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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 134 - Número 12 -  Septiembre 2013 (en Castellano)


 

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Dos  senderos

 

MARY ANDERSON

Ex Vice-Presidente internacional de la Sociedad Teosófica.

Ha dictado numerosas conferencias en varios idiomas.

 

 

Uno podría decir que hay dos caminos para una vida espiritual. Podríamos hablar del sendero del ocultista y del místico. Ambos son dignos de considerar. 

Pero, ¿qué significa una vida espiritual? ¿Y, cuán diferente es a la vida que nosotros y la mayoría de las personas estamos llevando, una vida mundana en general; y quiénes somos nosotros que llevamos una vida tal, al menos en general? 

Entonces, ¿quiénes somos nosotros en realidad? Miremos la materia desde el punto de vista de nuestras enseñanzas teosóficas, respecto a la constitución de un ser humano.

 Una manera de considerar al ser humano, es que existe en tres niveles: el nivel del cuerpo físico, el de nuestros pensamientos y sentimientos, y el del Espíritu, en cuyo nivel no somos conscientes, aunque puede que tengamos ciertos indicios que nos recuerden que este es nuestro verdadero ser.

 Podríamos decir que el ocultista comienza desde donde estamos ahora, es decir, a nivel del cuerpo y de nuestra consciencia actual, mientras que el místico se esfuerza por comenzar desde el nivel del espíritu, lo que parece mucho más difícil, porque a nivel del espíritu somos en su mayor parte inconscientes, dado que nuestra consciencia está principalmente a nivel de nuestros pensamientos y sentimientos. Pero ambas propuestas son necesarias en alguna medida. 

El ocultista se concentra en purificar y perfeccionar la naturaleza inferior. El peligro para el ocultista es que la naturaleza inferior debe ser purificada sólo para dejarla atrás, para abandonarla. Por ejemplo, el ocultista cultiva virtudes. Todo esto está muy bien. Ciertamente, algunas veces se sugieren diferentes virtudes, pero solo se sugieren, para la meditación y su práctica; por ejemplo, simpatía, armonía, compasión, humildad, verdad, valor, equilibrio, constancia, pureza, devoción, amor, rectitud y alegría. Esta lista puede que no sea  exhaustiva ni completa.

 Si meditamos sobre estas virtudes y las practicamos, una a la vez, y quizás pasamos más tiempo en las que nos atraen, nos arriesgamos a olvidar las otras. Algunas de estas virtudes requieren y fomentan la fortaleza y poder de voluntad, tales como el valor, la constancia y la pureza. Otras acentúan la bondad y el amor, como la simpatía, la armonía, la compasión, la devoción, y el mismo amor. Otras se inclinan en la dirección de la sabiduría, como la verdad y la rectitud. Así, tenemos los tres aspectos de voluntad, amor y sabiduría, que son enunciados en A los Pies del Maestro,  y que representan los requisitos para el sendero espiritual.

 Pero quizás, si seguimos este método, es decir, el de cultivar virtudes, no deberíamos acentuar un conjunto de virtudes más que otras. Porque un peligro es el desequilibrio, dado que tratar de fomentar el amor con exclusión de la sabiduría y la voluntad, de modo que, tal vez mimamos a un niño o somos demasiado indulgentes en casos donde se requiere una mano firme, y que ciertamente es lo que la otra persona necesita. Si enfatizamos la voluntad o lo que consideramos que es sabiduría, a expensas del amor, nos volveremos insensibles y realmente indiferentes a los sentimientos y al sufrimiento de los demás. Afortunadamente, hay tres virtudes que deberíamos mantener, por así decirlo, en marcha: equilibrio, alegría y humildad.

