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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 138 - Número 11 -  Agosto 2017 (en Castellano)

 
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El poder de la alegría

  

Clarence Pedersen

Ex Gerente de la TPH Wheaton, y antiguo miembro de la ST en Norteamérica.

Reimpreso de El Teósofo, julio 1993

Nadie sabe lo suficiente como para ser un pesimista.

Norman Cousins

 

El único hecho realmente ineludible acerca de la historia de la humanidad es que, a través del tiempo, se han escrito y dicho montañas y montañas de palabras acerca de la situación humana. Igualmente cierto es que esta tendencia a las palabras es una de las tradiciones más valiosas y en gran medida responsable del desarrollo de nuestro potencial humano. Ciertamente este análisis de la naturaleza del ser humano a través de nuestro vocabulario ha desempeñado un papel central en la historia del movimiento teosófico. Libros, conferencias y debates han sido el fuerte principal en nuestros esfuerzos por comprender y difundir la Sabiduría Antigua.

 

Sin embargo, parece que hay un factor de creación, de vida, que ha permanecido en relativa oscuridad entre los voluminosos escritos teosóficos. Esto es lo que podría llamarse "el factor alegría". Aquí y allá por supuesto encontramos literatura sobre este tema: la encantadora miniatura de la Quest, El encontrar profunda alegría de Robert Ellwood por ejemplo; y el reciente artículo "Escalones de Oro, escalones de alegría" de Diana Dunningham Chapotin que apareció en The Theosophist en noviembre de 1992.

 

Pero éstas son excepciones. Y esto es muy malo. Porque a pesar de las presiones y dolores de la vida, a pesar de las hambrunas, contaminación, guerras, enfermedades, etc. siempre existe el factor alegría a considerar, la alegría de ser humano. La alegría de estar vivo. La alegría en el centro de nuestro ser que cubre cada átomo del universo y es responsable del fenómeno esencial que llamamos "vida".

 

Hay muchos sinónimos que podríamos usar para alegría. Como dicha, creación, lilâ o Dios. Cada uno se refiere a esa perpetua corriente de éxtasis puro que impregna nuestro ser y el ser de todo lo que está vivo. Esto no es, por supuesto, una referencia a esa alegría relativa que uno siente cuando la buena salud y la riqueza prevalecen. Eso es felicidad, una relación transitoria y relativamente escasa, la sombra imperfecta de la alegría de ser. La felicidad es vulnerable, está condenada a la extinción, condenada a volverse dolor. La felicidad viene y va. La alegría es para siempre, mientras haya vida. Y la vida parece interminable. Esta alegría entonces podría llamarse la décima beatitud: "Bendito sea el gozoso". Es lo que William Wordsworth experimentó cuando escribió:

 

Mientras con un ojo aquietado por el poder

De la armonía, y el profundo poder de la alegría,

Vemos dentro de la vida de las cosas.

 

Líneas compuestas a pocas millas

Tintern Abbey, ll. 47-49

 

Es la alegría sobre la que J. Krishnamurti habla:

 

La felicidad y el placer los puedes comprar a un precio en cualquier mercado. Pero la dicha no se puede comprar, ni para usted ni para otro. La felicidad y el placer están limitados al tiempo. Sólo en total libertad existe la dicha. El placer, como la felicidad, lo puedes buscar y encontrar en muchas formas. Pero estas vienen y van. La dicha, ese extraño sentido de la alegría, no tiene motivo. No puedes buscarlo. Una vez que está ahí, dependiendo de la calidad de tu mente, permanece atemporal, sin causa, algo que no es mensurable por el tiempo.

(Meditaciones, Harper & Row, página 15)

 

En pocas palabras, más allá de los tormentos de nuestra vida diaria, trascendiendo la felicidad y el dolor, existe una corriente subterránea omnipresente de dicha. No se puede definir porque no tiene atributos. Es nada menos que la realidad fundamental de toda la vida.

 

Torrentes de palabras e imágenes describen las cosas malas que el hombre hace a sus semejantes y a otras formas de vida, incluyendo la mismísima tierra. Por otro lado, muy poco ha sido destinado a "la buena vida". Tal vez es hora de reexaminar nuestras prioridades, enfocarnos, escribir y hablar un poco más sobre las glorias de la existencia. Nuestra preocupación unilateral por la miseria no hace justicia a la vida. La buena vida debe tener algún tipo de argumento, al igual que Mark Twain sugirió acerca de Satanás cuando escribió su En defensa de Harriet Shelley:

 

No tengo un aprecio especial por Satanás, pero al menos puedo afirmar que no tengo ningún prejuicio en su contra. Incluso puede ser que me incline un poco a su favor por no tener un espectáculo justo Todas las religiones emiten Biblias en contra de él y dicen las mayores injurias sobre él, pero nunca escuchamos su defensa. No tenemos más que la evidencia para la acusación y, sin embargo, hemos dado el veredicto. En mi opinión, esto es irregular. … Por supuesto, Satanás tiene algún tipo de argumento, no hace falta decir nada. Puede ser uno pobre, pero eso no es nada; eso se puede decir acerca de cualquiera de nosotros.

