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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 134 - Número 07 -  Abril 2013 (en Castellano)

 
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El Pasado, el Presente y el Futuro

 

Manju Sundaram

 La Sra. Manju Sundaram es miembro de la Sección de la India de la Sociedad Teosófica, viviendo en Varanasi.

Conferencia dada en la Convención Internacional, Adyar, en diciembre 2012.

 

 

La mayoría de nosotros seguramente recordamos los bellos, profundos versos, que encontramos al final del libro A los Pies del Maestro, y también en el texto de "El ritual de la Estrella Mística".

 

Líneas que son recitadas en el momento de la Invocación:

 

Quien la palabra del Maestro espere,

De Sus mandatos póngase en escucha

Entre el fragor de la terrena lucha,

La escondida Luz atento observe.

 

Sobre el inquieto y mundanal gentío,

Del Maestro atisbe la señal más leve,

Y oiga el susurro que Su voz eleve

Del mundo entre el rugiente griterío.

 

Estas poderosas palabras han inspirado e impulsado a explorar estos vastos territorios y sumergirse en las profundidades del tema: el Pasado, el Presente y el Futuro. Estas líneas han brindado una inmensa ayuda en la búsqueda -nueva, original, bajo una luz diferente, una dimensión totalmente distinta.

Consideremos las frases:

 - Quien la palabra del Maestro espere- Esperar, es decir, esperando oír la Palabra del Maestro.

 - La escondida luz atento observe  . . Cada línea pone énfasis en Observar, Escuchar, Ver u Oír, y obviamente, no es tan sólo el significado literal de las palabras; no es ver u oír en el sentido ordinario, no se refiere a los órganos de los sentidos físicos, sugieren algo mucho más profundo, vasto, elevado.  Se trata de “ver” más allá de lo que se ve y oír más allá de los sonidos ordinarios. Estas palabras y líneas abarcan todas las facultades intuitivas, más sutiles y profundas, que nos acercan a una comprensión de la Esencia de la Realidad que se encuentra más allá de los límites y comprensión del intelecto, más allá de la lógica y el razonamiento. Es percepción, en un plano totalmente distinto.

El Sánscrito, se dice, es la lengua de los dioses, y la música, el idioma universal al igual que el idioma del universo. Estas dos poderosas lenguas han ayudado de muchas maneras a percibir y comprender las profundidades y dimensiones de la vida en sus innumerables tonalidades.  

En todos los idiomas del mundo existen ciertas palabras y expresiones que poseen connotaciones profundas, preservando en sí mismas las verdades más profundas y eternas.

Una de esas palabras es darśan.

Las palabras filosofía en inglés y darśan en sánscrito son aceptadas como sinónimos. La palabra darśan deriva de la raíz drś, ver, observar, visión, percepción. Por lo tanto, darśan no es una especulación intelectual, ni un pasatiempo intelectual,  ni un laberinto de argumentos. Es percepción directa (pratyakshânubhuti). También puede ser la transmisión de una percepción o visión espiritual, cuando la Realidad, la Verdad, la totalidad de los fenómenos espera desenvolverse frente a un ser sensible, receptivo. Mientras se indaga con más profundidad, más sutiles se tornan los significados. Es, quizás, como las profundas resonancias que permanecen tras el tañido de una campana.  Quienes son receptivos son capaces de oír la última resonancia apagándose y entremezclándose en la inmensidad,  con ese sonido que todo lo impregna (nâda), del cual emergió.

El renombrado Maestro Zen vietnamita, Thich Nhat Hanh, cuenta una historia muy reveladora en su libro Cultivando la Mente del Amor:

 

Ésta es la historia de un hombre llamado Meursalt, que está en prisión. Un día, en su celda, Meursalt puede tocar la vida. . . Recostado, mirando hacia arriba,  a través de una pequeña ventana cerca del cielorraso, “vio”, por primera vez en su vida, el cielo azul. ¿Cómo es posible que un hombre grande viera el cielo azul por primera vez? De hecho, mucha gente vive de esa manera, prisionera de su  enfado, frustración o creencia de que la felicidad y la paz sólo están en el futuro. A Meursalt le quedaban tres días de vida antes de su ejecución. En ese instante de conciencia, el cielo estaba realmente allí y logró tocarlo. Vio que la vida tenía un significado y comenzó a vivir profundamente los momentos que le quedaban. Los últimos tres días de su vida se convirtieron en una vida verdadera.

