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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 05 -  Febrero 2015 (en Castellano)

 
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La Necesidad Actual

 

 

Tim Boyd

 

 

Me gustaría compartir unas ideas sobre este momento actual y sobre cuál podría ser la necesidad que tenemos.

¿Podemos reconocerla y responder? ¿Cuál es la oportunidad de esta época, dada nuestra etapa particular de desarrollo? Nuestra comprensión inicial del significado de la “Teosofía” nos la ofreció extensamente H.P.  Blavatsky. Su trabajo fue difícil. Durante su vida vivió sin muchas cosas en el aspecto de riqueza material, pero pudo participar en la fundación de algo que ha ido creciendo y ha llegado a enraizar actualmente en setenta países, con unos recursos que incluyen, además de las finanzas y las propiedades, con lo más importante, 26.000 miembros que han encontrado un significado y un valor en la Teosofía. HPB no se engañó creyendo que su obra iba a ser aceptada fácilmente.

Fue una suerte porque, durante su vida, lo que encontró fue un rechazo y unas acusaciones que hubieran detenido en seco a otras personas más corrientes. Pero ella, por más enfadada que pareciera cuando hablaba, estaba dispuesta una y otra vez a recomponerse y a volverlo a intentar. Decía que el mundo al que se dirigía no iba a entender las enseñanzas teosóficas, y que sus enseñanzas no empezarían a comprenderse hasta el siglo veinte. El escenario humano necesitaba todavía crecer algo más. Una parte de ese crecimiento ya ha tenido lugar en el ámbito del planteamiento científico. Así, la Teosofía que ella presentaba y el movimiento que se inició a través de sus esfuerzos estaba dirigido al futuro. Por lo que podemos ver, parece como si ese futuro fuera ahora, porque la posibilidad de que esas enseñanzas den raíces de manera significativa para el mundo en general es este momento que ahora vivimos. Hay una expresión africana que dice: “La  enfermedad que está oculta no puede curarse”. Me gustaría examinar algunos de los obstáculos ocultos para la expresión total de esta visión teosófica del mundo, reconociendo que allí donde encontremos obstáculos, necesariamente encontraremos oportunidades.

Durante los cuatrocientos o quinientos años pasados nuestra manera de ver el mundo ha cambiado. Nuestra visión actual lo abarca todo, aunque no nos demos cuenta, pero es una visión que nos guía en cada decisión y que se ha convertido en algo de ámbito mundial. Tiene sus raíces en el desarrollo de la visión de la ciencia contemporánea. El planteamiento científico del mundo es relativamente nuevo. Hace cuatrocientos o quinientos años la forma particular de ver el mundo que describimos como “científica” era relativamente desconocida. El planteamiento que impera hoy en día respecto a la ciencia se ha llamado “reduccionismo” o “reduccionismo materialista”. Este planteamiento que se ha adoptado y promovido es reduccionista porque, por definición, el campo de estudio de la ciencia contemporánea es el reino material.

El cosmos que  se examina, se observa y se estudia, es el reino físico. Pensar en lo que es Divino, o conciencia, no es algo que se pueda medir. Tal vez lo sean sus efectos, pero la conciencia en sí misma ha sido excluida del planteamiento reduccionista. Este es uno de los factores que han representado una limitación. No sería un problema tan difícil si no fuera que, en realidad, este planteamiento tan limitado ha llegado a ser tan  predominante, que ahora es casi la religión del mundo. Una de las dificultades en el concepto que considera el mundo físico como el universo total es que nos encontramos ahora en una situación que antes nunca había existido. Ni un solo momento en toda la historia humana, el cosmos se había considerado como algo que no fuera sagrado.

Pero ya no es así. Se le ha descrito como un cosmos “desacralizado” y esto tiene sus implicaciones. La base principal de nuestra forma de llegar a decisiones sobre algo responde a los valores que hemos cultivado. Estos valores se han visto minimizados. Otra corriente que ha convivido con el reduccionismo también tuvo sus principios hace quinientos o seiscientos años. Empezó en la época de la Reforma Protestante en Europa, cuando la Iglesia tenía la última palabra.

