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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 138 - Número 07 -  Abril 2017 (en Castellano)

 
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Un sendero hacia la Unidad

 

 

Nancy Secrest

Secretaria Internacional de la Orden Teosófica del Servicio.

Conferencia dada en la Convención Internacional, Adyar, 3 de enero de 2017.

 

 

Un miembro de la Sociedad Teosófica me preguntó recientemente mi definición de Unidad. Los conceptos superiores, tales como Unidad, no son realmente descriptibles en palabras, aunque podemos intentar usarlos. Algunas veces vendrá a nuestra mente una imagen en su lugar, y podemos capturar algo del concepto describiendo la imagen, y esto es lo que hice.

 

Vino a mi mente una serie de televisión llamada “Espacio Profundo Nueve”. Estaba escenificada en una estación espacial. El encargado de seguridad de la estación espacial era un hombre llamado Odo. Odo era un individuo único, el único de su clase que cualquiera pudiera conocer, un desafiador. Tenía la habilidad de transformarse desde su forma gelatinosa natural, una masa amorfa si usted quiere, en cualquier cosa que él deseara, una persona, un perro, una silla o una hormiga, no importaba. Un tema que se exponía en la serie era la búsqueda de Odo de su gente y de su mundo natal. Después de toda clase de desafíos, Odo y la tripulación de la estación espacial finalmente encontraron algunos seres que se transformaban como Odo. Ellos eran de la antigua raza llamada los Fundadores. Todos sabían de los Fundadores. Su conocimiento superior y habilidades eran legendarios en muchos mundos. Ellos eran venerados, pero nadie los había visto. Odo finalmente, había encontrado a su familia. Los Fundadores le dijeron que él y otros habían sido enviados a una misión hacía muchos años, pero él nunca regresó. En algún lugar en este trayecto Odo había olvidado su misión y de dónde venía. Fue llevado de regreso a su mundo natal donde él y los Fundadores fueron transportados hasta una gran roca que sobresalía del mar gelatinoso que componía el resto del planeta. Desde allí cada uno cambiaba nuevamente a su estado natural gelatinoso y regresaba al todo, a la Unidad que es su mundo. Llegaban a ser nuevamente, como lo presenta La Doctrina Secreta, “una parte indivisible de la totalidad”. Cada cuerpo se fusiona en el océano para reunirse con los demás, tan completamente como es posible, para llegar a ser un solo Ser nuevamente. Para mí esta historia retrata nuestro peregrinaje desde y hacia la Unidad. Muestra que siempre llevamos este sentido de Unidad profundamente dentro de nosotros, ya sea que nos demos cuenta de ello o no.

 

¿No nos recuerda esta historia a la muy citada línea final de la bella obra de Sir Edwin Arnold, La Luz de Asia? “La gota de rocío se pierde en el seno del mar deslumbrador”.

 

Entre los materiales que la educadora María Montessori preparó para los niños de la escuela primaria, hay una gráfica que muestra agua evaporándose del océano,  como niños escalando una alta colina, y luego, los niños son arrastrados hacia la tierra, deslizándose nuevamente como gotitas, como si fuera en un infinito y alegre juego*. ¿No es esta una preciosa ilustración? Es algo así como un niño escalando y deslizándose en un tobogán una y otra vez. Ellos gozan con ello. Una vez más,  encontramos la imagen de un peregrinaje o incluso de un baile hacia la Unidad.

 

La Tercera Proposición Fundamental de La Doctrina Secreta habla de la evolución de la Mónada, llamada Alma o “Peregrino”, por medio de la cual cada encarnación se construye sobre la última hasta que la Mónada finalmente regresa a su fuente, el Espíritu Universal, como una parte indivisible del todo integral. Este proceso evolutivo es “el peregrinaje obligatorio para cada Alma”, y nuestro tiempo aquí en esta tierra es “una aparición transitoria”. Y se nos dice que mientras cada uno es una parte indivisible de ese todo, todavía podemos hacer “una aparición transitoria” aquí en esta tierra explicando así nuestras encarnaciones como seres humanos, animales, vegetales o minerales.

