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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 03 -  Diciembre 2014 (en Castellano)

 
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Desde La Atalaya

  

Tim Boyd

 

El Futuro siempre presente

 

Hace un par de años mi hija, que ahora tiene veintidós años, al acercarse su vigésimo primer cumpleaños, estaba pensando en todas las cosas que pronto podría hacer. Votaría por el presidente, saldría con amigos adonde quisiera y, en general, se sentiría más sabia y más expansionada. Ante sus ojos, el futuro brillaba resplandeciente. Escuchándola mientras contemplaba su futuro, recordé una visión futura similar pero distinta que tenía mi padre. Murió a los noventa y dos años, pero cuanto tenía noventa y uno todavía estaba plantando árboles frutales en su granja. Cualquier persona que esté familiarizada con los perales y los manzanos sabrá que tienen que pasar tres años antes de que den frutos. Pero tenemos la impresión de que el futuro nos depara algo especial y lo vemos de una manera casi sagrada.

 

En el pasado eran muy pocas las profesiones que estuvieran relacionadas con la anticipación y la previsión del futuro. Probablemente los astrólogos representaban ese papel cuando se trataba del futuro. Recientemente, los que nos dan el pronóstico del tiempo nos dicen lo que nos espera. Muchas veces se equivocan, pero son profesiones en las que uno puede ganarse la vida pensando en el futuro. En nuestros días, todo esto ha cambiado mucho. Ahora tenemos economistas, asesores financieros, ecologistas y científicos sociales, y todas estas profesiones consisten en intentar mirar hacia adelante y pensar en lo que nos depara el futuro como individuos o como una gran familia humana.

 

Una de las cosas que todos estos planteamientos sobre el futuro tienen en común es que el futuro que imaginan es esencialmente una simple reorganización del presente, con distintas circunstancias y detalles, pero nada alejado de lo que es la experiencia corriente. Es lo que suele pasar con este tipo de planteamiento sobre la visión del futuro. Hay grandes personas que han hablado del tema. Albert Einstein, gran científico y profundo pensador espiritual, y muchas veces citado por ello, decía: “No puede resolverse ningún problema desde el mismo nivel de conciencia que lo creó”. Es una imposibilidad.

 

H.P. Blavatsky, una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica, expresó el mismo pensamiento de forma distinta. Dijo: “Sea cual sea el plano en el que nuestra conciencia pueda estar actuando, tanto nosotros como las cosas que pertenecen a ese plano son, de momento, las únicas realidades”. El margen de nuestra visión determina no sólo lo que vemos, sino también el mundo en el cual nos encontramos a cada momento.

 

Podemos encontrar un ejemplo del efecto que surte nuestra visión limitada en el planteamiento que tenemos de los violentos conflictos que hay en el mundo. Dada nuestra manera de ver un mundo en el que aumentan cada vez más las guerras y el terrorismo, ¿cuál es la “solución” que aplicamos actualmente? En nuestro nivel actual de conciencia la solución consiste en aplicar un nivel mayor de violencia, un nivel mayor de fuerza. ¿Conseguimos con ello minimizar las erupciones de guerras y discordancias en el planeta? Si vemos los resultados actuales, concluiremos que: “no, no se consigue”. Si pensamos retrospectivamente en nuestra historia relativamente reciente hasta la Primera Guerra Mundial, apareció un eslogan cuando esa gran guerra estaba arrastrando a una gran parte del mundo, que se convirtió en una especie de estandarte de guerra y decía así: “Ésta es la guerra que terminará con todas las guerras”. Es decir, aquel nivel extremo de violencia y destrucción acabaría, de alguna forma, en la paz, o al menos en un cese de otra guerra futura. Eso era en 1914. No necesitamos hacer ningún otro comentario sobre la exactitud de ese planteamiento sobre la violencia, pero dado el nivel actual de pensamiento en el cual estamos funcionando, somos incapaces de ver alguna otra solución.   

