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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 135 - Número 03 - Diciembre 2013 (en Castellano)

 
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Liberar belleza

 

Radha Burnier

 

De acuerdo con la filosofía platónica, el alma del hombre existía en el mundo puro del ser, antes de que fuera atraída hacia este mundo de sombras, aquél  es un mundo de perfecta belleza, armonía y luz en el que no hay un devenir. Por consiguiente, aquí, en este mundo de sensaciones que es un mundo de sombras efímeras y simples imágenes, cuando el alma tiene ciertas experiencias, por ejemplo, cuando encuentra un objeto hermoso, es una reminiscencia de lo que conoció en el mundo invisible de perfección, lo cual ha olvidado por un tiempo.

 

De acuerdo al pensamiento hindú, también el Espíritu del hombre, su verdadero ser, es la base de todos los valores fundamentales. El hombre es en esencia divino, aunque pueda estar limitado por las vestiduras con las cuales se cubre y la misma naturaleza de lo divino es tomar la forma de la Verdad, la Bondad y la Belleza. Éstos son los atributos del ser perfecto, como también lo son la Bienaventuranza y la Conciencia pura.

 

Estos atributos divinos son siempre co-existentes. En el estado absoluto ninguno de estos atributos existe sin los otros. En realidad, son meramente aspectos o facetas de la divinidad, reflejos de la misma luz. Por consiguiente no es posible llegar a un conocimiento de belleza, verdad o bondad absoluto, a menos que la conciencia que conoce estos atributos esté en una condición más pura, no sujeta a tentaciones y variaciones superfluas. Y en ese estado de conocimiento o de ser, también se encuentra la Bienaventuranza, que es un regocijo del Espíritu, muy alejado del placer que sólo es su débil sombra.

 

La verdadera naturaleza del hombre, al ser divina, mientras esté en este mundo de percepciones sensoriales, está siempre impelida a buscar entre las sombras aquello que le recuerda una realidad que alguna parte profunda de él mismo ha conocido. Por lo tanto se dice en India que la percepción de la belleza, en cualquier medida en que pueda ser, es una convergencia de la pasada experiencia del alma.

 

Como la Belleza que es absoluta es siempre co-existente con la Bienaventuranza, es natural que en la mente de las personas el placer esté conectado con la belleza relativa que perciben en las formas, porque como se dijo antes, el placer es la contraparte grosera en el mundo de las sensaciones de un regocijo del Espíritu, que es Bienaventuranza.

 

Por lo tanto cuando el placer se obtiene de un objeto particular, o cuando la mente reconoce la posibilidad del placer en un objeto, puede parecer hermoso. Quien está enamorado de una mujer en la que reconoce una fuente de placer para él mismo y a la que desea poseer, encuentra todo tipo de belleza en ella, que no es visible para los demás. La misma mujer no le parecerá estar repleta de toda la belleza con la que previamente su mente la dotó, cuando por la saciedad cese de ser un objeto de gratificación.

 

Toda forma y objeto que sea aparentemente hermoso, si el sentimiento de belleza se funda en el placer de los sentidos y de la mente, antes o después pasa a perder su encanto. Aún la belleza derivada de los placeres más sutiles de los sentidos, libres del deseo de posesión, tales como la belleza que se siente al mirar un paisaje o al escuchar una pieza musical, desaparece después de un tiempo. Aquéllos que viven constantemente en un lugar muy hermoso, o cerca de algo hermoso, pronto no les emociona más como lo hacía antes, cuando el objeto por primera vez entró dentro de su visión y estimuló sus sentidos. Con frecuencia, por supuesto, sucede que un individuo piensa que él debería apreciar la belleza, y por consiguiente periódicamente dará expresión verbal a una belleza que realmente ya no le impresiona interiormente, porque él ha cesado de ser estimulado por ello. No nos estamos refiriendo a tales expresiones verbales, sino a la respuesta interior.

 

La naturaleza misma del placer y por lo tanto de la belleza que está asociada con el placer es aquélla que cansa y deja de gustar, o siempre está buscando mayor estimulación. Un crítico muy conocido, Eric Newton, declara que la prueba de la presencia e intensidad de la belleza es el placer causado por la gratificación del deseo de repetir la experiencia. En contradicción a esto, otro escritor renombrado, Jacques Maritain, dice que la percepción de la belleza produce regocijo “pero es el elevado deleite del espíritu, lo absolutamente contrario del placer, o la agradable cosquilla de la sensibilidad”.

 

Cuando la Belleza pura es tocada aunque sea por un instante, la conciencia está en un estado de liberación, por ese momento, de los impedimentos y limitaciones que normalmente la deforman y restringen. Y en ese periodo de liberación existe siempre el deleite del espíritu, porque tanto la belleza como el verdadero regocijo son coexistentes con la conciencia en su estado puro, como lo mencioné antes.

 

Esta experiencia de libertad y regocijo momentánea que acompaña a la percepción de la belleza, actúa como un estimulante en aquél que ha tenido la experiencia, y busca repetirla. No son sólo las formas groseras del placer, tales como el deseo de poseer físicamente objetos atractivos, lo que el hombre desea tener una y otra vez. Sino que él tiene una sed de experiencias que comienzan en el nivel más grosero y luego, a medida que va creciendo en evolución, requiere entretenimientos más sutiles.

 

Por tanto, hay personas que están ocupadas con lo que piensan es algo hermoso. Ellos quieren derivar de ello una continua satisfacción, buscan el placer de la estimulación, están tan completamente absortos en el deseo por la repetición de este tipo de experiencia y la excitación que brinda, como otros están concentrados en la estimulación que el conocimiento intelectual brinda.

