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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 132 - Número 3 -  Diciembre 2010 (en Castellano)

 
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 El concepto de Salvación

 

 

DINESH SINGH

 

El Sr. Dinesh Singh es miembro de la Sección India de la Sociedad Teosófica.

 

   El concepto de salvación ha sido tratado de un modo u otro, en casi todas las  religiones del mundo. La palabra ‘salvación’ deriva de la palabra latina salvare, que significa ‘salvar’. Palabras equivalentes que tienen el mismo significado y que se usan en algunas religiones orientales son moksha o mukti (liberación) y ‘redención’.

   Si nos atrevemos a ir más profundamente en el análisis de este concepto, nos encontramos con una pregunta enérgica: ¿salvación o liberación de qué? El Cristianismo ha tratado esta pregunta ampliamente y ha llegado a la conclusión de que es del “pecado original” de Adán y Eva que todas las generaciones siguientes heredaron de sus ancestros antes del nacimiento. El relato bíblico sobre el “pecado original” es el siguiente:

 

Dios creó a Adán y Eva y les permitió residir en el Jardín del Edén y disfrutar de sus dádivas como quisieran, asegurados de comodidad y provisiones abundantes. Pero se les advirtió no acercarse a un árbol en particular, porque sus frutos eran venenosos. Satán, con forma de serpiente, convenció a Eva de que Dios les había mentido a ella y a su compañero Adán respecto al Árbol del conocimiento del Bien y del Mal. Eva se tentó de comer el fruto del árbol, porque se volverían dioses. Adán luego la imitó. Por medio de este acto el pecado entró al mundo por primera vez. Con él, la muerte también entró al mundo. Enfurecido, por la desobediencia por parte de Adán y Eva, Dios los maldijo, como también a la serpiente e incluso a la tierra misma, y los expulsó del Jardín.

 

   Este pecado de Adán y Eva se atribuye a todos los descendientes de la pareja original, es decir a toda la raza humana, hasta hoy. A menudo esto se describe como la “caída de la humanidad”. Históricamente, el Cristianismo enseñó que la mayoría de las personas pasarán la eternidad en el infierno después de la muerte, debido a este “pecado original” cometido por Adán y Eva. La salvación de este pecado se puede lograr por:

a)     Tener fe en Jesús como el Hijo de Dios y su confesión como el Señor Salvador.

b)     Creer en la resurrección de Jesús.

c)      Ser bautizado.

   La creencia cristiana es que dado que todo pecado que merece un castigo requiere de expiación, el “pecado original” que merece un castigo permanente para la raza humana, requiere de una expiación más elevada. El sacrificio de Jesús en la cruz tuvo como propósito expiar a toda la humanidad y salvarla del “pecado original”. Uno de los versos más citados en la Biblia, el de Juan 3:16, dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”.

   Veamos cómo se ve este concepto del “pecado original” en otras religiones occidentales. De modo interesante, ni el Judaísmo, que antecedió al Cristianismo y sirvió como el edificio sobre el que se colocaron los cimientos del Nuevo Testamento, ni el Islamismo que lo siguió cronológicamente, se adhirieron al punto de vista del Cristianismo respecto al así llamado “pecado original”. Como afirman los eruditos judíos modernos, “el pecado original” es desconocido a las escrituras judías, y las enseñanzas de la Iglesia respecto a esta doctrina son contradictorias a los principios esenciales de la Torah y sus profetas. Esta famosa doctrina de la Iglesia supone que, como consecuencia del “pecado original” de Adán y Eva, el hombre está desesperadamente perdido en un estado de pecado en el que ha estado cautivo desde su “caída”. Como consecuencia, es incapaz de seguir el sendero de la obediencia y la rectitud por su propio libre albedrío. Mejor dicho, los misioneros lo sostienen porque todos nacen con un deseo innato de pecar, la humanidad no puede hacer nada para merecer su propia salvación. En esencia, el hombre está totalmente perdido, y el verdadero libre albedrío está muy lejos de su alcance. “Totalmente perdido” puede parecer un modo duro de describir la grave condición de la humanidad para la doctrina cristiana, y sin embargo este es precisamente el término usado por la Iglesia para describir el aprieto pecaminoso y desesperado del hombre. Es sólo por medio de la fe en Jesús, concluye la Cristiandad, que el hombre desalentado se puede salvar.