 Equilibrio significa ecuanimidad, sin acentuar, como mencioné, lo que consideramos que es el amor a expensas de la voluntad y de la sabiduría,  o lo que consideramos voluntad, a expensas del amor y de la sabiduría, o lo que consideramos sabiduría, a expensas del amor y de la voluntad. Las palabras ‘lo que consideramos que es’, son importantes. Recordemos que nuestra consciencia está a un nivel superficial y así veremos voluntad, sabiduría y amor como cualidades separadas, mientras que a nivel de la perfección, ellas son UNA o son aspectos de El UNO, son facetas del diamante de la virtud, de la perfección en sí misma. Así, el equilibrio nos impediría acentuar una virtud más que otra. Ciertamente, esto es sentido común, lo que Mme. Blavatsky, quizás en broma, declaró que era el primer requisito para una vida espiritual.

 La alegría es otra protección. Puede impedir que nos desalentemos si nos inclinamos a pensar que estamos fracasando o que no estamos progresando.  La alegría implica sentido del humor. A este respecto el Budismo Zen tiene mucho que enseñarnos. El humor es algo que corrige el equilibrio cuando tendemos a tomar las cosas y sobre todo, a tomarnos a nosotros mismos, demasiado en serio. Se dice que Mme. Blavatsky manifestó que el sentido del humor es el segundo requisito más importante. Deberíamos poder relajarnos y reír, también y sobre todo de nosotros mismos, sin tomarnos demasiado en serio.

 Entonces, aquí se requiere humildad. Humildad no significa que digamos, ‘soy un pobre pecador’, lo que puede ser una forma de orgullo, lo opuesto a la humildad, porque el orgullo se basa en hacer énfasis en uno mismo, ya sea que nos veamos especialmente buenos o especialmente malos. Se ha dicho que no existe tal cosa como complejo de inferioridad, esto es, considerarse a sí mismo inferior. El así llamado complejo de inferioridad es realmente un complejo de superioridad, significa que nos consideramos importantes. La humildad yace en olvidarse de uno mismo, sin considerarse interesante e importante y tampoco falto de interés e insignificante, sino en no pensar en uno mismo de ninguna manera, olvidándose de sí mismo, no a propósito sino naturalmente. Y este olvido de sí mismo es el objetivo total del ejercicio.

 Entonces ¿por qué practicar todas estas virtudes? Quizás porque al hacerlo nos examinamos bajo su luz y comenzamos a conocernos mejor, no solamente nuestras fortalezas sino también nuestras debilidades, y podemos comenzar a percibirlas objetivamente. Lo que sabemos, aquello de lo que somos conscientes, deberíamos ser capaces de dejarlo atrás, de trascenderlo.

 El conocimiento de sí mismo fue enfatizado en las palabras que hay a la entrada del templo en Delfos: ‘Hombre, conócete a ti mismo…y conocerás…todo’. Pero ¿qué significa ‘a ti mismo’? ¿Y cuál es la conexión entre conocerse a sí mismo y conocer todo?

 El ser humano es el microcosmo del macrocosmo. Él es un pequeño universo, que sigue el mismo patrón que el cosmos: Su naturaleza externa es físicamente material, también pertenece al mundo de la forma, y mental-emocionalmente material (aludiendo a la materia más fina que la física pero todavía en el mundo de la forma), como lo es la naturaleza del cosmos. Y su naturaleza interna, su verdadera naturaleza, es espiritual y pertenece al mundo sin forma, como la naturaleza interna del cosmos. Así, conociéndose a sí mismo, el hombre conocerá el cosmos. El yo que deberíamos conocer no es solamente el yo espiritual, sino también nuestra naturaleza consciente actual, porque el hombre es, como mencioné, el microcosmo del macrocosmo. Así, el conocimiento de sí mismo puede que signifique conciencia de nuestra naturaleza externa de cada día, pero también del yo espiritual, fusionándose en la consciencia de eso que es el YO de todo. En este nivel conciencia significa unidad, conocer es ser. 

Es aquí, en la verdadera naturaleza espiritual del hombre, que el místico inicia su jornada espiritual. No debemos suponer que alguno de nosotros puede entrar en ‘el gozo de (nuestro) Señor’ (Mateo, 25:21,23). Tienen que cumplirse ciertas condiciones, sea que se cumplan de una manera lógica, científica, como en el caso del ocultista, a través del lento desarrollo de virtudes, con las reservas necesarias como lo mencioné, es decir, sin la exaltación del ego sino de una manera tal que conduzca al olvido de sí mismo, al altruismo y al desapego, es decir, que se alcancen aparentemente, pero solo aparentemente, de forma rápida. En la tradición Budista Zen, que habla de la iluminación repentina, nosotros sin embargo escuchamos que esta es posible solamente después ‘de una larga madurez en el seno del Dharma’.

