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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 138 - Número 12 -  Septiembre 2017 (en Castellano)
 

 
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Principios de la vida superior

 

Manju Sundaram

Antigua miembro de la Rama Kashi Tattva Sabha, Varanasi; de la Sociedad Teosófica de India.

Charla ofrecida en la Convención Internacional, Adyar, 29 de diciembre de 2014.

 

Llegan momentos en nuestra vida en que la conciencia de repente se ilumina con el reconocimiento de algo que se eleva y se extiende más allá de las trivialidades de los acontecimientos diarios. Aunque puedan ser fugaces, estos son los momentos del desenvolvimiento de la visión de Unidad, momentos que abren nuestro corazón a todas las maravillas y misterios de la Naturaleza y la extensión ilimitada de la vida, a los grandes fenómenos de la vida.

Uno recuerda, con asombro y deleite, algunos de los muchos incidentes que han dejado una impresión indeleble en nuestro corazón, que tocaron las regiones más profundas de nuestro ser y, lo más importante, ofrecieron una visión inspiradora de los siempre refulgentes planos y dimensiones de la existencia. Me gustaría compartir solo dos de ellos aquí.

 Esto sucedió en el año 2009, cuando un niño de ocho años, mientras desayunaba una mañana, le preguntó a su madre: “Amma (madre), ¿tengo que creer en Dios?" Su madre, que era mi alumna en Varanasi y que ahora es una reconocida bailarina y coreógrafa, naturalmente no estaba preparada para tal pregunta. Permaneció en silencio por unos instantes, luego le respondió: "No, hijo, ciertamente no. Nadie te obliga a creer o no en Dios. Eso depende completamente de ti." Y con voz tierna, agregó:

Pero hay ciertas cosas sobre las que me gustaría que reflexiones. ¿Ves esta maravillosa tierra, esta belleza extraordinaria en la Naturaleza que nos rodea, las altas montañas, los océanos insondables, los desiertos impresionantes, los bosques densos e impenetrables, el sol, la luna, las centelleantes estrellas, los animales, aves, pequeños insectos y, por supuesto, nuestros compañeros humanos? Todos han estado allí, nadie sabe desde cuándo. ¿Crees que nosotros los humanos hemos creamos todo esto, hijo, tú, o yo, o gente como nosotros? ¡Por supuesto que no! ¿No crees que debe haber y hay algo que es mucho, mucho más grande en inteligencia, energía y poder? Sin duda, hay algo grandioso y sabio que trabaja detrás de toda esta Creación.

Luego, la madre, sin esperar la respuesta de su hijo, siguió su camino, y el niño el suyo; ambos en silencio.

Pasaron dos años, el niño tenía ahora diez años de edad. La madre estaba diseñando la coreografía de un baile-drama basado en la vida y filosofía del gran santo poeta y vidente, Kabir, y en este día en particular había tomado una de las canciones famosas de Kabir, que podría resumirse así:

¿Por qué y dónde me buscas, amigo mío? Ni en el templo ni en la mezquita ni en Kaaba, ni siquiera en el Monte Kailash me encontrarás. No estoy en los rituales y ceremonias que tú realizas, ni estoy en las prácticas de yoga y austeridades. Encontrarás la realidad en un momento, si lo deseas, ya que ¡estoy dentro de tu propio ser! Soy el aliento mismo de todos los alientos.

 

El niño estaba sentado allí, mirando atentamente el ensayo y a la vez escuchando la canción de su madre con gran atención. Cuando el ensayo terminó, el niño, silenciosamente fue a su madre y le dijo: “Amma, yo creo en ese Dios.” Luego se detuvo un momento y dijo de nuevo: “No, Amma, no creo en él, porque ese soy yo".

¡Un niño de diez años! ¿Qué le había sucedido al niño? La madre no le había explicado el significado ni el contenido [de la canción], pero seguramente algo lo estremeció. Algo tocó profundamente en su interior. ¿Qué era eso que estaba sucediendo constantemente en su interior estos últimos dos años? Preguntando, indagando, explorando, dialogando con su propio ser interno, su alma tal vez, y cuando estuvo listo para recibir en aquellos momentos vibrantes y receptivos la Verdad, o Dios, o la Realidad Suprema, se manifestó a sí misma como una profunda canción.

 La conciencia pura e inocente en el cuerpo joven, aún libre de las cadenas de la vida material y todas sus redes de experiencias, intuitiva e instintivamente podía ser, y fue, testigo de la omnipresencia de lo Uno. Él ya no era más una entidad separada, su conciencia individual se fusionó con la fuente de esa Conciencia Universal. ¿No es acaso cierto que en este mismo estado se encuentra la verdadera realización del alma individual, fusionándose totalmente con lo Indivisible? ¿No es acaso la pequeña gota, el océano mismo?

