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El Teósofo - Órgano Oficial de la Presidenta Internacional de la Sociedad Teosófica
Vol. 132 - Número 2 -  Noviembre 2010 (en Castellano)

 
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La dinámica de la Fraternidad

 

 

SHIRLEY MACPHERSON

 

La Sa. MacPherson es un antiguo miembro de la Sección Australiana de la ST y ex Presidenta de la Rama Adelaide.

 

   La palabra “Fraternidad” en el primer Objetivo de la ST presenta hoy ciertos problemas para algunas personas, aunque desde la época de los principales Fundadores, una mujer (HPB) y un hombre (HSO), la Sociedad tuvo un registro excepcionalmente sorprendente de igualdad sexual en liderazgo y participación. Sin embargo, no me disculpo por usar la palabra que voy a llamar “personalidad”. Al hablar de Fraternidad no me refiero a la especie masculina, sino a la humanidad como un todo, toda la familia humana.

   Margaret Cousins escribió en The Theosophist en 1918:

 

Incluso en ese plano más externo de expresión, el lenguaje, uno ansía haber llegado al tiempo en el que estaremos viviendo esa etapa de la sociedad y de la consciencia donde las condiciones se habrán vuelto tan justas, tan igualitarias en ambos sexos, que pensaremos y hablaremos sólo en términos de “humano”, no el hombre o la mujer, y cuando habremos desarrollado ese pronombre común para ambos, como el Sr. Leadbeater nos promete en “la Colonia”.

 

   Desafortunadamente la palabra “Fraternidad”, como la palabra “amor”, se ha usado muy suelta y descuidadamente. Por lo tanto tendemos a considerarla algo intelectualmente. Por lo tanto, permanece meramente un concepto y se vuelve una idea que es fría y abstracta, y alejada de nuestra vida diaria. A menudo se traduce en “términos de coexistencia que sólo pide tolerancia y aceptación con quienes uno no está de acuerdo y que no nos gustan” (N. Sri Ram). No existe una cualidad viva en ella, ni dinámica, ni poder que pueda cambiar y afectar nuestras vidas y las vidas de otros. La Fraternidad no es meramente una relación externa que evita desigualdades o herirse mutuamente. Es algo más vivo, más individual, que pide una relación interna nueva con todos los seres humanos.

   Sin embargo no es una creación de una relación, sino un estímulo (que sugiere poder, dinámica) de esa relación que ya está presente y latente en nosotros y en todas las cosas. Porque, no olvidemos, que esta verdad de la unidad de la vida es el corazón mismo de la doctrina de la Teosofía.

   Leemos en La Doctrina Secreta:

 

Existe una Realidad Absoluta Única que antecede a todo Ser condicionado manifestado. Esta causa Infinita y Eterna… es la Raíz sin Raíz de todo lo que fue, es o siempre será.

 

   De esa Fuente Única surge toda la vida, fluye en direcciones eternas, bifurcándose más y más. De modo que tenemos innumerables vidas, cada una especializada, cada una única, cada una individual, y cada una sintiéndose a sí misma bastante separada, que es la gran ilusión, porque todas las almas son idénticas con el Alma Total. Esta relación interna, por lo tanto, constituye la base de la creencia científica en la Fraternidad. La Fraternidad es un hecho en la naturaleza, no un ideal, no una linda idea de un cuento de hadas. No tenemos que crearla, sólo tenemos que reconocerla, ser conscientes de ella.

   Como se menciona en El Hombre, la Medida de Todas las Cosas: “Todas las formas en el sistema solar forman parte de esa totalidad, no hay unidades aisladas. Todas existen juntas en un ropaje sin costuras que es la totalidad”. Debido a nuestra Divinidad innata, cada uno de nosotros tiene la habilidad de reconocer esa unidad y ser consciente de ella. Y es al volvernos más conscientes de esa Divinidad, esa unidad, que podemos experimentar la dinámica de la Fraternidad. Porque un reconocimiento consciente de esa Unidad cambia completamente nuestra actitud en la vida diaria, da un nuevo significado a nuestras vidas y a nuestras relaciones. Ya no nos observamos como separados, no hay tú y yo, sólo existe “nosotros”.

