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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 01 -  Octubre 2014 (en Castellano)

 
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Radha Burnier:

 Un recuerdo muy querido

 

Trân-Thi-Kim-Diêu

 

Conocí a Radhaji la primera vez en 1976, en la escuela de verano de habla francesa de Territet, Suiza. Numerosos conferenciantes de muchos países del mundo daban conferencias. Yo acababa de licenciarme y estaba empezando mi carrera profesional. Después de dos o tres días de escuchar todos los discursos, tenía el cerebro embotado con todas las palabras que se habían dicho; estaba a punto de marcharme. Por un buen giro del karma una voz me susurró al oído: “Esperemos hasta haber oído la conferencia de Radha Burnier”. Ella hablaba de la vida espiritual. Después de su conferencia, decidí quedarme. Ese mismo año, volví a encontrarme con ella en París, adonde había viajado como representante del Dr. I.K. Taimni. Tenía entonces cincuenta y tres años y estaba a punto de alcanzar el punto culminante de su florecimiento espiritual.

 

Me gustaría ahora recordar algunos de los eventos más significativos cuando Radhaji, con gracia y con rigor, actuaba como mentora de muchos de los estudiantes que la rodeaban. A principios de 1980, expresó su deseo de contar con jóvenes miembros en Adyar, en el servicio de la Causa. Yo le tomé la palabra, pero debido a mis obligaciones filiales no pude ir hasta 1986. Los seis meses que pasé allí estuvieron marcados por numerosos eventos de formación. Los más notables de todos los que nunca podría olvidar fueron las sesiones semanales de diálogo en casa de Achyutji (Achyut Patwardan). Los participantes que había junto a Achyut eran un grupo de jóvenes estudiantes y trabajadores voluntarios, además de Radhaji. Allí la atmósfera estaba impregnada de algo que no podría definirse y que sin embargo era casi tangible. Se podía sentir algo tan inspirador que parecíamos estar flotando en el aire. Y no tenía nada que ver con el nivel emocional.

 

En 1987 regresé a Europa y, en el verano, Radhaji vino a dar una serie de conferencias y me llevó al Brockwood Centre. Como de costumbre, igual que había ocurrido en Adyar, nuestros largos paseos por el bosque fueron testimonio de conversaciones aparentemente triviales que, de hecho, conformaban la trama de profundas reflexiones sobre la vida y la muerte, y sobre el dharma del ser humano.

Mis otras visitas a su casa de Adyar fueron ocasión de ver el cuidado amoroso que tenía con los animales. Realmente, mucho antes de la hora del desayuno, alimentaba a gatos y perros, dándoles, con todo su mimo, leche y paneer (un queso blando muy ligero) que ella misma ya no comía desde que se había hecho vegana, mucho tiempo antes. Mi más larga estancia en su casa fue en 1997 durante mis sesiones en la Escuela de Sabiduría. En nuestras charlas informales hablamos del tema de la nobleza. Ella decía que la nobleza no pertenece a ninguna casta en especial, porque la única nobleza es la del corazón. Nunca olvidaré su sonrisa infantil al mostrarme con orgullo sus lugares preferidos de la enorme finca de Adyar, especialmente allí donde había aprendido a nadar de niña, además de aquellos claros ocultos, silenciosos y sombríos, donde le gustaba estar sola.

 

Naturalmente, evocar todos estos recuerdos no puede agotar nunca el recuerdo completo de una relación basada en la enseñanza y el aprendizaje. Y Radhaji nunca aceptó ningún tipo de aprendizaje basado en la veneración personal. Incluso su afecto era, en cierto modo, impersonal. Es un rasgo que podría ayudarnos a sobrellevar su fallecimiento.

Como individuo, la Sra. Radha Burnier es muy reconocida, respetada y reverenciada. Su trabajo de toda la vida en servicio de la Teosofía y de la Sociedad Teosófica va más allá de todo lo que se pueda imaginar. Sin embargo, Radhaji es mucho más que todo esto. Cualquier tributo expresado de forma convencional sobre su vida no basta para invocar el profundo sentimiento que se podía experimentar en una relación con ella. Para mí, fue una amiga en la espiritualidad y una mentora, igual que lo fue para muchos estudiantes, durante toda su vida y, sobre todo, cumplió con el verdadero dharma de un ser humano.

 

 

 

  

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