 

Nuestra actitud respecto a muchos otros temas es la misma. Por ejemplo, existen siempre situaciones de hambrunas en distintas partes del mundo. ¿Cuál ha sido nuestro planteamiento sobre el tema? Nuestra solución preferida es la de proporcionarles alimentos. Si la gente tiene hambre ¡hay que darles comida! El resultado es que aquellas personas reciben alimentos durante un tiempo hasta que surge en otro lugar la misma situación. La manera que tenemos de tratar estas cosas es mediante reacciones instintivas. Nuestro nivel de visión está un poco nublado.

 

Probablemente nuestra preocupación más básica sea la ignorancia fundamental, que es la condición de la mente humana. Es una ignorancia no en el sentido de no saber algo, sino en el sentido de que lo que se ve y lo que se afirma conocer es erróneo en todos los casos. Y así vamos por la vida, viendo el mundo a través de unos ojos que están nublados por esta visión fundamentalmente errónea de la realidad. Para los que aspiran a romper este ciclo, el planteamiento normal acaba en una búsqueda de más conocimientos y por eso empezamos a estudiar intensamente algunos materiales, pero básicamente se trata de los mismos conocimientos y estudios que han llevado a ese estado de ignorancia. Nuestra sensación es que si estudiamos más intensamente, ¡tal vez encontraremos la respuesta!

 

En su propio nivel, ningún problema que exista hoy en el mundo puede solucionarse. Tiene, pues, que haber algo más. Cuando pensamos en términos del futuro, una de las expresiones que más oímos, sobre todo entre quienes, de alguna manera tienden hacia un estilo de vida espiritual, es: “Vive en el momento” o “Tienes que estar aquí ahora”. Probablemente la experiencia de muchos de nosotros es que parece haber algo profundo en nuestro interior que nos hace buscar continuamente, a través de este momento en el que nos encontramos, algo más que se percibe como más grande, más expandido, como un estado natural.

 

Muchas veces hay gente que ha tenido éxito en las empresas mundanas pero que, a veces, se han sentido profundamente insatisfechos con su situación. Según las apariencias externas todo está bien, la riqueza, la fama y el poder. Todas las cosas que los humanos suelen desear están ahí, y sin embargo se encuentran insatisfechos. Esta experiencia ha sido descrita a veces como una “insatisfacción divina”, como un profundo anhelo que existe dentro de nosotros y que tiene su propia manera de darse a conocer. Tenemos la posibilidad de esconderlo si nos llenamos de cosas para hacer en nuestra vida cotidiana. Pero en nuestros momentos de más tranquilidad, parece salir a la superficie y nos demanda un reconocimiento de ese potencial estado del ser todavía no realizado. Necesariamente habla del futuro porque, aunque está completamente presente en este momento, el hecho de que nuestra percepción esté velada nos roba su poder. Y, sin embargo, sigue atormentándonos con sus murmullos.

 

En un momento dado de nuestra vida empezamos a decir “Tengo que hacer algo. Tengo que poder hacerlo”. Y entonces comienza lo que se describe como “la búsqueda espiritual”. Buscamos respuestas y, por nuestra forma normal de ver las cosas, buscamos en nuestro entorno inmediato. Contamos con numerosas citas o ideas transmitidas por personas que han sido reconocidas como “iluminadas”, personas que han realizado el mismo tipo de búsqueda y han llegado a salir de ese estado en el que la percepción está velada. Han sido capaces de transmitirnos su experiencia, de forma que lo han podido hacer con palabras.

 

En El idilio del Loto Blanco nos hablan de “las tres verdades”. La primera de esas verdades es la de que “el alma del hombre es inmortal, y su futuro es el futuro de algo cuyo crecimiento y esplendor no tiene límites”, un comentario sobre el futuro. Tendemos a pensar en términos de futuro porque parece operar a través de una progresión del tiempo, pero todos los grandes sabios hablan de esta presencia como aquí y ahora. En el Bhagavad-Gita Krishna se describe a sí mismo como “el gobernante interno inmortal que está presente en el corazón de todos los seres”.

