lo entiendes. Pero ya lo entenderás. Llegará la estación en que la comprensión de lo que hay detrás de estas palabras y el despliegue de tu propia conciencia y de tu capacidad para entender habrán hecho su camino, y en algún momento esos dos puntos se encontrarán, y entonces lo entenderás. De momento, tienes el conocimiento. En ese momento futuro está la posibilidad de comprender, algo que supera al conocimiento, igual que el espacio supera al cielo”.

Esta es la posibilidad. En este momento nuestro trabajo y nuestra capacidad nos permiten tratar de comprender, sabiendo que con el esfuerzo se pueden alcanzar algunas cosas, pero la comprensión no es una de ellas; la sabiduría no es, ciertamente, una de ellas. En la fase en que nos encontramos ahora, nos esforzamos. Nuestra responsabilidad, nuestro dharma, para los que vemos algún significado en el camino espiritual, consiste en intentarlo. Una y otra vez en las Cartas de los Maestros, en los escritos de H.P.B., hay algo en lo que se insiste constantemente: debemos intentarlo.  El éxito no está asegurado, ni se insiste sobre él, pero intentarlo y esforzarse está dentro de las capacidades de todo el mundo sin excepción. Evitar hacer ese esfuerzo es actuar de forma poco seria. Una cierta seriedad, que no es lo mismo que la falta de humor, es una exigencia en cada una de las estaciones de la mente.

 

 

 

 

 

 

 

 

Anterior
Página 5
Siguiente

 


 

 
 
000webhost logo