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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 138 - Número 12 -  Septiembre 2017 (en Castellano)

 
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Sanación y sanadores

 

Tim Boyd

 

 

Al tema de la sanación y los sanadores no se le presta toda la atención que se debería, al menos en nuestra literatura teosófica formal. He tenido la suerte de haber estado en contacto con algunos buenos sanadores de diferentes orígenes. A menudo, cuando conocemos a personas que son sanadoras físicas, si les preguntamos sobre el origen de la fuerza o energía que fluye a través de ellos, los que no han tenido ningún contacto con las enseñanzas teosóficas dirán que “es un don de Dios”. Y no es algo del todo incorrecto, porque el hecho de tener esta capacidad de curar se considera, a menudo, como un don sobrenatural.

Durante uno de los períodos frecuentemente olvidados de la vida del Coronel H. S. Olcott, éste se dedicó intensamente a hacer un trabajo considerable de curación dinámica y potente. Durante sus visitas a Ceylán (hoy Sri Lanka) su trabajo principal consistió en revivir el Budismo, al que él consideraba una expresión de la Sabiduría Eterna. En el Ceylán de aquella época, el Budismo había quedado relegado a una situación muy marginal. Entonces, en un cierto momento, los misioneros cristianos, que se afanaban activamente para minar el Budismo en Ceylán, anunciaron que habían descubierto un pozo milagroso, cuyas aguas podían curar en nombre de Jesús y de la Iglesia católica.

Olcott, siendo quien era, se dirigió a los monjes budistas, diciéndoles: “antes de que esto eche raíces en la mente de las gentes, vosotros tenéis que hacer algunas curaciones. Como Budistas, vosotros debéis curar”. Pero ninguno se ofreció. Así que como Olcott era del tipo yankee práctico de “siempre se puede”, decidió hacer él las curaciones. Sabiendo que todas las curaciones tienen el mismo origen, decidió hacerlas en nombre de Buddha. Treinta años antes, había conocido las enseñanzas y el trabajo de Antón Mesmer. Incluso había hecho algunas prácticas de sanación mesmérica.

En las Cartas de los Mahatmas se habla mucho sobre el mesmerismo y su capacidad de curación. Olcott lo había estudiado y decidió que era el momento de utilizarlo. Así que encontró un paciente con el brazo paralizado y se puso a trabajar con él. El hombre regresó a su casa y al día siguiente reportó una gran mejoría. Eso aumentó el grado de confianza de Olcott. Volvió a trabajar con él y esta vez consiguió una curación total de su parálisis. La noticia, por supuesto, corrió de boca en boca.

A partir de ese momento y a lo largo de tres años, Olcott no tuvo un momento de descanso ni privacidad, rodeado continuamente de gente que le pedía alguna curación a ese gran sanador “Budista”. Durante esos tres años Olcott llevó un registro de más de 7000 curaciones de distintos tipos: parálisis, sordera, ceguera, etc. Como aquello requería demasiada energía vital y no le dejaba tiempo para el trabajo teosófico, que debería haber sido su tarea principal, el Maestro le ordenó dejarlo.

Justo antes de la fundación de la Sociedad Teosófica (ST), apareció Antón Mesmer y sus métodos de curación, todo esto estaba muy presente en la mente de H.P.Blavatsky (H.P.B) y otros. Se le llama también magnetismo animal, pero en Teosofía se explica mejor como la acumulación y proyección de la energía etérica, lo que llamaban el “fluido vital” en aquella época. Está explicado en mayor profundidad en las Cartas de los Maestros.

En una carta del Maestro KH a Sinnett, se habla de un planteamiento más elevado de este tipo de curación. Sinnett había escrito al Maestro y éste, KH, había regalado a la familia Sinnett un mechón de su cabello para su hijo, Denny, de salud delicada desde su nacimiento. La idea era que el magnetismo de ese mechón tuviera una influencia positiva en el muchacho. Sinnett le escribió al Maestro preguntándole si podía utilizar esos cabellos para intentar curaciones según la idea de Mesmer. La carta que tenemos es la respuesta del Maestro, quien se extiende sobre este método de curación. En esa carta el Maestro le dice a Sinnett que puede intentarlo, pero que, por sí mismos, esos cabellos no tenían ningún poder de curación. Eran simplemente un acumulador de energía de la persona de la que procedían. Es como una batería eléctrica, que no resulta útil sin una conexión entre la fuente y el dispositivo a alimentar. La energía clave para un trabajo de este tipo es la de la voluntad. Si ésta falta, no hay curación; el objeto en sí mismo carece de poder en ausencia de la voluntad. El Maestro añadía que no se requería una cierta pureza porque la energía se halla en el objeto, aunque la pureza y una intención benéfica puedan incrementar su efecto. En esencia, quería decir que la pureza de mente y la buena intención conectan el talismán con el buddhi del sanador. Entonces, el poder de curación supera al del Mesmerismo y al de la energía de cualquier cabello u objeto. El talismán y buddhi entran en sinergia y de ese modo puede producirse una profunda curación.

