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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 135 - Número 01 - Octubre 2013 (en Castellano)

 
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La luz de los pensamientos budistas

 

BINAY KRISHNA

Es miembro de la Sección Inda, y vive en Patna

 

 

Este es un artículo explicativo de las enseñanzas de Buddha. Estas enseñanzas de Buddha Sâkyamuni son una importante herencia de la humanidad, que ayuda a las necesidades humanas. Cuando examinamos las tradiciones espirituales existentes en el mundo, todos estamos de acuerdo respecto a la importancia de la práctica ética. Incluso el antiguo Indo Charvaka, nihilista que negaba cualquier tipo de vida después de la muerte, afirmó en ese entonces que dado que esta es nuestra única vida, es vital dirigirla moralmente disciplinando nuestra mente. El famoso científico Erwin Schroledinger, que fue quien dio origen a la mecánica ondulatoria (que luego condujo a la Mecánica Quántica) hizo una afirmación interesante: “Considero la ciencia como una parte interesante del esfuerzo humano para comprender la gran pregunta filosófica que abarca todas las demás: ¿QUIÉNES SOMOS NOSOTROS?”

 La Naturaleza funciona de acuerdo a leyes que los científicos han descubierto a partir de sus observaciones, experimentos y de su razonamiento. Desafortunadamente, la ciencia se ha desconectado de la búsqueda filosófica y religiosa del hombre y a menudo se la considera como antagónica a tal búsqueda. Se le da mucha importancia a comprender el mundo externo a nuestro alrededor, pero existe una total negligencia de las funciones y consciencia del hombre. 

Puede ser aconsejable explorar algunos aspectos generales de los experimentos psicológicos occidentales. Pavlov, en el transcurso de los experimentos con su perro, descubrió que después del proceso de hacer sonar la campana mientras lo alimentaba con su bizcocho preferido, el perro salivaba. El proceso se repitió varias veces. Más tarde descubrió que aunque no le diera el bizcocho, si la campana sonaba, el perro igual salivaba. A esto él lo llamó “reflejo condicionado”. Se produce una manifestación psicológica interna a partir de condiciones puramente físicas.  

Freud, por medio de su psicoanálisis, conectaba todo comportamiento con la libido sexual que era un poco más profunda que la teoría del “reflejo condicionado” de Pavlov. Puede ser interesante notar que Carl Jung, el famoso psicólogo clínico, descubrió que en el transcurso de su práctica las personas que se dedicaban a actividades filantrópicas no tenían ningún problema psicológico. Las personas auto-centradas sí los tenían y requerían de su ayuda. La psicología occidental no tiene mucho que decir de las causas de las aflicciones mentales en los seres humanos.

 La primera verdad cardinal del Buddha es que el mundo está lleno de sufrimiento. Al diagnosticar la enfermad, Tathagata muestra un camino de salida basado en su propio conocimiento y percepción de la psicología verdaderamente humana. Cuando la civilización llega a un periodo de problemas como en el que estamos ahora, los individuos reflexivos se dirigen desde el mundo externo del caos político y social al mundo interno de la psique. Dejemos que los principios básicos sean examinados desde la percepción hacia una nueva forma de vida por medio de la cual la civilización puede encontrar una renovación. Requiere una dimensión espiritual diferente.

El problema básico que confronta un hombre reflexivo, no es qué es el mundo, sino “quién soy yo”. Con mis ojos veo formas, escucho sonidos con mis oídos, tocamos objetos, etc. Pero incluso con la destrucción de estos órganos, permanecemos. ¿Quién es este “yo”? ¿Quién soy “yo”? Los cinco órganos de los sentidos trasmiten esto que no tiene nada que ver con el verdadero “Yo”. El pensar se puede agregar como la sexta actividad sensorial que se ve afectada por los cinco sentidos externos y su relación casual a otro, que resulta en el fenómeno del mundo externo. El órgano del pensamiento tiene para su objetivo espacio infinito. Reconocemos el espacio por el mero pensamiento cuando los cinco sentidos externos están en reposo.

Sin embargo, es posible eliminar el espacio de nuestro pensamiento en profunda concentración sobre el pensamiento. Esto conduce a una comprensión directa de que el espacio no tiene una realidad objetiva y no tiene nada que ver con mi verdadero “Yo”. Incluso si el espacio se reduce al tamaño del pulgar, el “Yo” permanece.

No es difícil ver que nuestro organismo corpóreo es el aparato por medio del cual vemos, oímos, olemos, tocamos y pensamos o conocemos el mundo externo. Decir “veo”, “oigo” o “pienso” es tan erróneo como si el conductor de una máquina a vapor dijera: “Estoy largando vapor”.

Es con el deseo que estamos conectados con nuestro aparato cognoscitivo: queremos un organismo y queremos usarlo. El Señor Buddha dice que los componentes más esenciales o atributos y mi verdadero yo no están en modo alguno tocados por todos estos, y por lo tanto están más allá del conocimiento. 

