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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 07 -  Abril 2015 (en Castellano)

 
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La Necesidad de la Reencarnación

 

 

Anónimo

 

A la mayoría de las personas que no son todavía teósofas, no hay doctrina que le parezca más singular que la de la Reencarnación, es decir, que todo hombre repetidamente nace a la vida terrena, porque la creencia usual es que estamos aquí una sola vez, y esa sola vez determina para siempre nuestro futuro. Es muy claro que una única vida, aunque fuera prolongada, no sería más adecuada para obtener conocimiento, adquirir experiencia, solidificar principios, y formar el carácter, que un día de la infancia lo sería para adecuarse a los deberes de un hombre maduro. Cualquier hombre puede verlo más claramente al estimar, por un lado, el futuro probable que la Naturaleza contempla para la humanidad, y, por el otro, su preparación actual para el mismo. Ese futuro incluye evidentemente dos cosas, una elevación del individuo a una excelencia similar a la divina y su gradual comprensión de la Verdad Universal. Su preparación actual, por consiguiente, consiste en un conocimiento muy imperfecto de una parte muy pequeña de una forma de existencia, y ello principalmente obtenido a través del uso parcial de sentidos engañosos; de una sospecha, más que de una creencia, de que la esfera de la verdad más allá de los sentidos puede exceder lo sensual como el gran universo supera a este planeta; de un conjunto parcialmente desarrollado de facultades morales y espirituales, ninguna muy aguda y ninguna libre, pero todas empequeñecidas por el desuso, envenenadas por el prejuicio y pervertidas por la ignorancia; toda la naturaleza, además, limitada en sus intereses y afectada en sus empeños por las necesidades permanentes de un cuerpo físico que, mucho más que el alma, se siente como el “Yo” real. ¿Es tal ser estrecho, prejuicioso, carnal, enclenque, adecuado para entrar en la muerte en una carrera sin límites de adquisición espiritual?

 

Hay sólo tres únicos caminos en los cuales esta obvia incapacidad  se puede superar: un poder transformador en la muerte, una disciplina post-mortem y completamente espiritual, una serie de reencarnaciones. No hay evidentemente  nada en la mera separación del alma del cuerpo que vaya a conferir sabiduría, ennoblecer el carácter o anular las disposiciones adquiridas a través de la encarnación. Si cualquiera de estos poderes residiera en la muerte, todas las almas, una vez desencarnadas, serían precisamente similares, lo que es una absurda obviedad. Ni podría una disciplina post-mortem reunir los requisitos, y esto se debe a nueve razones: (a) el conocimiento del alma de la vida humana siempre quedaría insignificante; (b) de las varias facultades que únicamente se han de desarrollar durante la encarnación, algunas estarían todavía latentes al momento de la muerte y por consiguiente no educidas; (c) la naturaleza insatisfactoria de la vida material no habría estado completamente demostrada; (d) no habría sido una conquista deliberada de la carne por medio del espíritu; (e) el significado de la Fraternidad Universal sería imperfectamente vislumbrado; (f) el deseo por una carrera en la tierra bajo diferentes condiciones refrenaría persistentemente el progreso disciplinario; (g) la justicia exacta difícilmente podría asegurarse; (h) la disciplina misma sería insuficientemente variada y abundante; (i) no habría avance en las sucesivas razas en la tierra.

 

Queda entonces la última alternativa, una serie de reencarnaciones; en otras palabras, que el principio permanente del hombre, alimentado durante cada intervalo entre dos vidas terrenales con los resultados alcanzados en la vida anterior, retornará por más experiencia y esfuerzo. Si los nueve requerimientos no reunidos por una disciplina meramente espiritual después de la muerte son adquiridos por medio de la reencarnación, hay una presunción de su realidad ciertamente fuerte.

 

Ahora bien, (a) Sólo a través de la reencarnación puede el conocimiento de la vida humana hacerse exhaustivo. Un hombre perfecto debe haber experimentado todo tipo de relación y deber terrenal, todas las fases del deseo, del afecto, y la pasión, toda forma de tentación y toda variedad de conflicto. Posiblemente, ninguna vida puede suministrar el material más que de una pequeña parte de tal experiencia.

