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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 06 -  Marzo 2015 (en Castellano)

 
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Tejiendo la trama gloriosa

 

JOY MILLS

Reimpreso de The Theosophist de abril 1990. La Srta. Joy Mills ha sido Vice-Presidente Internacional, y Presidente Nacional de las Secciones de la Sociedad Teosófica en Australia y EEUU.

 

 

A Séneca, el filósofo estoico, se le atribuye que afirmó que las cosas buenas que pertenecen a la prosperidad tienen que desearse, pero las que pertenecen a la adversidad hay que admirarlas. Tenemos, pues, mucho que admirar tanto en la situación actual del mundo en el que vivimos como en gran parte de nuestra vida, porque ninguna vida carece de adversidad y de las penas del infortunio. A veces parece que el infortunio solamente da origen a más infortunio y que los problemas que nos acosan superan a las soluciones. De hecho, la mayor parte de nuestras soluciones parecen conllevar las semillas de nuevos problemas. ¿Cómo podemos admirar la adversidad cuando deseamos ardientemente aquellas cosas buenas que pertenecen a la prosperidad?

 

Shakespeare repite también lo que decía Séneca:

 

Dulce es el fruto de la adversidad que,

como el sapo, feo y venenoso,

lleva siempre una gema en la cabeza;

así nuestra vida, aislada del trato social,

halla lenguas en los árboles, libros en los arroyos,

sermones en las piedras y el bien en todas las cosas

                                                             (A vuestro gusto)

 

“¿El bien en todas las cosas?” La contaminación, la guerra, la violencia, la enfermedad, el racismo y toda la lista interminable de nuestros males actuales ¡no pueden contener ningún bien! ¿Dónde está esa valiosa gema? ¿Son siempre dulces los frutos de la adversidad? Francis Bacon escribió: “La prosperidad no carece de numerosos miedos y disgustos, y la adversidad no viene sin consuelo y esperanzas”. Y el profeta Isaías nunca perdió la fe en el máximo triunfo del bien, ni siquiera cuando el Señor parecía servir solamente “el pan de la adversidad y el agua de la aflicción”.

 

En fuentes más conocidas, Washington Irving confesaba en su Sketch-book:

 

Existe en cada verdadero… corazón una chispa del fuego celestial, que yace durmiente bajo la luz radiante de la prosperidad, pero que se reaviva y resplandece con ardor en las horas oscuras de la adversidad.

 

¿Realmente buscaríamos respuestas sabias si no fuéramos conscientes de los problemas, si no nos acuciaran las cuestiones sobre el propósito y el significado de todo? ¿Se habría convertido Gautama en el Buddha de no haber presenciado el dolor de la enfermedad, de la vejez  y la muerte? ¿Habría tratado de entender alguno de los grandes maestros del mundo la causa de la aflicción humana, el propósito de la existencia y el camino hacia la liberación, si no hubieran visto y experimentado los sufrimientos del estado humano? Para ser honestos, no es en los elevados momentos de gozo donde buscamos una filosofía que nos sostenga, sino más bien en las horas de dolor cuando el corazón exclama “¿Por qué, por qué?”. Verdaderamente, tal como indicaba Washington Irving,  se enciende entonces un fuego celestial que arde hasta que se encuentra una respuesta que le de un significado a ese dolor, y nos damos cuenta de que necesitamos buscar debajo de la superficie de las cosas para encontrar el propósito de la existencia.

 

Y así empieza ese viaje auto consciente que se ha llamado, en casi todas las tradiciones, el sendero o el camino, ese viaje que nos conduce hacia el interior, hacia el corazón de la vida misma, hacia el corazón del universo, hacia el centro del ser, hacia esa realidad inexpresable e incognoscible que es a la vez el origen y el fin de toda existencia. De nuestras penas y tristezas nace la sabiduría y resplandece como la joya de la cabeza del sapo. Y lo maravilloso es que cada experiencia, cada incidente, cada acontecimiento de nuestra vida nos hace avanzar más. Se destila lo bueno de todas las experiencias y crecemos en comprensión, compasión y sabiduría. Como en aquel estado en el que “es posible aprender” (Luz en el Sendero), algo de lo bueno en cada acontecimiento lleva a enseñar el significado y el propósito de la existencia humana. Según dice un comentario antiguo sobre esa pequeña obra: “la vida es, al fin y al cabo, el gran maestro”.

