Volver al Índice de Revistas
El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 09 -  Junio 2015 (en Castellano)

 
Anterior
Página 8
Siguiente

 

Sobre relaciones -

Entrelazando lo sagrado

Parte IV

 

 

RAPHAEL LANGERHORST

 

Joven teósofo, activo en la ST en Austria.

Es ingeniero en electrónica y en tecnología de la información, con talentos musicales.

 

 

En partes anteriores de este artículo hemos considerado nuestra personalidad y naturaleza divina, comparándolas y viendo la necesidad de desenredar nuestra mente de la inquietud, pasiones y deseos -la fuente del conflicto- y de volver nuestra consciencia hacia nuestros principios divinos superiores, nuestro yo eterno.

 

Armonía

¿Cómo surge la desarmonía en la vida? Emplear nuestra energía en identidades separadas, naturalmente conduce al conflicto. El problema no está en la separación, sino en ver nuestros yoes como entidades separadas; no hay tal yo! Por supuesto nuestra vida nos enfrenta con el “tú y yo” y con “otros”. Éste no es el problema, pero los problemas surgen de la creencia en que realmente somos esas entidades, que nos identificamos con estas vestiduras materiales. Tal identificación conduce a la auto-glorificación de nuestra personalidad; inútil es tratar de afirmar su realidad, la que incluye un constante temor a la pérdida (de esa auto-identidad) y la necesidad de separarnos de los demás, lo que se alcanza a través del conflicto (así inconscientemente generamos el conflicto). Por supuesto no comprendemos que nos separamos de los demás, aunque como personalidades separadas vivimos por contraposición e identificamos nuestro yo sólo por ser diferentes de otros. Pero la contraposición y nuestro compromiso con él significan conflicto y por lo tanto sufrimiento. Esto es especialmente así porque vivimos en este nuestro yo que sufre como un resultado de nuestro egoísmo.

 

¿Cómo puede haber armonía con tal variedad y diferencias en la vida y en los seres? En realidad, no hay diferencia en la vida toda, si podemos ver la vida en todo. Ésta es la razón por la que es necesario establecer nuestro vínculo con el principio búdico, que es la única manera de percibir la unidad universal, con sabiduría y comprensión como una consecuencia de tal consciencia. Sólo nuestra esclavitud con Kâma-Manas, el engañoso egoísmo y la mente manejada por el deseo, esclaviza nuestra libertad y nos conduce a la agitación, volviéndonos esclavos de circunstancias ilusorias.

 

Sin embargo, si somos verdaderamente conscientes de la Vida una en todo, podemos superar todas las aparentes polaridades, no destruyéndolas, sino viendo la esencia universal en lo que parece como opuesto en el mundo manifestado. Esto elimina nuestra esclavitud y nos da libertad, la así llamada liberación. Podemos entonces conducir nuestra vida sin perdernos en insignificantes auto-engaños.

 

Entonces somos capaces de ver la armonía en todo, el panorama más amplio y la sinfonía que la vida en general realmente es, en su flujo hacia la ciudadanía divina. Sin embargo, al mismo tiempo nos volvemos conscientes de la causa del sufrimiento, no sólo intelectualmente sino al percibir la vida esclavizada, por compasión. Cuanto más podamos superar nuestro sufrimiento logrando nuestra propia identidad divina, comenzamos a compartir el sufrimiento del mundo en general, el cual todavía se halla encadenado, inconsciente de su propio propósito y glorioso destino. Esto no es por sentimentalismo o glorificación de nuestro propio yo, sino por ver el yo mayor asumimos esa carga y continuamos así nuestro sufrimiento, no manejado por nuestros deseos, sino percibiendo la unidad de todo y nuestro deber divino. Éste, en particular, es el sendero de todo verdadero teósofo: elevar a la humanidad hacia la divinidad consciente. Y este sustrato puede servir como base para un propósito superior en nuestras propias relaciones personales: tener que desempeñar nuestra parte en la sinfonía divina, conducidos por el Uno en todo.

