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Vol. 129 - Número 5 - Febrero 2008 (en Castellano) |
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El hombre y su medio ambiente
Sharmila S. Parulkar
(La Sa. Sharmila S. Parulkar es miembro de la Rama Blavatsky de la S.T. en Mumbai, India.)
La Naturaleza depende tanto de las condiciones como un ser humano antes que pueda actuar, y su glorioso aliento, por así decirlo, puede ser interferido, dificultado y detenido, y la correlación de sus fuerzas destruida en determinado lugar, como si fuera un hombre. No sólo el clima sino también las influencias ocultas sentidas a diario no sólo modifican la naturaleza psico-fisiológica del hombre, sino que incluso alteran la constitución de la así llamada materia inorgánica, en un grado no muy comprendido por la ciencia europea. Isis sin Velo, Vol. I, p. 211
Todos los años observamos el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio), investigando poco o nada sobre su significado interno. Es un día de celebración de la Naturaleza, realizado bajo los auspicios de la ONU desde 1972. ¿Por qué deberíamos estar interesados en los esfuerzos internacionales de manejar el ecosistema del mundo? Es debido a que el Hombre y la Naturaleza están inseparablemente interrelacionados en una intrincada trama de vida, desde el origen mismo del planeta. La ciencia está admitiendo cada día más el lazo significativo existente entre la vida de la humanidad y el medio ambiente, al igual que todo el cuerpo humano y sus diminutas partes son sinérgicamente interdependientes. La realidad de este destino entretejido, y el mismo progreso y supervivencia del hombre en su medio condujo a las tribus primitivas a crear dioses naturales y a adorarlos. En algunas tradiciones más avanzadas, la Madre tierra es adorada como una entidad grande y benevolente, un Ser vivo poderoso, que protege como una madre y preserva la vida, y por lo tanto es digna de nuestra adoración. Así tenemos la oración matutina hindú:
¡Oh, Madre Tierra!, que tienes a los océanos como tu ropaje, y a las montañas y selvas como tu cuerpo, … me inclino ante ti. Por favor, perdóname por tocarte con mis pies.
Últimamente la difundida evidencia de la atemorizante amenaza a las condiciones de vida del hombre y a la biodiversidad, debido a casi una irreversible degradación del medio ambiente, condujo a esfuerzos desesperados a nivel internacional para investigar las causas reales y sus soluciones. Siglos atrás la Naturaleza se tomaba como un hecho, sin pensar en sus ciclos constantes y en su singularidad. Pero posteriormente, tal vez demasiado tarde, nos hemos enfrentado por todos lados a señales rojas que indican trastornos y calentamiento global, para mencionar sólo una de las crisis que nos golpean con severidad. Una consecuencia de esta amenaza de colapso tanto del clima como de los elementos naturales del medio (suelo, aire, agua, plantas, animales, etc.) es el tratado de Kyoto, un acuerdo para reducir emisiones tóxicas y enemigas del ambiente, ratificado por aproximadamente 140 naciones. Los intendentes de más de 200 ciudades firmaron el “Acuerdo de Protección del Clima de los Intendentes de Estados Unidos” comprometiéndose a cumplir con el objetivo de Kyoto de reducir la emisión de gas efecto-invernadero en sus ciudades al nivel de 1990 en el año 2012. Esto es admitir el rol de las actividades humanas como el primer factor creador del problema, y situar la responsabilidad en las naciones y en cada ciudadano individualmente para revertir la crisis. Milton escribe: “No acuses a la Naturaleza! Ella ha cumplido con su parte; tú haz la tuya.” Esto explica por qué, como estudiantes de Teosofía que siempre estamos interesados en el bienestar de la humanidad, necesitamos participar en crear consciencia de temas medioambientales y ayudar a revertir la situación para las futuras generaciones. La Naturaleza, constituida de cinco elementos y sus poderes dinámicos, a saber, la tierra visible, el agua, el aire, el fuego (energía, sol, etc.), y el misterioso Âkâsa, lleva a cabo sus actividades usuales de acuerdo a sus propias leyes y objetivos intrínsecos. Pero cuando al hombre, como parte del todo, se le dice: “Ayuda a la Naturaleza, y trabaja con ella” y con las leyes de la Naturaleza, él no parece ver el valor de estas misteriosas palabras. ¿De qué modo es el hombre responsable del comportamiento impredecible de la Naturaleza? Todo lo que él ha hecho hasta ahora es usar impensadamente sus