 

En el budismo tenemos la naturaleza del Buddha, y se dice que, independientemente de lo mal que actuemos, o de lo ignorantes o poco iluminados que parezcamos ser en cualquier momento determinado, nuestra naturaleza interna es esencialmente la naturaleza del Buddha, perfecta, abierta, con plena concienciación. El profeta Mahoma dijo “Quien se conoce a sí mismo, conoce a Dios”. Es una idea similar, la de que aquí mismo, ahora mismo, está la presencia que describimos como Dios, y después ¡buscamos fuera de nosotros mismos para intentar encontrarla! El cristianismo lo planteó de otra manera. San Pablo hablaba del “Cristo en vosotros, la esperanza y la gloria”. No del Cristo del crucifijo, no de alguien de hace 2000 años de antigüedad, sino del Cristo que está en vosotros, que vosotros sois. Ésa es la esperanza y la gloria a las que aspiramos, de la paz de la que nos sentimos dignos. También tenemos la frase que dice: “Sed perfectos como vuestro Padre en el Cielo es perfecto”.

 

Todas estas ideas tienen algo en común. Lo que comparten es la idea de ser, que nosotros después, como un proceso, transmutamos en un proceso de llegar a ser. Todo aquél que parece haber paladeado alguna vez esa conciencia capaz de ver las cosas tal como son, habla en términos del ser. No necesitamos ir a ningún santuario para tener esta experiencia, ni buscar a ningún gurú, ni pagar por un seminario ni un taller si podemos experimentar realmente, por un instante, la naturaleza de nuestra mente, que es la misma que la naturaleza de la realidad.

 

Esto es lo que describen los grandes maestros y hablan de ello de muchas maneras. Vemos que van más allá de las tradiciones espirituales con todos sus libros sagrados y escrituras. Si los estudiamos bien, cada uno de ellos contiene historias, tanto si se trata de la Biblia, con la historia de Abraham o la vida de Jesús, como del Mahabharata, con la historia de Arjuna y Krishna. Todos esos libros nos proporcionan, esencialmente, historias. Y no es para minimizarlas, de hecho es para elevarlas. Quienes nos trasmitieron esos escritos fueron grandes seres, y parte de su grandeza consistía en que todos eran conscientes del público al que se dirigían. En su esfuerzo por transmitir su sabiduría tuvieron que inventarse muchas maneras de expresarla.

 

Cuentan que cuando el Buddha tuvo su iluminación, la experiencia fue tan profunda que estaba completamente convencido de que no habría forma posible de poderla comunicar a los demás. Su decisión inicial fue “ni siquiera voy a intentarlo”. Naturalmente cambió de idea y se dedicó a enseñar durante los cincuenta años restantes de su vida, muchas veces utilizando las historias como recurso pedagógico. Una de las maneras en que estos grandes maestros tienden a hablarnos es mediante historias, igual que hacemos con nuestros hijos cuando se acuestan por la noche. Nos sentamos a su lado y les leemos un cuento. Les hablamos de cosas que estimulen su imaginación, que los eleven y les hagan pensar en posibilidades que tal vez estén fuera de su alcance. Y, de la misma manera, todos estos sabios también nos han contado historias.

 