 

Tal vez la vida pueda incluso ser algo más que un maestro, porque tal como afirma la tradición budista Mahâyâna, se llega a una realización de formas de ser o de actuar que reflejan los grandes principios universales. Esas expresiones del paradigma divino arquetípico, el hombre celestial de La Doctrina Secreta (DS), aunque consideradas como vestiduras, son los verdaderos poderes latentes en nosotros. Constantemente, en cada experiencia que tenemos, cada acontecimiento de nuestras encarnaciones, al despertar esos poderes o, para usar la conocida metáfora budista, estamos tejiendo la trama gloriosa de las tres vestiduras que constituyen nuestra naturaleza esencial. HPB dice, al traducir un texto antiguo:

 

Del horno de la vida humana y de su negro humo elévanse llamas aladas, llamas puras, que remontándose más y más bajo el ojo kármico, tejen al fin la tela gloriosa de las tres vestiduras del Sendero. Estas vestiduras son: Nirmânakâya, Sambhoga Kâya y Dharmakâya, la sublime vestidura.  (La Voz del Silencio)

 

La metáfora puede parecer extraña: llamas que tejen una tela y vestiduras que hemos de llevar, aunque la licencia poética expresa de forma gráfica verdades más profundas. Porque las vestiduras implican algo que nos ponemos encima y que no teníamos ya, y verdaderamente HPB habla de ponerse un manto. Sin embargo, lo que estamos tejiendo en nuestra vida y a través de ella son únicamente unas capacidades latentes expresadas exteriormente, los poderes divinos de los que habla el Maestro KH en su primera carta a A. P. Sinnett. El planteamiento teosófico es que de su desarrollo o revelación depende el futuro de la raza humana.

 

El Dr. Herbert Guenther señala en el libro Buddhist Philosophy in Theory and Practice (Filosofía budista en teoría y práctica) que:

 

La creencia en el budado máximo del hombre ha encontrado su expresión en la idea de los tres kâyas. Es tentador ver en ellos principios metafísicos y malinterpretar su carácter lógico… concretizándolos, como se evidencia con sus traducciones léxicas (y por ello totalmente erróneas), por cuerpos. Los tres kâyas son experiencias de valor y principios de interpretación.

 

Estamos tejiendo cada día, e incluso cada hora, “bajo el ojo kármico”, el modo o manera de nuestra presencia en el mundo. El modelo del buddha interno es el arquetipo humano. Dicho de otra manera: el potencial de la divinidad ya está presente, pero su actualización o su despertar, que es la esencia de ser buddha sólo puede producirse durante la encarnación. En La Voz del Silencio, como en el lenguaje del Budismo Mahâyâna y en cada tradición, el modelo interno es triple: dharmakâya, sambhogakâya y nirmânakâya. El aspecto primario es el nirmânakâya: “Ponerse el humilde manto del nirmânakâya es renunciar a la eterna felicidad para sí mismo, para contribuir con la salvación del hombre”. Verdaderamente, cuando uno ha despertado realmente, se cruza el río:

 

Es cierto que tienes derecho a la vestidura del dharmakâya, pero sambhogakâya es más grande que un habitante del nirvâna, y todavía más grande es un nirmânakâya, el Buddha de la Compasión.” (La Voz del Silencio).

 

Podemos realizar nuestro yo inherente de buddha solamente si experimentamos la fundición indicada por HPB cuando habla del “horno de la vida del hombre y su negro humo”. La adversidad que realmente arde nos obliga a un despertar que nos transmuta internamente. No hay nada que perturbe tanto la pereza como un dolor de muelas. Los calmantes pueden dejarnos dormir un rato, pero al final, aunque nos hayan sacado la muela, tendremos que vernos con el dolor. Psicológicamente también nos adormecemos en un olvido soñoliento, pero un día, en esta vida o en la próxima, hemos de enfrentarnos a esas aflicciones psicológicas, a las klesas, o modos de conciencia que están detrás de la desgracia y el sufrimiento humanos. Estas aflicciones que oscurecen nuestros poderes divinos son cinco: la no concienciación de la realidad o un no conocimiento de lo nouménico, llamado avidyâ; el egoísmo, asmitâ; la atracción al placer, râga; el alejamiento del dolor, dvesa: y el deseo de una sensualidad continuada o abhinivesa. Podemos intelectualizar la unidad de la vida, la unicidad de la existencia, pero tal como enseñó el pseudo Dionisio: “No solamente hemos de aprender la verdad, debemos sufrirla”. Y ya lo hacemos en todas las experiencias de la vida, hallando finalmente en la frente del sapo de la adversidad la resplandeciente joya de la sabiduría.

