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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 135 - Número 12 -  Septiembre 2014 (en Castellano)

 
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Desde la Atalaya

TIM BOYD

 

Convergencia

Tengo un claro recuerdo de mis primeros días en la universidad, ocurrido durante una sesión de clases. La escuela era notable por el número de profesores que habían ganado el Premio Nobel. Además de este grupo estelar, había muchos otros profesores altamente reconocidos en sus diferentes áreas. En el ámbito universitario normal, por lo menos en ese momento, había gente de la que uno oía hablar pero no se encontraba nunca, a no ser que se estuviera buscando un grado avanzado en un postgrado específico. Lo que era distinto en la escuela a la que yo asistía, era que a todos estos profesores se les requería dar alguna licenciatura, normalmente un prerrequisito para un título de grado educacional. Lo que era un enfoque brillante porque al comienzo de la vida universitaria de un estudiante podían ponerse en contacto con gente cuyo pensamiento, investigación e ideas estaban formando a la sociedad.

 

El momento que recuerdo tan claramente tuvo lugar en una clase de astrofísica. A pesar de mi aversión inicial contra la materia en cuestión, me fascinó rápidamente el método y la forma de pensar aplicadas en el intento de comprender el universo físico. Parte de mi entusiasmo respecto a la asignatura fue la animada e interactiva presencia del profesor. Estaba involucrado en una investigación de última vanguardia sobre la idea del Big Bang. Durante una clase hice una pregunta al profesor, no recuerdo exactamente qué. Lo que recuerdo es que en ésta empleaba la expresión “por qué”. Supongo que el profesor vio en esto una oportunidad para trasmitir un mensaje a toda la clase, a este grupo de jóvenes de mentes frescas e impresionables. No intentó siquiera responder la pregunta, pero habló directamente sobre mi uso de “por qué”. Él dijo que el explicar el porqué  no era tema de la ciencia, y que si este era el tipo de preguntas que me interesaba, estaría mejor hablando con alguien de filosofía o en la escuela de teología.

 

Algunos días después me encontré con un amigo que estaba haciendo un doctorado en la escuela de teología. Compartí con él mi reciente experiencia de la clase de astrofísica y le pregunté cómo se analizaba tal pregunta en su disciplina. Aunque ahora su respuesta no me afectaría tan profundamente, en ese entonces era suficientemente joven e ingenuo para estar sorprendido. Me dijo que el “porqué” tampoco era tema de análisis en la escuela de teología. El estudio de la teología en la escuela, analizaba los “cómo” y los “cuándo” tales “porqués” se suscitaron en la historia, los movimientos y pensamientos que se formaron alrededor de ella, y las consecuencias sociales e institucionales; pero cualquier intento de una respuesta intelectual o experimental para esa pregunta no les competía. La escuela de teología era “una escuela para graduar a profesionales de la religión, ya que allí estudiaban religión”.

 

En tiempos recientes, en los últimos cuatrocientos o quinientos años, se ha producido un cambio en la forma en que la sociedad humana evalúa y procesa el conocimiento. Al principio de los tiempos, los individuos que eran fundamentales en la formación de los asuntos del corazón y la mente eran considerados sabios. Siempre fueron personas con una  gran visión y amplias experiencias, gente que ha pensado, ha experimentado y llegado a conclusiones sobre la variedad de los procesos de la vida. Muchos de estos individuos podrían ser descritos con el término de eruditos, gente cuya experiencia abarca un número significativo de temas y áreas. En la cultura del mundo Occidental nombres como Da Vinci, Miguel Ángel, Galileo, Copérnico, Francis Bacon, Ibn Sina (Avicenna) y Omar Khayyam son ejemplos de gente con este enfoque sintetizador del conocimiento. La expectativa en lo que respecta a los sabios era que ellos poseyeran una visión expansiva. Una profunda conciencia de la ciencia, el arte, matemáticas, poesía, filosofía, medicina, y la espiritualidad era la norma de estas personas.

 

Uno de los íconos de nuestra época actual es el alto grado de especialización que ha tenido lugar en prácticamente todos los campos del conocimiento. Antes de crear el término “científico” a finales de los 80, las personas comprometidas con el estudio de la naturaleza y el universo físico eran llamadas filósofos naturales. La filosofía natural era el intento de describir y comprender los procesos de la naturaleza y del universo. Como esfuerzo filosófico no estaba enfocado en resultados prácticos. Sin embargo, la aplicación sí surgió del fermento de la observación y el análisis. Durante el siglo 19 la ciencia se volvió una profesión acompañada de las instituciones necesarias para sustentarla.

