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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 134 - Número 10 -  Julio 2013 (en Castellano)

 
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La esclavitud está en la mente

 

RADHA BURNIER

 

Hay una conocida frase en los Upanishads que afirma que la mente es la única causa de la esclavitud y de la liberación del hombre. La mayoría de las personas creen que están esclavizados por las circunstancias y actúan como si fueran sus víctimas, porque no comprenden las fuerzas y condiciones que existen a su alrededor. El hombre primitivo, que observaba el rayo y el trueno, la desaparición del sol poniente y el descenso de la oscuridad sobre la tierra, y varios otros fenómenos, sentía que todo eran amenazas y que tenía que aplacar a los dioses, recurrir a médicos brujos, aprender encantamientos, erigir palos de tótem y hacer todo tipo de cosas para alejar el mal que pensaba que podía caerle encima. Los mismos fenómenos, vistos por el hombre moderno, no generan temor en él, porque el conocimiento le ha hecho entender las leyes y fuerzas que funcionan detrás de los fenómenos.

Existe una red de fuerzas en la naturaleza que crea las condiciones en las que vive la gente. Incluye las fuerzas de la gravedad, la electricidad y el magnetismo. El hombre que conoce cómo funcionan estas fuerzas es capaz de predecir las condiciones en que se crearán. Puede controlar las circunstancias de su entorno alterando y regulando estas fuerzas. El conocimiento le permite cambiar las condiciones y no considerarse una víctima de esas condiciones.

Esta es la postura del hombre ahora en relación con esa parte del mundo fenoménico que él comprende.

Los vuelos a la luna y la comunicación a través de satélites con partes distantes de la tierra, son formas de conquistar el medio ambiente. Pero el conocimiento del hombre incluso ahora pertenece a un campo muy limitado. Los hombres brillantes que pueden manipular la naturaleza y contrarrestar las fuerzas de la gravedad, etc., son también víctimas de las circunstancias en el campo psicológico. La ignorancia les da miedo e inseguridad y les esclaviza con las fuerzas psicológicas, igual que le pasaba al hombre primitivo con las fuerzas físicas.

En el campo psicológico también las fuerzas crean las condiciones, y aquel que quiera ser libre y no tener temores deberá entender las leyes que están actuando. Una de esas tres grandes verdades proclamadas en El Idilio del Loto Blanco afirma:

Cada hombre es su propio y absoluto dispensador de la ley, el dispensador de gloria o dolor para sí mismo, el creador de su vida, su recompensa, su castigo.

En otras palabras, cada hombre crea las condiciones de su alrededor, su karma. La esclavitud no es más que la cárcel construida por las fuerzas kármicas que cada uno libera. Se dice que la esclavitud está en el ciclo de nacimientos y muertes, en la compulsión para sufrir. Existen distintas maneras de decir lo mismo.

La mayoría de las personas cree poder escapar a las consecuencias de sus actos, tanto mentales como físicos. Algunos reconocen teóricamente que no es posible escapar a las consecuencias de las fuerzas que liberamos. Pero realmente no lo creen, si creyeran en el karma, serían extremadamente cuidadosos con todo cuanto hacen, piensan y sienten, y en sus relaciones con la gente, etc. La debilidad de su creencia resulta evidente por la negligencia de su conducta.

Es posible escapar a las consecuencias de nuestros actos en el mundo físico durante una vida determinada. En caso de que alguien cometa un robo, pueden atraparle inmediatamente o pueden pasar varios años sin que le descubran. Incluso puede que no le atrapen en toda su vida. Pero las consecuencias no pueden evitarse indefinidamente, porque aunque los molinos de Dios muelen lentamente, también muelen finísimo. Sin embargo, lo que es más grave no es el descubrimiento del robo o ser encarcelado, sino el hecho de que hay una consecuencia inmediata en el campo psicológico.

Quien engaña a otro y cree que puede salirse con la suya se engaña gravemente. Mucha gente encubre hechos o los falsifica relacionándolos con los demás, fingiendo ser distintos a lo que son, etc. Es frecuente mostrar una cara distinta según las circunstancias. Todo esto ocurre porque en el trasfondo de la mente está la sensación de que uno puede escapar. Pero realmente hay un efecto inmediato posterior a cualquier acto. Cuando se comete un acto fraudulento, eso da origen a cierto impulso en la psique de la persona. El engaño se convierte en una forma de energía que se libera en nuestro interior. Esta es la consecuencia inmediata pero invisible.