 

Amor

¿Qué buscamos? ¿Unidad o separación? Básicamente, llegamos a ser lo que buscamos. ¿Es la vida o es la muerte lo que nos atrae? Ubicarnos en las polaridades conduce hacia la separación y nos hace esclavos de esas polaridades. Tanto la atracción como la repulsión son esclavizantes y mientras vivamos en estas polaridades nuestras relaciones estarán teñidas por ambas, atracción y repulsión, siempre cambiantes como las mareas.

 

La unidad que buscamos, si es así, no se encuentra en el mundo de las polaridades o en lo siempre cambiante o en lo transitorio. La unidad está en la consciencia.

 

El amor, al ser la esencia más fundamental de nuestra existencia, se refleja en todos nuestros aspectos. Incluso la sexualidad es un reflejo tal, aunque un reflejo en el sendero de la inconsciencia de la que provenimos y que nos mantiene atados a una forma inferior de existencia en polaridades, cegándonos a nuestras cualidades superiores mientras seamos esclavos de su influencia y expresión.  Solamente a través de la unión con Buddhi somos capaces, viviendo todavía en nuestras personalidades, de encontrar el amor como la esencia misma en toda la manifestación. Éste llega a ser un amor genuino, más profundo y real, más allá de lo transitorio y siempre cambiante. En realidad, es finalmente el amor lo que abre nuestra mente a la realidad divina en nuestro yo. Como parte de la humanidad en general, el amor es también la cualidad que despierta la divinidad en todos los seres humanos. Como tales, estamos llamados a comunicarnos con los demás -amor en nuestro corazón, sabiduría en nuestra mente, libertad en nuestra alma y pureza en nuestro cuerpo- para volver a establecer juntos nuestro hogar divino, encontrando así nuestra verdadera realización.

 

Encontramos una interesante nota en pie de página respecto al amor en La Doctrina Secreta, Volumen III, p. 265:

 

“El mismo autor presenta (como también los ocultistas) una muy razonable objeción contra la moderna etimología de la palabra “filosofía” que se interpreta como “amor a la sabiduría” y no es así. Los filósofos eran científicos y la filosofía era una verdadera ciencia, no simple especulación verbalista, como hoy día es. El término se compone de dos palabras griegas cuyo significado intenta trasmitir su sentido oculto y debería interpretarse como “sabiduría del amor”. Es en esta última palabra “amor” donde yace oculto el significado esotérico: porque “amor” no es aquí un sustantivo ni quiere decir “afecto” o “inclinación”, sino que es el término con que se designa a Eros, el principio primordial en la creación divina, el anhelo abstracto de la Naturaleza para la procreación, resultante en una continua serie de fenómenos. Significa “amor divino”, ese elemento universal de divina omnipresencia difundida por toda la Naturaleza y que es a la vez la principal causa y efecto. La “sabiduría del amor” o “filosofía” significa atracción y amor a todo lo que está oculto bajo los fenómenos objetivos y todo su conocimiento. Filosofía significaba el adeptado supremo, el amor a la Divinidad e integración a ella. Por modestia Pitágoras rehusaba ser llamado filósofo (o sea el que conoce las cosas ocultas en las cosas visibles, es decir, la causa y el efecto -la verdad absoluta-) y se llamaba simplemente Sabio, un aspirante a la filosofía o a la Sabiduría del Amor. El amor en su sentido exotérico estaba entonces tan degradado por los hombres como lo está ahora por su aplicación puramente terrena”.

 

Y unas pocas páginas más adelante, en la primera frase del texto, en la p.271, encontramos:

 

“Este Yo supremo, uno y universal, fue simbolizado en el plano de los mortales por el Sol, su resplandeciente y vivificante ser, a su vez el emblema del alma, que mata las pasiones carnales que siempre han sido un obstáculo para la reunión del Yo Uno (el espíritu) con el Yo Todo”.

 

Así vemos esa forma superior de amor universal como la base fundamental de nuestra existencia. Es nuestra conciencia de este ser único universal dentro de todo la que finalmente nos libera de la esclavitud de nuestras pasiones terrenales.