 

Pero incluso ahora y aquí, tejiendo como hacemos la gloriosa trama de aquellas vestiduras de nuestra esencia, podemos aprender a ver e incluso más, a representar lo que hemos de ser algún día, si queremos que el mundo esté sano y completo. Típicamente, los Adeptos activan y funcionan conscientemente con esos aspectos o vestiduras, mientras que nosotros los tejemos de forma inconsciente. Lama Govinda lo analiza:

 

El cuerpo de un ser humano corriente es maya, y también el cuerpo de un ser iluminado es maya. Pero eso no significa que el cuerpo de un hombre normal pueda llamarse un nirmânakâya… el cuerpo de un ser iluminado es su creación consciente, el de quien no está iluminado es la creación de sus impulsos y deseos subconscientes. Los dos son mâyâ pero uno es consciente y el otro inconsciente. Uno es el dueño de mâyâ, el otro su esclavo. La diferencia consiste en el conocimiento (prajña). (Fundamentos del misticismo tibetano).

 

Estamos tejiendo la trama de nuestras vidas “bajo el ojo kármico”, sin ser conscientes de que la misma ley del karma no sólo nos ata a la rueda del placer y el dolor, sino que también puede liberarnos si comprendemos la naturaleza creativa de esa legalidad, ya que el karma y la creatividad están íntimamente relacionados semánticamente y de hecho. 

 

El estudio de la doctrina del trikâya, o las tres vestiduras de nuestra naturaleza búdica, nos ayuda a comprender no sólo la naturaleza última de nuestro estado de Buda, nuestros poderes esencialmente divinos o capacidades, sino una parte de lo que incluso se requiere ahora si fuéramos responsablemente  serios al avanzar hacia el objetivo que nos hemos fijado. Estudiando el modelo arquetípico de Buda, de Cristo o de Krishna, de auto realización o auto trascendencia, podemos actualizar ese modelo en nuestra vida. Teosóficamente, la triplicidad de nuestra naturaleza esencial se ha expresado de una manera bastante simplista como âtmâ-budi-manas; los modos de acción por los que esa triplicidad se expresa en la encarnación son las experiencias de valor de Guenther que corresponden al trikâya de buddha o vestidura triple.

 

Por esto HPB llama al dharmakaya “ningún cuerpo en absoluto, sino un aliento ideal; la conciencia fusionada en la conciencia universal”. (Ver las notas de La Voz del Silencio). Es, como sugiere Guenther, “un modelo de posible actualización” que, de forma interesante, expresa el funcionamiento de Atman también en términos de su función individualizadora porque, estrictamente hablando, Atman no es un principio sino, según HPB, lo universal que hace posible todos los particulares. El dharmakâya es, básicamente, la vestidura de la verdad, la que sostiene o subyace en toda existencia, el modo por el cual atma como punto individualizado dentro de lo Universal se revela a sí mismo. Lama Govinda sugiere:

 

…experimentamops el dharmakâya como las formas luminosas de percepción puramente espiritual, como principios puros y eternos de la forma, libres de todo lo accidental, o como las visiones exaltadas de una realidad superior. (Fundamentos del Misticismo Tibetano).

 

La quinta de las “Diez Grandes Gozosas Realizaciones” dice así:

 

Es un gran gozo darse cuenta de que en el dharmakâya, donde la mente y la materia son inseparables, no existe ningún sustentador de teorías ni ningún apoyo de teorías…cuando cualquier verdad… se ha afirmado, todas las teorías respecto a ella son inútiles. De la misma manera, en el dharmakâya o estado de la verdad fundamental, ninguna teoría es necesaria ni concebible; es el estado de la iluminación perfecta (Tibetan Yoga and Secret Doctrine. Evans-Wentz).

 

Es más, en la etapa del dharmakâya todos los seres iluminados son el mismo; en consecuencia, es la experiencia valiosa de la totalidad, de la universalidad, de la unicidad.

 

El sambhogakâya forma el carácter espiritual o ideal de un buddha; significa el cuerpo de bienaventuranza, en el sentido del rapto, de la visión extática, de donde surge toda la verdadera inspiración. Citando a Guenther, es “el budado empático”. La vestidura o modo de acción externo de la naturaleza búdica yace en ese contentamiento supremo interno que se manifiesta en la compasión afectuosa no sólo por todos los seres existentes sino incluso por todas las experiencias adversas que nos ocurren.