La base del trabajo más profundo de H.P. Blavatsky, La Doctrina Secreta, está sacada de un pequeño texto llamado las Estancias de Dzyan. La primera estancia empieza así: “La Eterna Paternidad, envuelta en sus Vestiduras Siempre Invisibles, se había adormecido otra vez por Siete Eternidades”. Aunque de niño nunca había oído hablar de las Estancias de Dzyan, empiezan igual que en los cuentos que me contaban: “Erase una vez…” En este caso, nos da unos símbolos muy familiares: el padre envuelto en ropas (entendemos qué es un padre y qué son las ropas), se había adormecido (entendemos  sueño). Todos estos términos se nos presentan como una historia. Sin embargo, ese verso en particular habla de un período anterior a la manifestación de un universo. No existía nada. ¿Cómo lo describimos, si no es con una historia? Estas historias se parecen a una escalera de peldaños que te van haciendo subir uno a uno. Si la subes como una escalera normal, en un momento determinado la escalera termina. Y allí donde termina esa escalera se encuentra el punto en el que es posible la realización, porque entonces tienes que pisar tu propio peldaño. En ciertas tradiciones lo describen como “el salto de la fe”.

 

Cada tradición tiene sus historias. Cuando encontráis algunas de las importantes, las que son capaces de transformarnos si las comprendemos en profundidad, muchas veces describen un viaje en el que hay una partida y después, al final, un retorno. El Ramayana, por ejemplo: Rama deja su reino y viaja por el desierto, entabla batallas, recupera a Sita y regresa. En el Mahabharata se habla de un viaje parecido al exterior, una lucha y un regreso. En las historias de la tradición cristiana, es famosa la del Hijo Pródigo: deja la casa de su padre y se va a tierras lejanas. Son historias que todos conocemos.

 

En la tradición teosófica, cuando J. Krishnamurti tenía trece años, escribió su primer libro, uno muy corto, A los Pies del Maestro. Contiene enseñanzas muy profundas. Una de ellas dice que “en el mundo hay dos tipos de personas”. No son musulmanes, cristianos, budistas, hindúes, americanos, etc. Hay dos tipos de personas, independientemente de su procedencia: las primeras son las que saben y las segundas las que no saben. Ésa es la verdadera línea divisoria en términos de la humanidad. Naturalmente, los que saben son pocos, los que no saben son muchos, y hay un campo intermedio que está probablemente compuesto por nosotros, los que quieren saber y en cierto modo saben, pero no saben, los que están implicados en la búsqueda.

 

Lo que Krishnamurti dice que saben los que “saben”, es la verdad de la evolución. No se trata de la evolución darwiniana, el cambio progresivo de las formas a través de la supervivencia de los mejores. Es un planteamiento mucho más profundo de la evolución. Según el pensamiento teosófico, se cree que la evolución no es sólo el proceso físico, sino que es algo que implica tres corrientes. Hay una interrelación, durante un período en un ciclo, de una corriente espiritual, una corriente intelectual o mental, y una física.

 

Vemos la misma idea expresada en los Yoga Sutras de Patanjali, donde se habla de la unión de Purusha (espíritu) y Prakriti (materia). El propósito de unirse es el de producir la concienciación en Purusha, el componente espiritual, de su propia naturaleza y poder, nublado por su interacción con las dos otras corrientes, y desarrollar esos poderes que son inherentes en Prakriti o la materia. La imagen que se ha utilizado para describir este proceso es la de un hombre cojo (Purusha) que cabalga a hombros de un ciego (Prakriti). El hombre que no puede andar guía al que no puede ver. Es una descripción del proceso evolutivo, que no es solamente una evolución física. Es el escenario en el que nos encontramos. Y este proceso de desarrollo, que es otra forma de describir la evolución, es la futura orientación. En este momento están teniendo lugar estos procesos, pero avanzan hacia algo que está más allá de este punto en el tiempo y, en cualquier momento en el que seamos capaces de verlo, lo experimentaremos.

 

Hay una historia muy bonita llamada El Himno de la Perla, del Evangelio de Santo Tomás, uno de los Evangelios que no formó parte de la Biblia, pero que es similar al relato del Hijo Pródigo. Describe en bellas imágenes este proceso del desarrollo en el que nos encontramos. En esta historia aparece un joven príncipe que es heredero de un trono,  su padre es el gran gobernante de un reino y su madre es la reina. Sus padres le dicen, un día, que tiene una misión que cumplir. Hacen una fiesta, lo preparan para su viaje y lo mandan partir. La misión que va a emprender es la de traer desde tierras lejanas una perla preciosa que está protegida por una serpiente. Y hay una prueba que tiene que pasar. Durante su viaje llega a la frontera, sale del reino de sus padres y entra en otro reino. En ese punto le quitan las hermosas vestiduras que llevaba y el príncipe sigue su viaje.

