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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 09 -  Junio 2015 (en Castellano)

 
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Reflexiones

 

SURENDRA NARAYAN

Reimpreso de The Theosophist, setiembre 1995.

El Sr. S. Narayan ha sido Vice-Presidente de la Sociedad Teosófica, Adyar.

 

 

Recuerdo, que siendo joven, escuché una afirmación que decía: “Dios está en los Cielos y todo está bien en el mundo”. Con el transcurrir de las décadas, sin embargo, al observar todo lo que ha sucedido en el mundo, a veces sentimos la necesidad de ponerle signos de pregunta a esta afirmación, porque no todo está bien con el mundo o por lo menos no parece estarlo. Existen enfermedades que no se pueden controlar, mucho menos curarlas, a pesar de toda la investigación notable de la medicina moderna; la contaminación se ha vuelto descontrolada y generalizada, tanto en el medio como en la mente humana; las guerras locales y globales aparecen una y otra vez; las armas de destrucción son más letales y más devastadoras; el terrorismo con sus despiadadas matanzas de gente inocente alcanza proporciones internacionales, y el fundamentalismo religioso yergue su cabeza amenazadora. Hay más egoísmo, que lleva a carencias de los menos privilegiados y a una competencia implacable en la vida, en el comercio nacional e internacional.

 

A veces nos preguntamos si todo esto no es la señal de que el mundo se mueve hacia la oscuridad, decadencia y el final de todo lo que podría representar los valores humanos básicos de bondad y belleza en la vida. Uno comienza a preguntarse: ¿es este el motivo por el que el universo fue creado? ¿Existe algún propósito detrás de lo que se llama “la creación de Dios”?

 

En esta etapa de cuestionamientos y dudas, recordamos una afirmación hecha en A los Pies del Maestro hace muchos años, que Dios tiene un plan y que ese plan es la evolución; que este plan es tan bello, tan glorioso, que una vez que alguien lo ve, no puede evitar de trabajar por él, haciéndose uno con él.  Recordar esta afirmación positiva da cierto ánimo, revive la esperanza y comenzamos a reflexionar seriamente de qué se trata todo esto; ¿existe realmente un propósito, un plan detrás de esta creación y cuál es nuestro lugar y el rol en él?

 

Un teósofo es un optimista, y por lo tanto, explora aún más. Como resultado, se pueden descubrir muchas afirmaciones alentadoras, muchas referencias a la evolución, al avance de la creación y de los seres humanos individuales, que son una parte indivisible de esa creación y por lo tanto la afectan con sus actitudes y conducta en la vida. Vemos que la Sra. Blavatsky y otros, en sus escritos, han tratado extensamente el plan divino para el progreso y perfección humana. Hay también afirmaciones que expresan que mientras este plan es ordenado, no avanza verticalmente; se mueve en ciclos o en espirales. Se lo ha referido como “un tremendo progreso giratorio”. En La Doctrina Secreta, H. P. Blavatsky expresa que todo el orden de la Naturaleza demuestra una marcha progresiva hacia una vida superior y que existe un diseño en la acción de las fuerzas aparentemente ciegas. Luego ella agrega que el propósito de la evolución, respecto a los seres humanos, es la evolución espiritual o desarrollo del ser interno inmortal.

 

Leyendo el índice de Las Cartas de los Mahatmas a A. P. Sinnet, encontramos unas dieciocho referencias a la evolución. La Carta Nº 9 menciona:

 

Empujado por el irresistible impulso cíclico, el Espíritu Planetario tiene que descender antes de que pueda ascender otra vez. En su camino, tiene que pasar a través de toda la escala de Evolución, sin omitir un peldaño, deteniéndose en cada mundo estelar, como lo haría en una estación.

 

Este movimiento progresivo hacia la  bondad y la belleza se ha mencionado en las tradiciones espirituales de diferentes formas. Para mencionar sólo dos:

 

El místico Sufí musulmán, Jalaluddin Rumi, después de trazar la evolución desde el mineral hasta el hombre, avanza aún más a una etapa donde “me convertiré en lo que ninguna mente jamás concibió”, y se refiere a esto como un estado de no-existencia, donde uno cesa de ser una entidad separada y emerge en consciencia con el Uno, y por lo tanto ve toda la vida como una totalidad.

 

La “Revelación” de San Juan tomada en un marco de tiempo mayor, dice:

 

Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron… Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos.

