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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 137 - Número 02-  Noviembre 2015 (en Castellano)

 
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Estar en silencio

 

Tim Boyd

 

 

  Dirijamos nuestra mente hacia algo un poco más profundo que la simple superficie. Como muchos hemos estado involucrados en una u otra forma de búsqueda espiritual, algunos incluso durante décadas, de vez en cuando está bien hacernos algunas preguntas simples para recordarnos lo que nos ha conducido hasta un camino espiritual.

 

  La pregunta que vamos a considerar es muy básica: ¿por qué estamos aquí tratando de vivir la vida espiritual? Probablemente la mayoría de nosotros podemos retroceder y trazar el curso que nos ha conducido hasta el momento presente. Sin embargo, incluso más importante que la pregunta histórica es el proceso.

 

  ¿Qué ocurre cuando nos hacemos una pregunta? Las preguntas, por su misma naturaleza, tienen lugar a distintos niveles. Normalmente nos pasamos el día haciendo preguntas. Si tenemos información insuficiente o si nuestro conocimiento o recursos no son adecuados, tanto si se trata del supermercado como de internet, hacemos preguntas. Y ¿qué ocurre? La mayor parte del tiempo probablemente estamos pidiendo simple información. Pero cuando nos hallamos en el sendero espiritual, la naturaleza de las preguntas y del cuestionamiento se hace ligeramente, si no profundamente, distinta.

 

  El proceso del cuestionamiento necesariamente requiere algo de nuestra parte. La mayoría de las veces al principio buscamos respuestas y eso ya está bien. Pero las respuestas con cosas muy pequeñas. Cuestionar realmente nos implica en un proceso que requiere escuchar. Si preguntamos de forma adecuada, requiere que escuchemos la respuesta, o mejor todavía, que busquemos la respuesta. Entonces preguntamos, escuchamos y si nos implicamos en el proceso adecuadamente, oímos. Hay una antigua plegaria que dice: “Que vea lo que veo y que oiga lo que oigo”. A nivel superficial parece casi absurdo. Naturalmente que vemos lo que vemos y si oímos, oímos. Pero ¿ocurre así?

 

  En los Estados Unidos, donde los vehículos de dos ruedas y las motocicletas son mucho menos comunes que en otras partes del mundo, una causa importante de los accidentes de carretera es cuando los conductores de un coche miran por el retrovisor para ver si es seguro cambiar de carril y cuando no ven otro coche, hacen el giro. Cuando miraron por el retrovisor de hecho había un vehículo de dos ruedas en el carril de al lado, pero aún viéndolo, como su mente está acostumbrada a buscar otra cosa, no ven nada excepto un carril seguro para girar y ocasionan un accidente. Sí que es cierto que el conductor miró, pero no vio.

 

  También esto se aplica a nuestras conversaciones con los demás. Tenemos el ejemplo del caso de discusión o desacuerdo. Muchas veces una persona contará la historia sobre lo que se ha dicho y la otra contará exactamente lo contrario. En esos casos los dos oyeron, pero debido a sus prejuicios y expectativas, realmente no oyeron. El proceso, pues, es un proceso de escucha y se necesitan algunos requisitos para escuchar genuinamente. No se trata simplemente de dirigir los oídos en una cierta dirección.

 

  Uno de los requisitos principales para escuchar verdaderamente es que, primero, hemos de dejar de lado cualquier expectativa que tengamos. Cualquier prejuicio que podamos tener respecto al modo en que alguien nos haya hablado en el pasado, tiene que desaparecer en ese momento. Una de las cosas que Confucio decía era que su sastre era el hombre más sabio que conocía “porque cada vez que lo veo, me vuelve a tomar las medidas. Sólo porque me hizo otro traje la última vez, no va a hacerlo exactamente de la misma manera. Vuelve a tomar las medidas”. Obviamente no se trataba de un consejo de modisto. Es un consejo para nosotros en términos de nuestra capacidad de ver y oír realmente las cosas que vemos y oímos.

 

  Así pues escuchamos, creamos un espacio abierto y después tenemos la posibilidad de oír. Para ello se necesita una cierta cualidad muy importante, la cualidad de entrar en el silencio. Hay una máxima oculta que numera las cuatro actividades que son responsabilidad de todo el que entre en la vida espiritual: saber, querer, osar y, lo más importante, estar en silencio.

 

  Tenemos la costumbre de intentar aumentar nuestro conocimiento. La profundidad con que lo asimilemos es otra cosa, pero constantemente estamos buscando la parte siguiente de información. En ese sentido estamos muy activos. Nuestra voluntad es algo que aprendemos a ejercitar desde edad temprana, tal vez no adecuadamente, pero la vamos refinando. Después osar, esforzarnos realmente por ir más allá de lo que podrían ser unos límites que nos impedirían dar el paso siguiente. Osar estar en silencio, osar escuchar más allá de las fronteras de nuestros prejuicios, es algo que pocos de nosotros estamos dispuestos a hacer. Es pedir un poco demasiado. Y después, estar en silencio.

 

  Una de las bellezas de la vida espiritual es que el foco importante cada vez que nos encontramos con los demás no está en las cosas que decimos, ni lo que oímos, ni las palabras que pronunciamos, sino en la manera en que somos capaces de cultivar y después entrar en el reino del silencio. Este silencio nos permite una presencia que podríamos describir como la de los Fundadores Internos o los Maestros, los Seres Sagrados, una Energía Superior o Divinidad. ¿Cómo se hace eso?