Con la caída de ese sentido de centro y de valor establecido por Lutero (que inició todo el movimiento), algo se extendió al extranjero. Lo que se ha desarrollado es una mala interpretación del concepto fundamental incluido en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, el de que “todos los hombres son creados iguales”. No ha quedado aislado en Occidente. Ha llegado a todo el mundo. Esta tendencia va más allá del simple individualismo, que forma parte del ciclo natural espiritual en el que el individuo es capaz de establecer su propia esencia central y actuar desde allí.

En su forma ideal, el individuo desarrolla esta esencia para poder después darle la vuelta y convertirlo en un servicio consciente para el todo. Estudié en una escuela americana y me tuve que aprender esa Declaración de memoria: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales”.

Es una frase muy profunda si la comprendemos desde el nivel en el que está. En términos de nuestra Divinidad cada uno de nosotros es igual. Compartimos la misma fuente: no hay separación, ni división. Desde la perspectiva divina incluso la igualdad es un término inadecuado. Todo es uno. No hay nada que dividir, que comparar ni contrastar. A nivel del debate popular, esta idea se ha perdido. Todos sabemos que en el mundo hay grandes seres cuya sabiduría, experiencia, conocimiento, educación y desarrollo excede en mucho a la norma.

Sin embargo, estamos en una etapa en la que la frase “todos los hombres son creados iguales” ha llegado a significar “¿Por qué tengo que escuchar a esta persona si yo soy igual que él?”. Afortunadamente es una actitud no muy frecuente en  nosotros, pero está claro que en el mundo es la que predomina. En la época del profeta Mahoma, le preguntaron a uno de sus seguidores lo siguiente: “¿Qué tiene Mahoma que sea tan importante? Si no es más que un hombre como cualquier otro”. La respuesta de esa persona sabia fue: “El profeta es como los demás hombres de la  misma manera que un rubí es como las otras piedras”. Hemos de volver a despertar nuestra sensibilidad hacia estas realidades internas. Ante la corriente de pensamiento predominante, esta sensibilidad se nos escapa de las manos. Tenemos, pues, estas dos tendencias activas en el mundo de hoy en día: la reducción materialista de nuestra visión junto con un individualismo egocéntrico. Esta manera de ver el mundo da lugar a toda una serie de consecuencias evidentes. Hay numerosas crisis  en el mundo que todos tenemos que afrontar y que cada vez son peores. Algunos de los problemas que vemos a nuestro alrededor, como el calentamiento global, el cambio climático, la deforestación, los desiertos que crecen muy rápidamente, la escasez de agua, la urbanización rápida y sin control, la contaminación de la tierra, el aire y el agua, todo esto está aumentando a un ritmo alarmante.

En 64 países del mundo hay 600 grupos diferentes que están en guerra en este momento. Son hechos. Este es el mundo en el que vivimos y los problemas que debemos gestionar. Si decidimos no hacerlo, entonces experimentaremos las consecuencias y lo transmitiremos a las generaciones futuras.

Sin necesidad de desarrollar ninguna teoría o tecnología nueva, cada uno de estos problemas acuciantes ¡tiene una solución disponible ahora mismo! El conocimiento necesario está aquí. Deberíamos entonces plantearnos una pregunta: “Si el conocimiento está disponible para la solución, ¿por qué no se solucionan estos problemas? ¿Por qué siguen persistiendo?”.

