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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 137 - Número 11 -  Agosto 2016 (en Castellano)

 
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La Doctrina Secreta

  

Henry S. Olcott

Presidente Fundador de la Sociedad Teosófica, Adyar, desde 1875 hasta 1907.

Reimpreso de The Theosophist, enero de 1889.

 

Las relaciones personales existentes entre la autora de esta espléndida producción, uno de los pináculos más altos de la literatura moderna, y esta revista, hacen más adecuado que copiemos las críticas de terceros, en vez de expresar las nuestras. Pero al menos debemos decir que, aunque las opiniones con respecto a los valores filosóficos y metafísicos del antiguo esoterismo puedan diferir, el veredicto unánime de nuestra era es que Isis sin Velo y La Doctrina Secreta son obras de un carácter monumental.

 

            Si consideramos la avanzada edad de la autora, la relativa rapidez de su composición, la variada erudición, la osadía y originalidad del pensamiento que muestran, la brillantez de su estilo literario, la intensa luz dirigida sobre algunos de los problemas más recónditos de la simbología, mitología, biología y ciencia de la psicología y la evolución, el lector queda impresionado con asombro por las diferentes características de esta “eflorescencia” intelectual de nuestros tiempos. Para los amigos íntimos de Madame H. P. Blavatsky, que han estado a su lado en el momento (1876-7 y 1886-8) en el que se escribieron los dos libros, su producción fue revestida con todo el interés de los fenómenos psíquicos de una clase infinitamente más elevada que las vulgares maravillas de la taumaturgia física. Debilitada por la enfermedad y en varias ocasiones declarada moribunda por los médicos, forzada por ellos a abandonar India bajo advertencias de una probable muerte súbita por apoplejía, continuaba trabajando en su escritorio, en La Doctrina Secreta, en un promedio de unas doce horas al día, desde las 6:30 o 7 a.m. hasta las 7 p.m. y, mientras su trabajo pasaba por la prensa, a menudo leía cincuenta páginas de prueba al día.

 

            Para verificar las cientos de referencias a otros autores, uno naturalmente puede suponer que ella poseía una vasta biblioteca, sin embargo, el hecho es que ni para Isis sin Velo o La Doctrina Secreta, ella tuvo acceso a más que un puñado de libros. Sus citas a menudo han sido cuestionadas por sus amigos ha quienes se les ha permitido leer sus manuscritos, pero cuando investigaron en el Museo Británico y en las Bibliotecas Americanas su exactitud fue reivindicada. Un caso en particular: Para el título de uno de sus ensayos ella escribió cierto verso y se lo acreditó a Tennyson. Dos personas, una autora de reputación, quienes se creían familiarizados con cada línea que Tennyson había publicado, protestaron vehementemente en su contra por haber cometido tal torpeza, una que seguramente podía detectarse inmediatamente. Dada la persistencia de Madame Blavatsky de que había llegado a su mente y de que debía ser cierta, un caballero de gran experiencia literaria, el Dr. Carter-Blake, hizo una exhaustiva investigación en el Museo Británico, que resultó en el hallazgo literal y al pie de la letra del verso, en una revista del año 1831, The Gem, desatendida y olvidada por mucho tiempo. Por una u otra razón, el poeta no tuvo el cuidado de incluirla en ninguna edición de sus obras.

 

            Oponentes de una diátesis difamatoria, no han tenido escrúpulos en acusar a Madame Blavatsky de intereses motivados en su obra Teosófica. Para ellos, las siguientes circunstancias les podrán ser de interés. La primera edición de Isis sin Velo estuvo agotada, para la agradable sorpresa de su editor, Sr. J. W. Bouton de New York, a los diez o quince días de su aparición, y se solicitó una segunda edición. El Sr. Bouton se acercó a la casa de Madame Blavatsky y, en presencia del presente escritor, le hizo la siguiente generosa oferta. Si ella pudiera escribir otro libro, de un sólo tomo, que pudiera desvelar un poco más a Isis, sólo lo suficiente para satisfacer a las mentes de clase mística, él publicaría una edición de cien copias, las vendería a $100 (cerca de £20) cada una, y le daría a ella $50 por cada copia, por derechos de autor: en resumen, le pagaría un espléndido honorario literario de $5000 (léase 15000 Rupias) por un trabajo que fácilmente podría terminar en un año. Ella lo rechazó basándose en que no le era permitido en ese momento revelar más de la filosofía esotérica de lo que había sido dado en Isis sin Velo. ¡Aún cuando en ese momento no poseía dinero para costear su pasaje a India!

