|
Vol. 133 - Número 11 - Agosto 2012 (en Castellano) |
|
|
|
Página
6 |
|
Benditos los que sufren
N. S.
Esta es una bendición que todos compartimos porque la vida humana está cubierta de sufrimiento desde el nacimiento hasta la muerte. Sin embargo, este malestar compartido es, muy a menudo, causa de conflicto y por lo tanto engendra más sufrimiento si no lo reconocemos como la bendición que es. Debido a que es compartido por todos, hace que nuestra conexión sea más tangible y visible, más real. Nos ofrece una posibilidad de comprender que mientras alguno de nosotros sufra, nadie puede ser perfectamente feliz. Nos invita a salir de nuestros yos limitados para sentir y aliviar un dolor que no experimentamos directamente. Puede enseñarnos humildad, una lección que siempre es necesaria. La comprensión de esta difícil situación de la humanidad puede realmente ofrecer redención si logra despertarnos a la única posibilidad: el amor. La ausencia de amor nos hace sufrir a todos, que podamos encontrar el amor en nosotros mismos y así curar al mundo.
Altruismo ¿Dónde está nuestro verdadero yo? ¿Está en el nombre que nos pusieron, en el lugar donde nacimos? ¿Es una identificación con la familia o una nación? ¿Está en el entrenamiento y la profesión que intentamos lograr en el mundo? ¿Está nuestro yo en la personalidad, en el cuerpo que nos permite reflexionar sobre esta pregunta? Cuando decimos “no” a todas estas preguntas y a los innumerables yoes ilusorios que separan al hombre del hombre, cuando experimentamos el sufrimiento al producir esta separación, entonces se puede abrir para nosotros la posibilidad de vislumbrar el yo verdadero. El percibir el yo uno, real, universal, en todas las formas de vida, en todo ser humano, nos permite relacionarnos con todos con altruismo. Esta acción de amor incondicional que se origina en la fuente de la sabiduría es la forma más pura de conectarnos, es donde todas las divisiones terminan. Cuando vemos todo como uno, como el Yo universal, el altruismo es el único modo de relacionarnos con el Yo real.
Quienes suben la escalera deben comenzar con el primer peldaño Esta escalera es infinita a través del espacio y el tiempo, y forma un puente entre las innumerables vidas. No tiene principio ni fin. Sin embargo es una escalera vertical, sólo hay espacio para una persona en un nivel. Existe poco espacio para dar una mano servicial a quienes lo necesitan. Y lo más importante es que la escalera que asciende sugiere una jerarquía y con eso, una mirada hacia arriba o hacia abajo a los peregrinos, en vez de mirar hacia adentro, para ser concientes de nuestros propios pasos. Entonces inclinemos la escalera hasta que forme un puente entre lo conocido y lo desconocido, para que podamos cruzar el abismo de la ignorancia. Dejemos de medirnos y compararnos a nosotros y a nuestros semejantes y hagamos espacio para todos durante todo el trayecto de nuestro viaje compartido, hacia la luz de la Verdad. Además de cuidar nuestros pasos con incesante atención, hay ayuda y estímulo para ofrecerle a quienes están cansados o temen. Avanzamos con la certeza de que cada ser va a hacer su viaje, y finalmente alcanzará la luz.
Humildad Esto es cuando vemos lo externo y lo interno como uno, y con discernimiento obedecemos las leyes en sus diferentes aspectos: respiramos el aire, mantenemos la respiración bajo el agua, nos esforzamos en el nivel físico, nos mantenemos despiertos y vamos más allá del conflicto en lo espiritual; cuando al mismo tiempo somos conscientes de estar ineludiblemente incluidos y conscientes de modo que todo y todos están incluidos; cuando vemos que más arroz definitivamente apacigua más hambre, pero que más palabras no necesariamente ofrecen más sabiduría; que “más” perdió aquí su significado, y también “esfuerzo”; donde no existe ningún nombre para la separación, y la realidad encuentra su camino de regreso a la totalidad en la nada; cuando sólo existe el ver.
|
|
|
Página
6 |