   Parecen haber buenas razones para la posición inflexible de la Iglesia sobre esta apreciada doctrina. Los fundadores del Cristianismo interpretaron que si el hombre se podía salvar a sí mismo de la condena eterna por medio de su propia iniciativa y obediencia a Dios, la iglesia tendría muy poco que ofrecer a la raza humana. Más aún, si la rectitud se puede alcanzar por la sumisión a los “mandamientos” enunciados en la Torah, ¿qué beneficio posible podría brindar a la humanidad la muerte de Jesús en la cruz? A pesar de las posiciones fervientes que los misioneros asumen al defenderla, la doctrina cristiana del “pecado original” es profundamente hostil a las enseñanzas centrales de las escrituras judías. Una y otra vez la Torah desestima en voz alta la noción de que el hombre perdió su capacidad divinamente dotada para elegir libremente el bien sobre el mal, la vida sobre la muerte. No existe ambigüedad al respecto en las escrituras judías. Por el contrario, se proclama en casi toda enseñanza que Moisés le indica el camino a sus hijos de Israel.

   Ciertamente, es un extraordinario sermón dado por Moisés en los últimos días de su vida; el profeta se yergue frente a toda la nación y condena la noción de que la condición del hombre es totalmente sin esperanza. Por medio de esta exhortación elevadora, Moisés declara que es sólo el hombre quien puede y debe ameritar su propia salvación. Más aún, como él habla sin dudas en nombre de Dios, el otorgador de la ley rechaza totalmente la noción de que la obediencia al Todopoderoso es “demasiado difícil o lejana” y declara a los hijos de Israel que Dios puso a su alcance la rectitud, y por lo tanto la salvación.

   El Islamismo tomó una posición única sobre todo el tema. El Corán afirma que Adán y Eva fueron enviados por Dios para residir en el Jardín del Edén y disfrutar de sus frutos a su gusto, pero les advirtió que no se acercaran a un árbol en particular, para no correr riesgos. Luego Satán los tentó e hizo que perdieran su dichoso estado. Fueron echados del Jardín y traídos a la tierra para vivir, morir y ser llevados de regreso nuevamente para el Juicio Final. Dándose cuenta de lo que habían hecho, se sintieron avergonzados, culpables y con remordimiento. Rogaron por la misericordia de Dios, y se los perdonó (Corán 2:35-38; 7:19-25; 20:117-123). Por ello, la idea del “pecado original o hereditario” no aparece en las enseñanzas del Islam. El hombre, según el Corán (30:30) nace en un estado natural de pureza y no con una culpa o estigma innato, como lo enseña el Cristianismo. Sea lo que sea en lo que el hombre se convierte después del nacimiento es el resultado de fuerzas externas y de factores que aparecen. Esto, sin embargo, no le niega al individuo la libertad de elección. Si el hombre es imperfecto, no está desamparado o abandonado por Dios, para que sea víctima de sus defectos. Se le confieren poderes por medio de revelaciones, apoyadas por la razón y fortalecidas por la libertad de elección. Sería un pecado si tuviera el modo y el medio de una perfección relativa y optara por no buscarla.

   El tema de la seguridad de la salvación es importante en el Cristianismo, como en el Islamismo. Para los musulmanes la cuestión de la salvación es decidida definitivamente por Dios en el “Día del Juicio”. El creyente musulmán espera morir como un verdadero musulmán y ese Dios en su misericordia lo salvará del Infierno, ayudado por la mediación de Mahoma. Esto le da al musulmán común cierta certeza de que irá al Paraíso. Existen tradiciones en las que Mahoma afirmó: “Nadie entrará al infierno, si tiene una pizca de fe en su corazón”.

   Lamentablemente nuestros hermanos cristianos se encuentran como los más excluidos y condenados entre las religiones respecto a su ascenso natural al Paraíso. Incluso los Zoroastrianos que tienen muchas cosas en común con los cristianos respecto a creencias que se relacionan con Dios y Satán, el cielo y el infierno, la resurrección y el juicio final, no aceptan la doctrina cristiana del “pecado original”.