Parece que por más grande que sea nuestro conocimiento, tal vez el conocimiento por sí solo no sea suficiente. Es demasiado pequeño para los grandes problemas. Se requiere algo que exceda el simple conocimiento, algo que formó parte del motivo de la fundación de la ST. Me gustaría compartir dos citas, una de Albert Einstein y la otra de H.P. Blavatsky. La primera dice: “Ningún problema puede solucionarse en el nivel de conciencia en el que se creó”. Otra forma de decirlo sería la siguiente: “No sabemos quién descubrió el agua, pero sabemos que no fue un pez”. Nadamos dentro de los confines de un océano de pensamiento, una banda estrecha determinada de pensamiento y emoción que identificamos como “el mundo real”. Nosotros somos esos peces, pero no lo sabemos.

La cita de HPB respondía a la pregunta de “¿Qué es el mundo?” Y ella dijo “El mundo es el hombre que vive en su naturaleza personal”. Son citas similares. Lo que percibimos como el mundo real es simplemente el reflejo de nuestras naturalezas personales colectivas. Pero es un mundo con limitaciones muy claras que hay que tener en cuenta.

Como ejemplo de las limitaciones del simple conocimiento, pensemos en el caso de las guerras que tienen lugar en el mundo, en la violencia, el terrorismo, etc. ¿Cuál es la solución que aplicamos actualmente? Todos sabemos que la solución es una mayor violencia, y si eso no basta para acabar con el adversario, recurrimos a niveles de violencia tan extremos que no puede haber ninguna respuesta en ese punto.

Esto es lo que imaginamos como solución, que la paz puede venir de la guerra. Obviamente, la historia del mundo demuestra que eso no funciona. ¡Pero eso no significa que no hayamos seguido insistiendo!

La lógica elemental nos diría que el hacer daño y destruir la vida de los seres queridos de otra persona no puede tener ningún resultado positivo. Las hijas, hijos, familia, vecinos y amigos de esas personas no pueden sentir nada bueno hacia nosotros. Estos medios pueden suprimir temporalmente una mayor violencia, pero no pueden dar lugar a una paz genuina. Desde el punto de vista teosófico somos conscientes de que con las muertes repentinas que ocurren en la guerra, el cuerpo muere, pero la conciencia no desaparece.

Esta continúa y se convierte en una parte de la atmósfera que nos envuelve, en el océano donde nadan los peces, pero es una conciencia ahora marcada por el miedo, por la ira y el odio. ¿Es esta la solución para alcanzar la paz?  Sencillamente no funciona.

Podemos aplicar este mismo análisis a nuestro planteamiento del estudio espiritual y el sendero. Inicialmente, la mayoría de nosotros nos sentimos atraídos por lo espiritual porque en nuestro interior experimentamos un intenso sufrimiento de distintas maneras. Para algunos es algo físico, para otros es emocional y para otros es algo que está en la mente, pero el sufrimiento es universal. Cuando empezamos a descubrir que tal vez haya un rayo de esperanza en esa línea de la práctica espiritual, ¿cómo empezamos?

Se dice que en la raíz de todos nuestros problemas hay una profunda y fundamental ignorancia. Respecto a esta ignorancia, nuestro problema no es una falta de conocimiento, porque ya sabemos muchas cosas. El problema de esta ignorancia fundamental es que lo que sabemos y vemos es erróneo. El ejemplo que se utiliza muchas veces es el del hombre que ve una cuerda enroscada en la carretera y piensa que es una serpiente. El corazón le empieza a latir de prisa y está a punto de salir corriendo porque las serpientes le dan miedo.

Sus procesos mentales y físicos responden de esa manera porque la “realidad” que percibe es errónea. Cuando se da cuenta del error de su percepción, sus respuestas cambian. En nuestro esfuerzo por tratar esta ignorancia, ¿cuál es el planteamiento que adoptamos? Nuestro pensamiento normal nos dice que la ignorancia se remedia con más conocimiento. Tenemos la sensación de que necesitamos estudiar más.

Y entonces escogemos los libros adecuados. Después de terminar uno, necesitamos estudiar otro, y luego otro y otro más, esperando que haya una solución cuantitativa al cambio cualitativo de percepción que estamos buscando. Cuando reducimos el  mundo a un mundo material, entonces la respuesta al problema es “más”. Claramente es necesario cambiar algo en este planteamiento.

