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El Teósofo - Órgano Oficial del Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 135 - Número 07 - Abril 2014 (en Castellano)

 
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Las muchas vidas de Siddhartha

 

Mary Anderson

Ex Vice Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica. Profusa conferencista en varios idiomas

 

 

SIDDHARTHA es el título de un relato de Herrmann Hesse, el escritor alemán.

 

Como la narración de Fausto, de Goethe, de la cual Jinarâjadâsa escribió una interpretación interesante, las historias de otros héroes de ficción, leyendas y cuentos para niños, como Parsifal y Pinocho, el relato de la vida de Siddhartha cubre tantos acontecimientos que parece la historia de muchas, numerosas encarnaciones.

 

Podríamos distinguir cuatro períodos de desarrollo en varias etapas de la vida de Siddhartha, aunque a veces se dice que en nuestra vida presente las experiencias de vidas pasadas se repiten en rápida sucesión antes de continuar en nuevos desarrollos. Estas cuatro etapas en la vida de Siddhartha podrían corresponder con las tres gunas: tamas (pasivo),  dos expresiones de rajas (activo): no mundano y mundano, y sattva (armónico).

 

Siddhartha comienza la vida bajo auspicios muy favorables. Nació en una familia braman. Podríamos recordar el pasaje en el Bhagavadgita:

 

… El que viene del Yoga nace en un hogar puro y bendecido. O puede nacer en una familia de Yogis sabios. …Allí él recobra las características que le pertenecían a su cuerpo anterior, y con estas él nuevamente trabaja en su perfección. VI. 41.42.43.

 

Porque Siddhartha es realmente un prodigio. Es un hijo obediente y respetuoso. Aprende los textos sagrados con facilidad. Realiza rituales y sacrificios perfectamente. Obedece y aprende en esta etapa. En un sentido es tamásico, siendo aún un niño. Pero algo falta. Él es inquieto. Rajas despierta en él. Se vuelve insatisfecho y crítico. ¿Es correcto realizar sacrificios a los dioses, que son sólo mortales? El sacrificio, ¿no debería ser a Atma únicamente? ¿Pero dónde está Atma? ¿No hay algún otro camino? Pero nadie lo sabe. ¿No es posible vivir las grandes verdades que se enseñan? El mundo celestial se dice que está cerca. ¿Pero cómo puede alguien entrar en él?

 

Cuando algunos sannyasis pasan por allí, complaciéndose en prácticas ascéticas, él decide que la vida errante y la práctica de austeridades es lo que él necesita. Su padre está horrorizado. Pero debido a la inteligencia de Siddhartha su padre finalmente no puede hacer otra cosa que ceder y Siddhartha sigue a los sannyasis, acompañado por su fiel amigo de la infancia, Govinda.

 

Aceptado por los sannyasis, come una vez por día, ayuna por quince días, por veintiocho días. Se tortura a sí mismo, aspira a matar el hambre y la sed, la sensación de dolor, de cansancio, etc. Al caminar por los pueblos, desprecia a los que llevan una vida mundana. Después aspira al vacío. Lucha por no tener deseos, sueños, alegría, pena. Desea destruir el yo.

 

Pero no halla la paz. Dice a su amigo y compañero, Govinda: “¿Qué es meditación? ¿Qué es ayunar? ¿Qué es retener el aliento? ¿Significa eso escapar del yo? ¿De la carencia de sentido de la vida? El borracho encuentra el mismo escape en la bebida. Entonces ya no es conciente del yo.”

 

Siddhartha siente que está más lejos que nunca de la Sabiduría, de la liberación. Y pregunta: “¿Estamos dando vueltas en círculos? El sannyasi jefe tiene quizás sesenta años y no ha hallado la liberación. Los sannyasis encuentran sólo atontamiento, ciertos trucos, pero no hallan el Sendero o los Senderos. … He consultado a los Brahmanes, a los Vedas. Podría también haber consultado a las aves o a los chimpancés.”

 

Él es como Fausto, que no encontró lo que estaba buscando en la erudición, en  el  conocimiento académico. Le dice a Govinda: “estoy empezando a pensar que la Sabiduría que busco no tiene mayor enemigo que el deseo de saber, el deseo de aprender.”