   A diferencia de las religiones occidentales, las religiones orientales como el Jainismo, Budismo e Hinduismo tienden a ser más metafísicas que éticas en su enfoque del concepto de la salvación. Aunque están familiarizados con el concepto del cielo y el infierno, su interés principal es el cautiverio del alma, del que constantemente ansían liberarse (mukti). De aquí que, respecto a estas religiones, `liberación´ (moksha) sería una palabra más apropiada que `salvación´. Se acepta universalmente a la ignorancia como la causa de este cautiverio, que lo hace limitado y sujeto a varias aflicciones y sufrimientos. Como tal, la liberación consiste en llegar al estado donde la ignorancia se desvanece y el alma brilla en su plenitud. Los modos y medios de llegar a este estado se han tratado de formas diferentes en cada una de ellas.

   Según el Jainismo, la ignorancia es la causa real del cautiverio. Karma es el vínculo que une el alma con el cuerpo. La ignorancia de la verdad y, particularmente, de las cuatro pasiones, ira, avaricia, orgullo e ilusión, atraen el flujo de la materia kármica hacia el alma. En cautiverio, la materia kármica se une con el alma por una interacción íntima, al igual que el agua se une a la leche. Por la posesión y práctica de la correcta fe, del conocimiento y la conducta, la afluencia de nuevo karma se detiene. Luego, el karma ya existente se debe agotar. Cuando la última partícula de karma se ha eliminado, el lazo entre el alma y la materia se disuelve, y el alma brilla en su naturaleza intrínseca de fe infinita, conocimiento, dicha y poder. Este estado se llama Moksha o liberación. Aquí se logra la omnisciencia. El alma liberada trasciende samsâra y va directamente a siddha-sila a la cima del mundo y mora allí en conocimiento y dicha eternos.

   En el Budismo encontramos un análisis lógico detallado de la causa del cautiverio. El Señor Buddha, la Encarnación de la Compasión, estaba profundamente interesado en el sufrimiento (duhkha) del mundo. Esto lo hizo reflexionar profundamente en la causa de este sufrimiento. Ya que todo efecto tiene una causa, el sufrimiento, como un efecto, también debe tener una causa. Al recibir la iluminación apareció con una cadena de doce causas, que en sucesión producían una cadena de efectos, siendo el último la vejez y la muerte (jarâ-marana). Éstos también se llaman los doce lazos de la Rueda de Causas.

   Es una maravilla ver cómo la mente altamente analítica del Señor Buddha trabajó para descubrir la causa raíz de todos nuestros sufrimientos. Preocupado ante la presencia de la enfermedad, la vejez y la muerte, preguntó: ¿Por qué sufrimos el dolor y la miseria? ¿Por qué sufrimos la vejez y la muerte? Porque nacemos. ¿Por qué nacemos? Porque existe una voluntad de nacer. ¿Por qué existe una voluntad de nacer? Porque nos apegamos a los objetos del mundo. ¿Por qué tenemos ese apego? Porque ansiamos disfrutar de los objetos de este mundo. ¿Por qué tenemos esas ansias de disfrutar? Debido a la experiencia de los sentidos. ¿Por qué tenemos esta experiencia de los sentidos? Debido al contacto de los sentidos con los objetos. ¿Por qué tenemos este contacto? Debido a los seis órganos de los sentidos (el sexto sentido es la mente). ¿Por qué tenemos los seis órganos de los sentidos? Debido al organismo psico-físico. ¿Por qué tenemos este organismo? Debido a la consciencia inicial del embrión. ¿Por qué tenemos esta consciencia? Debido a nuestras predisposiciones o impresiones de karma. ¿Por qué tenemos estas impresiones? Debido a la ignorancia. Por lo tanto, la ignorancia es la causa raíz de todo el sufrimiento.

   Si la causa-raíz del sufrimiento se elimina, la cadena causal que produce el dolor y el sufrimiento se romperá. Esto se puede lograr siguiendo sinceramente el “Noble Óctuple Sendero”, el que consiste de ocho pasos:

1)     La recta creencia, 2) La recta aspiración, 3) La recta palabra, 4) La recta conducta, 5) El recto modo de vida, 6) El recto esfuerzo, 7) La recta atención, 8) La recta meditación.

