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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 138 - Número 11 -  Agosto 2017 (en Castellano)

 
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Duda, engaño y certeza

en el sendero espiritual

 

William Wilson Quinn

Antiguo miembro de la ST en Norteamérica. Colaboró como Editor de su revista

y como Editor Asociado de la TPH (Wheaton). Es graduado en Divinidad y Humanidad.

 

 

 

Nuestras dudas son traidoras, y nos hacen perder lo bueno que frecuentemente podríamos conseguir, al temer intentarlo.

Shakespeare

 

 

Después de años o aún de vidas, en la solemne e incansable búsqueda de la verdad espiritual, el buscador serio, el peregrino, invariablemente alcanza un punto en su sendero que genera la necesidad de tomar una decisión radical y transformadora. Para tales caminantes esta importante decisión, esta elección, es entre (i) proteger el status quo de nuestro sendero espiritual familiar, y continuar haciendo un progreso gradual en términos de carencia de auto-centrismo y otras cualidades relacionadas, necesarias para la admisión final a la probación como un presunto chela de un Adepto o “Mahatma” en la Fraternidad de la jerarquía espiritual de la humanidad; o (ii) actuar con la firme creencia de que uno está preparado, y dejar atrás todo lo familiar y cómodo, sumergiéndose de cabeza sin equivocación en la búsqueda de la probación y el chelado bajo un Adepto con quien uno percibe una conexión. Esta opción fue brevemente expresada por el Adepto conocido como Koot Hoomi: “Que aquellos que en verdad deseen aprender, lo abandonen todo y vengan hacia nosotros, en lugar de pedirnos o esperar que nosotros vayamos hacia ellos”.1

 

Somos afortunados de tener una descripción y análisis detallados para tomar precisamente tal importante decisión, en una sola noche, por parte de Henry S. Olcott, la que es útil para examinar el asunto de la duda versus la certeza en el elevado sendero espiritual. Entre los muchos relatos y experiencias fascinantes de los fenómenos ocultos registrados por Olcott en sus memorias, publicadas en Old Diary Leaves (Historia de la Sociedad Teosófica), quizás el más memorable es el relato del encuentro inicial de Olcott con su gurú, el Mahatma Morya. Este inusual encuentro tuvo lugar en los últimos días de 1877 en la dirección que compartió con su hermana Mary y con H. P. Blavatsky, en la Ciudad de Nueva York, que fue apodada la “Lamasería”. Olcott registra que después de un largo y agotador día, mientras estaba solo en su habitación, tarde en la  noche y leyendo tranquilamente en una silla:

 

De pronto, mientras yo leía, algo vuelto hacia el lado contrario de la puerta, un resplandor de algo blanco apareció en el ángulo de mi ojo derecho; volví la cabeza y de asombro dejé caer mi libro. Por encima de mi cabeza, dominándome con su alta estatura, vi a un oriental vestido de blanco…Era una figura tan imponente, tan imbuida con la majestuosidad de la fuerza moral, radiando tanta espiritualidad, y evidentemente tan por encima de la humanidad común, que me sentí intimidado en su presencia, y doblé mi rodilla bajando la cabeza como se hace ante un dios o un personaje divino”.2

 

Olcott dedica algunas páginas de sus memorias publicadas a este notable suceso donde su gurú, entonces residente en los Himalayas, se sentó y le reveló mucho acerca de su futuro y el de HPB, y en las cuales comparte sus pensamientos y conclusiones formados en los años siguientes, hasta que escribió este relato. Entre otras descripciones, Olcott trasmite que de todos los fenómenos y experiencias ocultas que presenció en su vida, esta fue “la más importante por sus consecuencias en el curso de mi vida” y que “fue la causa principal que me decidió a dejar el mundo y establecerme en mi hogar indo”. Más significativamente, como concierne a nuestro tema aquí, fue su afirmación de que hasta que esto ocurrió no podía ver claro “el romper los lazos de las circunstancias” que lo “unían” con Norteamérica. Concluyó más adelante que a menos que hubiera sucedido, podía haberse sentido obligado a posponer continuamente esta difícil decisión hasta un “tiempo más conveniente”, como los que vacilan se inclinan a hacerlo. Pero, habiendo sucedido de hecho, este encuentro con su gurú por medios ocultos, resolvió su destino, y “en un instante las dudas se disiparon (énfasis agregado), y “la clara percepción de una voluntad decidida mostró el camino”.3

 

El resultado de todo el suceso fue efectivamente sintetizado por Olcott en una sola frase, que perfectamente destaca la brecha de separación entre duda y certeza, certeza basada en el conocimiento. Olcott declaró como resultado de esta experiencia, como aplicada a (i) la existencia de los Adeptos y (ii) si la decisión de abandonar todo y convertirse en una chela de tiempo completo era lo correcto, que “a pesar de que otros menos privilegiados puedan dudar, yo SÉ”.4 El énfasis en “SÉ” es de Olcott.