  En esa invocación o bendición con la que muchos de nosotros estamos familiarizados, tenemos las palabras: “Hay un poder que renueva todas las cosas, vive y actúa en aquéllos que reconocen la unidad del ser”. Existe un Poder, no el poder de poseer, de dominar, de tener éxito, porque eso es separación y tiene implícito el elemento del deseo. Es el Poder que sugiere o significa vida, energía, movimiento, progreso, evolución; “renueva todas las cosas” nuevamente sugiere vida, movimiento, frescura, energía, vitalidad. ¿Es esto, tal vez, lo que Krishnamurti quiso decir cuando nos pidió mirar a todas las personas, todas las cosas, y todas las ideas como nuevas cada día, sin la nube del condicionamiento, de la separación? Luego, no sólo vamos al corazón mismo, o al centro de cada uno -el verdadero Yo- que es uno con todos los otros seres, pero observamos desde nuestro propio Centro que también es uno con todos los demás centros. Luego conocemos al Yo como Uno. Entonces vivimos de modo natural, verdadero, vital y dinámico.

   Cada uno de nosotros es, por cierto, una fuente de energía. Tenemos la habilidad de producir belleza, paz y amor en nosotros mismos y en otros. Pero también tenemos la habilidad de producir caos y violencia. El modo de vida actual desafortunadamente está motivado por la competencia agresiva. Nos educan para tener éxito y para construir lo que se conoce como “auto-identidad”, que ya tenemos en lo profundo de nosotros mismos. Pero esta es una auto-identidad separada que nos hace alejarnos de los demás, y el terreno común en cada uno de nosotros, gradualmente, queda enterrado más profundamente.

   Además, somos bombardeados continuamente de todos lados con ideas, con noticias de periodistas, por los medios de comunicación masiva, por libros. No tenemos tiempo para pensar por nosotros mismos, nos volvemos seres pensantes de segunda mano, a menos que estemos constantemente atentos y conscientes y seamos capaces de distinguir las imágenes de lo real. Parece que rara vez nos ponemos en contacto con la vida de la gente, excepto tal vez, con quienes están muy cerca nuestro, e incluso tenemos imágenes de ellos, al igual que las tenemos de nosotros mismos. No los conocemos como son realmente. Entonces, ¿qué hay en nuestro carácter que nos mantiene alejados, que nos impide ver la realidad, la vida una?

   Una de las razones es, tal vez, el pensamiento como un principio separado. Pensamos que estamos separados. Construimos imágenes de todas las personas que contactamos, imágenes que están de acuerdo a nuestro concepto sobre ellas. “Debido a nuestra ignorancia creamos a nuestro alrededor un mundo mental de sombras donde vemos líneas divisorias que realmente no existen”. Sólo vemos lo externo, la circunferencia, la limitación. Fallamos en percibir la realidad, el alma, la vida que es una con nuestra propia vida. A través de innumerables edades, también hemos construido nuestra propia individualidad separada y única. Necesitábamos esto, todavía lo hacemos. Porque cada fragmento de vida que se especializó, que es único y que tiene su propia nota que dar, es necesario para todo el tapiz de la vida. Ambas diferencias y la unidad requerida  para ser reconocida por la Fraternidad implica una afirmación simultánea de ambos.

   Debido a que la mente es dual, tenemos la habilidad de ver a ambos, lo externo y lo interno, porque un aspecto se dirige hacia la luz, hacia el espíritu y la unidad, y el otro está oscurecido por su propia sombra, ve las diferencias, y la separación. Cuando la mente es capaz de girar hacia la luz, o cuando la mente gira hacia la luz porque puede y lo hace, entonces la sabiduría está allí. Las barreras mentales, emocionales y físicas se han derribado, han desaparecido y en ese momento hay amor en nuestros corazones. Puede suceder y sucede, entonces permitamos que ocurra cada vez con mayor frecuencia.

   Nuestro primer Objetivo es “Formar un núcleo de la Fraternidad Universal de la Humanidad, sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color”. Todas estas diferencias se relacionan con la personalidad, con los ropajes que temporalmente usamos. Son distinciones, sin embargo, que están fuertemente retratadas por la mayoría de las personas en el mundo. Y tal vez ahora más que nunca, porque estamos físicamente más cerca. Particularmente esto se nota con la nacionalidad, la raza y el color, y la religión y el credo. Estos dos últimos han separado al mundo, y todavía lo hacen.

   Hace unos pocos siglos, Shakespeare señaló que la unidad misma subyacente en toda la diversidad nos hace partícipes en el destino de los demás, que existe una igualdad básica en la historia humana. Me refiero a Shylock en un pasaje de El Mercader de Venecia con el que muchos están familiarizados.