 

Cuando Siddhartha y Govinda habían estado tres años con los sannyasis, oyeron hablar de Buddha, que había alcanzado para esa época la iluminación y comenzó su misión. Así, los dos amigos decidieron dejar a los sannyasis e ir donde estaba Buddha. Cuando declararon su decisión al Mayor de los sannyasis, este se enojó mucho, lo cual nos muestra ¡qué poco los sannyasis mismos habían aprendido! Todavía estaban llenos de orgullo espiritual. Pero Siddhartha, a través de la fuerza de su voluntad, forzó al anciano a aceptar su decisión y a darles su bendición.

 

Govinda dijo a Siddhartha: “Tú has aprendido más de lo que yo he comprendido con los sannyasis. Pronto habrás aprendido a caminar sobre el agua.” Siddhartha contestó: “No quiero caminar sobre el agua. Deja que los viejos sannyasis estén contentos con esas cosas”, lo cual muestra su madurez.

 

Cuando los dos amigos llegaron al lugar donde Buddha estaba enseñando, Siddhartha lo reconoció de inmediato entre la multitud: “Le pareció que cualquier parte de cualquier dedo de Su mano (la de Buddha) era Su Enseñanza, y cada partícula de esa mano era y revelaba, respiraba, olía e irradiaba Verdad.”

 

Cuando escucharon a Buddha predicar, Govinda se entusiasmó y se convirtió en monje budista. Siddhartha era escéptico y finalmente abandonó a los monjes budistas, pero no sin tener una conversación con el Mismo Señor Buddha. Le dijo a Buddha que había encontrado que algo faltaba en su enseñanza, y que era cómo trascender el mundo y obtener la salvación. La doctrina sola no era suficiente para explicar la iluminación de Buddha. Buddha le advirtió de estar atento al matorral de opiniones, argumentación en palabras y demasiada intelectualidad.

 

Siddhartha entonces partió y así comenzó un nuevo período en su vida, en el cual rajas adoptó una forma más mundana. Él sintió que se había convertido en un hombre. No seguiría buscando o aceptando por más tiempo a ningún instructor. Aprendería a conocer por sí mismo. Comenzó a observar y a captar el bello mundo que lo rodeaba. Sintió que había considerado al mundo como una ilusión, pero ahora aprendería del libro de la vida. Se sintió muy solo, pero no podía dar marcha atrás. Tenía que avanzar.

 

Y así comenzó su vida rajásica propiamente dicha. Por el amor de una hermosa mujer aprendió cómo ganar dinero. Trabajó para un comerciante, que primero le preguntó qué había aprendido. Contestó que había aprendido a pensar, a esperar y a ayunar. Siddhartha podía escribir y leer, lo cual era útil para el comerciante, quién entonces lo instruyó en los negocios y le confió la escritura de contratos y cartas importantes.

 

Pero Siddhartha, aunque capaz y talentoso en formar buenas relaciones con los clientes, consideró todo esto como una clase de juego. Quería aprender las reglas del juego, pero no lo tomaba seriamente. Aun cuando el comerciante le dio una parte de las ganancias, él se mantuvo indiferente ante las pérdidas y se reía de eso. Amaba a la gente simple y mundana pero también las despreciaba. Se sentía superior a todos. La gente lo quería y se acercaba a él, pero él no se sentía cerca de nadie. Se sentía superior a todos.

 

A veces se daba cuenta que estaba jugando, aunque nunca olvidó a Buddha y la impresión que Buddha había hecho en él.

 

Gradualmente había cambiado. Se había hecho rico, y tenía una casa y sirvientes de su propiedad. Comía carne y bebía vino. Ansiaba excitación. Perdía en el juego sus posesiones y las volvía a ganar en la mesa de juego. Encontró la excitación que buscaba en la pérdida de las posesiones. Necesitaba el temor constante y el disgusto emocional de perder, del peligro. Sufrió todos los males del rico. Comenzó a despreciarse a sí mismo. Su vida era interiormente vacía. Jugaba el juego de Samsara, hasta que sintió que no podía continuar. Algo murió en él. Deseó morir.