 

Lo mismo sucede respecto al lado alegre de la existencia. El optimismo, la esperanza y la alegría deben tener algún tipo de argumento, incluso si ahora parece ser pobre. Porque el optimismo, la esperanza y la alegría se basan en la realidad: en la realidad de una alegría benéfica en el corazón de la existencia, una alegría de ser que cualquiera puede darse cuenta en cualquier momento bajo cualquier circunstancia, porque no tiene nada que ver con las circunstancias. Solo con la vida.

 

En su libro La ciudad de la alegría, Dominique Lapierre describe la vida de las personas que viven en el distrito de Calcuta de Anand Nagar, la ciudad de la alegría. Aquí está el área más pobre, más desfavorecida, más superpoblada de Calcuta, donde las familias viven sus vidas, día y noche, en las calles, sin los servicios básicos y sin ninguna esperanza de cambiar sus estilos de vida. Sin embargo, en el corazón de esta comunidad, Lapierre no pudo encontrar desesperación permanente, sino más bien heroísmo, amor, generosidad y más felicidad que en muchas ciudades del próspero occidente. Bajo tales condiciones totalmente deprimentes, esta fuente de júbilo pareciera representar evidencia convincente de que esencialmente la vida en el nivel más profundo es un estado de bienaventuranza omnipotente.

 

El problema con las personas, sin embargo, parece ser la incapacidad de volverse conscientes de este estado de bienaventuranza. De hecho, la mera sugerencia de que somos criaturas de alegría produce burla y cinismo inmediato, y los motivos de esta reacción son bastante obvios cuando vemos el mundo a través de los ojos del ego. Aun así, hay MANERAS para entrar en contacto con nuestra alegría interna a pesar de nuestro "egocentrismo". Ernest Wood, por ejemplo, sugiere:

 

Cuando tengamos una raza de hombres mejores, ellos no contarán sus salarios; ellos harán lo que llamamos trabajo por el deleite de la creación, como parte de esa actividad divina de la que se habla en las escrituras hindúes como "la obra de Lila- el deleite del juego". Nuestro Dios-hombre no tomará en cuenta la necesidad o la muerte. Como la flor, vivirá por el día.

 

Exploremos este ego, el dilema del ego. Conjeturemos juntos, alegremente, por un momento, acerca del propósito de la creación. Supongamos que Dios nos creó a nosotros, los animales y los árboles, etc., porque su mismo ser es dicha, y la naturaleza de la dicha demanda que ésta sea compartida. Si no es compartida, desaparece. Mejor aún, nunca existió. Entonces, Dios, al ser dicha, no puede evitarlo. Su alegría,  su mismo ser lo hace crear, lo hace compartir su alegría, a sí mismo. Por lo tanto, bajo este escenario, encontramos que toda la vida no es más que la pura dicha de la Divinidad "transformada" en nosotros para manifestarse como una alegría radiante vinculada a la personalidad. Y encontramos que esta versión transformada de nuestra Divinidad se convierte para nosotros en una necesidad perpetua de realización, de grandeza. Y digamos que podemos lograr este estado de grandeza compartiéndonos a nosotros mismos con otra vida. Quizás esta es la razón por la que hemos sido creados: para compartir la alegría de ser. "La pena", escribió Mark Twain, "puede cuidarse sola, pero para valorar totalmente la alegría, debes tener a alguien con quien compartirla". Y por supuesto, compartir nuestra alegría es como dividir una llama. La llama original no se reduce, ha compartido su esencia y ha crecido más.

 

Mucho para conjeturar. Pero, qué hay en la historia colectiva del hombre y en su historia individual que pueda convencernos que nosotros, junto con toda otra vida, seamos criaturas de alegría? La convicción fehaciente individual debería venir, por supuesto, de la experiencia subjetiva, tal vez de un intenso escrutinio de la Naturaleza. Debe venir de una conciencia más profunda de la vida, similar al momento místico que Ralph Waldo Emerson experimentó cuando escribió en sus Diarios: "Cuatro serpientes se deslizan hacia arriba y hacia abajo por un hueco, sin ningún propósito que pueda ver, no para comer, no para amar, solo se deslizan." "Ser, no hacer, es mi principal alegría", escribió Theodore Roethke.