 

Blavatsky enseñó que la Sabiduría Antigua enfatiza la unidad de toda vida, la Unidad que sobrepasa todo. El Primer Objetivo de la Sociedad Teosófica, “Formar un núcleo de la Fraternidad Universal de la Humanidad sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color”, habla de la realización de la Fraternidad Universal. Podemos hablar acerca de la Unidad en un sentido mundano y, frecuentemente, así es como lo hacemos cuando decimos Fraternidad de la Humanidad, ya que es más fácil comprender que somos  hermanos y hermanas mientras estamos encarnados en cuerpos físicos como seres separados. Como teósofos, nosotros sabemos por las enseñanzas de Blavatsky y otros, que la Unidad, la verdadera Unidad, es mucho más que la mera hermandad. Infiero que Annie Besant sabía esto cuando formó la Orden Teosófica del Servicio (OTS) en febrero de 1908. Se nos ha dicho que el deber era lo principal para Annie Besant. Imagino que como activista, vio ante ella un mar de rostros todos combinados en lo que llamaré un “mar de dolor”, una masa de humanidad sufriente. Otros vieron esto también y quisieron usar su “aparición transitoria” sobre esta tierra para hacer algo al respecto. Así nació la OTS, a partir de un sentido de Unidad. Servimos a otros para aliviar su sufrimiento, para ser ejemplo de la Fraternidad, para alentar ese mismo sentido de Unidad en nosotros y en otros, hasta que todos regresemos a la fuente, la realización de la verdadera Unidad.

 

Un antiguo maestro mío, quien dejó ahora esta vida, Harry van Gelder, solía decir: “El amor es la realización de la Unidad”. Parece lógico entonces, que una vez que comprendemos la naturaleza de la Unidad, aunque sea sólo por un instante, conocemos el verdadero amor también, el amor en su forma más pura. Creo que es en realidad este amor por otros, otros seres sensibles, que nos motiva a ser de servicio a quienes sufren, y todos sufrimos, ¿no es así? A través del servicio en este mundo terrenal estamos expresando el amor puro por nuestros hermanos, hermanas y por nosotros mismos. El servicio toma muchas formas: sonreír a un extraño que parece tener un mal día, cuidar a un pariente, amigo o vecino enfermo, tejer ositos de juguete para los niños que necesitan un amigo a quien abrazar, proporcionar prótesis o dispositivos para discapacitados motrices, ayudar a refugiados o víctimas de desastres naturales cuyas vidas han sido completamente interrumpidas, cuidar animales abandonados o maltratados, mejorar la tierra a través de la biodiversidad y otras propuestas, trabajar por un trato mejor y más seguro hacia las mujeres o proporcionar educación de calidad para los niños, especialmente basada en valores teosóficos. Cada paso a lo largo de este sendero de servicio nos acerca más, nos acerca a la realización de la Unidad de la que hablamos.

 

En los niveles superiores de nuestro ser ya estamos allí, porque como Odo de la serie de televisión “Espacio Profundo Nueve”, es viniendo de la Unidad que entramos en esta encarnación. Es nuestro estado natural. Comencé hablando sobre la explicación de conceptos difíciles con el uso de imágenes y contándoles la historia de Odo.

 

Ahora tengo otro relato para contarles, nuestra historia de la unidad. Había una vez, en algún lugar en la inmensidad de la eternidad, donde se produjo un encuentro. Quienes se encontraron eran seres que habían adquirido conocimiento y sabiduría a través de repetidas encarnaciones como seres humanos, cada una con sus placeres y dolores, luchas y desafíos. Como resultado, estos mayores habían demostrado ser merecedores de ayudar a otros para que hicieran lo mismo. Se reunieron ese día para separar a quienes consideraban que era su turno para una encarnación humana y enviarlos a este próximo paso en su peregrinaje. Esto fue así porque cada uno de ellos estuvo obligado a transitar por todos los reinos de la Naturaleza, y aprender las lecciones de cada uno, antes de permitírseles regresar por la eternidad a su lugar natural como partes del “todo integral”. Quienes iban a partir hoy se dirigirían a “una aparición transitoria” como seres humanos sobre la tierra.