 

Escapó. Dejó su magnificente casa, su hermoso jardín. Deambulando sin rumbo llegó a un río que antes había cruzado una vez. Débil por el cansancio, hambriento y desesperado, pensó en arrojarse al río. De repente, desde las profundidades oyó la sagrada sílaba OM y sintió que conocía a Brahman, se dio cuenta que la vida era indestructible. Se recostó y cayó en un sueño profundo, largo y sin ensueño.

 

Despertó de ese sueño y sintió como si hubieran pasado muchos años. Era una nueva persona. Se sentó y vio a un hombre, un monje, sentado frente a él, y gradualmente reconoció a su amigo de la infancia y compañero de muchos años, Govinda. Govinda no lo había reconocido, pero, al ver a un hombre dormir en un lugar peligroso, donde había serpientes, etc., había velado por él.

 

Cuando Siddhartha llamó a Govinda por su nombre, lo reconoció, pero no pudo entender por qué él tenía ropas tan finas. ¿Era un hombre rico? ¿Había perdido entonces sus riquezas? Siddhartha dijo que más bien eran sus riquezas las que lo habían perdido a él. Finalmente Govinda se fue.

 

Siddhartha comenzó a sentir hambre. Él había alardeado de ser capaz de pensar, esperar y ayunar. Estas habilidades habían sido su fortaleza. Pero ahora las había perdido a todas. Sin embargo, no sentía pesar, más bien se rió de sí mismo y sintió que se había vuelto un pequeño niño una vez más.

 

Se dio cuenta que había estado en este lugar antes de seguir una vida mundana treinta años antes, y reflexionó sobre estos años: tenía que volverse un tonto para encontrar a Atma, en sí mismo. Algo en él había muerto. Fue su pequeño ansioso orgullo del yo, contra el cual había luchado por muchos años sin éxito.

 

Cuando estuvo allí antes, conoció un sabio barquero que fue amable con él y que vivía en las proximidades. Por tanto fue adonde estaba el barquero, quién lo reconoció y finalmente lo aceptó como su ayudante. Pero primero escuchó la historia de Siddhartha, y era de los que podían escuchar. Finalmente dijo: “Es como pensé. El río te habló. Él es también tu amigo y te habla.”

 

Así, Siddhartha se quedó con el barquero y aprendió del río.

 

Podemos recordar el pasaje en Las Cartas de los Mahatmas que habla sobre los medios que conducen a la iluminación, que provienen del interior. Entre otras cosas está el consejo de observar “silencio por ciertos períodos de tiempo para permitirle a la naturaleza misma hablarle a aquel que se dirige a ella en busca de información.”

 

Y podemos recordar La Voz del Silencio, donde leemos:

 

Ayuda a la naturaleza y trabaja con ella, y la naturaleza te considerará como uno de sus creadores y te obedecerá (66) … Y abrirá ampliamente ante ti las puertas de sus recintos secretos, y pondrá de manifiesto ante tus ojos los tesoros ocultos en las profundidades mismas de su seno puro y virginal. No contaminados por la mano de la materia, muestra ella sus tesoros sólo al ojo del Espíritu, ojo que jamás se cierra, y para el cual no hay velo alguno en todos sus reinos. (67)

 

 Entonces ahora Siddhartha aprende finalmente de la naturaleza, del río, lo que él había fallado en aprender de la vida como un Brahman ortodoxo, como un asceta estricto y como un hombre del mundo. Al fin trasciende su yo, su orgullo. Aprende el arte de escuchar. El barquero reconoce que Siddhartha está listo para aprender lo que el río tiene para enseñarle.

Él dice:

 

He cruzado a muchas personas a través del río y para ellos mi río era solo un obstáculo en su viaje. Viajaban en busca de dinero y negocios, para casarse o en peregrinación, y el río estaba en su camino y el barquero estaba allí para hacerles pasar rápidamente ese obstáculo.

 

Para muy pocos de ellos el río cesó de ser un obstáculo, escucharon su voz, y para ellos el río se volvió sagrado.

 

Siddhartha le preguntó al barquero: “¿Has aprendido tú también ese secreto del río: que el tiempo no existe?” Él vio su propia vida en el río. Su vida como un niño, como un hombre, como un anciano, y sus previas encarnaciones y sus futuras encarnaciones no estaban separadas.