 

Cada vez más estamos llegando a entender la interdependencia de toda la vida en el universo. Como hay vida-consciencia en los reinos animal y vegetal, así como en el humano, quizás también podamos sentir, como Emerson, que hay una inconsciente "Alegría" presente en toda la creación. En realidad, como seres humanos, a veces proyectamos espontáneamente nuestros buenos sentimientos hacia estos reinos de la naturaleza. Nos emocionamos, por ejemplo, con el despertar y el crecimiento de la vida cuando vemos una rosa desplegarse al mundo exterior. Sonreímos en deleite espontáneo al observar cachorros y gatitos retozando traviesamente, un derivado de la alegría. Y experimentamos el buen sentimiento de satisfacción mientras miramos el animal más maduro solo "deslizándose hacia arriba y hacia abajo por un hueco". El animal no necesita un propósito para estar felizmente contento. No necesita un motivo para su existencia. Simplemente es.

 

El estado de dicha, nuestra alegría, se manifiesta en una variedad de formas en el nivel de la personalidad de nuestro ser. Se puede expresar en el juego, o en formas más sofisticadas tales como la experiencia estimulante de la unidad con la vida fuera del yo. Frecuentemente, comienza con la característica más ubicua aparente del humano y en gran parte del mundo animal: la curiosidad. La necesidad de saber implica interés, que a su vez conduce a una mayor conciencia del objeto de nuestra curiosidad. Por lo tanto, si estamos interesados en el sentido de la vida, nos volveremos más profundamente conscientes de la vida. Entonces, es posible por ejemplo, cuando observamos el desarrollo de la rosa, si nuestra contemplación es lo suficientemente intensa, que podamos encontrarnos siendo uno con la rosa, y experimentando la cualidad de "ser una rosa". Seguramente un momento dichoso que nos lleva a su vez a una sensación de asombro y admiración por la gloria de la creación.

 

Tal es el acto supremo de la "participación mística" el cual, declara Levi Bruhl, es más fuerte que el instinto de supervivencia. Esta cualidad de la creación está aclarada por Alexandra David-Neel en su libro Las Enseñanzas Orales Secretas de Sectas Budistas Tibetanas, donde escribe:

 

Ya sea que seamos conscientes de ello o no, los pensamientos, los deseos, las necesidades que sentimos por la vida, nuestra sed de ella, nada de todo esto es completamente nuestro, porque todo es colectivo, es el río fluyendo de incalculables momentos de conciencia que tiene su origen en las profundidades impenetrables de la eternidad.

(City Lights Books, 1968, p 72)

 

Y así nuestro crecimiento, el desarrollo de nuestra naturaleza alegre, comienza con la curiosidad, conduciendo a la participación, y culminando en asombro y maravilla de los misterios de la creación. Albert Einstein escribió:

 

Lo importante es no dejar de cuestionarse. La curiosidad es la razón misma de la existencia. Uno no puede evitar estar asombrado cuando contempla los misterios de la eternidad, de la vida, de la maravillosa estructura de la realidad. Es suficiente si uno trata de comprender parte de este misterio todos los días. Nunca pierda la bendita curiosidad.

 

Sin duda, si una sensación de asombro y admiración por los misterios de la creación son una indicación de nuestra naturaleza alegre esencial, entonces nunca nos encontraremos en total desesperanza. Porque el asombro y la maravilla son estímulos poderosos para el desarrollo, y este proceso en curso nos trae un estado continuo de exaltación. Curiosamente, esta pequeña parte de la sabiduría no está reservada para los filósofos espirituales entre nosotros, sino que fue notada por la firma General Motors en el "Siglo de progreso" durante la Feria Mundial de 1933 en Chicago. Fue aquí que esta normalmente prosaica corporación mostró un gran cartel entre sus productos que decía: "El mundo nunca morirá de hambre por sus maravillas; sino solo por falta de ellas." Y en su poema Tiempo de robo, DeWolfe Howe escribió:

 

Ahora, Tiempo ladrón, toma lo que debes,

Rapidez para moverte, para escuchar, para ver.

Cuando el polvo se está acercando al polvo,

Tales necesidades de disminución deben existir.

Sin embargo, vete, oh, vete exento del saqueo,

Mi curiosidad, mi maravilla!

