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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 10 -  Julio 2015 (en Castellano)

 
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Sobre las Relaciones

 

- Parte V –

 

Paz y Purificación

 

 

RAPHAEL LANGERHORST

Joven teósofo, activo en la ST en Austria. Es ingeniero en electrónica y

 Tecnologías de la Información con talentos musicales.

 

La corona del vencedor es sólo para el que se muestra ser digno de llevarla, para el que ataca a Maya con las manos desnudas y vence al dominio del deseo y de las pasiones terrenas. Y no Nosotros sino él mismo, se la pone en las sienes.

K. H.

Meditaciones Diarias de Katherine A. Beechey (día 3, julio. Valor)

 

 

Hasta aquí hemos contrastado nuestras naturalezas superior e inferior. Hemos visto que la falsa identificación con nuestro cuerpo, con nuestras emociones, pensamientos y con nuestra identidad separada nos conduce al sufrimiento y al dolor. Entendemos que la libertad, la paz, el amor y la sabiduría son la misma naturaleza de nuestro ser superior. Por consiguiente es nuestro deber poner fin a nuestra propia esclavitud, a nuestra falsa identificación con nuestros principios inferiores, a fin de reflejar nuestra divinidad real en estas vestiduras externas.

            Para hacerlo, necesitamos purificar nuestra personalidad a fin de permitir que la divina luz brille sin distorsiones ni atenuaciones a través de nuestras inmaculadas vestiduras. Sólo entonces puede haber una paz serena en nuestras relaciones con los otros y los requisitos establecidos para amar pueden manifestarse.

 

1.     Mata la ambición.

2.     Mata el deseo de vivir.

3.     Mata el deseo del bienestar.

4.     Trabaja como trabajan los que son ambiciosos. Respeta la vida como lo hacen los que la desean. Sé feliz como lo son los que viven por la felicidad.

Mabel Collins,

Luz en el Sendero, Parte I

 

Sintonización

            Nuestras emociones descontroladas son la fuente principal de la distorsión de nuestra serena divinidad, como las ondulaciones en el agua distorsionan el reflejo de la superficie. La pasión ciega nuestra mente, esclavizando nuestro intelecto a nuestros deseos. Esto es llamado Kama-Manas y conduce a la agitación del cuerpo y de la mente, colocándonos en conflicto por la separación y el olvido de nuestra divina naturaleza inmortal. El sufrimiento es la consecuencia inevitable.

            Entonces, necesitamos purificar nuestro principio astral, el vehículo de nuestras emociones. ¿Pero cómo? El principio astral debe ser un reflejo de Buddhi, el amor divino y la sabiduría. Sin embargo, mientras somos esclavos de nuestras emociones, estamos atados a nuestros deseos y nuestra naturaleza superior no se puede reflejar en nuestra personalidad.

            Siempre que surgen las emociones, tendemos a identificarnos con ellas y así desviar nuestra atención. Enfocar nuestra atención en estas emociones las fortalece y nos abruma, tendemos a perdernos en lo que nos enfocamos, haciéndonos esclavos de estas emociones.

            Sin embargo, podemos hacer uso de este mismo proceso para superar esta esclavitud. Por una parte, no deberíamos permitir que las emociones sean el centro de nuestra atención; es natural sentir las emociones pero tranquilamente decidir por nosotros mismos si queremos alimentarlas o no. Por la otra, un aspecto muy importante es enfocar nuestra atención en nuestros principios superiores, sin apegarnos desesperadamente a ellos, sino lenta y persistentemente orientarnos hacia ellos. Esto fortalecerá nuestra relación con estos principios superiores y los ayudará a reflejarse más y más en nuestros principios inferiores.

 

Causa y efecto

            La excitación nos ata a Kâma-Manas.

            Kâma-Manas, como hemos visto, es nuestro intelecto dominado por nuestras emociones, deseos y pasiones. Como tal, siempre que se originan emociones, reaccionamos a ellas automáticamente, sentimos atracción o rechazo por ellas, sin estar conscientes de nuestro ser en absoluto, porque nuestra atención se pierde en la excitación. Con nuestra atención limitada, difícilmente podemos hacer uso de lo que puede llamarse una decisión, es nuestra reacción automática la que decide.

            La intranquilidad resultante bloquea el conocimiento de nuestra naturaleza interna.

            Perderse en la excitación termina en agitación y ansiedad. Estamos sintonizados con algo que no es nuestro yo. Esto nos esclaviza a ese algo sin que nuestro ser pueda dirigir a nuestro ser desde la serenidad interior. Esta serenidad sólo se puede manifestar cuando los principios inferiores están ciegos y sordos a las influencias externas y actúan sólo desde la intuición interna. Entonces, sólo se registran los eventos, sin que nos afecten y sin perdernos en ellos y en consecuencia sin distorsionarlos.

            Por lo tanto, necesitamos purificar nuestros vehículos para poder sintonizarnos con nuestra naturaleza interior en vez de reaccionar a los sentidos externos.

            Es esta integración, esta percepción de la suprema luz y realidad interna, la que produce la clase de serenidad en nuestros vehículos inferiores, en nuestra personalidad, que se convierte entonces en un reflejo de lo superior al ya no estar sometida ni afectada por lo externo. Entonces comenzamos a actuar, en vez de reaccionar continuamente.

            Kâma es el que ciega nuestro intelecto, por lo tanto Kâma primero necesita ser purificado, de lo contrario nuestra mente no puede estar en paz.