 

Mucho se puede deducir de la experiencia de Olcott ya que pertenece al estado característico de la mente necesario para llegar a la decisión de dedicarse plenamente en pensamiento y acción al principio de lo eterno más que continuar aplicando una parte significativa de nuestra energía a lo que es transitorio y efímero. Al tomar tal decisión, quizás es más preciso referirse a nuestro “estado intuitivo” en colaboración con nuestro “estado mental”, que únicamente a nuestro estado “mental”. Lo que se requiere para tomar sabiamente tal decisión incluye una colaboración de los principios quinto y sexto, manas y buddhi, o aquello que concuerda con las mejores y superiores capacidades de la razón e intuición trabajando juntas, si nó en síntesis.

 

Puede que sea tentador extraer de esta única experiencia de Olcott un paradigma funcional de la decisión de que todo aquél que aspira a ascender a alturas más elevadas del sendero espiritual debe un día llegar a: decidir y así abandonarlo todo,  o “el mundo” como Olcott entonces sabía y lo describía, y entregarse completamente a las adversidades resultantes de la probación y comenzar el chelado bajo la guía de uno de los Adeptos. Pero la experiencia de Olcott no es un paradigma útil aplicable actualmente a la mayoría de quienes pueden estar en la encrucijada de tomar tal decisión, y por lo tanto tal compromiso. La experiencia de Olcott, aunque inspiradora y elevadora de leer, era al mismo tiempo una extraña anomalía que se aplicaría solamente a un porcentaje muy pequeño de quienes pueden estar, por variadas razones, especialmente posicionados para ayudar a los Adeptos en su misión de brindar claridad espiritual e iluminación a la humanidad. Esto se debe a que estos Adeptos, según lo expresaron repetidas veces, “raramente muestran alguna señal externa por medio de la cual puedan ser reconocidos o sentidos”.5

 

Para ser honesto, en el resultado de una experiencia tal, como la de Olcott, los peregrinos más espirituales, probablemente la considerarían una decisión relativamente fácil de lograr al punto de abandonarlo todo y entregarse a tiempo completo al sagrado trabajo de los Adeptos. Siguiendo cualquier caso similar, sin dudas, una convicción inmutable los golpearía, como le sucedió a Olcott, con toda la velocidad y poder de la luz de un rayo que instantáneamente cauterizaría cada una y todas las incertidumbres que pudieran tener.

 

La decisión más difícil de tomar, sin embargo, y la decisión a enfrentar por la mayoría de tales peregrinos, desde las extraordinarias y voluntarias apariciones múltiples de algunos de estos Adeptos en el último cuarto del siglo diecinueve, es “abandonarlo todo” en ausencia de toda confirmación empírica de su existencia, sus reglas y métodos, y su vigilancia a probacionarios y chelas. La gran fortuna de Olcott fue que se le disipó toda duda en un instante por esa abrumadora experiencia empírica de la visita de su gurú, y aunque fue de naturaleza oculta, resultó para él como la manifestación de una fuerte convicción de la verdad respecto a la existencia de los Adeptos y al propósito fundamental y métodos de su misión.