 

Todo lo cual podría llevarnos a concluir que efectivamente hay un esplendor encarcelado dentro de la vida, un esplendor tan intenso, que cada vez que nos sumergimos en él, donde sea que miremos, encontramos un sentido de la alegría. Este penetra, tal vez se origina, en nuestro ser espiritual como el "Deleite del juego" que los hindúes creían era la esencia de la creación: "Vishnu, al ser por lo tanto sustancia discreta e indiscreta, espíritu y tiempo, juega como un niño juguetón, como tú aprenderás al escuchar sus jugueteos". (La Doctrina Secreta, TPH, Adyar, Vol. 3. ed., p. 126)

           

Una manifestación más de nuestra alegre naturaleza, se puede encontrar en nuestra ansia universal de reír, y la risa puede ser un catalizador para la experiencia de la alegría. Arturo Koestler, en su clásico, El acto de la creación, percibe, no la risa, sino el pensamiento que precede a la risa como un acto creativo provocado por una situación de "dos autosuficientes pero habitualmente incompatibles marcos de referencia". Traducido, esto sugiere que nuestra risa es el resultado de descubrir lo ridículo de lo racional. Hay evidencia de que tal risa puede ser beneficiosa tanto para nuestro ser personal como para nuestro ser espiritual.  Por ejemplo, Norman Cousins ​​afirma que recuperó su salud mirando espectáculos de comedia (Los tres chiflados, etc.) que lo mantuvo riendo por largos períodos de tiempo. Y en su libro Madre: el Materialismo Divino sobre la madre en Pondicherry,  Sat Prem escribe:

 

Ella se rió de todo, esta Madre. Se rió especialmente ante las dificultades, la mejor manera de disolverlos: "Debo admitir que personalmente me siento mucho más yo misma cuando estoy alegre y jugando (a mi manera) que cuando estoy grave y seria, mucho más. Cuando estoy grave y seria, siento como si estuviera arrastrando el peso de toda esta pesada y oscura creación: pero cuando juego, cuando puedo jugar y reír, y me divierto, se siente como si un polvo de alegría descendiera desde arriba, impartiendo un brillo especial a esta creación y este mundo, acercándolo mucho más a lo que esencialmente se supone que es. Porque la alegría es la verdad real de la tierra, solo lo hemos olvidado: estamos tristes y sufrimos. ¿Por qué sufrir? Yo digo que uno no debería sufrir, no hay necesidad de ello. El supra-mental es, de hecho, la alegría del mundo anterior al advenimiento de la mente; no ser lo que uno es, es sufrimiento. La verdadera tierra es una tierra de alegría, es por alegría que todo fue creado en primer lugar. Solo nosotros no hemos llegado allí todavía.

(Madre de la Nueva Especie, Instituto de Investigación Evolutiva, 1983, p. 47)

Quizás así es como funciona la creación. Porque leemos en los Upanishads: "De la alegría todas las cosas nacen, por la alegría se sostienen, nacen, y en la alegría entran después de la muerte. "(Swami Prabhavananda Y Frederick Manchester, Tr. Los Upanishads, New American Lib., 1963, p. 59)

 

Ahora bien, todo lo mencionado no sugiere que debemos asumir la perspectiva de un optimismo irresistible con los problemas obvios de la vida, sino más bien, el reconocimiento de que dentro de cada vida existe un centro trascendental de pura alegría que no puede ser extinguido Después de todo, toda vida, desde la infancia hasta la muerte es una constante serie de desafíos, y esto sugiere agitación recurrente, sufrimiento y desamor. Pero incluso aquí encontramos que nuestros desafíos nos proporcionan satisfacción interior, una sensación de "hacer" que es dhármico en su fuerza y ​​persistencia. Parece que hay algo en la naturaleza del hombre que le prohíbe absolutamente aceptar el status quo, un estado de inercia físico, emocional y mental, de muerte. La conciencia como sabemos, puede existir solo en una atmósfera de tensión y la respuesta del hombre a la tensión es su respuesta a los desafíos de la vida.

 

"La alegría es sabiduría, el tiempo una canción sin fin", escribió William Butler Yeats en su poema La tierra de los deseos del corazón. Tal vez Yeats acababa de terminar de leer a Fra Giovanni quien escribió en el año 1513:

 

La oscuridad del mundo no es más que una sombra. Detrás de ella, pero aún a nuestro alcance, está la Alegría. Hay resplandor y gloria en la oscuridad. Solo tienes que mirar. La vida es un generoso dador, pero nosotros, juzgando sus regalos por sus envoltorios, los descartamos como feos, o pesados, o duros. Elimina el envoltorio y encontrarás debajo un esplendor viviente, un tejido de amor, por la sabiduría, con poder.

 

 

 

 

 

 

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