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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 134 - Número 05 -  Febrero 2013 (en Castellano)

 
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Adiós, Adyar

 

Donna Margherita Ruspoli

Reimpreso de The Theosophist, noviembre 1911

 

 

Cuando al estudiante de Teosofía le llega el momento de irse de Adyar, para quien ha tenido el privilegio de vivir aquí, al final comprende plenamente, cuán grande es la influencia que Adyar ha ejercido sobre él y cuán fuertemente aprendió a amar al Hogar de la Sociedad. La inminencia de su partida le muestra, si no lo ha comprendido totalmente antes, cuán amplio es el abismo, cuán profunda la línea de división entre este mundo y el mundo externo al cual debe regresar. Si llegó sin seriedad o pensando en el beneficio o disfrute personal, comprende ahora, cuando mira hacia atrás y observa esa experiencia, que la estructura de su mente debería haber sido más bien la inculcada en las palabras de la Biblia: “Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás tierra santa es”. (Éxodo 3:5)

Ciertamente, el recién llegado debería apresurarse a quitar todos los pensamientos y hábitos mundanos de la mente. Porque aquí, en una atmósfera espiritual tal como nunca conoció antes, y llevando una vida cuya simplicidad y quietud difícilmente pueden ser logradas cuando se vive en el mundo occidental, tiene una oportunidad inigualable de liberarse de todas esas pequeñeces abrumadoras y de complicaciones, las que desde la vida externa se reflejan en lo interno; aquí en estos espacios silenciosos hay lugar para grandes pensamientos y para crecer.

Cuando el ojo ve aquello que trae con él para ver, y el corazón recibe en el grado en que se abre para recibir, así es importante para el recién llegado comprender cuál debe ser su participación para producir el cambio que Adyar puede producir en él. De lo contrario, la perfecta libertad que todos disfrutan aquí, la ausencia de recordatorios externos (tales como los que rodean al novicio en un establecimiento religioso) de que esta es la ‘tierra del Maestro’, puede hacer que pierda algún tiempo antes de asumir la adecuada actitud hacia el lugar. La libertad misma que le deja el ordenar sus ocupaciones diarias, hace que sea un asunto de nadie excepto de sí mismo, ya sea que  desperdicie su tiempo o lo use para aprovecharlo al máximo, puede que lo confunda un poco, si no ha comprendido el hecho de que se espera que los estudiantes dependan de sí mismos en todas estas cosas, acostumbrados ya a regular definidamente sus propias vidas y a averiguar por ellos mismos qué lugar pueden ocupar en el trabajo, qué servicio pueden prestar.

“Prácticamente todos encuentran en Adyar lo que traen consigo”, tal como bien dijo un estudiante (Adyar Bulletin, Febrero 1910).

Aquí, más que en otros lugares, uno debería pensar solamente acerca de lo que uno puede traer, lo que uno puede dar, porque nuestra responsabilidad es más pesada aquí que en cualquier otro lugar. Cualquier pensamiento ocioso o dañino que se envíe, se vitaliza por la inmensa fuerza que hay en la atmósfera y trabaja dañando en proporción a la fuerza con que el emisor lo envió. Así cada uno debe ser cuidadoso en enviar solamente lo mejor, para no verter desperdicios en la corriente pura que brota aquí desde los planos ocultos, ni envenenar las aguas de vida que fluyen de aquí hacia el mundo.

Uno debe estar complacido simplemente de atender los deberes diarios y de hacer lo mejor que pueda; gradualmente, cuando se hace así, uno se da cuenta que la actitud hacia la vida está siendo sensiblemente modificada, que uno está mirando el mundo con ojos diferentes.

Todos los que vengan tomarán inevitable y debidamente a su propio modo, la ayuda e inspiración que Adyar puede darles; porque el temperamento de cada uno es diferente, y colorea aquello que recibe. Creo, sin embargo, que todos haremos bien en estar atentos contra la estructura criticadora de la mente. Aquí hay tanto por aprender, que poseer una mente verdaderamente abierta es esencial, y la constante crítica bloquea la mente; porque el ver las cosas en forma segura y completa, exige paciencia y tranquilidad; mientras que condenar algo precipitadamente a causa de ciertos defectos evidentes que puede que tenga en sus primeras etapas, es cegarse a sus oportunidades de posible y enérgico crecimiento.