 

En contraste, los peregrinos más espirituales del presente que se aproximan al límite de la probación deben depender exclusivamente de su razón e intuición para tomar esta decisión trascendental: eliminar las dudas acerca de la existencia de los Adeptos y su misión y reemplazarlas por una certeza invencible. Una vez tomada, y así en un estado intermedio de caída libre, debe seguir un ejercicio de la voluntad para “forzar a las circunstancias a inclinarse ante usted”6  al avanzar en este sendero, para “llegar a nosotros”, en palabras del Adepto, como un probacionario y chela. El maravilloso favor concedido a Olcott por su gurú Morya fue sin duda tanto bien merecido como necesario para la misión en ese momento, pero sería un error para esos peregrinos espirituales ahora en la cúspide de tal decisión imaginar que tal suceso ocurrirá en sus casos. Normalmente, un mayor progreso en el elevado sendero espiritual, requiere que la razón y la intuición se desarrollen hasta el punto en que por ellos mismos alcancen la misma firme convicción, en ausencia de cualquier evidencia o fenómeno externos, que Olcott expresó en sus memorias. Pero vencer la duda y lograr la convicción de esta manera no es fácil hazaña, tanto en el pasado como especialmente ahora en la modernidad, aunque existen recursos en el presente que eran inasequibles en 1870 que deberían ser útiles para aquellos que se aproximan a la puerta a través de la cual pueden adelantar con seriedad hacia el chelado y la iniciación.

 

Aún si entre las verdaderas pruebas para ser aceptado como chela de un Adepto está la de alcanzar la certeza, en ausencia de evidencia externa, por medio de la confianza en una estrecha colaboración de la razón e intuición, es adecuado decir que alguna duda puede continuar existiendo dentro de la consciencia de un probacionario hasta que él o ella alcancen ese punto de completa convicción. La mayoría de las dudas del peregrino, ya sea acerca del impacto de su decisión sobre aquellos en sus vidas, o acerca de los Adeptos – sus poderes extraordinarios (siddhis), sus duras reglas y enigmáticos métodos, o las estrategias usadas en su sagrada misión – necesitarían ser extirpadas antes de entrar en probación. Pero como el normal periodo de siete años de probación es el terreno de prueba para los aspirantes a chelas, algunas firmes dudas, puede que no sólo permanezcan como un desafío para el viajero durante este tiempo, sino que pueden aún ser avivadas por el gurú como el herrero atiza el fuego en el horno, usando quizás un poco inesperadamente, el método del engaño. El engaño puede exacerbar las dudas existentes, y crear otras nuevas en la mente del probacionario, si él o ella carecen de suficiente discernimiento e intuición para detectar el engaño.

 

El engaño es un método eficiente, claramente repetido por los Adeptos para entrenar y probar a los presuntos chelas. Como Koot Hoomi (KH) afirma, “A un chela en probación se le permite pensar y hacer lo que le plazca. Se le previene y se le avisa de antemano: “usted será tentado y engañado por las apariencias…” Pero KH y Morya eran también agudamente conscientes de que para el caballero o dama europeos de finales del siglo diecinueve, si no para la mente occidental en general, el engaño -la acción premeditada de engañar a otro – era considerado una ofensa de cierta magnitud. Más de una carta en la correspondencia de estos dos Adeptos a sus chelas occidentales contenían una conversación sobre este principio. Lo que estos Adeptos buscaban transmitir a estos chelas era el alto riesgo involucrado en el entrenamiento que estarían emprendiendo, y especialmente en el uso de la voluntad donde puede existir la duda – siendo las dudas a menudo la progenie del engaño. Solamente la habilidad o destreza de ser capaz de desenmascarar el engaño y la falsedad, y ver la verdad fundamental en un posible chela, le permitiría seguir al siguiente nivel de entrenamiento, desarrollar la voluntad y quizás, inclusive, ciertos poderes ocultos. “Nosotros trabajamos y nos afanamos”, concluye KH, “y dejamos que nuestros chelas sean temporalmente embaucados para procurarles medios mediante los cuales nunca puedan ser engañados en adelante, y para que puedan descubrir todo el mal de la falsedad y la mentira, no sólo en esta, sino en muchas de sus vidas futuras”8.

 

Si el probacionario puede ser engañado, y al ser engañado, tal engaño conduce a dudar respecto a nuestro adelanto en el sendero espiritual, como a menudo pasa, entonces, esta capacidad para ser engañado es en realidad una incapacidad en lo tocante al progreso en ese sendero. Esto es porque la duda, que también puede ser definida como la antítesis de la convicción, es indudablemente un estorbo y a menudo un obstáculo para el entrenamiento oculto y para ascender más alto en el sendero espiritual. KH sin atenuar las palabras, aconsejó a uno de sus chelas de esta manera: “Prestad atención Mohini Mohun Chatterjee – la duda es un cáncer peligroso”9. También aprendemos, significativamente, que la duda es un problema común para los probacionarios: “¿Por qué las dudas y las viles sospechas parecen perseguir a todo aspirante a chela?”10

