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Vol. 132 - Número 4 - Enero 2011 (en Castellano) |
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Auto-percepción y Acción fraternal
MARCOS RESENDE
El Sr. Marcos Resende es Secretario General de la Sección Brasileña de la S. T. Charla dada en el Congreso Mundial, Roma, 2010
No me extraña que el primer Objetivo de nuestra querida Sociedad Teosófica sea la Fraternidad Universal sin distinciones. Como dijo uno de los Hermanos Mayores, la Fraternidad es la única base segura para la moralidad universal. Por su intermedio podemos construir una sociedad basada en principios superiores. ¿Por qué? La mente humana es naturalmente dual. Al usar la mente para especular sobre todo, el ser humano genera división, lo que evita la percepción de la unidad subyacente en todas las cosas y en la vida como es. Al pensar, el hombre crea segmentación, no sólo en su propia mente sino en el mundo, en las relaciones, lo que origina bandos, grupos, facciones, partidos, atracciones y repulsiones, etc. Estas divisiones naturalmente generan diferentes intereses y por lo tanto conflictos, que podrían ser interminables mientras nosotros como individuos, cada uno de nosotros, no nos demos cuenta de la división en nuestra propia consciencia. La Fraternidad, si se la comprende en profundidad, puede ser un antídoto contra la tendencia a generar divisiones mentales y por lo tanto conflicto. La palabra ‘fraternidad’, que aparentemente tiene un significado que es fácil de comprender, posee un extraordinario contenido, mucho mayor y más profundo de lo que parece. En el nivel superficial podemos decir que significa establecer relaciones gentiles, amables y amistosas. En muchos entornos sociales, las personas son amistosas y civilizadas en apariencia, pero en sus actitudes internas están compitiendo, pensando y hablando cosas malas de otro, envidiando e incluso fastidiando a los demás. Por lo tanto no podemos ver la fraternidad sólo como una idea linda. Debemos penetrar en su significado más profundo, que requiere de una comprensión de la vida y de nosotros mismos. La fraternidad necesita no sólo de una acción civilizada, con simpatía y modales amables, sino que exige una actitud interna sin divisiones, bandos, barreras o prejuicios en nuestras propias mentes. Implica buena voluntad, paciencia, equilibrio y comprensión de la unidad en todas nuestras relaciones. La fraternidad es una expresión natural de amor que procede de la percepción de la unidad subyacente en toda la vida. Tal unidad es esencialmente interna. No significa que todos deben vivir bajo el mismo techo, en un sentido externo. Esto puede no ser posible por razones obvias. Esta unidad está en la consciencia no fragmentada que opera de modo integrado y cooperativo, sin imaginar bandos, porque ve las cosas como son, sin divisiones o barreras, ya sea consciente o no, en la pantalla de la mente. Para ser efectiva, para ser una realidad y no sólo una palabra, la fraternidad insta necesariamente a una acción fraterna, una actitud de mente abierta y cooperativa, sin distinciones de ninguna clase. Hacerla una realidad en nuestra vida, supone mucho trabajo, con nosotros mismos y con nuestras relaciones, por medio del auto-conocimiento. Sólo por medio de una percepción profunda y honesta de nosotros mismos, de nuestros deseos e idiosincrasias secretos, nuestro contenido mental y emocional, seremos capaces de vaciar nuestras mentes a fin de abrirnos a los demás, actuando en todas las relaciones de modo verdaderamente fraternal. Siempre que exista una tendencia egocéntrica, y las acciones internas y externas se basen en ‘mí’ y lo ‘mío’, incluyendo mis ideas, mis puntos de vista, mi trabajo, etc., la fraternidad será sólo una noción, o incluso una utopía, pero no será una realidad. El amor, que llega naturalmente cuando existe una verdadera percepción y una real comprensión de la unidad, no coexiste con el yo, que es por naturaleza una entidad separatista. Como consecuencia de esto, una fraternidad real, genuina y efectiva, que es la