 

En muchas de estas historias, cuando se habla de un príncipe o de alguien de la realeza, se puede pensar que es un cuento de niños y está bien a ese nivel, donde tiene una moraleja. Pero en su aspecto más profundo, es una historia espiritual. Esencialmente, cualquier historia espiritual es la historia de nosotros mismos y de la vida que todavía tenemos que vivir, así como del camino que estamos recorriendo. El príncipe siempre es el personaje de linaje real, pero todavía tiene que desarrollarse en su realeza completa, en su majestad completa, y eso siempre requiere pasar algún tipo de prueba. Se va, pues, a tierras lejanas, y mientras está allí empieza su misión. Para que no le reconozcan como alguien peligroso o extranjero, empieza a vestir como la gente local. Encuentra a alguien de su tierra que le advierte diciéndole: “Hagas lo que hagas, intenta no comer la comida de aquí, porque eso te va a cambiar”. Naturalmente, olvida esa advertencia y come su comida.

 

El alma emprende su viaje y llega a tierras lejanas, que en este caso es su encarnación en un cuerpo físico, la situación en la que nos encontramos todos. Esta naturaleza divina, esta apertura de la que todos somos conscientes, y que nos atrae continuamente, está luchando por darse a conocer a través de los muy pesados ropajes que llevamos con el cuerpo, la mente y las emociones que lo cubren. Por esto el príncipe come la comida y se olvida de todo, de por qué vino, de la perla y de su familia y se limita a vagar por ahí.

 

A lo lejos, en su casa, sus reales padres se dan cuenta de que su hijo ha perdido el rumbo, como le pasa a cualquier madre que sabe,  a distancia, que algo le ocurre a su hijo. Y el rey y la reina y toda la gente de aquella morada celestial mandan un mensaje recordándole al príncipe el motivo de su viaje, de la misión que vino a cumplir. En la historia, el mensaje toma la forma de un águila que viene a hablarle y luego se transforma en una carta. El momento de recibir ese mensaje, en el cual está preparado para ver y oír verdaderamente, es un momento importantísimo de la historia, y es también un momento muy importante de nuestra vida, si tenemos la suerte de vivirlo. Entonces despierta y recuerda que es el hijo de un Rey y “mi rango anhelaba su naturaleza”. A partir de ese punto, continúa con orgullo su misión, devuelve la perla al reino de sus padres, y se reúne con su familia.

 

Es una bonita historia, y su belleza no consiste solamente en estar bien contada, sino que es la historia del viaje que todos hemos emprendido. Historias como éstas, si se escuchan bien, son, de hecho, el águila que nos trae el mensaje que puede despertarnos. A veces estas historias están representadas como grandes personajes. “La palabra viva” es la forma de describir a algunas personas que se cruzan en nuestro camino. En la tradición teosófica, tenemos a personas como Krishnamurti, Annie Besant, el Coronel Olcott, Sri Ram, I.K. Taimni, Radha Burnier, y otros que hemos conocido, en cuya presencia, así como a través de sus palabras, somos capaces de despertar. Son personas que estimulan en nosotros un recuerdo.

 

Nadie nos añade nada a lo que ya somos. Es uno de los grandes errores de la manera que tenemos de enfocar nuestra vida espiritual creer que, en cierto grado, somos incompletos, que, fundamentalmente, estamos incompletos y lo que necesitamos es alguna idea nueva, algún maestro u organización que nos pueda proporcionar esa pequeña pieza del puzzle de nuestra vida que creemos nos falta y que, cuando la encontremos, todo encajará. Veremos, entenderemos y estaremos bien. Esta creencia es errónea, porque no falta ninguna pieza. Esto es lo que vienen a decirnos estas historias  y ésta es la oportunidad de la que disponemos cada uno de nosotros. Hemos venido aquí para hacer posible este futuro.