En su último día, un sacerdote llamó a la puerta de su celda para confesarlo, pero Meursalt se negó. Finalmente, el sacerdote partió, frustrado.  En ese momento, Meursalt describió al sacerdote como alguien que vivía como una persona muerta. Meursalt se dio cuenta de que era el sacerdote quien necesitaba la salvación, no él. Él además dice: “si miramos alrededor, vemos personas que son como muertos, cargando sus ‘cuerpos muertos’ sobre sus hombros. Necesitan ser tocados por algo —el cielo azul, los ojos de un niño, una hoja de otoño. . . para que puedan despertar. . . cualquier cosa puede despertarnos a la vida’ — aquí y ahora.

 

Ése es el significado de darśan, su significado más profundo: ¡despertar a la vida, aquí y ahora! Ése es el significado de “ver”, no en fragmentos, sino en su totalidad, ver el todo con la totalidad de nuestro ser. Este momento de “ver” es el ahora, el presente, el cual nada tiene que ver con segundos, minutos, horas o días, con el pasado, el presente o el futuro. Es el momento que todo lo abarca, el momento que contiene dentro de sí el eterno ahora. El momento de ver produce un nuevo despertar, una nueva conciencia; este "ver" es en sí mismo comprensión.  Son estos momentos de percepción quizás en los que se puede ver la realidad, ¡en un destello! Es en estos momentos vibrantes que la niebla que cubre nuestra percepción desaparece, y viene la claridad de la visión, una visión nítida de los vastos territorios de la Naturaleza y la Vida. Seguramente todos hemos experimentado eso:   el cielo está oscuro a medida que la tormenta se acerca y no se puede ver nada; de repente, se desata una fuerte tormenta con relámpagos y luego, en ese destello del relámpago, vemos todo: lo que está cerca y también lo distante. Este instante de “ver” es estar dentro de eso. El acto de ver no es un proceso gradual, es instantáneo.

Hay una palabra muy bella en sánscrito, unmesha, que significa luz, destello y además, abrir, expansión, despertar. Por lo tanto, el “destello de luz” mismo es el despertar.

Este “ver”, esta visión, aunque completa en sí misma, siempre transmite mucho más para expresar, desentrañar, y he aquí la belleza de la visión creadora que penetra en lo inmensurable, insondable, y muestra todo lo que siempre es verdadero, bueno y bello. Tagore, en su inimitable estilo, dice:

 

La luz que llena el cielo

¡busca sus límites en una gota de rocío sobre el césped!

Y además:

El verdadero fin no está en llegar al final

Sino en un acabado que es sin límites.

 

El poeta, el pintor o el escultor, todos tienen la visión de su poesía, cuadro o escultura dentro de su propio ser, como un todo, y cuando comienzan a escribir, pintar o esculpir, lo hacen desde cualquier punto, dándole expresión a sus sentimientos, emociones, imágenes poéticas y percepciones intuitivas. En un poema lírico, en una canción, o en un cuadro, el ritmo o la métrica, la percepción emocional, la percepción creativa y su expresión, todos están fundidos en uno solo, fluyen simultáneamente, juntos, y no uno después del otro ¡esto es imposible! Por lo tanto, siempre existe el movimiento en el presente. La canción, el poema, el cuadro, florecen a cada instante. La canción y las palabras fluyen, el pincel serpentea espontáneamente, cada expresión brota desde la fuente interior. De hecho, el pintor deja que el cuadro se cree a sí mismo, el poeta permite que las palabras encuentren su propio ritmo y también la canción en las manos de un cantante creativo, es libre de acariciar la melodía que ama.

Lo mismo que con el poeta o pintor, también sucede con quien observa un bello cuadro, o disfruta leyendo un bello poema, o admira una hermosa estatua. No se disfruta de un cuadro por partes o de la música por fragmentos. Se disfruta como un todo. Los paisajes  más bellos pintados por John Constable o Turner están dentro del límite del marco del cuadro, pero ciertamente dan una sensación, una visión, de infinito. Se puede sentir la fuerza, la energía, la belleza y vibración de los colores, de los distintos estados de ánimo de la Naturaleza, cuando se lo observa con profundidad. La exhuberancia, la serenidad, el juego de luz y sombra, los cielos inmóviles, el vendaval, la tormenta -todo lo que el cuadro retrata, toca el centro de nuestro ser. El cuadro nos envuelve ¡y nos permite ser parte del paisaje! Cuando realmente “vemos” un maravilloso amanecer, no lo hacemos de manera pasiva, no vemos la belleza y la luz como un espectador más; compartimos la luz, la sentimos, nos envolvemos en ella. Es una visión unificada, o más bien, una visión total, en la que la realidad no está aislada, fragmentada.