 

Soy Judío. ¿No tiene el judío ojos? ¿No tiene el judío manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No se alimenta con la misma comida, lo hieren las mismas armas, está sujeto a las mismas enfermedades, se cura del mismo modo, siente calor y frío con el mismo invierno y verano que un Cristiano? Si nos pinchan, ¿no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿no reímos? Si nos envenenan, ¿no morimos? Y si nos hacen algo malo, ¿no nos vengamos?

 

   Entonces, ¿por qué nos apegamos tan ávidamente a nuestra raza, a nuestra nación? Tal vez existe mucho orgullo exhibido en este patriotismo, pero el orgullo está del lado de la separación del pequeño yo, del odio. Identificarse uno mismo con el país o con algo mayor que uno mismo es una forma de auto-expansión. Somos nadie, pero cuando nos identificamos con algo más grande, más poderoso, somos más, tenemos prestigio. Todo esto sólo produce comparación, competencia y conflicto, y nos aleja de la Fraternidad.

   La misma y profunda separación existe con la religión. Nos hemos perdido o alejado totalmente de su verdadero significado, que es “reunir” o mostrarnos el camino de regreso a nuestro verdadero hogar. Cada gran Maestro espiritual ha traído un mensaje de ayuda y guía a la humanidad. Al principio ese Maestro es una “autoridad” -en el verdadero sentido de la palabra, que es “quien inicia una idea original” o “el autor de algo completamente nuevo”. Porque aunque la Sabiduría de las Edades es siempre la misma, cada presentación de ésta aparece como nueva. Luego, con el transcurrir de los años, se establece un modelo, un sistema basado en la ideación; se inicia un modo de vida religioso, y quienes vienen después lo siguen ciegamente. Se vuelve “la verdad” y cada secta tiene su propia “verdad”. Cada una de ellas es la verdadera y todas las demás son falsas, y de este modo nuevamente tenemos divisiones que conducen al odio, la persecución y la guerra. Nuevamente tenemos la evidencia, si acaso pudiéramos verla, que la unidad subyace en todo. Qué maravillosa idea saber que somos seres humanos, y que nada en el mundo es ajeno a nosotros. Estos conceptos se deben transmitir a los niños de modo que puedan cultivar cualidades humanas de moralidad, decencia, compasión, y que pueda emerger un mundo más humano.

   Como lo expresó la Dra. Besant, “Las Religiones pertenecen al intelecto y tienen diferencias. La Religión pertenece al Espíritu y es una”. Si al menos pudiéramos aceptar el hecho de que hay muchas religiones diferentes, pero que cada una es fundamentalmente la misma, que todas proporcionan alivio y felicidad, o pueden hacerlo, que todas tratan de ayudar a la humanidad a evitar la miseria y el sufrimiento. Todas son necesarias, todas las diferencias enriquecen la experiencia humana, porque todas son enfoques diferentes de la gran Verdad una, lo que nos recuerda la afirmación en Las Cartas de los Mahatmas: “Decir Fraternidad Universal no es una frase hueca. Es el único fundamento seguro de la moralidad universal”.

   Es interesante notar que el Dalai Lama no defiende ninguna religión en particular a expensas de todas las demás, ni tampoco busca una nueva “religión mundial”. Siente que todas las diferentes religiones son necesarias para enriquecer el todo. La Dra. Besant escribe:

 

La Sabiduría incluye todas las religiones y éstas cuelgan de ella como los frutos de un árbol. Cuando el futuro reconozca esto, la Religión se transformará una vez más en una fuerza unitiva en vez de desintegradora y trabajará por la paz, en vez de moverse hacia la guerra. En cada religión el hombre evolucionado buscará realizar la consciencia de Dios en él… Una verdadera fraternidad con sus otros yoes, él mismo en otras formas, aparecerá por su reconocimiento de la unidad espiritual, y verá en cada uno el Yo que “hace su propio sendero según la Palabra”, la palabra que es el Sonido del Maestro de su propia forma de manifestación.