 

  El verano pasado visité varios grupos en Europa. Cuando llegué a Holanda, encontré un país fascinante por varios motivos. Uno de ellos es que, en términos de la formación de la tierra, ese país ni siquiera debería existir. Los holandeses dicen que “Dios creó la Tierra y los holandeses crearon Holanda”. Lo dicen por una muy buena razón. Todo el país se encuentra bajo el nivel del mar y está justo al lado del mar.

 

  Hace mil años Holanda no era nada más que pantanos y tierra húmeda, hasta que empezaron a construir los muros contra el mar que llamaron diques. Con los años han desarrollado una manera de construir esta tierra para impedir que el agua la inunde. Ahora tienen una nación en tierra seca. En algunos lugares, cuando uno camina, está el dique cubierto de tierra a un lado y el mar al otro, y te das cuenta de que, sólo con unos metros de distancia, estás bajo el nivel del mar.

 

  Es algo notable y dice mucho del proceso de dar forma a las cosas. Para nosotros se trata de un proceso interno. En el caso de los holandeses, impusieron su voluntad sobre la tierra, osaron. Desarrollaron el conocimiento que se necesitaba para contener el mar y la tierra se secó. Pero nosotros estamos funcionando dentro de la tierra de la conciencia; tenemos que contener un mar de cháchara mental que es la condición normal de cada día. Hemos de contener una inundación de emociones, de sentimientos, que están constantemente fluyendo a nuestro alrededor y muchas veces a través de nosotros, para dar paso a algo más. Cuando creamos ese espacio, siempre tiene relación con el silencio.

 

  Cuando alguien habla, puede tener lugar un proceso de “cuestionamiento meditativo”. Es el proceso de estar en silencio en presencia del ruido, de manera que otra cosa se pueda grabar en la pantalla de la mente. Algo puede descender o aparecer, pero sólo puede ocurrir cuando la cháchara y el ruido quedan liberados. El proceso empieza con la imposición de la voluntad. El cuerpo no controla ese momento. Las emociones que fluyen no abruman ese momento. En la historia bíblica de Cristo éste le dijo al embravecido mar: “Calla, enmudece” y el mar enmudeció. No es una descripción de un evento histórico. Es la descripción de un hecho interno que confiamos poder hacer cada vez que estemos relacionándonos con alguien y tiene un objetivo.

 

  Aprendemos a estar en silencio incluso en medio de nuestro discurso, para cultivar ese espacio silencioso a partir del cual se forman las palabras. No somos nosotros quienes las proyectamos. Tal vez con el tiempo, nuestra capacidad de cultivar ese silencio aumente.

 

  Durante mis recientes viajes también estuve en París. Para la mayoría de la gente, la imagen predominante de esa ciudad es la Torre Eiffel. Es el edificio más alto situado en el centro de París. No hay rascacielos que obstaculicen la vista de la ciudad. Cuando el ascensor llegó al último piso de la torre yo estaba entre otras ciento cincuenta personas que se apretujaban y hablaban en una docena de lenguas distintas. En seguida miré la extensión de la ciudad, observando el panorama que se me ofrecía y todo a mi alrededor quedó difuminado.

 

  Pasé los siguientes 45 minutos en esa posición, simplemente mirando la ciudad. La altura permitía ver las tortuosas callejuelas, los famosos edificios antiguos, los jardines en medio de ellos. Se podía ver cómo había cambiado el aspecto de la ciudad al paso el tiempo. Podías ver los trazos del tráfico y las personas que parecían puntitos de distintos colores. Yo los seguía y los veía moverse, cada uno de ellos pensaba que se movía de forma independiente pero cada uno bajaba por aquellas calles que canalizaban y limitaban su movimiento, unas calles que habían sido transitadas por otros puntos similares desde hacía siglos y cada uno se movía hacia un destino distinto para hacer una cosa distinta, pero todo ello tenía lugar dentro de aquel gran ser que es la ciudad de París.

 

  Desde aquel punto de vista elevado resultaba muy claro en un sentido lo pequeños que somos, pero en otro sentido lo profundamente conectados que estamos con algo mucho más grande. El problema para nosotros tiende a ser que somos incapaces de verlo. Solamente en nuestros momentos de elevación conseguimos una perspectiva más profunda. Al cabo de un rato mis sueños terminaron. Me di cuenta de que tenía cosas que hacer, sitios a los que ir y dejé mi visión de la ciudad. Una vez más surgieron las voces de aquellas ciento cincuenta personas y sus distintas lenguas como si alguien hubiera subido el volumen. Aparté el rostro de aquella visión y regresé con la muchedumbre, entré en el ascensor y volví a bajar a la tierra.

 

  Pero no lo había olvidado. La fragancia, o vasana, de esa experiencia permanece. Mi momento en la Torre Eiffel fue una experiencia de la mente y de los ojos; para cada uno de nosotros existen esos momentos de elevación que ocurren de vez en cuando. Para cada uno de nosotros la experiencia es similar. Nos elevamos en la conciencia sólo para regresar. En las palabras del poeta Robert Frost: “Tengo promesas que cumplir y millas que recorrer antes de dormirme”. Pero el que se eleva no es el mismo que regresa. La experiencia de verlo todo desde una perspectiva más alta y más expansiva nos hace cambiar. Estamos viviendo desde el recuerdo de lo que hemos visto. Se nos recuerda una Presencia Más Grande, siempre presente, pero sobre todo olvidada. La esperanza que tenemos es que podemos recordar.

 

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