 

            Hay algunos que dicen que el Libro de Dzyan, en el que se basan las magistrales estancias, de la obra a la que hacemos mención, no existe, que es un fraude literario. Bien, si es o no así, al menos es una de las composiciones más sorprendentes de la literatura, su grandioso y solemne tono, cual pedales de órgano en una catedral, o como el tono rítmico de la Naturaleza en la que se dice que la música antigua está inspirada. Si de hecho fue escrito por ella, entonces un hindú podría tender a suponer que ella es una reencarnación de un algún sabio, legando al mundo asombrado el Bhagavadgitā, el Rāmāyana, u otras obras clásicas arcaicas. No tiene la menor importancia, per se, si hay o no un Libro de Dzyan preservado en las bibliotecas ocultas de los sabios, o de si existen o no tales bibliotecas (aunque el escritor posee conocimiento personal del último hecho y puede, si así lo decide, señalar el lugar de una de ellas desde el vagón de un ferrocarril en movimiento). El libro se defiende por méritos propios y tan sólidamente que tendría que tener un fuerte adversario para superarlo. Si existe algo más odioso que cualquier otra cosa, para el pensador independiente, es tener un libro publicado que esté titulado especialmente para ser reverenciado por sus supuestos vínculos infalibles, además de sus méritos intrínsecos. Un libro es bueno o malo, sonoro o insonoro, instructivo o absurdo como libro, y todos los dioses del Olimpo y los ermitaños de todas las montañas o desiertos sagrados, no pueden dar una insensata noción o falsear la verdad de la revelación divina. Ésta es, claramente, también la opinión de Madame Blavatsky, como lo demuestran ampliamente en su Doctrina Secreta los detractores independientes de la autoridad.

 

            El valor de este libro es tan grande para los futuros Teósofos que si sólo un capítulo, o una parte de un capítulo, fuera leída en cada reunión de Rama por alguien que pueda leerlo bien y comprender el texto, no necesitarían buscar más maestros o enseñanzas de Ocultismo teórico. Es una biblioteca en sí mismo, único, en el sentido de un diccionario o de una enciclopedia, y si el movimiento Teosófico hubiera producido sólo los dos libros de esta autora, podría ser considerado, a los ojos de la posteridad, como el creador de una época en una fase del pensamiento humano.

            Como no se intenta enfatizar las supuestas fuentes originales de la inspiración de Madame Blavatsky, la escuela de los sabios Orientales, sus amigos no están dispuestos a excusarla por cualquiera de las faltas literarias de sus libros; su discurso, su combinación desordenada al unir varios temas, plétora de pruebas aducidas en apoyo a  una proposición dada luego que sus cimientos se han cubierto, por así decirlo, con tres capas de espesor; su frecuente falta de exactitud en la presentación de conclusiones y teorías científicas, y en ocasiones, su lenguaje contradictorio. Concediendo todo esto, es aún muy cierto que ella es la más brillante conversadora, la más graciosa e interesante escritora de los tiempos modernos, bien en su propio Ruso vernáculo, en Francés o Inglés, en estos tres idiomas su pluma lucía igualmente dócil. Las críticas de 1877 dicen que el prototipo de Isis fue el Anacalypsis de Godfrey Higgins, pero mientras que la magna obra de este erudito y, sin embargo, olvidado autor nunca alcanzó a completar su segunda edición, y que el Sr. Bouton y el Sr. Quaritch aún conservan muchos ejemplares sin vender en los estantes, quince años después de su aparición en 1836, la primera edición de Isis sin Velo se vendió en dos semanas, y la primera edición de La Doctrina Secreta (de 500 copias) en realidad se vendió antes de su publicación. Ciertamente los tiempos cambian para mejor, y el número de mentes capaces de comprender estos elevados temas es mucho mayor que en la generación que no sólo mal interpretó, sino que persiguió socialmente a Godfrey Higgins.

 

 

Olcott y Blavatsky poseían el mismo compromiso total para la labor de los Maestros. Durante toda la vida de Blavatsky su devoción hacia los Maestros fue el motivo de todo lo que hizo. De Olcott, el maestro KH escribió: “Él es alguien… que estima el sacrificio de la comodidad e incluso de la vida como algo que arriesgaría alegremente siempre que fuera necesario”.

 

John Algeo.

 

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