 

   El verdadero yo es asexual y necesita, como todos bien sabemos, encarnaciones como hombres o mujeres para permitirle a ese yo desarrollar todas sus capacidades divinas latentes. Muchos de nosotros hemos sido condicionados a pensar que cierto trabajo es específicamente para hombres mientras que otro es para mujeres. Es ese condicionamiento el que debe cambiar, y que ha cambiado drásticamente en los últimos años. Si vivimos según los dictados de nuestro yo verdadero haremos el trabajo que somos capaces de hacer sin tener en cuenta qué forma particular estamos habitando en esta vida en particular. De este modo podemos ayudar a destruir el viejo pensamiento condicionado en esta área del trabajo para hombres y para mujeres. Margaret Cousins escribe de un incidente en India en 1918 que ilustra esto y que, aunque sucedió hace varias décadas todavía está vigente:

 

Dos varones de nuestros estudiantes, se me acercaron para pedirme que les enseñara a tejer con dos agujas y al crochet. Las viejas y convencionales formas de pensamiento se reafirmaron y casi consideré su pedido como evidencia de femineidad. Pero mi yo teosófico vino al rescate, y con agrado respondí a su deseo de conocimiento, libre de asociaciones. Después de varios días supe para mi comprensión y placer que su objetivo en adquirir estas “artes domésticas” era enseñarle a los niños de una escuela nocturna de una villa vecina! Este es el verdadero espíritu de la Fraternidad que va más allá de las diferencias de sexo, hacia cuyo logro tienden todos los verdaderos teósofos.

 

   La importancia de las relaciones, especialmente las correctas o elevadoras, al considerar el concepto de la Fraternidad, no se pueden sobrestimar. Todos nos damos cuenta que no existe el aislamiento. Incluso si vivimos en total soledad, habrá un contacto, una relación con la naturaleza, con los árboles, las cosas y la tierra. Pero, paradójicamente, todos vivimos más o menos en un estado de aislamiento porque construimos barreras a nuestro alrededor. La relación de dos o más personas crea la sociedad, por lo tanto la sociedad no es independiente de nosotros, ni lo son sus problemas. La conexión innata entre dos personas o ideas o incluso cosas, se debe a la Fuente Una de la que todo procede. Eso, por supuesto, se extiende al Cosmos donde opera como Ley.

   La gran ley de atracción y repulsión, con la atracción de los opuestos y la unión de las afinidades, acción y reacción, todos ellos presentan aspectos de la trama universal de relaciones, una universalidad que el poeta Francis Thompson reconoció en su poema La Joven de la Visión. Él escribió:

 

Todas las cosas por poder inmortal,

cerca o lejos,

ocultamente

están vinculadas mutuamente.

No puedes agitar una flor

sin perturbar una estrella.

 

   A la mayoría de nosotros, probablemente, nos resultará más fácil amar a la humanidad como un todo, porque es abstracta y lejana (¡no nos responde!) que amar a los que están cerca nuestro con quienes trabajamos y vivimos. Con las relaciones humanas la distancia brinda encanto ya sea esa distancia física o psicológica. Si la relación es “afectuosa”, entonces hay verdadero amor y compasión y no hay problemas. Pero pocas de nuestras relaciones son afectuosas. A diario estamos con personas cuyas debilidades y defectos nos irritan y nos frustran, y entonces los amamos y respetamos cada vez menos. Si esto sucede, entonces los sentimientos que originalmente teníamos no eran de amor. Como Morris Nicoll lo expresa: “Nuestro amor, entonces, es poco menos que auto-amor. La calidad de un amor común está tan coloreada por el auto-amor, que somos incapaces de sentir la existencia de otros”. Entonces es un amor condicionado que se conecta y se desconecta, según la gente nos agrade o nos disguste. Siempre que podamos lograr una relación más cercana con nuestra Fuente divina, naturalmente alcanzaremos lo que hemos llamado una relación afectuosa con nuestros semejantes. Tal relación se basa en las cualidades del amor, la compasión y la confianza. Esas cualidades existen cuando el pequeño yo se olvida totalmente.

   Esta relación correcta con toda la vida es el verdadero fundamento de la moralidad, y es la Fraternidad Universal. Con certeza, nunca antes ha sido algo tan vitalmente necesario como darnos cuenta de nuestra unidad, unidad en profundidad con la fuente de toda la vida y, por lo tanto, inevitablemente unidad en aliento con todos nuestros semejantes. Incluso el más breve destello de tal realización nos hace comenzar a vivir desde ese centro interno de nuestro ser y así somos capaces de actuar con más propósito, más responsable y dinámicamente.

 

 

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