 Una vez que se logra el desapego, ‘Todo se realiza y se hace el trabajo’. No es fácil, aún para el místico, aunque el suyo es el sendero espiritual espontáneo, el sendero del amor, que se dice es el más seguro, el más fácil y el más breve. También tiene que purificarse. ‘Sé limpio de corazón antes de emprender el viaje’ (La Voz del Silencio, 111).

 Místicos verdaderos han hablado del sendero místico, que consiste de etapas de alegría e inspiración, alternando con etapas de abatimiento y lucha. Así es siempre la vida: una alternancia de día y noche, verano e invierno, felicidad y dolor, llamada por Mme. Blavatsky ‘periodicidad’. Este sendero desde un opuesto al otro se resume en la tradición cristiana como:

1. Despertamiento o transformación

2. Conocimiento de sí mismo o purgación

3. Iluminación

4. La noche oscura del alma (renunciación)

5. Unión

A lo que puede agregarse

6. El regreso del peregrino, el Bodhisattva

Consideremos estas etapas:

1. Despertamiento o transformación: Despertar significa que hemos estado dormidos o inconscientes, y repentinamente despertamos; estamos conscientes que sabemos, como le dijo Hamlet a Horacio que: ’Hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sospecha tu filosofía’, la filosofía del así llamado hombre sensato, como el criado de Fausto, Wagner, en la obra de Goethe, quien dijo: ‘Lo que se anota en negro sobre blanco puede llevarse tranquilamente a casa’. Significa dejar ‘el aprendizaje de la cabeza’, ‘la doctrina del ojo’ atrás y adoptar ‘la doctrina del corazón’, ‘la sabiduría del alma’.

 En esta etapa abre sus puertas para el místico todo un nuevo mundo, hasta aquí insospechado. Así, esta etapa es un despertamiento del sueño del espíritu hasta aquí envuelto y sofocado por la materia y el materialismo. Es también una transformación, un giro de 180 grados, un cambio completo de dirección. Como dijo Krishnamurti: “Usted ha estado viajando hacia el sur y repentinamente comienza a viajar hacia el norte”. O como en la caverna de Platón, los prisioneros son liberados, pueden voltearse, ver el mundo real, y dejar de ver el mundo de las sombras.

 Esto no es lo que en la actualidad, a menudo se le llama ‘transfiguración’, que a menudo significa un viaje sensacional del ego a nivel emocional inducido por algún evangelizador, algún predicador carismático o algún gurú sensacional que practica trucos psíquicos. Sino que es un espontáneo florecimiento que surge desde dentro, desde lo superior en nosotros, y no inducido desde afuera y que nos afecta a nivel emocional.

 2. Luego sigue el conocimiento de sí mismo o purgación. El conocimiento de sí mismo puede ser una experiencia devastadora, pero devastadora solo para el pequeño ‘yo’. A la luz de la visión de la perfección divina, nosotros somos como Arjuna, cuando el Señor Krishna, representando al Señor del Universo, se muestra en su terrible esplendor al mortal Arjuna. Esta devastación en sí misma conduce al conocimiento de sí mismo, significando conocimiento del abismo entre esa abrumadora perfección y nuestra propia imperfección y así conduce a la purgación, un intento espontáneo de limpiar nuestro yo consciente para abordar ese esplendor, porque es solamente dejando nuestro mundo y entrando a ese otro mundo ‘como el discípulo al maestro, sin condiciones’ que podemos hacerlo. Ninguna causa queda sin su efecto y ningún esfuerzo sin su resultado. Y sigue la próxima etapa:

3. Iluminación: Este es nuevamente un estado de felicidad. Se dice que muchos místicos nunca llegan más allá de esta etapa y que muchos artistas han compartido este estado que no es una verdadera unión con lo superior sino, un sentimiento de la presencia divina. 

