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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 132 - Número 9 -  Junio 2011 (en Castellano)

 
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El privilegio de la mala salud

 

 

C. JINARÂJADÂSA

 

Reimpreso de The Theosophist, mayo 1916.

 

   “Sí, gracias a Dios, estuve muy enfermo.” ¿Esto suena extraño? Pero, ¿por qué debería ser así? Expresa una maravillosa verdad, si pudiéramos entenderla.

   Porque Dios espera de cada uno una cosecha de las semillas que Él le da a cada uno vida tras vida. Sembramos, y cosechamos; sin embargo somos sólo cosechadores, no los dueños de la cosecha. Existe sólo un Dueño, Dios mismo; en sus manos depositamos nuestra cosecha; y para la nueva siembra, Él selecciona de esa porción de nuestro almacén de la cosecha, algunas semillas de dolor y algunas de dicha. Y así volvemos a la vida, y nacemos nuevamente.

 

Quien trabajó como un esclavo, puede venir como un príncipe,

Por valor gentil y mérito ganado;

Quién reinó como un rey puede vagar por la tierra cubierto con harapos,

Por cosas hechas y dejadas sin hacer.

 

   Venimos a desempeñar nuestro rol en la vida, principalmente no para ser felices o miserables, sino para hacer el trabajo de Dios más fácil. Nuestra felicidad es de Él, al hacer su trabajo. Es Él quien le manda a un niño pequeño que juega, la felicidad que el pequeño encuentra en el juego; también es Él quien le envía el dolor al niño que se lo ha ganado. ¿Cómo puede Él planificar la felicidad, y sin embargo como don enviar dolor?

   De cada uno de nosotros Él quiere una contribución, para la construcción de su gran Edificio. Para el hombre que le da salud, Él solicita actividad del cuerpo físico, movimiento de este lugar hacia aquél; a quien Él le envía mala salud, Él solicita actividad de los cuerpos más sutiles, por medio de la paciencia, largo sufrimiento y resignación. Él requiere de ambos tipos de trabajo esforzado, el externo, del hombre con buena salud, y el interno, del enfermo. Para el primero le da ladrillos para el Edificio; pero para el segundo le da la argamasa que une todos los ladrillos en una masa inquebrantable. Para el Maestro Constructor tanto los ladrillos como la argamasa son indispensables,  y ante Él no existe ni primero ni último respecto a lo que le ofrecen a sus manos.

   A menudo, al estar con mala salud, ¿no nos hemos dicho: “Ahora no sirvo para nada; el Gran Trabajo queda inconcluso; soy sólo una carga, y no quien soporta la carga” ? Y eso es verdad, si no podemos aportar nuestra contribución al gran Edificio. Pero si comprendemos, veremos que mientras sufrimos en una cama con dolor, podemos sin embargo ser trabajadores poderosos.

   Qué es más viril que las virtudes activas de un rey:

 

   El rey, las gracias en desarrollo, como la justicia, la veracidad, la temperancia, la estabilidad, la prosperidad, la perseverancia, la misericordia, la humildad, la devoción, la paciencia, el coraje, la fortaleza.

 

   Un rey con estos elevados ideales ¿no fallará una y otra vez? Pero supongamos que en su reino hay un hombre o una mujer enfermo, que está resignado, que es sufriente y paciente; entonces a ese rey le viene de una fuente interna coraje para continuar, y un rayo que ilumina su oscuridad. Nuevamente él dará otra vuelta en la gran carrera, pero su desfalleciente fortaleza ha sido integrada por la fuerza de la paciencia de un hombre o una mujer ‘inútil’ que yacía en una cama con dolor. Miren a los hombres en las trincheras hoy, ¿no necesitan una paciencia ilimitada, coraje cuando el cuerpo teme, y confianza cuando todo está oscuro? ¿Quién les envía lo que ellos necesitan, sino sus padres y sus madres, hermanas y enamoradas, hombres y mujeres que están lejos de los campos de batalla, que tienen esperanza, cuya esperanza siempre está presente, por el bien de sus amados? Y entre quienes ayudan a los luchadores en todo campo de batalla de Dios, ahora el luchador de la pereza y la corrupción cívica, ahora el luchador de la gracia de la madurez, y ahora el luchador contra la superstición y la oscuridad, se vuelven los más destacados ayudantes los hombres y mujeres que, sufriendo de mala salud, no lloran y se quejan, sino que son pacientes y comprensivos.

   Es una purificación maravillosa la que nos puede dar el dolor físico, si sólo aceptamos esa purificación. Incluso el hombre más vil, apenas apartado de lo grosero, muestra algo blanco y puro cuando yace en una cama sufriendo en el hospital. Yo ni siquiera he estado en la guardia de un hospital como paciente, pero sí estuve en muchas guardias observando, sintiendo, tratando de comprender. Y esto sé, que es muy espantoso de observar, y lamentable para el cerebro y el corazón, sin embargo es una purificación gloriosa estar en la guardia de un hospital, incluso como visitante, uno aspira en la propia batalla esos ideales, tales como fuerza para perseverar, paciencia para soportar, confiar en un corazón saludable nuevamente; esos ideales, sin que falte ninguno de ellos, resplandecen por todas partes, ahora del rostro en esta cama, y ahora de la cara en aquélla. Al igual que ocurre una Expiación poderosa cuando el sacerdote consagrado transmuta el Pan y el Vino en el Cuerpo y la Sangre del Salvador, así también, no menos, otro imponente misterio ocurre en las salas de operaciones y en las guardias de nuestros albergues para enfermos y lisiados; los sacerdotes y sacerdotisas del nuevo ritual también tienen ropa especial, blanca e inmaculada; ellos también se lavan las manos y usan paños impecables. Porque en el lugar en que haya aunque sólo sea una persona trabajando para aliviar al que sufre, allí Dios está con él, porque ¿quién puede curar, sino Él que proveyó la herida?

   En nuestro mundo visible existen hombres y mujeres de la Cruz Roja que avanzan en los campos de batalla para curar y  ayudarle a los cuerpos físicos de los hombres. Pero seguramente, deben también existir en los planos internos una brigada de la Cruz Blanca, de hombres y mujeres que llevan en sus frentes una cruz de fuego plateada, que curan los cuerpos sutiles de los hombres. Y si los hombres y las mujeres pueden consagrarse con esa Cruz, ¿no es un privilegio aceptar el karma de la mala salud dichosamente como un don de Dios, y unirse a esa banda de sanadores de la Cruz Blanca?

   ¡Si sólo comprendiéramos! Porque sufrir es estar purificado, usar poder, y cuanto más agudo es el dolor, mayor será el poder de usarlo. Porque todos debemos volvernos Niños Flamígeros, para dar una cualidad flamígera a todo lo que toquen nuestras manos, sin importar dónde estemos. Así también todas las cosas formarán una Llama elevándose hacia Dios. Un alma viene a su herencia de Flamígero por el total renunciamiento, aniquilación del yo en todas sus transformaciones; otra, ofreciendo un Amor que no ve al Ser Querido ni en el cielo ni en la tierra. Y hay algunos que se vuelven Niños Flamígeros por el dolor.

   Entonces, profundamente de verdad, “Sí, gracias a Dios, he estado muy enfermo”.

 

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