 

El deseo por la repetición de la experiencia crea, por supuesto, un hábito y una adicción, aunque la experiencia que se busca repetir sea hermosa y elevada. La sed de experiencia de cualquier naturaleza es el verdadero obstáculo que impide la realización de la Belleza y Bienaventuranza divina, porque tironea a la mente en una permanente búsqueda, que modifica siempre a la conciencia.

 

Aún cuando no está el anhelo de repetir la misma experiencia, existe  la expectativa de una experiencia similar, basada en la memoria de lo que se conoció previamente. La mente está por tanto en una condición de inquietud. La conciencia se vuelve insensible y cesa de reflejar lo divino, al ser envuelta por la oscuridad de las cosas finitas.

 

“El que se abalanza sobre las bellezas inferiores, como si fueran realidades, cuando sólo son como imágenes hermosas que aparecen en el agua, sin duda, como en la fábula, al estirarse hacia la sombra, se ahogan en el lago y desaparecen”, dice Plotino.

 

La Belleza pura, la Belleza de lo Divino, no puede capturarse por desearla. Uno no puede ver la belleza porque está la intención de verla. No es la revelación de algo nuevo, sino la revelación de algo que existe siempre, que sucede cuando el que percibe de alguna manera participa de su naturaleza, es decir, cuando él mismo se libera de todas las impurezas que surgen en su ser a partir de las actividades de la mente nacidas del deseo. En palabras de Wordsworth:

 

Piensa en esta  suma poderosa

De cosas que siempre dicen

Que nada surgirá de sí mismo,

Aún así ¿debemos seguir buscando?  

 

Así, aprender a ver la Belleza en todo su esplendor no es sólo apreciar objetos bellos o cultivar un gusto por ciertas cosas. Algunos antiguos indos lo han descrito como el regocijo que nace con la cesación de la sed. “Existe una belleza que no ofrece estímulo… Uno contacta esa belleza, no a través del deseo, del querer, de tener anhelos por la experiencia, sino sólo cuando todos los deseos por las experiencias han llegado a un fin”, dice Krishnaji.

 

Esto no significa retirarnos del mundo y negarnos a mirar las maravillas de la creación: los árboles, los ríos, el cielo, los rostros de las personas, etc., todo lo cual expresa la Belleza Una, sino observarlos con una mirada diferente, “depurada de las brumas de los sentidos”.

 

“Debemos despertar y adoptar un ojo interno más puro, que todos los hombres poseen, pero que sólo pocos usan”.

 

Este ojo interno se abre sólo cuando hay un estado de mente que tiende hacia el objetivo humano más elevado, que es la libertad. Es un estado de mente en el cual las transformaciones causadas por los apegos llegan a su fin, cuando no hay dependencia de algo externo y las limitaciones causadas por el sentido del tiempo, del espacio, del nombre y de la forma, se rompen en pedazos. Estas limitaciones existen porque hay apego a objetos y formas particulares, a su memoria y al deseo por más placer. Cuando el alma o el espíritu se libera de estas limitaciones, entonces adopta su propia y verdadera forma, que es la forma de la más pura conciencia, que brilla por sí misma con belleza y refleja lo divino. Por consiguiente, uno de los más grandes escritores indos sobre el tema de la Belleza ha dicho que el que quiera verla debe tener un corazón que, al estar libre de impurezas, brille con claridad. A menos que el corazón esté limpio como el cristal y sea delicado y sensible como el capullo de una flor, no será capaz de vibrar en armonía con la vida, de trascender la limitación de la existencia separada.

 

Miguel Ángel dijo: “La Belleza es la purgación de las superfluidades”. Él probablemente se refería al trabajo de un escultor que hace surgir la belleza a partir de una piedra al retirar lo innecesario. Pero la cita se aplica más acertadamente a lo que tiene lugar dentro de cada individuo. La belleza no es ni objetiva ni subjetiva, porque está en todos lados, esperando ser descubierta. La percepción llega cuando cualquier individuo se mira a sí mismo como un escultor mira la piedra sobre la cual va a liberar una belleza invisible, y entonces procede a quitar lo que es superfluo, cortando y puliendo hasta que asume una Belleza nunca vista hasta ahora.

 

Cuando no hay belleza interior tampoco la hay en lo exterior, sólo puede haber una apariencia de belleza. Pero si a través de la recta percepción y conocimiento uno comienza a liberar el alma o el Ser de la sórdida prisión construida por un aumento de los deseos del cuerpo y de los sentidos, entonces hay una percepción cada vez mayor de la Belleza inmortal. Y con cada percepción, hay una claridad en aumento, porque aún una momentánea visión de lo Real es como una ablución purificadora. Por lo tanto en el proceso de liberar la Belleza, la Belleza se convierte en el Liberador.

 

“El hombre miserable no es el que descuida la búsqueda de bellos colores y hermosas formas corporales, quien es privado de poder y cae de la dominación y el imperio, sino sólo el que es destituido de esta posesión divina, por la cual debe renunciar y olvidar la amplia dominación de la tierra y el mar y el aún más extendido imperio de los cielos, si despreciando y dejando éstos bien atrás, intentamos siempre arribar a la felicidad substancial por medio de la contemplación de la Belleza misma.”

                                                                                                                      Plotino.

 

 

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Los Aspectos principales de la Belleza son la Luz y la Proporción. El Cristo en ti es ambos: la Luz, y la Sabiduría de Dios. Entonces vives Bellamente cuando esta Luz circula a través de tus Pensamientos, Sentimientos, Acciones, brillando en todo y haciendo a todas las cosas proporcionales a sí misma.

                                                                                     Meter Sterry

 

 

 

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