 

Que el universo no es una unión fortuita de átomos, sino que parece que está imbuido de una inteligencia superior, y guiado y gobernado por ella, ahora también lo admiten algunos científicos modernos. Se maravillan de los procesos homeostáticos intrincados que regulan y controlan el equilibrio químico de los océanos, de la tierra y la atmósfera, del complejo y sin embargo delicadamente afinado funcionamiento de la vida en todas sus manifestaciones y el movimiento ordenado de innumerables esferas en este vasto cosmos. En una afirmación que ahora es bien conocida, Einstein mencionó que su sentimiento religioso tomó la forma de un asombro dichoso, por la armonía de la ley natural que revelaba una inteligencia de tal superioridad que, comparado con ella, todo el pensamiento sistemático del hombre y sus acciones eran una total reflexión insignificante. Parece ser de total sentido común inferir que esta inteligencia superior o “mente ubicua”, a la que se refiere el biólogo George Wald, no funcionaría sin un propósito consciente. Que a pesar de algunos contratiempos aparentes de este movimiento hacia la verdad, lo bueno y lo bello, continuarán sin obstáculos, lo que se menciona en pasajes de Las Cartas de los Mahatmas a A. P. Sinnett. En la Carta Nº 48, el Mahatma hace referencia a “las líneas oscuras del firmamento oriental en un temprano amanecer después de una noche de intensa oscuridad, o la aurora de un ciclo más “espiritualmente intelectual”. Y en la Carta Nº 28, Él afirma: “Ni sentimos tampoco inquietud por la resurrección de nuestras antiguas artes y elevada civilización, porque éstas volverán, con seguridad, a su tiempo y en forma aún más elevada…No tema…Los guardianes de la Luz sagrada no han atravesado victoriosamente tantos siglos para venir ahora a estrellarse contra las rocas del escepticismo moderno. Nuestros pilotos son marineros demasiado expertos para que temamos un desastre semejante.”

 

El poeta místico Gerald Hopkins capta en uno de sus poemas la certeza de una Presencia benéfica, “La Grandeza de Dios”, citada en un artículo de Elsie Hamilton en The Theosophist de junio de 1995:

 

Allí vive la frescura más apreciada

en lo profundo y recóndito de las cosas;

……..

Porque el Espíritu Santo incuba en un Mundo curvado

con el pecho cálido y

con ah! alas luminosas.

 

Un punto importante que aparece en casi todas las referencias del plan divino para el progreso y perfección humana es el énfasis puesto invariablemente allí en la necesidad de que nosotros, seres humanos, cooperemos conscientemente con ese plan, elevándonos sobre el yo separativo con sus deseos auto-centrados, y moviéndonos hacia una vida de mayor amor, servicio, y de dedicación al bien de la humanidad.

 

La evolución está por lo tanto relacionada con que busquemos conscientemente el bienestar del resto de la humanidad, ciertamente de toda vida. En el Bhagavadgitâ, a uno de los senderos ascendentes del yoga se lo ve como trabajando para el bienestar de todo el mundo. El Cristo nos pide amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos. El Buddha puso énfasis en la compasión, ama toda vida como una madre que ama a su hijo, su único hijo. La enseñanza budista incluso va más allá, porque se espera que los verdaderos budistas crezcan tanto en ausencia de egoísmo y amor hacia todos, que renuncian al nirvana para ellos mismos y siguen trabajando hasta que todos sean capaces de alcanzar ese dichoso estado.

 

Por lo tanto, nadie debería ser conducido a creer que debido a que la evolución debe continuar, no es indispensable que nos preocupemos y entonces permanezcamos indiferentes a los males actuales de la sociedad, sin hacer ningún esfuerzo para corregir las distorsiones que han surgido en la vida del mundo. Como la Sra. Blavatsky lo expresa, la carga del “trabajo cooperativo con la naturaleza” ha caído sobre cada uno de nosotros. Por lo tanto, los perezosos quedarán rezagados, mientras que los peores, ella nos advierte, “los fracasos de la Naturaleza, desaparecerán de la familia humana como algunos hombres individuales, sin siquiera dejar un rastro detrás.”

 

La humanidad ha sido dotada de libertad para pensar y actuar, pero no de libertad para obstaculizar a la Gran Voluntad que se mueve hacia el bien. La mitología y la historia nos dicen que el mal, finalmente, nunca ha triunfado, y por lo tanto, las aberraciones de la humanidad en cualquier momento, como las que observamos en el mundo actual, son sólo como cambiantes nubes en un vasto cielo; incluso son como remolinos, espuma en la superficie de un gran río que continúa fluyendo inexorablemente hacia su destino, para ser uno con el gran océano de bienaventuranza, del que surgió originalmente como vaporosas nubes.

 

 

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