 

La resolución a vencer estas “dudas y viles sospechas” es más simple de lo que puede parecer. Se soluciona apegándose al sabio consejo del Adepto Tuitit Bey: “INTÉNTELO. Aquiete su mente, disipe toda duda impura”.11 Es solamente intentando, y si al principio el peregrino falla, que lo intente de nuevo, y así sucesivamente, que estas dudas que impiden su progreso finalmente se disiparán de la psiquis, y finalmente se puede tomar la decisión de abandonarlo todo. Intentar, nunca es una garantía de éxito, pero el triunfo nunca se alcanzará sin intentar primero. Esta importante decisión, una vez tomada, puede ampliar la certeza, que similarmente se alinea con el consejo final de Tuitit Bey de “abre tu Espíritu a la certeza”. Proporcionalmente, cuando la duda se disipa, aumenta la certeza, y una mayor convicción conduce al peregrino a la fortaleza necesaria para decidir “abandonarlo todo y venir a nosotros”.

 

No ha habido tiempo en los periodos relativamente breves de la “historia registrada” o en las últimas rondas y ciclos menores de la evolución espiritual de la humanidad en la Tierra, como cuidadosamente reseñado en La Doctrina Secreta de HPB, en que los Adeptos de la jerarquía espiritual de la humanidad no recibieran, de acuerdo a su tradición, a aspirantes neófitos como nuevos probacionarios y chelas para entrenamiento y avance hacia el Adeptado. En cénit especiales de estos ciclos, que representan tanto el fin de un ciclo pasado como el principio de un ciclo futuro, se han hecho extraordinarios esfuerzos de parte de estos Adeptos para difundir la sabiduría antigua a un segmento más amplio de la humanidad. Uno de tales esfuerzos, durante el último cuarto del siglo diecinueve, fue la publicación en inglés moderno de las verdades y principios espirituales inmemoriales a través de la pluma de HPB y otros. Estrechamente unidos a la publicación de este material, no solo estuvieron las múltiples apariciones de algunos de estos Adeptos durante este tiempo, sino, por primera vez en la historia registrada, hubo escritos de ellos, en forma de cartas que quedaron disponibles al público, que proporcionaron un caudal de hechos y detalles acerca de la existencia, reglas, métodos, trabajos y misión de esta sagrada orden de Adeptos.

 

Henry Olcott, como hemos visto, fue afortunado de haber tenido contacto directo con su gurú, Morya, y como posible chela aceptado, con tal contacto, pudo instantáneamente y con poca dificultad tomar su decisión de abandonar todo y seguir a su gurú. Sin embargo, en el presente, esos peregrinos que puede que estén en la cúspide de tal decisión son también bendecidos a su propia manera, y tienen el beneficio nunca visto, de tener acceso a una gran colección de material escrito por algunos de estos Adeptos que proporcionan en sus páginas un mapa para guiar a tales viajeros en los caminos del chelado y ascender a grandes alturas del sendero espiritual. Desde la publicación de Las Cartas de los Maestros de Sabiduría, 1ª. y 2ª. Serie, en 1919, y Las Cartas de los Mahatmas a A. P. Sinnett en 1923, el mundo en general y los peregrinos, han tenido una oportunidad excepcional para comprender y aceptar la verdad de su existencia, siendo ambas un poderoso antídoto contra la duda.

 

Ninguno de los primeros miembros de la Sociedad Teosófica en las décadas de 1870 y 1880 tuvo acceso a algunas de tales cartas publicadas. Con la excepción de aquellos como Olcott quien tuvo acceso directo a los Adeptos, o muy pocos otros que tuvieron acceso a ellos a través de HPB, la mayoría de esos miembros, podría argumentarse, estaban en esa categoría de peregrinos que necesitaban depender exclusivamente de la razón e intuición para tomar la decisión de abandonar todo y ejercer su voluntad para seguir a un Adepto. Antes de 1875, el conocimiento de los Adeptos y su Hermandad era típicamente adquirido por medios tradicionales, dentro de los elementos esotéricos de órdenes religiosas contemplativas o sociedades secretas, y no circulaba ampliamente. Este proceso, sin embargo, sufrió un cambio con la publicación de las cartas de estos Adeptos, y con los escritos de HPB sobre el chelado y el recorrido del sendero espiritual, de modo que cualquier peregrino del presente, dondequiera que puedan estar, tienen a su criterio una oportunidad de leer y familiarizarse con estas verdades. Cuanto más experto es el peregrino en el dominio de esta literatura, menos dudas tendrá.