 

Antes de partir, a cada uno se le daba un regalo, un espejo. Uno de los mayores entregó un espejo a cada alma inexperta. “Miren al espejo”, dijo el anciano. “Vean vuestro verdadero yo y recuérdenlo”. El candidato hizo lo que se le indicó, y el mayor repitió este proceso con cada uno.

 

Otro anciano tomó el espejo del candidato, lo rompió y le devolvió los pedazos. Este proceso también se repitió con cada uno. “Vuestro trabajo”, dijo el anciano a todos, “es unir el espejo de modo que puedan, una vez más, ver vuestro verdadero yo. Mientras no lo hagan, el reflejo será distorsionado y reinará la ilusión. Llevarán este espejo por todas vuestras encarnaciones humanas, algunas veces uniendo adecuadamente las partes y otras, cometiendo errores y rompiendo aun más los pedazos. Tomará muchas encarnaciones, pero finalmente triunfarán en restaurar el espejo en su totalidad. Sus grietas desaparecerán, vuestro reflejo será claro y estarán listos para regresar a nosotros y tomar vuestro lugar, esta vez con conocimiento y sabiduría, como partes del “todo integral”.

 

Nuestra separatividad es como los trozos de un espejo roto. Estamos juntos en este peregrinaje. Cada uno de nosotros es una parte de los demás, hermanos y hermanas en este plano de existencia, esta tierra, cada uno luchando a su modo. El servicio a otros seres sufrientes puede ayudarnos a unir las partes del espejo nuevamente. Como mencioné anteriormente, uno de mis maestros dijo que el “amor es la realización de la Unidad”. Si nos vemos en los demás, si reconocemos la semejanza familiar como hermanos y hermanas, si comprendemos esa Unidad, entonces el amor es el resultado natural, un amor puro que une los trozos rotos, ininterrumpidamente.

 

Como ya he dicho, el servicio puede tomar muchas formas. A menudo se me pregunta: “¿Dónde comienzo?” Mi respuesta es: “Crece donde estás. Comienza desde el lugar en que te encuentras”. Si eres responsable del cuidado de una familia, sírvelos con tanto amor y cuidado como puedas. Ramifícate para ayudar a vecinos y amigos. Aquellos que son capaces pueden agregar servicios a la comunidad, quizás de una manera pequeña, quizás tomando el mando. Cada uno de nosotros tenemos nuestras fortalezas y habilidades; identifiquémoslas y usémoslas para servir a quienes sufren. Recordemos a nuestros hermanos más jóvenes. Incluyamos la Naturaleza, animales, vegetales, minerales y la misma tierra. Adoptemos un estilo de vida de indañabilidad. A lo largo del camino, restauraremos nuestro espejo roto. Una vez que esté íntegro podremos vernos nuevamente como quienes realmente somos. Podemos ver la mâyâ de esta tierra por lo que es, distracción, diversión o entretenimiento y recreación, todas ilusiones, pero ilusiones valiosas que proporcionan las lecciones que necesitamos para encontrar el camino hacia nuestro hogar.

 

La Teosofía le habla a la Unidad de toda vida. Por medio del servicio desinteresado ayudamos a sanar a la sufriente humanidad. Atraemos la atención hacia los lamentos del mundo, y guiamos, por el ejemplo, en el esfuerzo por aliviar el sufrimiento y corregir lo injusto. En el proceso, nos ayudamos a nosotros mismos. Crecemos en espiritualidad a medida que nos volvemos más y más abiertos a ver la unidad de la vida dondequiera que miremos.

 

 

* Wylie, Winifred, “Montessori y la Sociedad Teosófica”, Quest, vol.93, N°2, marzo-abril 2008.

 

 

Nada de lo que es favorable para ayudar al hombre, colectiva o individualmente; a vivir – no “felizmente”- pero menos desdichadamente en este mundo, debería ser indiferente al teósofo-ocultista. No es de su interés si su ayuda beneficia a un hombre en su progreso terrenal o espiritual; su primer deber es estar siempre dispuesto a ayudar si puede, sin detenerse a filosofar.

 

Collected Writings, vol. XI, p.465 (Octubre de 1889)

H.P.Blavatsky

 

 

 

 

 

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