La pregunta es cómo es que llegamos a tener lo que deseamos, poseyéndolo. Repetimos este proceso de épocas inmemoriales y lo repetiremos perpetuamente. Nadamos en un “inmenso mar de impermanencia.” En el momento de la muerte, cuando estoy obligado a renunciar a mi aparato cognoscitivo, me aferro a nuevos embriones que están en armonía con mi tanhâ más íntimo.  

Sea lo que sea que experimentemos continuamente, cambia en algo diferente. Este es el otro atributo del mar de impermanencia: no hay sensación de dicha que no se convierta en sensación de aflicción. Tanhâ, que ansía el placer sensual, reina en nosotros. No obtener lo que deseamos es sufrimiento. Todo el deseo dentro de nosotros tiene como objetivo un placer sensual, pero todos son transitorios. 

El otro aspecto del placer sensual mundanal es que el sufrimiento surge del tanhâ obstruido, de las ansias. El sufrimiento cesa con el abandono de tanhâ. Al no tener deseos, una paz sin límites desciende sobre nosotros dado que los deseos ya no nos perturban más. También ve que esa ansiedad es otra causa de sufrimiento. La máxima riqueza se puede obtener o alcanzar temporalmente. 

Piensen en un joven que se lo coloca en un palacio encantado. El joven se maravillará de la belleza del palacio sin ver a través de las ilusiones. Le gustará el mundo como se le presenta a primera vista. Tanhâ o ansia surgirá, que luego sella su destino. En la ruptura del aparato cognoscitivo en el momento de la muerte, se pondrá a sí mismo en manos del mundo innumerables veces.

Al principio, incluso meditar en un lugar recluido se hace imposible al ser perturbados por pensamientos extraños que se agitan dentro de nosotros. Pero para superar esta distracción, es importante que repitamos el intento y no cedamos a ellos. Llegamos a darnos cuenta gradualmente, a medida que la actividad cognoscitiva se vuelve más pura, que el pensamiento es más libre y más independiente hasta que uno permanece durante horas en pacífica contemplación.

 Es por esto que debemos convertirnos en hombres rectos, es decir, hombres que no cedemos a una burda manifestación de “ansias”. Primero debemos alcanzar pureza moral. El segundo paso es distraernos de lo mundanal por un esfuerzo moral. Esto puede no resultar en pobreza externa: es cuestión de pobreza interna. Gradualmente usa recursos y su facultad, no para su propio interés sino por sus semejantes: él es un brahmán, un asceta, un monje (Dha. X 142). Buddha llama a esta condición, el estado de entrega de la mente. Afirma que esos hombres, aunque todavía sobre la tierra, viven con desapego voluntario con pureza total, y con amistad ilimitada hacia todas las criaturas vivientes, viven “una vida celestial sobre la tierra”.

 El peregrino en el sendero de la vida, por una actividad cognitiva pura, totalmente sordo y ciego al mundo externo, al culminar en profunda contemplación puede disfrutar una percepción exclusiva del espacio vacío infinito. Después de su muerte renacerá en una esfera en la que disfruta la majestuosa paz supra-mundana del vacío y no enfrenta la muerte durante millones de años. Pero esto tampoco es el pináculo. También esto es transitorio, por lo tanto produce aflicción.

 Buddha llama a un adepto (el Consumado) el totalmente extinguido. Él dio el símil que uno se extingue en la muerte como lo hace una lámpara. Quemar y extinguir son meros procesos que se refieren al atributo de la lámpara, es decir al aceite, el pabilo, y la avidez con la que la llama consume el aceite. Lo que subyace bajo la manifestación de los cinco sentidos es una “X incomprensible” en la que surge Tanhâ, la sed de usar el combustible. Buddha enseña claramente que lo que se extingue en nosotros es la llama de la avidez, el odio y la desilusión. Él dice: “Lo que veo como que se origina y se extingue es algo diferente a mí. Si fuera lo mismo, también podría dejar de ser. Todos los componentes de la personalidad no pueden ser mi verdadero Yo.” Schoenhaur dice: “Ciertamente, la esencia incognoscible es sumamente sublime y majestuosa: en ella no hay surgimiento o muerte.” Desde este punto de vista no es Él quien se extingue, sino el mundo. Para nosotros el proceso es sólo a la inversa. Es un estado en el que existe libertad de cualquier movimiento, silencio profundo, gran quietud, absoluta tranquilidad, es decir la gran PAZ. La armonía absoluta reina en esta esfera de Nibbâna y la benevolencia ilimitada.

 

OM, ¡AMITÂYA! No midas con palabras lo inmensurable, ni hundas la cuerda del pensamiento en lo insondable.

Quien pregunta yerra, quien responde, yerra. ¡No digas nada!

La Luz de Asia

 

 

 

 

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