Se dice que la familiaridad engendra desprecio. Pero si alguien que llega aquí siente desengaño o desilusión, debe buscar la falta en sí mismo. La naturaleza humana está constituida curiosamente, y supongo que es verdad que la dorada bruma pone distancia añadiendo gloria a un ideal, a los ojos de aquellos quienes han visto solamente a medias su propio intrínseco esplendor. También parece que algunas mentes se inclinan a ser atraídas hacia ideales sólo mientras están en las nubes, o en el plano mental. Aunque separar nuestros ideales de la realidad, es como adquirir tal gusto por el melodrama que nos hace estar descontentos con la vida real. Una vez escuché a nuestra Presidente decir algo casi alarmante a un grupo de estudiantes: “Sería perjudicial para algunos de ustedes ver a los Maestros tal como son”. Podría ser bueno para todos nosotros examinar el significado de esas palabras, y recordarlas cuando precipitadamente nos sintamos inclinados a criticar a nuestros líderes y a objetar sus acciones y palabras; porque difícilmente podemos decir dónde puede finalmente llevarnos la tendencia a censurar a aquellos que son mucho más viejos que nosotros en evolución, cuya mayor sabiduría y conocimiento no podemos fallar en reconocer.

No estoy pensando ahora en esos procesos puramente intelectuales que mantiene una mente aguda, especialmente cuando su constitución es crítica y analítica más que sintética. Un hombre debe evolucionar en su propia línea. Sólo dejemos que quien progrese a lo largo de este sendero intelectual ejerza buen cuidado en cuanto a quién comunica sus críticas, dificultades, dudas y objeciones. Sus problemas pueden ser sólo una gimnasia mental para él, pero si los comparte con una mente menos capacitada que la propia, esta mente puede que sea incapaz de manejarlos, y que permanezca confundida y agitada; o el hombre a quien le habla puede ser más nuevo que él en las ideas teosóficas, y no tener el conocimiento necesario para resolver sus enigmas y así desorientarse y desanimarse, y las ideas que adquirió confundirlas más que aclararlas por el esfuerzo de examinarlas desde este nuevo punto de vista. O, por último, los argumentos intelectuales pueden rebotar en el intelecto del oyente y tocar algún lugar sensible en el corazón, una aflicción o desilusión personal que enfrenta la víctima que recurre a su fe en la Teosofía y sus maestros, y así hace la lucha de la persona más difícil, porque en tales momentos su fe es su mejor aliada, la ayuda que se le envía desde el ego, mientras que la mente inferior está dispuesta a ser gobernada por el yo personal. No es correcto usar ningún don que uno tenga en perjuicio de otro, “para ofender a uno de estos pequeños” y esto puede hacerse a través de un uso imprudente de la fuerza y la agilidad del mental superior. Uno no puede decir siempre quién es más débil que uno en un momento dado; así en este asunto, como en todos los demás, uno debería ser muy cuidadoso de cómo interfiere con el otro. Algunas veces, la presentación de una duda es un pedido, quizás inconsciente, de ayuda. Pero en todos los casos, uno seguramente debería observar dos reglas: nunca exponer dudas y dificultades ante las personas si no está completamente seguro de que estas no los herirán (nunca nos equivocaremos al tratar de entregar nuestras fortalezas en vez de nuestras  debilidades); y nunca perturbar las creencias de las personas para quienes esas creencias son aún satisfactorias y útiles.

Hay oportunidades suficientes y de sobra en el mundo para agudizar nuestra inteligencia, y para ejercer todo lo que uno podría señalar como las cualidades combativas de la mente; pero en Adyar el estudiante debe concentrar todas sus energías en el esfuerzo de vivir la vida espiritual, y por lo tanto, debe esforzarse seriamente en “recobrar el estado infantil que perdió” (La Voz del Silencio).

 

De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él. (Lucas, 18:17).

 

¡Sin duda venimos a Adyar porque deseamos entrar en este reino! Y somos visitantes privilegiados aquí, viviendo en la casa del Maestro, en su misma Presencia.

Una de las bellas revelaciones de Adyar ha sido ver cómo las diferencias comunes y artificiales que se hacen en el mundo entre los hombres, se desvanecen de la vista, las diferencias reales y vitales pueden surgir claramente ante la vista. Tal como en una ciudad las largas líneas de edificios  ocultan el paisaje, y al vivir en sus calles uno pierde contacto con la naturaleza y con la alegría, la fuerza y renovación que se extraen del campo abierto, así nuestra complicada existencia moderna, y, todavía más, el hábito de la preocupación mental acerca de las cosas que no son importantes, ocultan la percepción que podríamos tener de la verdadera grandeza humana, y debilitan nuestras capacidades de admiración, veneración, confianza. ¡Cuán retrasados estamos en superar estas limitaciones convencionales! ¡Cuán adecuadamente lentos para comprender la grandeza de los maestros de quienes aprendemos! Leímos, durante años quizás, acerca de las cualidades que se necesitan para el Discipulado y la Iniciación; ¿cuánto tiempo pasa algunas veces antes que nuestra actitud hacia los Iniciados, que somos privilegiados de conocer, muestre una comprensión inteligente de la altura de su realización?