 

Actualmente, el momento de los eruditos ha pasado. Dado el alto grado de especialización, particularmente en la ciencia, se ha vuelto prácticamente imposible para una persona ser un experto en más de un campo de estudio. Incluso el proceso del descubrimiento científico requiere el esfuerzo de equipos de personas. Esta situación ha sido la fuente de admirables descubrimientos y un constante crecimiento exponencial en la base de nuestro conocimiento general. También es la fuente de significativos problemas. Mahatma Gandhi previó algunas de las consecuencias de esta tendencia en el comportamiento y los valores humanos. Es conocido lo que afirmó: “El experto sabe más y más, sobre menos y menos, hasta que sabe todo sobre nada”. Este pensamiento fue expresado en forma distinta por el filósofo Zen Shunryu Suzuki: “En la mente del principiante hay muchas posibilidades. En la mente del experto hay muy pocas”. En la carta del Maha Chohan en 1880 se describen los dos polos dominantes de la dirección del pensamiento humano como “materialismo brutal y superstición”. En esa época la ciencia guiaba el cambio hacia la visión materialista global. La tendencia predominante que ha dominado el campo científico durante los últimos trescientos  o cuatrocientos años ha sido llamado “materialismo reduccionista”. Y se denomina reduccionista por un par de razones:

1.- reduce el universo y el pensamiento sobre el universo al ámbito físico solamente, y

2.- basa sus análisis de ese universo en la comprensión de las partículas más pequeñas de la materia física, como unidades de todo lo demás. Estas pequeñas partículas fueron una vez pensadas como átomos, pero ahora se han reconocido como subatómicas. Esta línea de pensamiento y el necesario final al que estaban llevando a la humanidad eran claramente reconocidos cuando se fundó la Sociedad Teosófica, de hecho, fue una de las razones por las que se creó.

 

En la actualidad, la ciencia se ha convertido en la voz de la autoridad en prácticamente todas las cosas. El abismo entre la religión y la ciencia se ha ensanchado. Este predominio se ha logrado porque, a diferencia de lo que postulan muchas religiones, los postulados de la ciencia pueden y deben ser demostrados. Aunque el rango del descubrimiento científico y el desarrollo de tecnologías de amplio alcance es impresionante, todavía trata solo de la realidad física. No puede comentar sobre el mundo de los valores, la percepción interna, el amor, la intuición o la concienciación. Trata con el mundo del conocimiento, no de la sabiduría, sobre el cómo y no el porqué.

 

En la carta del Maha Chohan se trató el resultado predecible de una continuación en la siempre creciente tendencia ante la guía científica materialista. Él pregunta: “¿Cómo se refrena el instinto natural combativo del hombre de infringir como hasta ahora una crueldad insólita, y enormes tiranías, injusticias, y mucho más, si no es por la influencia contenedora de una fraternidad y la aplicación práctica de las doctrinas esotéricas del Buddha?” El claro mensaje fue la necesidad de una influencia espiritualizadora del mensaje teosófico para reaccionar de modo práctico sobre el… código moral. La teosofía y el movimiento que siguió a su reintroducción no se vio sólo como un sistema mejor de información, sino, como un agente activo capaz de formar valores, influenciar “las ideas de veracidad, pureza, auto negación, caridad, etc.” Hoy los conceptos de la Teosofía han entrado en la corriente principal del pensamiento de formas que sólo pocos habrían imaginado. Las ideas centrales de hermandad, unidad de toda vida, de la naturaleza multidimensional de la realidad, karma, reencarnación, son ideas familiares para la mayoría de las personas alrededor del mundo. Tradicionalmente, se las veía sólo como ideas metafísicas o filosóficas.

 

En las Cartas de los Mahatmas, el Maestro KH declara que “la ciencia moderna es nuestro mejor aliado”. Particularmente en el campo de la física cuántica, el lenguaje y pensamiento científico se están alineando con algunas de las enseñanzas esenciales de la teosofía. La eterna sabiduría está encontrando nuevos términos, esta vez científicos, para expresar sus profundas ideas. En el lenguaje de la física cuántica, la no localidad o entrelazamiento, la observación cuántica fundamental de que dos objetos separados en el espacio reaccionan uno sobre el otro, es una indicación científica del hecho de la Unidad o fraternidad. Nada está separado. La dualidad onda/partícula como un aspecto del concepto cuántico fundamental de complementariedad describe el “colapso” de ondas de posibilidades en las partículas. Desde la perspectiva de la conciencia, estas partículas se perciben como cosas, sucesos, gente o  vehículos de conciencia. En la terminología teosófica podríamos hablar de las “posibilidades” de Atma colapsando en una expresión de Buddhi, y del mismo modo de Manas a Kama, y así sucesivamente. La discontinuidad, que se observa en el fenómeno del ´salto cuántico´ de un electrón hacia un mayor o menor nivel energético, se repite en la experiencia interna de la percepción creativa, o iluminación.

 

Estamos en un periodo de convergencia, donde las antiguas “ideas radicales” encarnadas en la Teosofía encuentran mayor aceptación. Aunque el significado más profundo de estas ideas es en gran parte poco apreciado, se está desarrollando un lenguaje común para adentrarse en el anteriormente prohibido territorio de la conciencia. El trabajo necesario de difundir ideas, de preparar el terreno, no ha finalizado, pero se ha realizado de modo efectivo, como para que estos conceptos no solo echen raíces, sino para que también comiencen a florecer.

 

 

 

 

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