¿Es posible, realmente ser como un niño: inocente, espontáneo y sensible? ¿Es posible morar en ese estado carente del yo que no puede ser lastimado ni herido? Es solo el yo pequeño, el ego, el que se lastima o se hiere. Por eso tal vez, es un ser puro, inocente, quien se convierte en canal para la efusión de la Gracia Divina, la Divina Bienaventuranza.

Uno recuerda vívidamente las visitas de J. Krishnamurti durante el invierno, a los establecimientos educativos, en Rajghat, Varanasi. Sus charlas se llevaban a cabo en la hermosa sala de reuniones de la escuela infantil con vista el río Ganga. Durante sus charlas, en las mañanas, entre las 9 y las 10.30 a. m., invariablemente tres o cuatro trenes pasaban sobre el puente a tres kilómetros de distancia, en línea recta. ¡Cada vez que el tren pasaba por el puente, el fuerte ruido metálico hacía temblar las ventanas de la sala!

Se hacía difícil escuchar a Krishnamurti con claridad. Siempre, durante esos dos o tres minutos, Krishnaji permanecía en silencio; pero él no se detenía abruptamente, sino que dejaba que sus palabras y su voz se desvanecieran con el ruido, tal vez para recibir y dar la bienvenida al ruido del tren y todo lo que éste traía. No había ni un ápice de resistencia, molestia u oposición. Lo que uno veía y sentía era una sensación de profunda reverencia, humildad y espontánea aceptación de esos momentos con amorosa renuncia. La sala se colmaba con la resonancia de un profundo y vibrante silencio.

 El ruido del tren sobre el distante puente formaba parte del silencio, de la quietud. Junto con el ruido del tren uno también sentía la etérea presencia de las macizas columnas que sostenían el puente, las aguas tranquilas del Ganges, la brisa fresca de la mañana, al igual que el calor del brillante sol. Nada estaba separado, roto o fragmentado. No había una nota que fuera discordante o disonante. Todos eran como los compases de la Melodía Única que fluía allí. El ruido realmente hacía que el silencio interno fuera más profundo, lo cual tenía una tremenda energía, vitalidad y un efecto abrumador en todo nuestro ser. Era una atmósfera que ofrecía la oportunidad de  saber más de uno mismo, aprender de nuevo, escuchar, ver, sentir y percibir intensamente más allá de lo físico, más allá de lo mundano, más allá de lo inmediato o lo distante; era como ver más allá del horizonte. Era en este despliegue de conciencia que uno comprendía la profunda afirmación en Sánscrito: sarvam sarvâtmakam, “todo habita en lo Uno y lo Uno en todo".

¿Y qué otra cosa podría ser la revelación? Revelación que ciertamente no es ni una parte ni un aspecto de alguna comprensión intelectual o especulativa, sino que insinúa el desarrollo de algo inmenso. Es esta revelación la que nos permite tener un destello de los reinos de esa Inteligencia que está detrás de toda esta Creación. La inteligencia que se manifiesta de las maneras y con las formas más sutiles, comunicando mensajes, dando lecciones, vislumbres, instrucciones, orientación, advertencias ocultas, pero sobre todo, la Inteligencia que nos permite una mirada vacilante al funcionamiento de las Leyes y también a las insondables profundidades de la Unidad del Esquema Cósmico, el Plan Cósmico.

Es en esos momentos que nos damos cuenta de que el hombre no es solo un cuerpo físico, ojos que ven, oídos que oyen, un cuerpo que desea alimento, agua o dormir. El hombre tiene una mente que piensa, un corazón que palpita, duele o se regocija, y un alma que siente, percibe, imagina. El cuerpo hace todo como una rutina, pero ciertamente se dan algunos momentos intensamente esclarecedores en que el cuerpo físico hace lugar a la visión profundamente intuitiva e instintiva del alma, del corazón, para ver, escuchar y percibir todo lo que está más allá de los límites y fronteras de lo físico. Uno de repente despierta y ve no solo la profunda realidad de la Unidad con la totalidad, sino también la pérdida, de modo inconsciente, de la conciencia individual en el todo.

Sin embargo, observamos con claridad que la mayoría de nosotros vamos convirtiendo nuestras vidas en mera monotonía, llevando la exánime carga de la existencia como se puede, a veces incluso lamentándonos y maldiciéndola; una vida reducida a una existencia sin sentido, totalmente desprovista de felicidad, satisfacción, bondad, belleza y alegría. Pero debemos llegar a la Verdad de que la vida no es mera existencia; la vida es estar vivo a cada momento, cada situación, cada acontecimiento. La vida es exactamente como uno la contempla, como uno desea que sea, la actitud con la cual nos 'comunicamos con ella'. Es la forma en la que la abordamos. La satisfacción y la felicidad no están en qué recibimos, ni en qué se nos ofrece, sino en cómo uno recibe y responde a eso.