Describiendo sus métodos de curación, el Coronel Olcott decía que se producían de dos formas. Por un lado, se debían a la presencia e influencia del Maestro, a través de la conexión que se establecía con él. En diversas enseñanzas se nos aconseja ofrecer, en nombre del Maestro, cualquier cosa buena que hagamos. Así lo decía Jinarajadasa: “curar, ayudar, apoyar, todo debe hacerse en su nombre, pues de esta forma se puede atraer su presencia cuando nuestras intenciones son realmente puras”. Olcott decía que la mayor parte de las curaciones que hacía se basaban en esta conexión y comunicación con su Maestro, a través de su propia imaginación y voluntad, Y lo confirmaba con varios casos. Mencionaba uno en el que estaba curando a un ciego y éste describía, durante el proceso, la visión de alguien de pie frente a él. Lo describía con gran detalle y era evidente que se trataba del Maestro de Olcott. El otro método de curación era la acumulación y proyección de energía, usando Olcott su propia voluntad.

La salud se describe como una situación de totalidad. Cuando estamos enteros, no divididos, es cuando estamos sanos. Esto, evidentemente, tiene varios niveles de comprensión, pero el proceso de sanar es el de restaurar la totalidad. Así que, quienes aspiramos a hollar un camino espiritual, estamos comprometidos con un proceso de curación a su nivel más profundo. Es el proceso que consiste en restablecer la totalidad olvidada de nuestra condición natural, de la cual nuestra forma “normal” de vida nos distancia.

Al ser humano se le ha descrito en nuestra literatura teosófica como “el espíritu más elevado y la materia más grosera unidos por la mente”. Este vínculo de la mente es el área en que encontramos todos nuestros problemas. Es también el área donde encontramos nuestras mayores esperanzas. Toda curación es, esencialmente, una curación de la mente, de su capacidad para unir el espíritu más elevado y la materia más grosera. Quedamos ya fragmentados simplemente por el proceso del nacimiento.

Nada más nacer, y mediante la estrecha asociación del alma con una personalidad en formación, adoptamos múltiples identidades fragmentarias: nacionalidad, género, filiación religiosa etc. Todo lo que pensamos que somos tiende a aislarnos y fragmentarnos. Y pasamos por la vida en este estado de división. Al límite, en algún lugar de nuestro interior sabemos que la posibilidad de unificación existe, la posibilidad de restablecer la totalidad, y ello da lugar a la búsqueda, que algunos de nosotros llevamos a cabo a lo largo de nuestra vida. Buscando “aquello” que nos devuelva nuestra totalidad.

Antes de implicarnos en una búsqueda espiritual, llevamos a cabo otros tipos de búsqueda: la pareja perfecta, el trabajo perfecto, el lugar perfecto de la tierra en el que haya paz y armonía, donde encontremos todo aquello que nos falta para restaurar nuestra condición. Lo llamamos “condición” porque es el resultado de unos “condicionamientos”, esa condición separativa de la mente que es la práctica y la herencia de todo el que nace.

Cuando entramos en el sendero espiritual cambia la naturaleza de la curación. Ya no se trata de la idea de algo que podamos encontrar, de la pieza perdida del rompecabezas, ajena a nuestra propia conciencia. Nuestra búsqueda cambia de orientación, y ello nos ofrece el cambio fundamental en nuestro condicionamiento humano que nos afectará en esta vida y en las próximas. Empezamos a mirar hacia dentro, hacia la dimensión espiritual de nuestro ser. Las escrituras de todas las religiones atribuyen curaciones de todo tipo a sus fundadores, ya sea Jesús, el Buddha, Mahoma o Apolonio. Todos ellos fueron conocidos por sus enseñanzas espirituales y también mostraron grandes capacidades de curación durante su vida. Aunque no se hable mucho de ello, o tal vez ni siquiera se conozca, J. Krishnamurti fue un gran sanador con numerosos ejemplos de curaciones “milagrosas” en situaciones incurables como la sordera, la tuberculosis, el cáncer y otras. Las llevaba a cabo principalmente mediante su voluntad y por contacto. Por su parte decidió, prudentemente, no darles publicidad, en buena medida por la historia de la ST y por lo que había ocurrido con HPB y otros, cuando mostraron ciertos poderes ocultos, y por la especie de glamour y distracción de las enseñanzas esenciales en que acabó todo.