manifestación del amor, no puede coexistir con el egocentrismo. El ego psicológico, como todas las estructuras de la personalidad, debe ser fuerte no para sí mismo sino para servir mejor a la naturaleza superior, por medio de la expresión del amor, la sabiduría y una consiguiente acción fraternal. Por medio de su primer Objetivo, nuestra Sociedad está firmemente estructurada en el principio de la Fraternidad Universal, sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color. Todo esto parece haber sido bien entendido por quienes han participado por algún tiempo en el movimiento teosófico. Sin embargo, todavía necesitamos comprender en profundidad la necesidad de ausencia de distinción personal. Incluso en la ST vemos a menudo actitudes basadas en gustos y aversiones, con motivos personales, ya sea que éstos existan consciente o inconscientemente. No es raro ver a miembros que dejan una Rama particular y van a otra porque no simpatizan con ciertos hermanos. Muchas veces la gente se resiste a cooperar porque quien dirige el trabajo es cierto miembro, en vez de otro. Esto a veces es sutil e imperceptible. En otras situaciones, da origen a conflictos que no deberían existir en una institución como la nuestra. No es suficiente hablar sobre la fraternidad. Deberíamos ser fraternales dentro y fuera de la ST, y en todas las circunstancias de nuestra vida. Para actuar fraternalmente debemos ser conscientes de nosotros mismos, nuestras preferencias, gustos y aversiones, así como la tendencia a crear divisiones y barreras mentales en nuestra propia consciencia. De este modo, todo esto puede ser dejado de lado y que no interfiera en nuestras acciones. La acción fraternal que necesitamos en toda situación y circunstancia no existirá si el amor no surge de nuestra naturaleza más profunda. Y el amor no llegará si no vemos toda la ‘basura’ acumulada, el residuo de emociones y pensamientos no percibidos, que sólo pueden ser eliminados por medio de una observación cuidadosa de todo movimiento subjetivo y su correlación con una vida objetiva. No puede haber una división entre la vida espiritual y la vida material. Este es otro juego creado por el pensamiento, que divide y polariza todo. La vida material es la vida espiritual. Si no lo es, la vida espiritual será simplemente un segmento más, una pieza, una fuente de conflicto en nuestras vidas divididas e incomprendidas. El auto-conocimiento, que permite la auto-percepción, presupone una observación permanente de nosotros mismos, de la vida y las relaciones. Sin esta actitud somos esclavos de conductas no percibidas, de ideas que no tienen correspondencia con la verdad, y muy a menudo, siendo inconscientes, actuamos de modo antifraternal. Usar la palabra ‘fraternidad’ o incluso considerar la idea de que debemos ser fraternales, no nos hace necesariamente fraternos. Es esencial tener una actitud fraternal en todas las situaciones de la vida. Esto será así, si somos conscientes del yo, y sus interminables exigencias y necesidades. Siempre que queremos que prevalezcan nuestras opiniones, y por lo tanto ganar una discusión; cuando hablamos mal de quien sea; cuando fallamos en cooperar debido a antipatías personales; cuando adoramos y codiciamos el poder, dentro o fuera de la ST, estamos actuando movidos por el ego y por lo tanto fallamos en ser fraternales. No podemos transformar al mundo sin transformarnos a nosotros mismos. Del mismo modo, no podemos hablar sobre la fraternidad, si ha de ser una realidad y no sólo una palabra, sin comprendernos a nosotros mismos y sin la auto-transformación. La vida espiritual está tanto dentro como fuera de nosotros. Implica armonía interna que viene de la percepción de muchas facetas de nuestro propio yo y su renuncia natural. También requiere que las relaciones no estén basadas en el ‘yo’, es decir, en intereses personales. Sólo las acciones que no surgen de una motivación basada en el auto-interés, son acciones verdaderamente fraternas. Es inútil pensar que podemos cambiar a otros, y esto ocurre a menudo. La existencia de división