 

Finalmente, está la vestidura nirmânakâya, esa vestidura que nos ponemos, como nos dice HPB, y que es convertirse en salvador de la humanidad, entrar en el sendero de compasión y amor del bodhisattva en el mundo de la acción externa. Designada como el cuerpo de la transformación, señala la individualidad de un ser iluminado. Aquí la inspiración se convierte en la acción sabia. La conciencia iluminada no es el “destructor de lo real” discriminatorio, sino manas taijasi, como describe la DS. La acción sabia nace del desapego, de la libertad de todos los impedimentos, oscurecimientos, aflicciones, deseos personales, de la mancha del egoísmo. El Suvarna-prabhâ (ver Outlines of Mahayana Buddhism, de Suzuki) dice:

 

El Tathâgata, cuando se encontraba todavía en la etapa de la disciplina, practicaba diversos actos de moralidad en favor de los seres sensibles. La práctica finalmente llegó a la perfección, alcanzó la madurez y en virtud de sus méritos adquirió un maravilloso poder espiritual. El poder le permitió responder a los pensamientos, actos y vidas de los seres sensibles. Los comprendió completamente y nunca perdió la oportunidad adecuada de responder a sus necesidades. Se reveló en el lugar correcto en el momento correcto; actuó correctamente asumiendo diversas formas corpóreas en respuesta a las necesidades de las almas mortales. Estas formas corpóreas se llaman el nirmânakâya…

 

H. W. Schumann utiliza nirmâna para designar tanto a los seres manifestados como a la creación mágica. Esta última expresaba una idea en la tradición Mahâyâna de que los budas terrenos o encarnados son las proyecciones de los dharmakâya. Por esto tenemos aquí otra vez la experiencia nirmanakâya de la unidad cuando está libre de toda coloración producida por las klesas o condicionamientos psicológicos o ignorancia. La función de los budas terrenos, tan bien ejemplificada por Gautama, es la de exponer el dharma, la verdad esencial. Sin embargo, la exposición no es simplemente a través de enseñanzas verbales, sermones o aforismos, sino en la palabra y en la acción. La presencia misma de este ser evoca de forma compasiva la naturaleza del dharma en cada ser, porque existe esa esencia de la verdad, del dharma en cada uno de nosotros.

 

Es un gran gozo realizar que en el yo emanado, el nirmânakâya divino, no existe ningún sentimiento de dualidad. (Ten Great Joyful Realizations).

 

La creación mágica producida por la meditación sobre la no dualidad de la existencia, que es la señal única del nirmanakâya o del bodisatva, es la realización de un mundo libre de divisiones, de una humanidad curada, bendecida y integrada de nuevo.

 

Los poderes están ahí, dentro de nosotros, incluso mientras estamos ahora tejiendo la trama gloriosa que es la vestimenta exterior de nuestro potencial interno. Y tal como nos asegura la última de las “Diez Grandes y Gozosas Realizaciones”:

 

Es un gran gozo darnos cuenta de que el sendero hacia la libertad, que han hollado todos los budas, existe siempre, siempre es inmutable, y siempre está abierto para quienes están dispuestos a entrar en él.

 

El camino no es fácil, pero nadie nos prometió un jardín de rosas, sólo la oportunidad y el desafío para crearlo en los desiertos, en las selvas y los bosques.

 

La enseñanza referente al trikâya es una de las más sublimes en todo el campo del ocultismo. Es con el fin de trasladar al funcionamiento auto consciente esa esencia búdica viva y triple, que existe en la constitución de cada ser humano, que los maestros de sabiduría y compasión, cuando se hallan en el umbral del nirvâna, renuncian a ese elevado estado y regresan para guiar y enseñar a la humanidad. (Fountain-Source of Occultism, G. de Purucker).

 

En la DS, HPB describió a uno de los grandes místicos, Jacob Boehme, como un “lactante del nirmânakâya”, una frase encantadora que se puede aplicar muy bien a todos los aspirantes espirituales del sendero interno hacia el Yo uno, del cual emanan todos los yoes. Somos, ahora mismo y aquí mismo, “lactantes” de los grandes budas de compasión que, por medio de su auto renuncia sólo viven para beneficiar a la humanidad. Aunque la guardería pueda parecer a veces un sofocante invernadero, es el calor que refina las experiencias y las convierte en el oro de la sabiduría. “Del humo negro surgen llamas aladas”, y nuestra vida adquiere cada vez un mayor significado y propósito. Nuestros oídos captan el grito de todo el mundo y eso nos empuja hacia el más elevado de los objetivos, a despertar nuestro verdadero potencial y responsabilidad. Nuestro destino, dijo HPB, está “escrito en las estrellas”. El poeta y vidente Novalis escribió: “¿Acaso no escojo yo mismo todos mis destinos desde la eternidad?” Realmente, “nadie nos obliga” tal como testifican todos los libros sagrados y los grandes Maestros. El elevado destino que escogemos al nacer es el de convertirnos en participantes de la gran celebración cósmica de la vida, sin comer ya el “pan de la adversidad” ni beber el “agua de la aflicción”, sino compartiendo con toda la existencia las bendiciones de la luz, el amor, la comprensión, la paz y la compasión.

 

 

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