 

Los problemas que vemos a nuestro alrededor en el mundo actual, desde muchas perspectivas parecen insuperables. Por esto vemos que hay quienes esperan que alguna nueva tecnología posibilite la limpieza del aire y la de los mares, eliminando toda la contaminación que se vierte en ellos continuamente, y que cambie el corazón de los hombres para que se den cuenta de que la guerra no sirve para nada, todo eso con una nueva idea, con una nueva tecnología. Mientras funcionemos a este nivel, el cuadro no es de color de rosa, porque cada problema con el que nos enfrentamos, cada tema que nos llama la atención, es creado por nosotros o nace de nosotros y de la unión colectiva de las mentes desviadas que hemos conseguido cultivar de forma impropia.

 

Esta visión del mundo lo considera como algo que se puede manipular, causando problemas ahora y en el futuro. ¿Qué vamos, pues, a hacer? ¿Cuál es el futuro que quisiéramos para nosotros? Para todo aquél que haya prestado atención al pensamiento científico, o incluso que haya leído un periódico, está claro, desde hace ya veinte o treinta años, que nos estamos acercando a un punto crítico en términos del medio ambiente. Sentía tanta pena por mi hija porque heredará un mundo tan maltratado, con las profundas consecuencias que mi pobre hija tendrá que sobrellevar.

 

Con los años, la ciencia se ha hecho cada vez más exacta. Empezaron a cambiar los planes para cuando se suponía que esta crisis ocurriría. Entonces yo comencé a preocuparme un poco más, porque todo eso ya no iba a pasar después de mi muerte; de repente, estaba claro que todas estas consecuencias se anticiparían y ocurrirían durante mi vida, si no se hacía nada para impedirlo. Y me aparté de la postura de “mi pobre hija”; hay que comenzar a pensar de forma distinta: nunca es por accidente que nacemos en un lugar y tiempo determinados. Hemos nacido en un momento de gran exigencia por un nuevo planteamiento de la vida, no sólo de la economía, sino de la vida. Estamos aquí con el potencial de poderlo llevar a cabo. Y ¿cómo se hace esto? Si esperamos las suficientes vidas y los suficientes ciclos, esta conciencia superior acabará por desarrollarse dentro de nosotros. Podemos, entonces, limitarnos a esperar diez, quince, cien vidas a partir de ahora, hasta que nos encontremos en ese estado de elevación.

 

Otro planteamiento se basa en una expresión que oímos a menudo: “Pensad en estas cosas”. Sumerjamos la mente en aquellas cosas que produzcan la realización. La realización que es la consecuencia de pensar en esas cosas de una naturaleza tan profunda y elevada que en un momento dado el pensamiento ya no es capaz de captarlas. Cuando llega ese momento, entonces “no pensar” es la experiencia, y cuando detenemos el proceso de proyectar nuestra mente y pensamientos sobre el mundo y sobre los demás, entonces hay esperanza. Es una posibilidad que tenemos cada uno de nosotros.

 

Hay una expresión que leemos en La Voz del Silencio: “El auto conocimiento nace de las obras de amor”. La apertura, la concienciación, la profunda realización de este futuro siempre presente dentro de nosotros nace de aquellos actos que surgen de la plenitud de la experiencia del amor. El amor es lo que nos une, lo que nos aúna y va más allá de las fronteras. “El auto conocimiento nace de las obras del amor”. No se requiere ninguna técnica, ningún método, ninguna inversión de capital, sólo requiere empezar donde estamos, con nuestra comprensión de lo que es el amor, e intentar profundizar en él, comprenderlo, magnificarlo y después dejar que influya en nuestra vida. Ésta es la parte más difícil.  

 

 

 

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