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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 136 - Número 01 -  Octubre 2014 (en Castellano)

 
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Tributo a Radha Burnier

 

Ananya Sri Ram Rajan

 

Una vida de servicio

Cuando una persona es elegida para el cargo de Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica, no existen lineamientos que le digan cuál debería ser su mensaje. El mensaje o el tema de su administración surge gradualmente en la superficie, al desempeñar las tareas necesarias durante su cargo. Durante el tiempo de Radha Burnier como Presidente, una de sus bases principales fue el trabajo humanitario. Sus incansables esfuerzos tuvieron un profundo impacto en la ST y en la Orden Teosófica de Servicio. Radhaji nos mostró cómo poner la Teosofía en acción y qué frutos esa acción produciría a través de la constancia, la paciencia y la compasión. En sus treinta y tres años en el cargo, nunca esperó un gracias o un reconocimiento. Trabajó desinteresadamente en beneficio de la humanidad y, para muchos de nosotros, se convirtió en un ejemplo a seguir. Nuestra gratitud es profunda.

De la oscuridad a la luz

Es difícil expresar el extraordinario regalo que me fue dado cuando fui a vivir con mi “Tía Radha”, como yo la conocía entonces. Yo era una adolescente de otro país, sin aspiraciones, con pocas estructuras en mi vida, quien creía no ser lo suficientemente inteligente como para ir a la Universidad, debido al shock por haber perdido a mis dos padres en un año. Aquí estaba yo, a los 18 años, viviendo con una mujer que apenas conocía, en un país del que sabía muy poco y en una casa con un mobiliario simple. Esto estaba lejos de lo que yo estaba acostumbrada. En ese momento, siempre le decía a mi tía que me quedaría sólo por seis meses, pero terminé quedándome seis años.

En esos seis años, y en los posteriores, desarrollé una profunda relación con una mujer a quien llamé “Athai” (tía en Tamil), que para mí significó “madre”. Lo que compartimos fue más una relación madre-hija, la cual estuvo llena de momentos que nos proporcionaron un tipo de curación a las dos. Athai le dio cierta disciplina a mi vida y yo suavicé la suya. Yo necesitaba estructura y ella flexibilidad, y juntas establecimos una relación que completaba lo que a la otra le faltaba a través del afecto y un amor que tuvo muchos niveles.

Athai tenía la habilidad de ser casi embarazosamente honesta. No le importaba mencionar un tema sobre el cual nadie querría hablar y, aunque no se disculpaba por ello, tenía una faceta que le hacía disculparse gentilmente para quitar el aguijón que acababa de lanzar. Experimenté esto muchas veces y me di cuenta de que era parte de quién era ella. No había malicia en lo que decía. Sólo decía lo que pensaba era necesario decir. Dependía de la persona si lo tomaba como algo personal o no. Fue una gran lección para mí sobre cómo dar un paso atrás, alejarme de una situación o comentario y no reaccionar a ello.

Después de mudarme a India estuve enferma, una y otra vez, con una u otra dolencia seria. Extrañamente, las enfermedades más graves de hepatitis y apendicitis ocurrieron cuando Athai estaba fuera de la ciudad. Sin embargo, me sentía reacia a hacerle saber que no estaba bien y con frecuencia intentaba ocultarlo porque se sumaba a su gran carga de trabajo. La preocupación de Athai se manifestaba como severidad, porque ella no podía “arreglar” mi salud. Esto no ocurría todo el tiempo, pero cuando mi fiebre era excesivamente alta o estaba demasiado débil para hacer cosas, ella se preocupaba. Una vez tuve una fiebre alta y tuve alucinaciones. Más tarde me dijeron que Athai había estado despierta parte de la noche tratando de bajarme la fiebre con paños fríos. Una vez que estuve bien, me hizo sentar y me dijo cuánto se preocupaba por mí y que no tenía necesidad de ocultarle mis enfermedades. Este fue uno de muchos momentos que compartimos en donde su amor de madre aparecía en primer plano.

Siempre fui amante de los animales, como lo era Athai, pero había una diferencia. Yo solía tener un perro o un gato en casa, pero cuando viví por primera vez con Athai, ella creía que los animales debían estar afuera. Era exigente acerca de la limpieza de la casa y le gustaba que las cosas estuvieran ordenadas. Esto fue una buena práctica para mí, porque en ese entonces raramente me preocupaba por el desorden. Al poco tiempo de estar viviendo en Parsi Quarters, cuidaba dos gatitos a quienes llamé Ginger y Cinders. Vivían cerca de la puerta principal (que se encontraba a una milla de donde nosotras vivíamos), y comencé a alimentarlos con leche y pan todos los días, mañana y tarde. Athai se dio cuenta que pasaba gran parte de mi tiempo preocupada por el bienestar de estos dos gatos, entonces me dijo que los trajera a Parsi Quarters. No hace falta decirlo, los gatos terminaron viviendo en la casa con nosotras y después Athai, ¡comenzó a preocuparse por su bienestar! Ginger se convirtió en el gato de Athai, él solía acostarse en su escritorio en casa mientras ella trabajaba y, eventualmente, iba hasta su cama y dormía con ella por la noche. Después de eso, Athai no se detuvo. Cada vez que la visitaba, había sumado un nuevo amigo a su colección de animales, y a menudo sus cartas hacían referencia a alguna pequeña criatura a la que había adoptado.