Es aquí donde nos detenemos, le permitimos a nuestra mente estar en silencio. Y en estos momentos de reflexión y reposo, de repente vemos la belleza de la afirmación: “La existencia es un hecho, pero vivir es un arte”. La vida tiene que ver principalmente con el arte. En todas las artes creativas está presente el constante flujo de armonía, ritmo y orden, sin obstáculos. Hay armonía de líneas, colores y formas, de movimiento y silencio, de melodía y ritmo, armonía de perspectivas, dimensiones y proporción. De hecho, todas las artes creativas son solo símbolos en miniatura de la Ley, el Orden que gobierna y trabaja detrás de todo el universo.

 ¿Y qué otra cosa es la Vida aparte de esto? La vida es esencialmente Armonía Universal. La vida es orden, movimiento y ritmo; es la proporción correcta, la perspectiva y percepción correctas, junto con la belleza y armonía de la co-existencia. Despertamos a la verdad de cada pequeña cosa que hacemos, cada acto trivial, cada pensamiento o nota que se ejecuta, que se canta o se expresa ayuda a crear y agregar a la omnipresente Armonía del Universo. Tiene que haber en la vida equilibrio y combinación de mente y corazón, de actividad y reposo, de poder y sabiduría. Y es este equilibrio el que produce la comprensión de los principios eternos de la vida, de su unidad esencial, su profunda interconexión, su interdependencia y unión, en el sentido más amplio y más profundo.

El arte es la respuesta creativa a la vida misma, entregándose completamente, renunciando a nuestro pequeño yo incondicionalmente frente a algo con un sentido de reverencia y de lo sagrado. Me pregunto muchas veces, mientras reflexiono sobre los principios de "la vida suprema", respecto a lo que ese estado podría ser, ese estado de ser, ese nivel de conciencia, ese plano en el que uno habitó; y de repente me recuerda una hermosa frase, muy profunda de Rabindranath Tagore, en la cual habla sobre la fe: "La fe es el ave que siente la luz y canta cuando el amanecer todavía no llega".

El ave no espera ver la luz con sus pequeños ojos porque ya la ha visto con los ojos del alma. Ya ha sentido la luz en lo profundo de su ser. Intuitivamente sabe que la luz está allí. Sabe que el sol magnífico emerge de las profundidades del horizonte y alegremente canta la canción de bienvenida.

¿Qué es ese estado? No tiene nada que ver con comprensión intelectual, especulación, argumentos, razonamiento, lógica, con tratar de probar algo con evidencia, nada de eso. Es el terreno de la intuición, la visión de la intuición, una aguda y penetrante percepción en los reinos de la Realidad, y ese es el desenvolvimiento de esa conciencia luminosa bajo cuya luz uno ve, en un flash, la totalidad, uno ve a Dios, la Realidad, vemos lo que es ilimitado, compartimos lo inconmensurable, somos lo inconmensurable. ¿Qué es esa fe? Es esa entrega absoluta, completa e incondicional a lo inmanifestado, a lo invisible, e incluso el rendirse a lo omnipresente, a lo siempre presente, a lo omnipotente. Ése tal vez es el estado al que nos referimos como el plano superior de la vida.

La vida superior o la vida interna no se opone a la vida terrena, no está alienada de la vida cotidiana. La vida superior es más rica, más plena, es una vida totalmente enfocada en la perfección. Una vida que ofrece una visión clara, una comprensión total de las leyes internas del universo. Entonces nos damos cuenta de que cada manifestación en este universo está allí con un propósito sagrado, es una nota especial que se suma a la armonía. Cada fenómeno, cada suceso tiene un claro mensaje de sabiduría para transmitir. Cada ser que viene a este mundo viene con un propósito importante. Todos tienen un papel único que desempeñar para lograr ese propósito, para realizarlo. Entonces nos abrimos a un reino de conciencia totalmente diferente.

Nuestros pensamientos, sentimientos, acciones, todo está en total conformidad y sintonía perfecta con las leyes y música del universo. Nuestro cuerpo, mente y alma, todo se transforma en una significativa nota musical en la Gran Sinfonía.

Uno ya no arrastra la carga de la existencia. El aumento de la energía creativa, con todo su poder y fuerza motivadores, transforma la mera existencia en una nueva vida, una vida significativa, una vida más rica y plena, una vida en la que cada momento trae nueva inspiración, esperanza y vitalidad y un nuevo comienzo.

Y este quizás sea el estado en que la vida misma es un templo, la vida misma es una oración, una invocación, siempre sagrada, siempre hermosa y siempre dichosa.

 

 

 

La mente que no está en silencio, nunca es libre,

y los cielos sólo se abren a la mente silenciosa.

J. Krishnamurti

 

 

 

 

 

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