 

(b) Las reencarnaciones brindan la ocasión para el desarrollo de todas aquellas facultades que sólo pueden desenvolverse durante la encarnación. Además de cualquier cuestión que surja de la doctrina oculta, podemos ver fácilmente que algunas de las más valiosas adquisiciones del alma vienen sólo a través del contacto con las relaciones humanas y a través del sufrimiento que surge de las enfermedades. De estas, son ejemplos la simpatía, la tolerancia, la paciencia, la energía, la fortaleza, la previsión, la gratitud, la piedad, la beneficencia, y el altruismo.

 

(c) Sólo a través de las reencarnaciones se demuestra totalmente la naturaleza insatisfactoria de la vida material. Una encarnación prueba simplemente la inutilidad de sus propias condiciones para asegurar  la felicidad. Para que nos demos cuenta de la verdad de que todos somos iguales, todo debe intentarse. A su tiempo el alma ve que el ser espiritual no puede ser nutrido con el alimento inferior, y que cualquier alegría a menos que provenga de la unión con lo Divino debe ser ilusoria.

 

(d) La subordinación de la naturaleza Inferior a la Superior se hace posible por medio de muchas vidas terrenales. No pocos se necesitan para convencernos que el cuerpo es sólo un estuche, y no el constituyente esencial del Ego real; además, que él y sus pasiones deben ser controladas por ese Ego. Hasta que el espíritu tenga completamente dominada la carne, el hombre no está listo para una existencia puramente espiritual. No hemos conocido a nadie que alcanzase tal victoria durante esta vida, y por consiguiente es seguro que otras vidas se necesitan para complementarlo.

 

(e) El significado de la Fraternidad Universal se vuelve evidente sólo cuando el velo del yo y los intereses egoístas disminuyen, y esto se hace sólo a través de esa lenta emancipación de las creencias convencionales, errores personales, y puntos de vista estrechos que son el resultado una serie de reencarnaciones. Un profundo sentido de solidaridad humana presupone una fusión del uno en el todo, un proceso que se extiende por muchas vidas.

(f) El deseo por otras formas de experiencia terrenal sólo puede extinguirse experimentándolo. Es obvio que cualquiera de nosotros, si no se trasladó al mundo invisible, se lamentaría de no haber probado la existencia en alguna otra situación o ambiente. Desearía haber sabido lo que era poseer rango, riqueza o belleza o vivir en una raza o clima diferente, o haber visto más del mundo y la sociedad. Ningún ascenso espiritual puede progresar mientras el anhelo por lo terrenal está arrastrando al alma hacia atrás, y así ella se libera de esos deseos lográndolos sucesivamente y luego abandonándolos. Cuando el círculo de tales experiencias haya sido atravesado, la pena por no saber desaparece.

 

(g)Las reencarnaciones dan cabida a la justicia exacta a todo hombre. Las recompensas reales deben darse en gran parte en el plano donde ellas han sido causadas, de lo contrario su naturaleza cambia, sus efectos serían injustos, y sus relaciones colaterales se perderían. La crueldad física tiene que ser verificada por la imposición de dolor físico, y no meramente por el surgimiento de arrepentimiento interno. Las vidas llevadas honestamente hallan la consecuencia apropiada en el honor visible. Pero una trayectoria es demasiado corta para el equilibrio preciso de las cuentas, y se necesitan muchas para que todo lo que se realizó, bueno o lo malo, pueda ser retribuido en la tierra, donde sucedió.

 

(h) Las reencarnaciones aseguran variedad y abundancia a la disciplina que todos necesitamos. Mucho de esta disciplina viene por medio de los sentidos, de las condiciones de la vida física, y de los procesos psico-fisiológicos, todo lo cual estaría ausente en un estado post-mortem. Considerado como entrenamiento o como imposición penal por las acciones equivocadas, es necesario un regreso reiterado a la tierra para una disciplina completa.

 

(i) Las reencarnaciones aseguran un continuo avance en las sucesivas razas de los hombres. Si cada nuevo niño que nace fuera una nueva alma creada, no habría, excepto a través de lo hereditario, ningún avance general humano. Pero si cada niño es la floración de muchas encarnaciones, él expresa un pasado logrado así también como un posible futuro. La marea de la vida así se eleva a más grandes alturas, cada oleada subiendo más arriba sobre la orilla. La gran evolución de tipos más sofisticados exige profusión de existencias terrestres para lograr éxito.