            Debemos comenzar a desligar esta cadena de deseos que esclaviza nuestro intelecto, que conducen a la agitación en nuestras acciones, produciendo así nuevamente causas de una futura esclavitud.

            Esta cadena, a pesar de que es continua en sí misma, comienza por nuestras emociones, nuestros apegos, deseos y pasiones. Esto nos apega a la materia y esclaviza nuestra mente convirtiéndola en sirviente de la satisfacción de nuestros deseos. En esta condición no somos libres, sino esclavos de la excitación.

            Nuestra mente necesita ser purificada para la verdad en vez del auto-engaño.

            Nuestra mente, mezclada con Kâma (Kâma-Manas), se auto engaña. Construye ilusiones e intenta establecer su realidad, colmada con ansiedad para su carácter engañoso. Esto es natural, dada la ilusoria identidad de separación que tratamos de sostener. Pero sólo desligando nuestra mente de Kâma y sintonizándola con la intuición superior, el principio Buddhi, nos podemos liberar de este comportamiento inconsciente y auto-engañoso.

            Nuestras acciones deben ser purificadas desde una mente purificada; es lo interior lo que crea lo exterior. Con nuestras emociones y nuestra mente en paz, podemos lograr la pureza en la acción y en la conducta en nuestras vidas. La paz es el resultado de la naturaleza humana purificada que no es esclava de la excitación de los sentidos.

            Con nuestras emociones, nuestra mente y nuestras acciones libres de esclavitud y ataduras, se puede manifestar la paz interior. Esta paz no está sujeta a condiciones externas, o a la paz externa en sí misma que difícilmente se ha de encontrar en este mundo. Ya no es más este mundo el que impone las condiciones de esclavitud, ansiedad e intranquilidad en nosotros, dado que ya hemos purificado nuestra personalidad sintonizándola con nuestros principios superiores, nuestra esencia y luz interior. Entonces nuestra personalidad se convierte sólo en un reflejo de esta serenidad interior y brilla desde el interior, sin depender de excitaciones o apreciaciones externas.

 

El deber purifica

 

            '[…] hasta que, para coronarlo todo, los sentimientos humanos y puramente individuales... todo, se dejará libre, para llegar a combinarse formando un único sentimiento universal, el único sentimiento Eterno verdadero y santo, el único carente de egoísmo, el Amor, un Inmenso Amor por la humanidad, como un ¡Todo!'

                                                                                                                                KH

Meditaciones Diarias de Katherine A. Beechey (día10 de febrero)

 

            El deber, bien ejercido, purifica nuestros vehículos inferiores calcinando nuestro auto-engaño, nuestros apegos y la esclavitud a los deseos. A veces, consideramos el deber como esclavitud. Sin embargo, si observamos esta peculiaridad más de cerca, vemos que de hecho es nuestra esclavitud a los deseos la que nos hace enfadar sobre nuestro deber. Sin embargo, el deber que debemos ejecutar en este mundo es una gran oportunidad para ejercitar nuestra verdadera libertad. Una vez que seamos capaces de desempeñar el deber sin desagrado, habremos encontrado la paz, incluso en este mundo que está esclavizado  por la excitación.

El trabajo es amor hecho visible.

Kahlil Gibran, El Profeta

 

 

La meditación integra

            Aunada al deber bien ejercido, la meditación nos ayuda a lograr la verdadera sintonización de nuestra personalidad hacia nuestro yo superior interno. Es necesario reemplazar la anterior excitación y pasión con verdadero amor y serenidad. La meditación, primero ejecutada deliberadamente, debe convertirse más y más en la base estable de nuestra vida, sin restringirla a sólo unos pocos minutos de vez en cuando. La meditación debe ser constante, elevando siempre nuestra naturaleza hacia la divinidad que somos en nuestro interior y conectando nuestros vehículos inferiores a nuestra naturaleza superior, conduciéndonos finalmente a ese milagro, a ese lugar de encuentro, de volvernos gradualmente conscientes de nuestra verdadera esencia divina.

            Una vez que encontramos nuestro yo interno, finalmente podemos liberar nuestro yo de las ataduras y limitaciones inferiores. De hecho, esta percepción interna, o meditación, es la verdadera libertad, la real y divina realización que antes buscábamos en vano a través de nuestros deseos. Este estado de consciencia naturalmente rompe las cadenas de la esclavitud conduciéndonos a la paz, la libertad y al sentimiento de unidad eterno: Amor Divino. Una vez encontrado, cesa el deseo, no queremos nada más, colmados de eternidad, cesa el deseo, excepto el deseo por la divinidad, la divinidad en todos los seres.

 

 

 

Hay tres verdades que son absolutas,

y que no pueden perderse, aunque permanezcan calladas por falta de expresión.

El alma del hombre es inmortal y su porvenir es el de algo cuyo crecimiento y esplendor no tiene límite.

El principio dador de vida mora en nosotros y fuera de nosotros,

es imperecedero y eternamente benéfico, no se le ve ni se le oye ni se le huele,

pero lo percibe el hombre que anhela la percepción.

Cada ser humano es su propio y absoluto legislador,

el dispensador de gloria o miseria para sí mismo,

quien decreta su propia vida, su recompensa o su castigo.

Estas verdades, que son tan grandes como la vida misma,

son tan sencillas como la más sencilla mente del hombre.

Sacia con ellas al hambriento.

 

Mabel Collins,

El Idilio del Loto Blanco

 

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