Existen muchas cosas en la psique que no se notan. Hay recuerdos conscientes y también muchos inconscientes. Si os encontráis con alguien a quien no habéis visto o en quien no habéis pensado durante años en vuestra mente consciente, tal vez no haya un recuerdo consciente de esa  persona; si es alto o bajo, moreno o rubio, todo eso se ha desvanecido. Más adelante, le encontráis y le “reconocéis”. Ese reconocimiento significa que, aunque la mente consciente no tenía ningún recuerdo, la mente inconsciente sí lo tenía y ese recuerdo inconsciente ha emergido a la superficie. El reconocimiento implica comparar su aspecto actual, su conducta, gestos o lo que sea, con la impresión pasada y saber que es el mismo. Todo eso está implícito en el  reconocimiento o re-conocimiento.

Pero hay recuerdos que son más profundos. La gente tiene recuerdos de la infancia que van más allá de la memoria, excepto bajo hipnosis o en momentos de crisis. Detrás del umbral de la memoria consciente hay todo un campo, como un témpano oculto. Si se libera energía en la psique, el impulso puede también hundirse bajo el nivel consciente. Cuando aparece la oportunidad adecuada, se pondrá en juego. Por ejemplo, cuando la acción es  fraudulenta, como he dicho antes, se crea un impulso, que puede estar oculto y dormido, bajo el nivel consciente. En algún momento, se convertirá en un impulso para hacer el mismo tipo de cosa. Y acaba en un círculo vicioso, en un círculo de encadenamiento: la acción que crea la tendencia y la tendencia que impulsa la acción tanto si es de engaño, de miedo o envidia o una mezcla de todo.

En el ser humano corriente, hay innumerables tendencias que empujan a la persona indirectamente, lo quiera o no, lo sepa o no. Cuando alguien sufre de timidez o de miedo, cada sombra le hace sentir que hay un enemigo oculto. Cuando existe orgullo, un hombre imagina que tienen intención de ofenderle aún ante la palabra más inocente. Es más, la mente inconsciente conecta el sentimiento con características externas que pertenecen a otra persona de la cual parece partir el peligro o el insulto. Así, la gente tiene reacciones compulsivas contra los negros o los blancos, los judíos, los católicos o los protestantes, y contra todo tipo de cosas. Los impulsos ocultos, las tendencias y las compulsiones aparecen en la superficie del campo de acción no sólo del pasado reciente, sino de las profundidades de nuestra herencia animal. La mayoría de personas actúan de acuerdo con ese condicionamiento profundo.

Cuando existe una compulsión desde dentro, un impulso sobre el cual no se tiene control, no hay libertad en absoluto. Es la esclavitud que crea la mente porque está en un estado de falta de atención, porque no se toma la molestia de averiguar qué le está ocurriendo.

Los condicionamientos de la mente crean enormes problemas, problemas de color, nacionalismo, diferencias raciales, etc. A causa del condicionamiento que hemos experimentado, uno se identifica con la familia, la comunidad, la religión, etc. Pero la mente puede liberarse si ve que está creando círculos en los cuales queda aprisionada. No es necesario que nadie sea víctima de ninguna circunstancia. En lugar de crear impulsos de engaño o temor por no estar alerta, se  pueden generar otras energías, como la paciencia, el afecto y la tranquilidad. Estas surgen a través de la atención y tienen una cualidad de estabilidad. No son reacciones.

A través de la observación y el cuidado practicados en la vida diaria, podemos empezar a darnos cuenta de cuál es el estado de la libertad. Dentro de la mente existe la posibilidad tanto de la esclavitud como de la libertad. No hay que rezar a ningún dios, ni encontrar a un sacerdote para liberarse, sino sólo descubrir qué hay en lo más profundo de nuestro interior. El Bhagavadgitâ habla del hombre estable que no depende de nada porque las circunstancias no tienen ningún poder sobre él. Es lo que todos los seres humanos tienen que aprender. Por una observación activa, podemos dejar de ser víctimas de las condiciones y una fuente de energía espiritual.

 

 

 

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