Vivir por un tiempo en Adyar, respirar su aire espiritual y estar en continuo contacto con los maestros, debería ser una ayuda incalculable para recuperar nuestra facultad de reverencia, para obtener algún grado de perspectiva en nuestra visión de las etapas de la evolución humana sobre la nuestra, y de los hermanos mayores a quienes vemos, no en su propio nivel, recordemos siempre, sino cerca de nosotros, a nuestro lado.

¡Fraternidad y desigualdad! Toda la enseñanza teosófica demuestra cuán casi inmensurables son las desigualdades.

El “engaño de las apariencias” se halla en parte en la forma en que las apariencias velan las diferencias. Hay mucha menos diferencia entre los cuerpos físicos de los hombres que entre sus cuerpos superiores, por ejemplo. Aunque las diferencias obvias entre los grados de desarrollo de la inteligencia y las cualidades morales, no se aprecian en su verdadero significado cuando se atribuyen al capricho divino, casualidad o accidente de nacimiento; pero la Teosofía nos muestra cómo la posesión de cualquier cualidad se debe a un largo proceso evolutivo y a un esfuerzo laborioso, y un corolario de esta enseñanza es que no tenemos derecho ni a envidiar ni a desear ignorar cualquier clase de superioridad, sino que deberíamos reconocerla alegremente.

Solamente las diferencias del desarrollo intelectual son, como regla, gustosamente reconocidas en estos días, presumiblemente porque lo verdadera y ampliamente admirado es el intelecto; pero en otras áreas, en todos los asuntos de desarrollo interno, de desenvolvimiento espiritual, nuestras falsas ideas de igualdad también a menudo permitimos que nos cieguen. Muchos son alejados más bien que atraídos por la superioridad espiritual, como si admitirla (excepto en lo abstracto) fuera una amenaza para su propia independencia personal. Esta actitud errónea puede ser un vestigio de repulsión contra la exigencia de ciega sumisión hecha por las iglesias ortodoxas y las sectas; sin embargo es un peligro ahora, cuando los Grandes vienen abiertamente a mezclarse entre los hombres; porque Ellos, y sus discípulos, no obligan al hombre a actuar en contra de su voluntad, y el corazón que se cierra en contra de ellos puede permanecer cerrado hasta su propia  pérdida irreparable.

Es indudable que si deseamos estar entre los seguidores del Supremo Maestro, si nuestra esperanza está puesta en ser un día discípulos aceptados de un Maestro, debemos aprender cómo seguir; frases sueltas, cuyo verdadero significado no nos detenemos a reflexionar, tal como “todos los hombres son igualmente divinos”, no nos ayudarán. Las diferentes cualidades se cultivan mejor en diferentes épocas; y esas que más necesitamos cultivar ahora son todas las formas de amor evocadas por lo que es grande, bello, sagrado, por todo lo que es superior a nosotros mismos. No necesitamos imaginar inútilmente que nuestro amor por nuestros iguales y por aquellos que están debajo de nosotros disminuirá; pero éstos ya no vendrán primero “porque siempre tendréis pobres con vosotros” (Mateo 26:11), por el contrario, incluso los lazos de amor personal por el Divino Señor de la Compasión y sus Representantes nos ponen a su Servicio, y entonces un poco de su Amor fluirá a través de nosotros, ese inmenso Amor que siempre está buscando más canales a través de los cuales bendecir al mundo. Tales cualidades son devoción (de: dedicación íntegra, y vovere: prometer) y lealtad en el más pleno sentido de la palabra.

Quienes guían a nuestra Sociedad saben hacia dónde están yendo, la mayoría de nosotros no vemos hacia dónde deberíamos ir. Esto ha sido verdad en el pasado. Cuando Madame Blavatsky vino a labrar el camino, ¿cuántos adivinaron la meta por la cual ella trabajaba? Vieron el trabajo inmediato, la presentación intelectual de la Teosofía con la cual ella disolvió las fuertes creencias y costumbres materialistas de su tiempo, y atrajo a hombres y mujeres a la Sociedad. Desde entonces ha cambiado el trabajo en carácter, su gran sucesora ha insistido en el lado ético, presentando la Teosofía principalmente como una vida a vivir. Ella no está formando una Sociedad externa, sino que está uniendo a esos que tienen, quizás sólo en germen, las cualidades del discipulado, porque los discípulos se necesitan ahora, no solamente buenos trabajadores externos.