   Al “Noble Óctuple Sendero” del Buddha también se lo llama el “sendero del medio” porque sirve como medio dorado entre los dos extremos de la auto-indulgencia y la auto-mortificación. Esto llevará al nirvâna (liberación), un estado de dicha positiva donde el buscador simplemente se ha “excluido a sí mismo” de la existencia, aniquilando todos los deseos y pasiones.

   Y por último, pero no menos importante, nos dirigimos al Hinduismo para descubrir lo que tiene para ofrecer a sus seguidores por medio de la liberación. Se debe aclarar desde el principio que el Hinduismo como tal, no se puede considerar como una religión en el sentido en que las religiones anteriores generalmente se comprenden y se practican. Sería suficiente decir que es un modo de vida que abarca dentro suyo múltiples corrientes de pensamiento. Es el propósito de este artículo considerar las más importantes. Como el Jainismo y el Budismo, el Hinduismo también cree en la ignorancia (avidyâ) como la causa raíz del cautiverio del alma. La ignorancia causa desilusión (moha o vibhrama) que, consecuentemente produce un sentido falso de “yo” y “mío” (ahamkâra). Este falso sentido limita el alma individual (jiva) a lo finito, que es el estado de cautiverio porque no es su verdadera naturaleza: ella es una parte del Yo Universal, Dios, Brahman o lo Absoluto, sea cual sea el nombre con el que nos guste llamarlo, y ansía ser uno con Él. Como tal, la liberación (moksha) consiste en romper este cautiverio causado por la ilusión y la ignorancia. En el momento en que la falsa ilusión y la ignorancia se desvanecen, el alma individual comienza a brillar en su naturaleza intrínseca, en su existencia, consciencia y dicha (sat, chit y ânanda)) puras e infinitas.

   ¿Cuál es el medio para alcanzar este estado de dicha positiva o moksha? Una escuela de pensamiento sugiere que sólo el conocimiento puede conducir a esta meta. El verdadero conocimiento es el que nos lleva a la liberación (sa vidyâ y a vimuktaye). El conocedor (jñâni) enfrenta la verdadera naturaleza del Yo o alma en un estado yóguico de meditación (nidhiddhyâsana). Otra escuela sugiere la devoción (bhakti) como el modo más fácil de alcanzar este estado de dicha positiva. En él, el devoto se arroja a sí mismo a la misericordia de Dios, sin ningún sentido de culpa o remordimiento, sino con un deseo ardiente de ser uno con él. Al hacerlo así, el devoto percibe una ferviente unión con Dios, un estado donde toda ilusión e ignorancia desaparecen. Otra escuela sugiere karma como la clave para alcanzar la liberación. Como Arjuna lo hizo a pedido del Señor Krshna, la acción realizada de modo desapegado (nishkâma bhâva) puede finalmente conducirlo a un estado donde ya no será el agente (kartâ) y, como tal, carecerá de todos los deseos y pasiones que causan la ilusión y la ignorancia.

   Para un observador casual, los tres senderos mencionados precedentemente pueden parecer contradictorios entre sí, pero, en realidad no lo son. El Hinduismo en su totalidad, presenta una síntesis única de los tres. Ningún sendero es exclusivo y cada uno es complementario del otro. La devoción es ciega sin el verdadero conocimiento, y tanto el conocimiento como la devoción están vacíos sin la correcta conducta por medio de karma. Por lo tanto, no hay contradicción.

   Una característica notable de las religiones orientales mencionadas precedentemente es que exhortan a sus seguidores a esforzarse por la liberación, y lograrla en esta misma vida. Mientras que las religiones occidentales como el Cristianismo y el Islamismo, Judaísmo y Zoroastrismo, sostienen una promesa de salvación o dicha post-mortem, el “Día del Juicio Final”; en el Jainismo, Budismo e Hinduismo, incluyendo al Sikhismo, se puede tratar de alcanzar la liberación del estado de cautiverio, e incluso se puede alcanzar en esta misma vida. Los Tirthamkaras Jainos nacieron como mortales comunes, pero se elevaron para alcanzar el estado de `omnisciencia´ (kaivalya). Este fue el caso de Buddha que nació como príncipe pero se elevó para convertirse en “El Iluminado”. El Hinduismo no carece de tales ejemplos resplandecientes de almas iluminadas, como Nanak, Kabir, Meera, Chaitanya y muchos otros.

 

 

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