Hacía aproximadamente seis meses que estaba en India, cuando una mañana Athai me dijo: “Deberías pensar acerca de ir a la universidad. No puedes estar aquí sentada haciendo nada. ¿Qué te gustaría estudiar?” Estaba sorprendida. Me había graduado en la secundaria con lo justo, y pensaba que yo no era lo suficientemente inteligente para estudiar. Athai fue inflexible acerca de que yo continuara mi educación. Recuerdo haber estado cerca de las lágrimas -“Athai, no soy lo suficientemente inteligente para ir a la universidad”. Ella me miró por sobre el periódico, ignoró mis dramas y dijo: “No seas tonta. Tienes que intentarlo”. Esa fue una de las mejores decisiones que tomé, ya que rompió con el mito de no ser bastante inteligente y a la vez elevó mi autoestima. Ahora, yo aliento a otros, sin importar la edad, a seguir estudios más elevados si les interesa.

Una de las cosas que Athai amaba hacer era visitar el mercado los domingos por la tarde. Disfrutaba hablar con los vendedores y regatear con ellos los precios de los productos. Muchos de los vendedores pobres la conocían y la saludaban respetuosamente. Ella solía hablar con ellos acerca de los productos y sobre si el negocio iba bien y esas cosas. Si caminábamos por el campus, regularmente hablaba con los empleados sobre plantas y árboles, o les preguntaba en qué estaban trabajando. Ella nunca tuvo una postura tímida frente a la vida, sino que recibía todo de frente, con una curiosidad que se volvía contagiosa. Recuerdo que una vez, teníamos algunas naranjas pequeñas y Athai decidió que debíamos hacer mermelada. De hecho, ella tenía varios libros de cocina, encontró una receta de mermelada y la hicimos, sin tener demasiada idea de lo que hacíamos. Esto se convirtió en una especie de tradición cuando era temporada de naranjas.

Athai era estricta en relación al ejercicio y al cuidado de su cuerpo. Después de una leve parálisis en 2007, los doctores dijeron que los efectos podrían haber sido peores si ella no hubiera estado en tan buen estado general. Normalmente caminaba dos millas por día. Cuando vivía con ella o cuando la iba a visitar, caminábamos hasta la puerta principal y volvíamos a paso veloz. Una noche, durante la temporada del monzón, la lluvia había parado, entonces decidimos ir a caminar. Habíamos recorrido un cuarto de milla cuando comenzó a lloviznar, pero continuamos sin decir nada. Cuando estábamos a mitad de camino, de repente comenzó a llover muy fuerte. Extrañamente, nos detuvimos, nos miramos, sonreímos y continuamos caminando. La lluvia era refrescante, pero tan fuerte que era difícil ver. Mientras regresábamos a casa, ¡nos reíamos al vernos empapadas hasta los huesos, ¡nuestros saris pesados por el agua y nuestros cabellos aplastados en nuestras cabezas!

La disciplina física de Athai tuvo un fuerte impacto en mí. Nunca voy a olvidar una noche que hablábamos sobre la danza y cuánto trabajo implicaba. Creo que hablábamos de cuando trabajó en The River. Ella decía que es mucho más difícil aprender danza clásica India cuando uno es mayor porque la mente es menos flexible y hay demasiados movimientos para recordar. De repente se paró en el extenso hall de Parsi Quarters y me mostró los movimientos de una secuencia del pie, la mano y la mirada. Ella lo hizo tan elegantemente como en la película. Cuando terminó, se rió ante el hecho que estaba más lenta y por la rigidez de su cuello debido a la espondilitis. Pero aquí estaba ella, con más de sesenta años, moviéndose como una chica joven. Esto me hizo dar cuenta del impacto que la dieta y los ejercicios tenían en el cuerpo y su envejecimiento.

Cuando tuve mis hijos, Athai tomó el rol de abuela. En una oportunidad, cuando mis hijos tenían seis y cuatro años, la visitamos y estuvimos con ella un tiempo. Me preocupaba que los niños hicieran mucho ruido o que la molestaran, pero ella amaba tenerlos alrededor. Planeaba comidas, les permitía visitarla en su oficina, y durante la cena hablaban sobre lo que ellos habían hecho durante el día. Cuando mi hijo tenía cuatro años se molestó porque el conductor de Athai no llegó, entonces le prometió que cuando fuera lo suficientemente grande la llevaría a cualquier lugar que quisiera ir. Él estaba esperando cumplir esta promesa el pasado diciembre.

Como con mis propios padres, sentí la muerte de Athai muy profundamente. Ella no sólo me proporcionó un entorno cariñoso que me conectó con personas extraordinarias, eventos y miríadas de pensamientos, sino que me ayudó a quitar las capas necesarias para descubrirme a mí misma. De alguna manera ella sabía que Adyar y mi corazón estaban conectados, y de algún modo sabía que encontraría un hogar en la Teosofía. Le debo mi vida espiritual a ella, de tantas maneras!, y gran parte de mi relación con el mundo teosófico es por ella. En una oportunidad le pregunté: “Athai, ¿cómo puedo devolverte todo lo que hiciste por mí?” Ella le quitó importancia, avergonzada, dijo que no era necesario dar gracias. Sin embargo un minuto más tarde, tranquilamente dijo: “Trabaja por los Maestros, trabaja por la Teosofía y ayuda a la humanidad”.

 

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