 

Estos puntos ilustran la máxima universal que “La Naturaleza no hace nada por saltos”. En este caso, ella no introduce, a una región del espíritu y de una vida espiritual, a un ser que apenas conoce algo más que la materia y la vida material, con incluso una pequeña comprensión de esto mismo. Si lo hiciera, sería análogo a trasladar de repente a un campesino a una compañía de metafísicos. La prosecución de cualquier tema implica alguna familiaridad preliminar con su naturaleza, objetivos, y requisitos mentales; y cuanto más elevado el tema, más abundante la preparación para ello. Es inevitable que un ser que tiene ante sí una eternidad de progreso a través de zonas de conocimiento y experiencia espiritual siempre acercándose al Sol central, debería adecuarse a ello por medio de una larga adquisición de facultades, las cuales sólo ellas pueden resolverlo.  Su delicadeza, su vigor, su percepción, su diferencia con aquellas requeridas en el mundo material, muestran el contraste de la vida terrena con la vida espiritual. Y muestran, también, lo inconcebible de una transición repentina de una a otra, de una política desconocida en cualquier área de la obra de la Naturaleza, de una fractura en la ley de elevación a través de la Evolución. Un hombre, antes de que él pueda convertirse en un “dios”, debe primero convertirse en un hombre perfecto; y él no puede volverse perfecto ni en setenta años de vida en la tierra, ni en cualquier número de años de vida en los cuales las condiciones humanas estén ausentes.

 

La producción de una naturaleza pura, rica y etérea a través de un largo curso de influencia espiritualizada, durante el ambiente material, está ilustrada en la agricultura por la planta del algodón. Cuando llega la época que lo puede tolerar, las diversas vitalidades del sol, del aire, de la tierra y del tallo culminan en un capullo que brota aparte y libera la bolita de algodón que lleva adentro. Esa masa blanca, lanosa y delicada es el fruto de años de adhesión a la tierra. Pero la luz solar y la lluvia transforman las pesadas partículas en la liviana textura de la cápsula. Y así, el hombre largamente enraizado  en la arcilla, es bañado con las influencias superiores, las cuales, a medida que gradualmente lo impregnan y lo elevan, transmutan todos los elementos más groseros a su equivalente espiritual, lo purgan, purifican y ennoblecen y cuando el proceso evolutivo se completa, elimina la última cobertura del alma perfeccionada, y la libera para siempre de su unión con lo material.

 

Es verdad que “excepto que un hombre nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios”. Re-nacer y re-vivir deben continuar hasta que su propósito sea logrado. Si realmente somos meras víctimas de una ley evolutiva, átomos indefensos en quien la maquinaria de la Naturaleza sin piedad obró, la perspectiva de una sucesión de encarnaciones, ninguna de las cuales proveyó alguna satisfacción, puede conducir a una desesperación insana. Pero la Teosofía no nos introduce a ninguna de esas exposiciones deprimentes. Muestra que las reencarnaciones son la ley para el hombre porque son la condición de su progreso, que es también una ley, pero le dice que él puede moldearlas, mejorarlas y disminuirlas. Él no puede librarse de la maquinaria, pero tampoco debería desearlo. Dotado con el poder para conducirla hacia lo mejor, inspirado por el motivo de usar ese poder, él puede armonizar sus aspiraciones y sus esfuerzos con el sistema que expresa la sabiduría infinita del Supremo, y a través del viaje desde lo temporal a lo eterno huella el sendero con paso firme, apuntalado con la conciencia de que él es uno de una innumerable multitud, y con la certeza de que él y ellos por igual, si lo desean, pueden alcanzar finalmente esa esfera donde el nacimiento y la muerte son sólo memorias del pasado.

 

 

 

 

La reencarnación contiene la más confortante explicación de la realidad por medio de la cual el pensamiento indio supera las dificultades que confunden a los pensadores de Europa.

Albert Schweitzer

 

 

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