Annie Besant nos contaba la historia del viaje que hizo a Chicago en tren. Estaba medio dormida, cuando de repente la despertó una sensación muy fuerte de tristeza y de desespero. No había llegado todavía a Chicago y no sabía la causa de aquella sensación. Chicago en esa época era definida como “el matadero del mundo”. Mataban a millones de animales. Se dio cuenta de que lo que sentía era aquella atmósfera tétrica que exhalaba la ciudad. Ya se sabía que en la vecindad de aquellos mataderos el nivel de violencia y delincuencia era mucho más alto. Muchas veces en los delitos cometidos ¡se utilizaban como armas las mismas que en la industria del matadero! La atmósfera en la que vivimos nos afecta. ¿Cómo vamos, entonces, a tratar el tipo de problemas que tenemos en el mundo actualmente? El Sr. A.P. Sinnett, uno de los primeros teósofos y receptor de numerosas cartas de los Maestros, escribió varios libros, uno de los cuales fue el Budismo Esotérico.

En él describe los métodos tradicionales de la enseñanza del ocultismo y la vida espiritual. Escribió que esos métodos intentaban dejar impresa cada nueva idea en la mente, “provocando la perplejidad” que aquella nueva idea acababa por resolver. Es una bonita manera de decir que la experiencia del aprendizaje, en términos de la vida de una persona que emprende el sendero espiritual, pasa por una progresiva creación y resolución de crisis. Esto ocurre con nosotros en nuestro ciclo individual de desarrollo. Y también ocurre en el ciclo planetario. El mundo está en un período de crisis, una perplejidad que ha sido provocada por una limitada línea de pensamiento que se ha impuesto en el planeta y sus habitantes, y que ahora ha llegado lo más lejos que podía llegar. La nueva idea que tiene que imprimirse en la mente de la humanidad es nueva solamente en el sentido de que nuestras crisis actuales nos están preparando para verla y adoptarla.

Es tan antigua como la humanidad misma. Es la idea de que es posible experimentar la unicidad, la unidad y la fraternidad. Y nosotros, los teósofos, ¿cómo vamos a ir más allá de esta etapa particular en la que estamos, donde somos ricos en conocimiento pero pobres en soluciones? Lo primero es darnos cuenta de que el conocimiento por sí solo no será suficiente. Hay  algo más grande que conocemos como “sabiduría”. Esta sabiduría no la poseen únicamente los grandes seres que viven fuera de nuestro reino. Por su misma naturaleza, forma parte de nuestro ser, “más próxima que el aliento, más cerca que las manos y los pies”.

En La Voz del Silencio HPB describe los paramitas, las perfecciones, entre los cuales el más grande y final es prajna, o sabiduría. Dicen que cada una de estas perfecciones es un antídoto para diversas aflicciones de la mente y el corazón. La paciencia, uno de los paramitas, es un antídoto para la ira, la violencia etc. También dicen que la sabiduría es el antídoto de cada posible enfermedad que existe y que un poco de realización de la sabiduría es suficiente para aliviar muchos problemas.

Todos hablamos de la sabiduría. Probablemente sea lo mejor que podemos hacer porque no la conocemos. La sabiduría podría describirse como la percepción de lo que es real. No es nada extraño para nosotros. Compartiré un poema sobre la experiencia que tuvo un hombre. Lo escribió un gran poeta que también fue miembro de la ST: William Butler Yeats. A los cincuenta años tuvo una breve experiencia. La describió en un hermoso poema corto. Es una experiencia que probablemente todos podamos reconocer:

 

Mi año cincuenta vino y se fue,

Me senté, en soledad,

Un libro abierto y una taza vacía

sobre le mesa de mármol.

En la calle veía a la multitud,

Y mi cuerpo de repente ardió;

Y durante unos veinte minutos

Tan grande era mi gozo,

Creí estar bendecido y poder bendecir.