dones y bendiciones para su propio beneficio según la orden bíblica: “Llena la tierra y sométela, y domina a los peces del mar, y a las aves del aire” (Génesis). El hombre encontró conveniente interpretar esta orden para significar que él tiene dominio incuestionable sobre la Naturaleza, y suyo es el privilegio de dominar o gobernar despóticamente los reinos inferiores para su propio bienestar. Pero olvida que tiene una responsabilidad especial también hacia los reinos inferiores. “Dominio” nunca quiso decir explotación, saqueo, maltrato, sino actuar como un hermano mayor cuidadoso y confiable. Místicamente significa que el hombre mantiene una unión con la bella Naturaleza y su contraparte invisible. La Madre Naturaleza, con su generoso y enorme corazón, ha tolerado mucho los insultos y abusos de sus niños ignorantes. Pero cuando a la Naturaleza se la daña incansablemente, tarde o temprano reacciona justificadamente, de modos impredecibles incluso para la ciencia moderna. Ciertamente toda la furia de los elementos son sólo los esfuerzos de la Naturaleza para equilibrar, una ley fundamental, cuando su compleja armonía y el orden establecido de las cosas se perturba más allá de lo tolerable. No es que nuestra maltratada madre es vengativa, sino que “lo que nos pertenece, regresa a nosotros” una reacción natural bajo la ley de Karma. Es sólo recientemente que hemos comenzado a comprender un poco más profundamente la floreciente ciencia de la Ecología y el vínculo entre el hombre y la Naturaleza. Y sólo actualmente hubo una respuesta global en la búsqueda de las causas reales y la extensión del daño hecho a nuestra biosfera con el transcurrir de los años. Es el resultado de una seria advertencia procedente de la distinguida fraternidad científica. Hasta ahora los autócratas, los políticos, los industriales y otros sectores con intereses creados, ignoraron los llamados de advertencia, perdidos en su ambición por progreso material y comodidad. Hace algunos años Aldous Huxley describió a la civilización como una “conspiración contra la Naturaleza”, y su observación, hoy, probó ser proféticamente cierta. Ya no podemos ignorar amenazas a nuestras condiciones de vida sobre la tierra y al futuro. Existen más razones de por qué deberíamos interesarnos en la “salud” de la Naturaleza, que está intrínsecamente vinculada con el bienestar del hombre. Es literalmente verdadero que tanto la Naturaleza como el hombre se fortalecen juntos física y psicológicamente. Los ecologistas han notado con preocupación el daño físico perpetrado contra la salud de ambos, pero pocos están dispuestos a reconocer cómo la condición interna del hombre influye en su medio inmediato y viceversa. Sabemos cómo influye el cuidado cariñoso y la música en el crecimiento de los animales y las plantas. De modo similar, las tensiones y la injusticia dentro de la psiquis humana colectiva debe tener un efecto correspondiente sobre la poco reconocida parte interna o alma de la Naturaleza. Es esta atrocidad interna, padecida silenciosamente por la tierra, sus verdaderos habitantes, y su corazón puro, que son de mayor interés para los estudiantes de la vida interna. Nuestra currícula escolar últimamente ha incluido la materia Ecología como relacionada a la condición humana en particular. Pero, ¿nuestros niños respetan o aman a la Naturaleza, no sólo por su riqueza y belleza, sino por nuestra afinidad y verdadera fraternidad con ella? Alexander Pope lo expresa del modo siguiente:
Todos son sólo parte de una unidad maravillosa, cuyo cuerpo es la Naturaleza, y Dios el alma.
Por lo tanto, nuestro deber es promover la consciencia global de las causas y consecuencias reales y de las soluciones disponibles, si tenemos la voluntad de detener un daño mayor, el desequilibrio ambiental y el agotamiento de la riqueza natural por parte de los seres humanos -los principales culpables. Debemos difundir la tendencia de las ideas respecto a la responsabilidad colectiva, si hemos de seguir la sugerencia de HPB de que nuestra obligación yace en la dirección de formar la opinión pública. El Día Mundial del Medioambiente no es sólo un día para recordar, sino un día para reconocer, para medir nuestros valores y nuestro rol, positivo o no, en desarrollar un progreso sustentable para todos.
Creo que existe un magnetismo sutil en la Naturaleza, el cual, si nos rendimos a él inconscientemente, nos dirigirá correctamente. Henry David Thoreau
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