Según la antigua, tradicional religión hinduista, se considera que los Vedas son textos que no fueron escritos o compuestos por humanos. Se supone que fueron  revelados directamente por el Supremo UNO.  Es por eso que se los conoce como śruti -lo que es oído o revelado o percibido. Los muchos sabios o rishi-s, a quienes se atribuyen los himnos védicos, son, por lo tanto, denominados mantra-d·shta, los profetas de los himnos, y no mantrakarta, compositores o escritores.

Mucho también se ha dicho sobre la Revelación, es decir, la Revelación Védica. ¿Qué es realmente, esa Revelación? Quizás no tenga nada que ver con la actividad cerebral solamente, ni tampoco sea alguna especulación intelectual. Quizás sugiera el desenvolvimiento de algo inmenso, algo muy vasto y profundo.

Un sabio hizo esta profunda afirmación hace más de un siglo:

Nunca sucede que la Naturaleza diga una cosa y la sabiduría otra.

Los profetas, los místicos de todas las edades, que pertenecen a todas partes del mundo, han  sido agraciados, bendecidos, con este “despertar” a los misterios, las verdades de la vida, la Vida en su totalidad.

Se trata de ver y oír, no solo lo que es visible o audible en el plano físico, sino ver, oír, sentir, observar, más allá de eso.

A los grandes profetas y creativos se les reveló toda la Eterna Verdad de la Naturaleza y la Vida, las inmutables Leyes de la Vida. Fue su aguda visión interna, su profunda percepción, lo que permitió que los misterios se manifestaran, develándose, irradiando toda su Divina Belleza y Esplendor a su alrededor.

Los profetas védicos vieron, maravillados y estupefactos por el deleite que les provocaba, las maravillas y misterios de la Naturaleza, del Universo. Observaban con gran dicha, el esplendor del amanecer y el ocaso, también cómo se sucedían las cambiantes estaciones: primavera, verano, estación pluvial, otoño, y nuevamente primavera. Veían, oían, sentían, toda la Naturaleza respirando, meciéndose, danzando, con los sonidos audibles o con los del Silencio, un constante ciclo de cambios e intercambios, sucediéndose ininterrumpidamente, eternamente. Por momentos se sentían deslumbrados, maravillados, y luego impresionados, y después todo su ser experimentaba una profunda Dicha, en otro instante. Sentían, dentro de su corazón, una intensa agitación, resonando profundamente en su interior. No logrando contener el éxtasis, ¡rompían en himnos y plegarias!  Era la dicha irresistible de contemplar algo extraordinario, era la dicha de ser bendecido con las revelaciones de las leyes inmutables que gobiernan este universo, era la dicha de ser despertado a la inherente armonía, ritmo, al magnificente orden y regularidad que mantiene intacto a este universo. Y los himnos no eran frases sin significado ni simples arrebatos. Eran la expresión espontánea, impulsora nacida de un profundo sentido de gratitud, reverencia, sensación y sentimiento de rendición y sumisión al Poder, la Energía, la Inteligencia que existen detrás de a manifestación. De esto se trata la Revelación. En este ver, en este oír, se encuentra el despertar a la realidad de todas las cosas, el despertar a la conciencia de esa Suprema Conciencia que habita en todo. Es la pura conciencia de la Presencia de ese uno en todo.

Seguramente todos hemos visto y escuchado el sonido del maravilloso instrumento musical conocido como tânpura, que se utiliza para acompañar a un cantante y también a otros instrumentos.

Las cuatro cuerdas del tânpura son afinadas en distintas notas, pero una vez que se ha logrado afinarlas de manera perfecta, las diferentes notas, entremezclándose una con otra, se funden con la VIBRANTE NOTA UNO, emanando infinitas resonancias. Uno luego oye el profundo sonido UNO que contiene en sí toda la vibración cósmica. No se puede separar, aislar, una nota de otra.  Las notas, los svaras, dejando de lado su entidad individual, se funden dentro de esa NOTA INDIVISIBLE ÚNICA.