 

Llegaron algunas personas curiosas porque habían oído que dos sabios, o dos magos, o dos santos estaban allí. Preguntaron muchas cosas, pero no recibieron respuesta. No se encontraron con ningún hombre sabio, santo o mago, sino sólo con dos viejos amistosos.

 

Luego de algunos años el Señor Buddha estaba muriendo y muchos monjes, muchos seguidores de Buddha, cruzaron el río para rendirle su últimos respetos. Entre ellos estaba la mujer que había sido el gran amor de Siddhartha. Después de abandonar su vida mundana, ella se había convertido en una monja budista. Viajó con su hijo, que también era hijo de Siddhartha.

 

Se sentó para descansar cerca de la barca y, mientras estaba sentada, una serpiente venenosa la mordió. Siddhartha y el barquero la recogieron pero era demasiado tarde para ayudarle y murió, pero no antes que Siddhartha y ella se reconocieran mutuamente.

 

Por lo tanto, el hijo permaneció con Siddhartha. Y Siddhartha aún tuvo una lección final que aprender en esta vida. Tuvo que aprender a desprenderse. Tuvo que aprender vairagya.

 

Estaba excesivamente apegado a su hijo. Pero el niño era malcriado y desobediente. Estaba descontento con su destino. Extrañaba la vida mundana que había llevado y odiaba a su padre, cuya bondad sólo lo irritaba.

 

Finalmente el joven escapó, llevándose sus ahorros. Cruzó el río en la barca y destruyó el timón.

 

Siddhartha lo siguió adonde él sospechó que el niño se había ido de regreso a la ciudad. Pero al no encontrarlo y sentirse exhausto, se recostó y durmió, y allí lo encontró el barquero y lo llevó de vuelta al hogar.

 

La herida en su corazón sangró por un largo tiempo, pero lentamente reconoció lo que es la Sabiduría: una presteza del alma, una habilidad, un arte secreto de sentir la Unidad, respirar la unidad en plena Vida. No se resistió por más tiempo al destino. En ese momento el barquero lo dejó. Dijo que se iba al bosque, hacia la Unidad.

 

Mientras tanto, el amigo de la infancia de Siddhartha, Govinda, había oído de un viejo barquero, lleno de años y lleno de Sabiduría y decidió visitarlo, porque, aunque él era un hombre santo, su corazón estaba aún inquieto y seguía en la búsqueda. Govinda buscó el consejo de Siddhartha y este sólo pudo decirle “¿Quizás estás buscando demasiado? Buscar significa tener un objetivo, encontrar significa ser libre, ser abierto, no tener ningún objetivo. Quizás estas buscando tanto que no ves lo que está enfrente tuyo.” Realmente, él no reconoció a Siddhartha, quién se le reveló.

 

Govinda se quedó esa noche, y antes de partir a la mañana siguiente le preguntó a Siddhartha si tenía alguna enseñanza para impartirle. Siddhartha dijo que él siempre había desconfiado de instructores y de las enseñanzas. Aunque había tenido muchos maestros, incluyendo a su amada mujer, el comerciante para quien había trabajado, sus compañeros de juego de dados, y el mayor de todos, el río y el barquero. Él había descubierto que la Sabiduría no es algo que se pueda comunicar.

 

Había encontrado una idea: Lo que puede ser puesto en palabras es siempre parcial. De cada verdad el opuesto también es verdad. El pecador también es Brahman, es también Buddha. Todo es Brahman, es Buddha. Una gran sabiduría puede sonar como un disparate. Es el amor lo que importa.

 

Govinda no pudo entender. Le suplicó “Dame algo que me pueda servir”. Siddhartha le pidió que besara su frente. Govinda lo hizo. Y repentinamente tuvo una visión como la de Arjuna en el capítulo XI del Bhagavadgitá. Vio la vida entera, todas las criaturas no muriendo sino en constante transformación. Y Govinda conoció la Unidad de la Vida.

 

Por lo tanto vemos en la historia de Siddhartha muchas vidas en una: el niño brahman, el asceta, el hombre mundano, y finalmente el Sabio. Vemos a tamas, rajas y sattva. Vemos toda la evolución humana ilustrada en esa sola vida.

 

 

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