 

Libertad

¿Qué es la libertad para nosotros? ¿Es complacencia en los despóticos deseos de Kâma-Manas? ¿Es hacer todo lo que deseamos, sin atarnos a ningún deber? ¡Verdaderamente, esto es esclavitud! Pero ¿qué queremos en todo caso? ¿Quiénes somos? ¿Y cuál es nuestro deber realmente? No podemos ser libres o tener libertad si ni siquiera sabemos quiénes somos. Creer que somos nuestro cuerpo nos esclaviza al placer y la sensualidad y nos lleva a la destrucción final. Pensar que somos nuestras emociones nos esclaviza a la cólera y el temor y nos conduce al sufrimiento infinito. Creer que somos nuestros pensamientos nos esclaviza a la codicia y el orgullo y nos lleva al cautiverio en la separación. La libertad comienza con el conocimiento del único yo en todo.

 

“Dentro del corazón de cada forma y cada fragmento de cada forma existe el latido rítmico de la vida una, el poder controlador del pensamiento único y la cohesión del sentimiento único, que es el amor divino”.

Geoffrey Hodson

The Supreme Splendour (El Esplendor Supremo), p.31

 

El lazo sagrado

No podemos separarnos de la vida en general o perderemos nuestro yo en el aislamiento (Avichi). La esencia una, divina y universal que se refleja en cada uno de nosotros nos llama a casa, en unidad. Estando involucrados en esta existencia material tenemos que volvernos conscientes de nuestra esencia común a pesar de la diversidad de expresión, encontrando así nuestro yo en todos los demás. Esto conduce a la paz, al amor verdadero, a la comprensión y la libertad, conociendo lo divino en cada uno de nosotros.

 

Progresar en la existencia material es separar nuestras identidades y mientras seguimos ese sendero en la materia experimentamos conflicto con los demás, al ser inconscientes de nuestra unidad interna, real y eterna, nuestro yo divino. Es nuestro desafío como seres humanos reunir nuestra existencia con nuestra inmortalidad. Esto solamente lo podemos alcanzar básicamente unidos, ya que cada uno de nosotros está reflejando, en el grado de nuestra pureza, ciertos aspectos de este ser universal y verdadero.

 

Es en este campo de experiencia, inconscientes de nuestra divinidad, el campo de batalla de la naturaleza humana, donde tenemos que volvernos conscientes de nuestra mutua responsabilidad. La vida es una y no podemos escapar a menos que busquemos nuestra propia destrucción.  La humanidad en general es la tela de vida que tejemos constantemente cuando desempeñamos nuestra parte en esta gran sinfonía. Al final de Luz en el Sendero de Mabel Collins, se encuentra un pequeño texto sobre el Karma. Es sumamente recomendable leerlo para ver la belleza de la responsabilidad mutua y la realidad del entrelazado de este supremo esplendor, de este lazo sagrado, del amor divino, nuestra esencial inmortal.

 

 

Epílogo

Nosotros encontramos nuestra propia responsabilidad, como también la oportunidad para establecer este lazo sagrado del amor en nuestras propias relaciones como parte de esa unidad mayor que eleva a la humanidad más allá de la destrucción, de los deseos insensatos y de las pasiones. Como tales, conociéndonos a nosotros mismos básicamente como inmortales y divinos, está en nuestras manos y corazones establecer la libertad, reflejando a través de nuestras vestiduras inmaculadas la luz interna en el mundo exterior, conduciendo a la fraternidad universal y tejiendo la tela gloriosa, el lazo sagrado, el amor que nace del amor divino.

 

Es nuestro propio amor por el amor en sí mismo que nos atrae a nuestra fuente. Este anhelo divino necesita nutrirse al principio, hasta que lleguemos a embriagarnos con la eternidad, que finalmente nos permite desenredar nuestra mente de lo terrenal por medio de la percepción de lo superior. Podemos encontrar en nosotros mismos, al igual que en otros, Aquello que es nuestra fuente principal de amor inmortal, sabiduría, comprensión, felicidad y unidad eterna.

(Continuará)

 

 

 

 

Anterior
Página 8
Siguiente

 


 

 
 
000webhost logo