Cada nota musical es independiente, completa y perfecta en sí misma, pero ninguna nota musical crea música; puede ser una nota bella, pero no puede ser cantada o ejecutada por siempre. Es la eterna fusión de una nota con la anterior lo que crea música. La realización de cada nota consiste en dejar de lado, perder por completo, su propia identidad para producir música, muriendo a cada instante, por así decirlo, por el bien de lo eterno del todo. No existe nada que sea pasado, ni nada que sea futuro, existe solo ese infinito movimiento. Muere y renace a cada instante y por lo tanto vive nuevamente a cada instante.

 

La música es una revelación, más elevada que toda la sabiduría y toda la filosofía.

 

Éstas son las significativas palabras de nada  menos que el gran compositor de todos los tiempos, ¡Ludwig van Beethoven!

Los profetas llegan a comprender, con su intensa percepción, que las leyes de la música son las leyes de la Vida misma: la ley de la armonía y el ritmo, la ley que produce equilibrio y sentido de proporción. Son despertados a la realidad de que detrás de este gran fenómeno de la Vida, existe el movimiento y la vibración. ¡Como es la música, así es la Vida! Un eterno movimiento, una corriente cuyo flujo nunca se detiene.  Es este movimiento el que produce el día y la noche, el amanecer y la puesta del sol, el flujo incesante de las olas que comprendemos y denominamos tiempo, que en realidad, es Eternidad.

Hay una bella canción de Kabir, en la cual habla acerca del océano y las olas. Las olas del océano son el océano mismo. Son un solo oleaje. Cuando las olas suben, es agua, cuando descienden, todavía es agua. Dime, ¿dónde está la distinción? Tan sólo porque le pusieron el nombre de “ola” ¿dejará de ser océano? Son realmente los distintos niveles del ser, distintos planos de manifestación y formas que los hace aparecer como distintos uno de otro. La vida no es distinta de eso: hay tan solo Eternidad -sin costas, horizontes ni límites. Nosotros, en nuestro plano físico de existencia hemos fragmentado lo eterno en lo que denominamos tiempo.  Nosotros, para nuestra conveniencia, para nuestras actividades cotidianas, medimos nuestras vidas, segmentamos nuestras vidas de manera lineal, cronológicamente, dividiéndola en segundos, minutos, horas, días, al igual que ayer,  hoy y mañana, pasado, presente y futuro. En la profundidad de todo esto está el Infinito, el incesante flujo de Eternidad.

Como dice el gran Sufí san Hazrat Inayat Khan:

 

El arte de la música es la representación exacta a pequeña escala de la ley funcionando en todo el Universo.

 

El músico, al afinar su instrumento, también afina su alma, su ser interior, y al hacerlo se sintoniza con el oyente, con el ambiente. Y luego, ni bien suena la primera nota, ocurre algo sorprendente. El instrumento, el cantante y el oyente dejan de ser tres entidades distintas.  No hay cantante, ni oyente, ni siquiera conciencia de todo eso. Lo que permanece es el flujo de una música integral, con toda su pureza y libertad. Estos son los momentos dinámicos en que la Energía Creadora está en acción -en su flujo espontáneo, sin esfuerzo, dejando atrás, disolviendo el pequeño yo, el ego, la conciencia individual, todo se pierde en la nada, la música solo fluye, sin impedimentos. Nadie hace que esto ocurra, todo sucede por sí mismo, suavemente, en total acuerdo con la ley y armonía universales. El cantante no se aferra a la música, no puede hacerlo. El solo se prepara, todo su ser, para satisfacer las demandas de la música. Existe esa sensación de perder, dejar ir nuestro pequeño yo, trascendiendo el yo racional, separatista, y siendo uno con la fuente de la Música. Todos los grandes músicos de todas las edades y épocas, no habrían podido crear música tan sublime y divina, si no se hubiesen abstraído en la Música. Es un estado que los Sufis llaman Fanâ-al-Fanâ, ¡morir antes de morir! Y así, morar en lo Eterno.