¿No es que nuestra Sociedad, que sostiene el ideal de la Fraternidad ante el mundo, tiene que ser la pionera en esto también, sin decirle cómo puede alcanzarse este ideal? No deberíamos permanecer felices sin mantener una idea más justa y profunda de la Fraternidad que esa que prevalece en el presente. Para ser verdaderamente fraternales debemos encender la luz que nos da la Teosofía, nuestras posibilidades de adquirir conocimiento nuevo cuenta para el beneficio de todos. Los ideales democráticos tienen su lugar y su valor, y son ahora de suma importancia y se han esparcido, de modo que aún el proletariado se ha impregnado con  ellos. Mientras tanto, otro ideal ha ascendido sobre el horizonte, débil y a lo lejos, y solamente aquellos cuya visión es más aguda, los verdaderos Videntes, lo han percibido. Ellos son nuestros Líderes apropiados. El proletariado no es adecuado para el liderazgo, aquellos que lo componen fueron presumiblemente los esclavos de la antigüedad, quienes ahora están aprendiendo a usar algún grado de libertad. Su turno llegará, en el curso ordenado de la evolución; el conocimiento de karma y reencarnación ayudará a disipar gradualmente ese amargo sentimiento de injusticia y la consiguiente desconfianza que la desigualdad tan a menudo provoca ahora entre muchos hombres. Ni la mayoría educada está dispuesta a guiar: “La naturaleza conduce por medio de las minorías”.  

No hay fraternidad en pretender que aquellos que son obviamente más jóvenes que nosotros, ya no son más jóvenes; ni en la renuencia o incapacidad de ver la grandeza de esas grandes almas que están entre nosotros; ya sea que estén sobre, abajo o junto a nosotros en la escala mundana de vida y de la posición social. Si respetamos las palabras de los grandes sabios de la antigüedad, cuánto más contentos deberíamos respetar a esos sabios vivientes que se están dirigiendo directamente a nosotros para nuestro beneficio y ayuda! Conocemos la frase “los antiguos tiempos heroicos”; nuestros días son heroicos también, más admirables en verdad, que casi todos en la historia. Los Maestros mismos forman la Primera Sección de nuestra Sociedad; sus grandes discípulos siguen en jerarquía, y es bueno para nosotros comprender qué espacio se extiende entre ese rango y el que tenemos nosotros. Ellos, nuestros maestros, no insisten en sus demandas, y sólo esto debería hacer que tuviéramos más deseos de reconocerlos. Si estamos tan engañados que no vemos esta demanda, nuestra es la pérdida, porque solamente en el grado en que tengamos éxito en vaciarnos de nuestras propias tonterías y vanidades, podremos entrar en un real y permanente contacto con ellos. No es un asunto de ciega credulidad, o de sumisión irracional, sino de enseñabilidad, y de constancia de propósito en seguir a los líderes a quienes nosotros por nuestra propia libre voluntad hemos escogido seguir.

¡Y ahora más que nunca necesitamos este estrecho contacto!  Ahora, y siempre, necesitamos su liderazgo, porque el Día del Señor está cerca, y habrá tormentas y dificultades, ciega oscuridad como también luz deslumbrante.

 

“Pero esto digo, hermanos, que el tiempo es corto; resta  pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa. Quisiera, pues, que estuvieseis sin congoja”. (I Corintios, 7:29-32)

 

Ha llegado el momento de eliminar la “congoja”, como aquellos quienes han fusionado su vida en la corriente de la Gran Vida, quienes no necesitan  “preocuparse por su vida” (Mateo 6:25-34):

 

“arriesgar tu cabeza o nada, encontrar el éxito del cielo o el fracaso de la tierra”,

 

para seguir a nuestros Guías adondequiera nos conduzcan. Nosotros debemos seguir, o pronto  seremos  dejados atrás irreparablemente.

Muy silenciosamente, muy automáticamente, continúa la erradicación de las filas. Aquellos que no se esforzaron en obedecer las enseñanzas, quienes no se sintieron atraídos hacia los maestros, huyen, tal vez sin darse cuenta aún de lo que pierden. Solamente aquellos que prestan un servicio fervoroso, pronta obediencia y amor respetuoso, serán privilegiados de seguirlos vida tras vida, avanzando al seguir las huellas de sus avanzados líderes, aquellos a su vez siguiendo a Líderes aún más grandes, y estos nuevamente teniendo a Más Grandes sobre ellos. Jerarquía tras jerarquía extendiéndose por siempre; aunque todos son parte de un gran Esquema, todos comparten la Vida Divina Una, y ningún eslabón falta en la cadena.

 

  

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