y conflicto debe ser vista y comprendida por nosotros, en nuestra propia cámara interna, que es nuestro mundo subjetivo. Una vez que la división se elimina de nuestras mentes, todos los problemas se solucionan y surge la acción fraterna espontánea y naturalmente en todas nuestras relaciones. No nos equivoquemos, no existe una espiritualidad desconectada de la comprensión de nosotros mismos y de las relaciones que están basadas en el auto-interés. Tal percepción, cuando está presente, transforma la consciencia porque es un encuentro con la verdad, con las cosas como son, tanto en su aspecto objetivo como en el subjetivo. Ninguna institución, ni siquiera la Sociedad Teosófica, puede conducir a alguien hacia la verdad o a las relaciones fraternas. Cada uno debe trabajar por sí mismo, observando sus necesidades, sus modelos mentales y emocionales, su manojo de ideas sobre lo que piensa que es recto o incorrecto, es decir, todo su contenido personal, para que su espacio interno se pueda vaciar. Desde este espacio que es infinito, puede surgir una nueva acción que no está basada en el yo y sus intereses. Esta es una tarea que está dentro de nuestro alcance. No es una forma de espiritualidad idealizada, utópica e impracticable. La acción verdaderamente fraternal tiene su lugar en nuestra vida aquí y ahora, con todos nuestros pensamientos y relaciones. Morir al yo significa nacer a la vida en la que el amor, la acción fraternal y la cooperación surgen naturalmente. También significa acercarnos realmente al centro de la vida que es la unidad subyacente de todas las cosas. Ser fraternal significa ser conscientes del pequeño yo y sus interminables exigencias, y convertirlo en un simple recipiente para que reciba la vida divina. Sin ser conscientes de él, somos esclavos de este yo y de todos sus intereses. Los intereses personales no cesarán de existir porque necesitamos vivir y movernos en este mundo, con responsabilidades que son inherentes al individuo. Pero estos mismos intereses personales tendrán su importancia infinitamente más reducida, de modo que toda la estructura personal se vuelva algo simple, una que pueda recibir amor e irradiarlo hacia todas las manifestaciones de la vida. Las dimensiones personal e impersonal necesitan coexistir armónicamente en cada uno de nosotros. Esto sólo será posible si somos conscientes de que todo lo que es personal es limitado. Esta percepción cambia el foco de nuestra consciencia y abre el espacio hacia esa dimensión donde una energía benigna y benéfica, que es el amor, está siempre presente. De este modo, naturalmente ponemos lo que es personal de lado, y servimos a lo que es impersonal. Si queremos que nuestra querida ST sea una luz en el mundo, que está tan confuso y conflictivo, tan lleno de horrores y sufrimiento, tenemos que hacer nuestro trabajo. Si cada teósofo es consciente del verdadero significado de ser fraternal, y vive de acuerdo con esta comprensión, muchas cosas cambiarán en el mundo. Como dijo uno de los responsables de la fundación de nuestro movimiento, el valor de un grupo de trabajadores no se mide por el número de personas, sino por su ardiente sinceridad. Si no somos conscientes de nosotros mismos, honesta y humildemente, si no trabajamos mucho y constantemente en la observación del yo y de las relaciones basadas en el auto-interés, no podremos eliminar los innumerables obstáculos que nos impiden ser aquí y ahora, un núcleo real y poderoso de la Fraternidad Universal. Si todos hacen el trabajo del auto-conocimiento que necesita ser hecho; si cada miembro es cuidadoso y persistente en la observación que, naturalmente produce la percepción de nosotros mismos y de nuestras relaciones; si morimos a intereses personales, sacrificándolos con amor, en beneficio de intereses más elevados, de toda la humanidad, nos uniremos en un sólo cuerpo. Éste sería cada vez más efectivo para el uso de los Santos Seres que guían los destinos de la humanidad, en su trabajo de disipar la ignorancia y el sufrimiento.
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