 

Como pensamiento final en este debate, se debe tratar el asunto de la desconfianza en sí mismo. Dentro de este contexto, se la puede describir como una introversión de grandes dudas existentes que atormentan al peregrino respecto a los Adeptos y su existencia. Bajo estas circunstancias, la desconfianza en sí mismo generalmente aparece como un asunto de si uno está verdaderamente equipado para tener éxito en el sendero espiritual para convertirse en un chela, o si uno tiene el valor necesario, fuerza, desinterés, bondad y pureza para triunfar. Pero este punto es más un asunto de confianza interna en sí mismo que duda acerca de circunstancias externas.

 

Y mientras la desconfianza en sí mismo puede ser un obstáculo en el sendero espiritual cuyo significado no debería minimizarse por ningún motivo, está solamente indirectamente relacionada con ese nivel de convicción que el peregrino debe alcanzar respecto a la existencia de los Adeptos, sus poderes (siddhis), sus duras reglas y métodos enigmáticos, las estrategias usadas en su misión sagrada, o la necesidad de abandonar todo e ir hacia ellos. Dentro de estas circunstancias, la desconfianza en sí mismo también alcanza nuestro propio temor de fracasar en lograr alcanzar o interactuar con un Adepto, después de haber tomado la difícil y a menudo irreversible decisión de abandonar todo para hacerlo así. Sin embargo, tal desconfianza en sí mismo también debe controlarse, o superarse completamente, antes que el peregrino pueda avanzar significativamente.

 

La duda en todas sus formas puede ser un impedimento y un peligro en el sendero espiritual. Como KH observó, “Una vez que se ha emprendido definitivamente el camino hacia el gran Conocimiento, dudar es correr el riesgo de volverse loco; detenerse es caer; retroceder es precipitarse hacia atrás de cabeza al abismo”.12 Mientras la duda puede ser la causa principal de la locura para aquellos en probación o comienzo del chelado, puede muy fácilmente incitar a que el peregrino llegue a detenerse o retroceder en el sendero, también. Pero si el peregrino decide vivir diariamente una vida pura y espiritual, y lo intenta, y se mantiene intentando, esto es lo que él o ella descubrirá: “Poco a poco vuestra visión se clarificará, usted descubrirá que las nieblas se disipan, que vuestras facultades internas se fortalecen, vuestra atracción hacia nosotros gana fuerza y la certeza toma el lugar de las dudas”.13 Entonces puede tomarse la decisión de cambiar su vida, de “abandonar todo y venir a nosotros”, sin ser distraído por la trepidación, equivocaciones o duda debilitante.

 

Notas

1. Barker,A.T., comp. Cartas de los Mahatmas a A,P.Sinnett, Manila: TPH,1993, p.73

2. Olcott, Henry S.Old Diary Leaves, Vol.I, 3a. edic.. Adyar: TPH, 1974, p.379

3. Idem, p.376

4. Idem, p.381

5. Jinarajadasa, C. comp. Cartas de los Maestros de Sabiduría, 1ª. Serie (7ª. edic.) Adyar: TPH, 2011, p.74.

6. -----------, 2ª. Serie (4 edic.) Adyar:TPH, 2002,p.69.

7. Barker, p.222.

8. Idem. Una afirmación similar fue hecha por Morya a E. W. Fern, quien devotamente voceó un alto grado en una sociedad esotérica que él afirmaba que nunca perdonaría el engaño: “Bien, esta sospecha me condujo a pensar que alguien tan alto en una Sociedad que nunca toleraría ni practicaría el engaño, no puede interesarse en pertenecer a nuestra pobre Fraternidad que  hace ambas cosas- respecto a sus probacionarios”. Jinarajadasa, Cartas de los Maestros de Sabiduría, 2ª. Serie, p.143.

9. Jinarajadasa, 1ª. Serie, p.42

10. Barker, p.451

11. Jinarajadasa, 2ª. Serie, p.11

12. Barker, p.48

13. Jinarajadasa, 1ª. Serie, p.74

 

 

 

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