Conforme al principio de periodicidad, continúa: 

4. La Noche Oscura del Alma: La más terrible de las experiencias del camino místico, la purificación final y completa, la muerte mística. Habiéndose iluminado a la luz de la presencia divina, el alma ahora sufre bajo la ausencia divina. El instinto humano de felicidad personal debe destruirse. Esta es la ‘crucifixión espiritual’. El yo entonces se rinde completamente. Esta etapa es conocida en lenguaje teosófico como avichi, completa separación de todo, lo contrario de Nirvâna, completa unidad con todo.  Así el místico llega a conocer el sufrimiento de aquellos que se aíslan y quienes experimentan lo que se llama ‘infierno’.

Sigue allí la etapa de

 5. Unión: Aquí la vida absoluta no solamente es percibida y disfrutada por el yo como iluminación sino que el yo es UNO con ella, realmente es UNO CON TODO. Evelyn Underhill declara que:

 ‘El misticismo oriental insiste en una etapa más…(como siendo) la verdadera meta de la vida espiritual. Esta es la destrucción total o reabsorción del alma individual en lo Infinito’.

La tradición sufí expone: 

‘¡Oh, permite que no exista! Porque la No-Existencia proclama a todas voces: ‘A Él regresaremos’. (Jalalu d’Din)

 Este no es el final sino el comienzo de la vida sufí.

 En la tradición Budista se dice: ‘La gota se sumerge en el radiante océano’. Entonces, ¿el individuo cesa de existir? ¿O sigue la interpretación mitológica de un individuo: no dividido, que ya no está separado de los demás? Otra versión habla de la gota de rocío que llega a ser el radiante océano. Cuál versión es la correcta, puede ser una pregunta irrelevante a la que no se puede dar una respuesta en palabras, en nuestro actual nivel de comprensión.

 La tradición Budista Zen, por ejemplo, agrega una nueva etapa, que podríamos llamar:

 6. El regreso del Peregrino o el Bodhisattva. Esto se ilustra en las ‘Pinturas del Cuidador de Bueyes’, que relata la historia de un cuidador de bueyes. Hay varias versiones pero la historia dice así: 

El cuidador de bueyes había perdido su buey. Entonces ve huellas de cascos, ve el buey, atrapa el animal, lo domestica. Luego monta el buey, tocando su flauta. Ellos han llegado a ser uno.

 ¿Qué representa el buey? Quizás a manas, la mente, que se escapa de nosotros y que tiene que ser atrapada, domesticada y transformada desde kama-manas a Buddhi-Manas. Pero en el cuadro final el cuidador de bueyes, quien se había alejado montado sobre el buey, reaparece y ‘entra en el mercado para enseñar a pescadores y prostitutas el camino del Buddha’. Así se convierte en maestro, en un salvador. Es un Bodhisattva o un Avatâra. No vive para sí mismo sino para el mundo’. Puede convertirse en un gran rey, como el Rey Râma, o un gran maestro, como el Señor Buddha, o puede trabajar en el anonimato:

 

‘¡Ah! En cuanto llegues a ser como la pura nieve de los valles de las montañas, fría e insensible con relación al tacto, cálida y protectora para la semilla que duerme profundamente bajo su seno…ésta es aquella nieve que ha de recibir la helada mordicante, las rachas del norte, protegiendo así de sus afilados y crueles dientes la tierra que guarda la esperada cosecha, la cosecha que alimentará al hambriento. Condenado por ti mismo a vivir durante los venideros Kalpas, inadvertido para el hombre y sin que te lo agradezcan; incrustado a guisa de piedra entre las otras innumerables piedras que forman el “Muro protector”, tal es tu porvenir”. (La Voz del Silencio, 292-3)

 

Esto puede parecernos un futuro deprimente, pero para el UNO es simplemente lo correcto, lo único que tiene que hacerse. Quizás es la culminación del sendero del místico.

 

 

 

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