Una de las características de la vida espiritual parece ser que cualquiera que se entregue a ella de forma auténtica, al final se convierte en un sanador; resulta inevitable. Y no se produce necesariamente por la imposición de manos, ni por los métodos mesméricos de Olcott, aunque todo esto sea posible. En la Biblia cristiana encontramos un hermoso pasaje que describe un incidente ocurrido, probablemente tanto de forma real como simbólica. Pasaba Jesús, el Cristo, por una ciudad en la que vivía una mujer que estaba  enferma. Decían que hacía doce años que tenía hemorragias y no encontraban la curación. Él estaba cerca de donde ella se encontraba. Al darse cuenta de que Jesús pasaba, ella se aproximó y pudo tocarle el borde de la túnica. Al instante quedó curada. El relato continúa diciendo que Cristo se dio cuenta de que alguien había tocado su ropaje y le dijo que estaba curada. La curación se produjo por la mera presencia de una persona espiritualmente evolucionada.

Esta historia aborda la naturaleza del trabajo que hacemos. Cuando realmente conectamos con las dimensiones más profundas de nuestro propio ser, que de algún modo parecen haberse perdido debido a nuestra forma de vida, se manifiesta algo que produce la sanación. Interviene la voluntad, pero también se debe a la presencia de un alma evolucionada. Todos lo sabemos. Todos hemos buscado esas personas que nos han atraído por la sensación de paz y serenidad que desprenden.

Aunque nunca conocí personalmente a N. Sri Ram, sí he oído historias de gente que iba a verle y le planteaban los problemas que les perturbaban. En más de una ocasión les oí decir que, después de hablar con él, se habían sentido renovados y aliviados, porque percibían que la conversación había sido de tan gran ayuda. Y entonces se daban cuenta de que Sri Ram no había dicho apenas nada y que con su simple presencia se había invertido el propio estado interior. Se dice que las plegarias de una persona honesta tienen un gran poder. La presencia silenciosa de nuestro Ser tiene un gran poder.

En la Clave de la Teosofía, HPB escribía las preguntas que se planteaba a sí misma y que luego las contestaba como el “Teósofo”. En un momento determinado, describía las notables curaciones llevadas a cabo por Apolonio -cómo levantaba a los muertos y otras cosas. Entonces se planteó la pregunta: ¿es el objetivo de la ST producir tales sanadores? Su respuesta es digna de consideración. Decía que la ST tiene varios objetivos, pero el más importante es aliviar el sufrimiento de la humanidad por el medio que sea. Ese sufrimiento puede ser moral o físico, pero su aspecto más importante es el sufrimiento moral. El estado mental que determina todo lo que hacemos -los valores que defendemos, las cosas que consideramos rectas o no, las actividades en que nos implicamos- está determinado por nuestra ética. La ética de la Teosofía es la que ella propone como “la gran sanadora”.

Respecto a esto, algo que experimentamos a lo largo de nuestra vida son las leyes que gobiernan la Naturaleza, las que gobiernan nuestra conducta. En la Voz del Silencio se afirma que la compasión es la “Ley de leyes”. En términos de nuestra conducta ética (del despliegue de la dimensión espiritual de nuestro ser y su efecto sobre nosotros mismos y nuestra presencia en el mundo), esta compasión es algo con lo que necesitamos experimentar continuamente en nuestra vida. ¿Qué significa esto? Como “Ley de leyes” ¿cómo funciona? La fraternidad, la compasión, la unidad, la curación, todo ello surge de la ética más profunda.

Cuando hablamos de ética, normalmente pensamos en la moralidad, la conducta, la forma de pensar. Envolvemos en palabras esa cosa inexpresable que llamamos espíritu. Tratamos de cubrirla con ideas y pensamientos, de modo que tenga cierta apariencia, alguna visibilidad, algún significado para nosotros.

Este experimento continuo que es la vida espiritual es nuestro intento de comprender más profundamente lo que significa ser espiritual, ser puro e íntegro. Es bueno recordar que hay una dimensión sanadora en este trabajo que hacemos. Es una sanación que comienza con nosotros mismos como individuos, pero uno de los propósitos fundamentales del trabajo teosófico y de la Sociedad Teosófica ha sido el propósito más amplio de una sanación profunda que debe producirse en la humanidad: la formación de ese núcleo de Fraternidad, el reconocimiento de la posibilidad de la unidad, de la totalidad.

Éstas son las cosas con las que podemos experimentar en el laboratorio de nuestra propia conciencia.

 

 

Nadie nos salva, sino nosotros mismos

 

Nadie puede y nadie debe hacerlo.

 

           Nosotros mismos hemos de recorrer el Sendero.

 

Gautama el Buddha

 

 

 

 

 

 

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