El cantante nunca se cansa de cantar del mismo modo día tras día; el pintor nunca se cansa de pintar el mismo paisaje una y otra vez. Cada vez, vuelven a mirarlo, sintiéndolo como algo nuevo, con nueva inspiración y vitalidad.  Es esa sensación de profunda devoción, dedicación, entrega y adoración con la cual el devoto realiza su ofrenda al sol matinal que se eleva desde las profundidades del horizonte, cada mañana. Así como el cantante y el pintor disfrutan de su música y pintura, también lo hacen los oyentes y quienes miran los cuadros. Ellos comparten la belleza de la música y el cuadro paisajista con una nueva visión, plena de maravilla y deleite. De ninguna manera están ligadas a las imágenes y memorias del pasado, anclado en las orillas del pasado y del futuro. Ellos se sintonizan con la música del Universo. Existe una entrega completa, incondicional de sus entidades individuales a la Gran Música, a lo que es, a lo que se ve u oye o se siente en ese momento. Existe un entendimiento espontáneo de estar en la realidad del momento creativo.

En este “ver” se encuentra el amanecer de la conciencia de Unidad, de Ser Uno, y el infinito flujo de esa Armonía, esa Música, que está más allá de las limitaciones del tiempo y el espacio, más allá de los pensamientos y los conceptos.

Este profundo ver y escuchar con una alta concentración, atención y mayor receptividad, produce una nueva comprensión, un nuevo despertar a lo que es, al presente, libre de las cadenas del tiempo, pasado y futuro. Entonces, se vive una vida que no es estática, sin estancarse, sino una vida siempre renovada, siempre nueva y siempre sagrada.

En los tranquilos momentos de contemplación y reflexión, llegamos a comprender que debemos “ver” la vida como un todo, como una, y a nosotros mismos de ninguna manera separados del UNO. Uno es el todo. En un instrumento musical, una cuerda, una nota, deben estar en consonancia perfecta, completa con todas las otras cuerdas y notas.  Una nota discordante, una cuerda sin afinar, y la música paga el precio.  Por lo tanto, nosotros, como individuos, debemos estar en total consonancia, o como dijo Inayat Khan, en “unidad” [A1] con el todo indivisible. Una acción injusta, un pensamiento  egoísta, un motivo egoísta, un acto cruel,  destructivo, una acción negligente, insensible — ¡y la propia existencia, la vida misma es el precio! No podemos evadir, escapar de esta verdad.

Y aquí regresamos nuevamente a las líneas con las que comenzamos:  “Quien la palabra del Maestro espere, . . la escondida luz atento observe”. . .’ ¿Cuándo podemos ser capaces de observar la escondida luz? de oír el susurro que su voz eleve? ...atisbar la señal más leve?

Es cuando estamos listos, con total alerta, atención concentrada, conciencia, percepción profunda, que podemos oír el susurro de su voz y la escondida Luz. Es una profunda sensibilidad, una alta receptividad, lo que nos permite oír, ver dentro de,  y más allá.

Mientras vemos con más profundidad dentro de la vida, más la vida se abre hacia nosotros.

Es cuando estamos intensa y pasionalmente en cada instante -sin las cadenas del pasado, ni a tientas en vano por algo denominado el futuro- que ese estado, el momento en que habitamos en el presente, que el presente está vivo. El presente está en el momento y en el movimiento. Es entonces en el instante en que se vive, que vemos el Infinito; con una Mirada vemos, tocamos los cielos Infinitos; es entonces que oímos la música en el silencio entre dos notas. Es en ese centro vibrante donde habitamos. Somos bendecidos entonces con la claridad de la visión, con un insight que nos revela todo lo que hasta entonces estaba velado. En ese instante presente que vivimos se encuentra la percepción, la respuesta correcta, la acción correcta, el paso correcto. Ya no nos encontramos más en una encrucijada, en aprietos, en un conflicto de opciones; ya no más vacilamos entre opciones, alternativas, opciones, compromisos. Luego el paso que se da es el correcto y en ese mismo paso se avanza.

 

.-.-.-.-.-.-.-.

 

Cada paso, entonces, es completo en sí mismo;

cada paso es el centro sagrado de peregrinaje

 y cada paso es esa única brújula

que nos guía hacia el Reino de lo Eterno, lo Infinito.

Del primero, y último, medio y sin fin.

William Wordsworth

 

 

 

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