 

 Este poema es la experiencia que tuvo alguien de un descenso de buddhi, la intuición. Los veinte minutos de esa conciencia bendita le cambiaron la vida. Creo que todos lo hemos experimentado en alguna medida. Tal vez no hayamos conseguido mantenerlo veinte minutos, o tal vez fue un breve momento en el que, por alguna razón, nuestro egocentrismo normal desapareció y algo vino a rellenar ese vacío. Mirando esa experiencia en retrospectiva, podríamos definirla como un momento maravilloso.

Podríamos decir “estaba feliz”, “estaba en paz”, pero la base de la experiencia es que, de alguna manera, fue un momento en que esa voz egocéntrica que nos roe y grita constantemente se había desvanecido. Y es suficiente para durar toda una vida. Es sólo un indicio de la sabiduría de la que habla la Teosofía. Y en la Biblia tenemos un Salmo que describe este tipo de experiencia. Leemos lo siguiente:

“El emite su voz y se derrite la Tierra”. Esos momentos que son muy reales en nuestra vida son los que ocurren cuando la Tierra aparentemente sólida desaparece de la vista y nos encontramos con algo profundo que desafía nuestras últimas descripciones, y que sin embargo seguimos intentando describir. Esta es la base de la respuesta a esta necesidad actual. Sepamos lo que sepamos, no será suficiente. Sean cuales sean nuestros talentos específicos, no serán suficientes. Cualquier cosa que poseamos en términos económicos, en recursos, no serán suficientes para responder a la necesidad que tenemos delante. Pero independientemente de lo que tengamos, ya sea un grano de arena o un millón de dólares, cuando quede tocado por la bendición de esa conciencia iluminadora que hay dentro de nosotros, y que todos hemos experimentado en cierto grado, entonces quedará transformado. Esa es la transformación que tiene lugar, la necesidad que tenemos delante. Lo que hemos de hacer ahora es aprender a vivir hasta nuestro límite. Todos sentimos que somos seres limitados e intentamos confinarnos dentro de estos límites, sin alejarnos demasiado. ¿Cómo sabemos dónde están nuestros límites? Porque si estamos con personas que no conocemos y empezamos a sentirnos incómodos, entonces nos damos cuenta de que tal vez ese sea un muro del que no éramos conscientes. Cada vez que vemos distintos tipos de sufrimiento y tenemos ganas de apartarnos, reconocemos que hay un muro. Cuando nos sentamos en nuestra práctica meditativa y ese día en particular, a diferencia de otros días, una sensación de expansión desconocida empieza a invadir el límite de nuestra conciencia, y nos estremecemos cuando eso pasa porque no sabemos lo que representa, aparece otro límite, aparece una frontera. Esos son los lugares en los que hemos de aprender a vivir, porque lo que veremos, si nos acercamos a esos límites, es que retroceden. Ninguno de ellos puede encerrarnos. Con el proceso en el que hacemos frente a una limitación, desarrollamos nuestra capacidad de enfrentarnos a la siguiente. Hay una necesidad de algo para lo cual fue fundada la Sociedad Teosófica: encontrar los medios para lograrlo dentro del corazón de cada uno de nosotros. No falta nada, no se necesita nada más. Lo que pediría a cada uno de nosotros es que la brújula que aplicamos a nuestra vida tiene que ser fiable. Las herramientas de la ciencia, de nuestras distintas formaciones y talentos, son útiles a su manera, pero el único punto claro que nos guiará es nuestra  propia experiencia de lo que hemos percibido como profundo y como verdadero. Lo que quisiera pedir a cada uno de nosotros, al enfrentarnos a la necesidad siempre presente de este mundo, es que nos remitiéramos continuamente a ese centro interno. Eso es lo que nos une los unos con los otros, y es lo único que puede  aportar las soluciones que nos conduzcan a la siguiente vuelta de este ciclo del crecimiento de la humanidad.

 

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